La frontera: más allá de la construcción

A partir del 11 de septiembre de 2001 se re-configuró la visión sobre la frontera México-Estados Unidos en términos de seguridad nacional. Se reforzó la vigilancia por aire, mar y tierra para impedir la infiltración del “terrorismo” por esta frontera de más de 3000 kilómetros. 

Se construyó un discurso para justificar una serie de medidas de seguridad sin precedente en la historia reciente de Estados Unidos, que incluyen el resguardo de las fronteras, la inspección de puertos marítimos y aeropuertos, la creación de la ley contra el bioterrorismo que permite la revisión de las mercancías procedentes de México. Además, se empezaron a aplicar medidas para reforzar la frontera de México con Guatemala y Belice.

Hoy la emigración internacional y la seguridad son los temas de mayor preocupación del gobierno de Estados Unidos. Desde la visión de Washington, la emigración del sur, sobre todo centroamericana y mexicana, constituye un problema que amenaza la seguridad nacional, por lo que se considera necesario detenerla, y por ello el gobierno mexicano ha aplicado medidas para frenar los crecientes flujos migratorios provenientes del sur.

Paradójicamente, los gobiernos centroamericanos adoptan políticas definidas desde Estados Unidos y por las instituciones financieras internacionales (como nuestro viejo amigo el FMI, siempre presente), las cuales se traducen en acuerdos de libre comercio y desregulación de medidas proteccionistas que anteriormente permitían al Estado hacer frente a las demandas sociales emergentes. 

Desde un punto de vista geopolítico, México ha procurado adaptarse y aprovechar la oportunidad de su localización geográfica en lo que se refiere a su vecindad con la potencia hegemónica. Desde el punto de vista identitario, no sólo ha buscado sobrevivir como Estado Nación a pesar del destino que le ha dado su ubicación, sino que además ha procurado luchar por vencer dos conflictos difíciles de remediar: en el ámbito interno, en una primera instancia, ha buscado superar el conservadurismo económico-comercial y abrirse económicamente como estrategia para alcanzar nuevas oportunidades de desarrollo y ha adoptado una nueva característica identitaria, el libre comercio; al exterior se ha esforzado por desplegar una mejor capacidad de negociación con las herramientas a su alcance frente a Estados Unidos, esforzándose por superar sus experiencias históricas e intentando construir una relación de mayor confiabilidad. 

Todo es una construcción…social

El caso de la frontera entre México y Estados Unidos representa más que el límite entre estos dos países. Es la muestra más tangible de la separación y la oposición de intereses entre el mundo occidental y la cultura latinoamericana, con sus respectivas formaciones sociales y distintos niveles de desarrollo.

Existen tantas fronteras geopolíticas en el mundo como países en él; sin embargo, pocas han sido tan hostiles y agresivas como la frontera norte de México. Es tan evidente y real esta “línea”, que intenta frenar el incesante flujo migratorio hacia Estados Unidos con alambre y placas de acero, formando una representación física y violenta de la separación entre ambas naciones. 

Podría ser considerado un ejemplo contemporáneo único en cuanto al contraste existente entre naciones ricas y pobres o, mejor dicho, entre naciones “desarrolladas” y “subdesarrolladas”. (tercermundista es un término que detesto)

La frontera de estos dos países hace resaltar los tipos de lazos que se establecen entre naciones desiguales a nivel socioeconómico, lo cual provoca la continua saturación de inmigrantes mexicanos en los estados del suroeste de Estados Unidos.

Desde mediados de la década de los cuarenta y hasta finales de la década de los ochenta del siglo XX, se tuvo un ejemplo similar en la frontera que dividió a Alemania en dos partes, donde la violencia era moneda corriente. En el borde norte de México suceden de manera cotidiana actos de represión y el peligro de la muerte es extremo. Más allá de su imposición materializada, el muro de la frontera norte de México representa la acumulación de violencia y miedos al “otro”, al extranjero, al desconocido.

Aun cuando las cosas parecieran estar controladas, muchas veces Estados Unidos rompe sus propias reglas con tal de que se permita la entrada a inmigrantes ilegales por sus fronteras, con el fin de contribuir al desarrollo de la economía. Ésta es una actividad común, ya que les permite tener mano de obra barata a la que “no le incomode” hacer toda clase de trabajos. Vamos muchachos, que esas copas no se van a lavar solas.

Estas incursiones ya antiguas, se combinan con un proyecto de inspiración originalmente geoeconómico, que consiste en reforzar las bases del poder de los Estados Unidos, apoyándose sobre los potenciales más cercanos en el plano geográfico.

Cuestiones como el Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN) son prueba tangible de un plan geopolítico de dominio y conquista que ha impuesto Estados Unidos hacia los demás países en los últimos tiempos (y que hoy entra en decadencia con el surgimiento del gigante asiático), en especial aquéllos que considera inferiores a él.

La política fronteriza de México, que en la actualidad forma parte de los esfuerzos del gobierno por obtener lo que desea en las negociaciones con EE.UU., debería por el contrario centrarse en prevenir los resentimientos locales, el delito y la violencia que acechan a lo largo de su frontera sur. La geopolítica de la migración no debe aplazar o diluir los intentos por disminuir los peligros que enfrentan los refugiados y los migrantes.

Antes de la llegada de Trump a la Casa Blanca, todo apuntaba a que la relación con México podía ser explosiva. Durante la campaña electoral de 2016 los ataques verbales hacia los mexicanos y su propuesta de construir un muro fronterizo pagado por México crearon un ambiente tenso. Sin embargo, la relación entre Trump y Andrés Manuel López Obrador (AMLO) fue mejor de lo que muchos esperaban (qué sorpresa dijo nadie nunca). En la mayoría de las ocasiones ha primado el pragmatismo sobre las declaraciones provocativas a las que ambos son afectos.

López Obrador no sólo no ha liderado un bloque latinoamericano de “centro-izquierda” (gracias por nada AMLO), sino que, una a una, se ha ido plegando a las posiciones de Trump tanto en materia migratoria como en asuntos comerciales y, finalmente, en la elección del BID. 

La estrategia habitual “trumpista” (elevar las exigencias y las amenazas para negociar desde una posición de mayor fuerza y hacer concesiones controladas en el acuerdo final) se dio tanto en la renegociación del Acuerdo de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN o NAFTA) entre EEUU, Canadá y México, como en las medidas de control de la emigración adoptadas por México.

Incluso cuando llevó a cabo las políticas antimigratorias más crueles en décadas, la administración Trump presidió los mayores flujos migratorios en la frontera entre Estados Unidos y México desde mediados de la década de 2000.

El salto en la migración de los últimos meses de Trump continuó acelerándose durante los primeros meses de Biden en la Casa Blanca. Esto está sucediendo incluso cuando el Departamento de Seguridad Nacional (DHS) mantiene en su lugar el “Título 42“, una disposición -muy controversial- dictada durante la pandemia  en la era Trump que expulsa a la mayoría de los migrantes en cuestión de horas, independientemente de sus necesidades de protección.

Bajo la nueva administración demócrata México continúa siendo prioritario en la agenda. Ahora la construcción del muro dejó de ser central. Para el control limítrofe, propone “asegurar” la frontera “de una manera humana y que establezca un conjunto racional de reglas para los aspirantes a inmigrantes, invirtiendo en tecnología inteligente en nuestros puertos de entrada y agilizar el sistema de acogida contratando más jueces de inmigración y oficiales de asilo”. De hecho, en su programa electoral pretendía que los que buscan refugio en EEUU sean “tratados con dignidad y obtengan la audiencia justa que legalmente tienen derecho a recibir”.

Por eso, cobra mayor relevancia la potenciación del Programa de Acción diferida para los llegados en la infancia (DACA) que protege de la deportación a unos 700.000 jóvenes. Biden, que respaldó el T-MEC, deberá hacer frente a la presión de sindicatos y empresas que denuncian violaciones de los derechos laborales en México y al ala liberal del partido que son reacios para con los tratados de libre comercio y que prioriza la agenda verde y las medidas de tipo ambientalista que México incumple. 

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