La pandemia agravó el abandono escolar en Latinoamérica

Los jóvenes de Latinoamérica, las altas tasas de abandono y bajo rendimiento escolar, uno de los efectos de la pandemia

El BID, lanzó un informe sobre cómo recuperar la educación después de la pandemia, en donde se detallaron los impactos de la virtualidad, la cual profundizó las brechas existentes. Gran cantidad de jóvenes quedaron fuera del sistema escolar, perjudicando sus opciones de empleo a futuro.

 El informe del BID (Banco Interamericano de Desarrollo) señala que “la pandemia profundizó las condiciones preexistentes y los desafíos estructurales”. Argumentando que muchos jóvenes se vieron privados no solo de educación, sino que fueron expuestos a mayores niveles de inseguridad social, sanitario y económico, violencia doméstica y abuso.

“La pandemia también empeoró la transición de la escuela al trabajo y el sentimiento de privación de derechos entre los jóvenes. La crisis sanitaria mundial puso de manifiesto las debilidades de la economía, que en el mercado laboral dejaron a millones de jóvenes sin trabajo o, en el mejor de los casos, los empujaron a empleos mal pagados, sin prestaciones ni estabilidad”.

Esta investigación sostiene que más allá de los esfuerzos de los estados por mantener la educación, incluso con medidas de educación virtual, se perdieron más días de clases que en cualquier otra región del mundo. Donde solo el 22% de los hogares tenía acceso a internet y solo el 19% tenía un ordenador, marcando la falta de infraestructura digital sumado a la falta de preparación de los docentes para fomentar el aprendizaje híbrido y a distancia.

Los indicadores más fuertes que fueron impactados por la pandemia, sin duda estuvieron relacionados al ingreso, al género y la geografía, donde los hogares en zonas rurales los jóvenes prácticamente no tenían acceso a las plataformas de aprendizaje en línea. Sin mencionar del impacto frente a las comunidades indígenas y afrodescendiente, donde solo el 29% tenía acceso a un ordenador.

El efecto de la no presencialidad afecta sobre todo a la posibilidad de finalizar los estudios, ya que según la investigación muchos estudiantes manifestaron que no participaron en ninguna actividad de aprendizaje, o no tuvieron ninguna interacción con los profesores, enfocándose que en los países más pobres esta situación es probablemente mucho peor. El impacto de esta situación, es que profundiza el abandono definitivo de los estudios, considerando que la falta de contacto cara a cara con profesores y compañeros, puede crear un ciclo de baja autoestima y reticencia al estudio.

Otro dato alarmante que sugiere el BID es el retroceso que se concentró en las niñas, las comunidades indígenas y afrodescendientes, además de escuelas en zonas vulnerables. Donde si bien, todos los jóvenes aumentaron sus actividades domésticas, las niñas se vieron más enfocadas al cuidado del hogar y de los niños más pequeños, o ancianos, lo que supone un retroceso en décadas de progreso sostenido en la reducción de la brecha de género en la educación.

“Los jóvenes no solo se vieron privados de aprender nuevos conceptos y habilidades, también perdieron conocimientos y habilidades que ya dominaban”

Las muestras señalan que hubo pérdidas equivalentes a un año entero de escolarización. Y en sistemas educativos que estaban más preparados para cambiar a un aprendizaje a distancia, el impacto fue aproximadamente de medio año de escolaridad.

Por otra parte, se habla de que “El distanciamiento social afectó al bienestar socioemocional y a la salud mental de los jóvenes”. Tanto el distanciamiento social, como la pérdida de medios de subsistencia en el hogar, la pérdida de familiares, el impacto del abuso de sustancias y la violencia doméstica, tuvieron un impacto devastador para los jóvenes.

Además, la escuela está ligada al acceso de beneficios sociales, desde vacunas, comidas, ayudas a las familias, hasta el apoyo socioemocional, la atención y el desarrollo personal, se vieron afectados ante el cierre.

Por otra parte, todos estos datos se traducen en un impacto en la disminución de sus ingresos de entre 15000 y 30000 dólares a lo largo de su vida, debido al menor rendimiento educativo. Lo que se traduce en 760000 millones de dólares en la economía de Latinoamérica, lo que equivale a un 17% de su PBI. Estas consecuencias pueden no ser tan evidentes, pero a futuro impactarán en la calidad de vida de las generaciones futuras.

Hay que invertir más y mejor en educación

El informe, propone que estos datos que son para nada alentadores, también ofrecen al conocerlos, la posibilidad de que todos los actores entiendan los puntos más importantes que se deben reforzar.

Considerando que la pandemia aumentó los niveles de pobreza y de desigualdad, el gasto público debería estar enfocado a paliar el impacto que recibieron los sectores más vulnerables en sus ingresos, además del acceso a los servicios básicos. “Las inversiones eficientes y equitativas en un contexto de restricciones fiscales tienen implicaciones para la estructura política y fiscal y sus efectos redistributivos”.

“En el corto plazo los recursos necesarios para la rehabilitación de escuelas y el regreso seguro a clases se estiman en U$S 23087 millones, que representan el 0,21% del PBI regional”, señala el informe agregando que el desafío que enfrenta la región es mejorar los sistemas educativos, pero a la vez responder a la emergencia.

Si se estima pensando en los siguientes 10 años la inversión sería de “aproximadamente U$S 220000 millones, incluyendo la inversión en infraestructura y equipamiento. Si nos enfocamos en el gasto dedicado a mejorar la retención de los aprendizajes, el gasto promedio se incrementaría en U$S 1200 por alumnos, alcanzando una inversión promedio del 5% del PBI regional, acercando al ALC en términos de inversión al promedio de economías más avanzadas”.

Pero, no se trata de gastar más, sino de gastar eficientemente, evitando los despilfarros, llamando a los actores a la acción para prevenir las consecuencias de los efectos combinados de los desafíos estructurales y la pandemia, que requieren no solo acciones inmediatas, sino estrategias a mediano y largo plazo.

Por esto mismo, sugieren cuatro áreas donde se debe enfocar la inversión y ellas son:

-Volver a involucrar a los jóvenes que han perdido contacto con las escuelas en pandemia, asegurando que completen su educación y sus trayectorias profesionales.

-Cerrar la brecha digital, producir contenidos en línea de alta calidad y transformar digitalmente los sistemas educativos. Ofrecer una transformación digital permanente de los sistemas educativos, donde se da prioridad al acceso a dispositivos y conectividad, además de acceder a contenidos de alta calidad, formación de docentes en pedagogías eficaces donde prima la instrucción personalizada.

-Acelerar el aprendizaje para todos.

-Como respuesta a los niveles sin precedentes de aislamiento, trauma y depresión de los jóvenes, dar prioridad a los entornos de aprendizajes seguros y enriquecedores.

La elección de cómo tomar estos datos, es responsabilidad de cada uno de los actores involucrados en el desarrollo, como señala el informe:

“La elección es nuestra, aprovechar este shock para transformar o retroceder y volver a una nueva normalidad que no altere la composición y el valor de nuestro capital humano”.

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