Las operaciones militares de Estados Unidos en América Latina: del siglo XIX a la captura de Maduro
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Lejos de constituir un hecho excepcional, la detención del presidente venezolano Nicolás Maduro por fuerzas de Estados Unidos se inscribe en una larga tradición de intervenciones militares en el hemisferio occidental que atraviesa más de dos siglos. La incursión de este sábado, que incluyó bombardeos sobre territorio venezolano y el traslado del mandatario a territorio estadounidense para enfrentar cargos por narcoterrorismo, volvió a poner en primer plano una práctica estructural de la política exterior de Washington: el uso directo de la fuerza para imponer objetivos estratégicos, políticos o de seguridad.
El propio Donald Trump confirmó la operación y defendió su legalidad y necesidad, pero el episodio abrió un debate inmediato sobre sus implicancias jurídicas y geopolíticas, especialmente en una región históricamente marcada por la proyección militar estadounidense.
De la Doctrina Monroe a la Guerra Fría: dos siglos de intervenciones
Desde sus orígenes, Estados Unidos articuló una política exterior orientada a consolidar su dominio regional. La Doctrina Monroe de 1823 —según la cual cualquier intervención europea en América sería considerada una agresión contra Washington— estableció el principio fundacional de esa hegemonía hemisférica. Con el tiempo, esa doctrina evolucionó hacia una práctica concreta de intervención directa o indirecta en los asuntos internos de los países latinoamericanos.
Durante el siglo XIX, la expansión territorial estadounidense se realizó mediante conflictos armados y anexiones. La guerra contra México entre 1846 y 1848 culminó con la ocupación y posterior incorporación de vastos territorios que hoy conforman buena parte del suroeste estadounidense, consolidando el uso de la fuerza como instrumento de construcción estatal.
A fines del siglo XIX y comienzos del XX, tras derrotar a España en 1898, Estados Unidos emergió como potencia global e inauguró una etapa de ocupaciones en el Caribe y Centroamérica, conocidas como las Banana Wars. Nicaragua, Haití, Honduras y República Dominicana fueron intervenidos o directamente ocupados para garantizar gobiernos funcionales a intereses políticos y económicos estadounidenses. La ocupación de Haití entre 1915 y 1934 fue uno de los ejemplos más duraderos y explícitos de ese patrón.
Con la Segunda Guerra Mundial y luego la Guerra Fría, la región pasó a formar parte del tablero de la confrontación global entre Estados Unidos y la Unión Soviética. La lógica de la “contención del comunismo” justificó golpes de Estado, operaciones encubiertas y guerras por delegación. El fracaso de Bahía de Cochinos en 1961, el respaldo a dictaduras militares y el financiamiento de los Contras en Nicaragua en los años ochenta marcaron una época de fuerte injerencia política y militar, con consecuencias devastadoras para la estabilidad democrática de la región.
En paralelo, Estados Unidos recurrió también a intervenciones abiertas: la invasión de Granada en 1983 y la de Panamá en 1989, para capturar al general Manuel Noriega, mostraron que el uso directo de la fuerza seguía siendo un recurso disponible. Aquella operación en Panamá fue condenada por Naciones Unidas y por la Organización de los Estados Americanos como una violación al derecho internacional.
La nueva disputa global y el regreso del poder militar
Tras el fin de la Guerra Fría, Washington desplazó el centro de su política exterior hacia Medio Oriente, Europa Oriental y Asia, pero América Latina nunca dejó de ser un espacio estratégico. En las últimas dos décadas, el ascenso de China como principal socio comercial de varios países latinoamericanos, su expansión en infraestructura, energía y financiamiento, y su creciente influencia diplomática reactivaron en Washington la percepción de que su histórica esfera de influencia estaba siendo desafiada.
En ese marco, Venezuela adquirió un valor simbólico y estratégico. La captura de Nicolás Maduro no solo representa una acción contra un gobierno hostil a Estados Unidos, sino también una señal hacia el resto del continente: Washington vuelve a mostrar que está dispuesto a utilizar su poder militar para imponer límites en su entorno regional inmediato.
El operativo se produjo además en un contexto internacional altamente fragmentado. La guerra entre Rusia y Ucrania, la crisis permanente en Medio Oriente y la creciente rivalidad entre grandes potencias configuran un sistema global inestable, donde las reglas multilaterales pierden peso frente a la lógica de la fuerza.
Argentina ocupa un lugar singular dentro de ese esquema. Desde la llegada de Javier Milei al poder, la política exterior argentina se alineó explícitamente con Washington. Ese posicionamiento se expresó tanto en el respaldo político de Donald Trump al gobierno argentino como en la reacción frente al caso venezolano: Buenos Aires fue uno de los primeros gobiernos en celebrar públicamente la detención de Maduro.
Para numerosos analistas, ese alineamiento reabre viejas discusiones sobre soberanía, dependencia y autonomía en la política exterior argentina. En una región históricamente marcada por la intervención externa, el regreso de operaciones militares directas plantea interrogantes que van mucho más allá del destino personal de un presidente capturado: ponen en juego el equilibrio de poder, el derecho internacional y el futuro político de América Latina en la nueva disputa global.
