Poderosa Misiones, la impactante crónica de una especialista en turismo

Escribe de Ana Van Gelderen, fotos, Estrella Herrera, revista Lugares. Misiones es lo que se ve, pero también mucho de lo que no se ve. Como ocurre con las termitas. “Esos son tacurús, donde viven”, me explica Rodolfo Vargas, guía de Noa & Nea Travesías. Habla de los montículos de tierra colorada que se suceden al costado de la RP 105  y despiertan mi pregunta. Y algo de lo que no se ve sucede también con el basalto, esa roca volcánica de la que se percibe una parte, bordeando el camino. O con los hongos que descubriré en el suelo, multiplicados bajo tierra.  “Gran parte de la riqueza de Misiones está escondida”, me confirma el guía que nació en Puerto Mado –departamento de Eldorado– y que nos acompañará en esta  aventura misionera con destino final en el majestuoso Parque Nacional Iguazú.

ESTANCIA SANTA INÉS 

En las afueras de Posadas está nuestra primera parada, y Nanny –Ana– Núñez nos invita a acomodarnos  en una bellísima casa de 1903, con amplias galerías.  Una de sus hijas, Lucía Pagliari, que se crió en el lugar, nos guía en un paseo de bienvenida por el monte, “donde suele haber monos”. “Mi bisabuelo, Pedro  Núñez, fue el primer empresario que plantó yerba  en zonas de campo abierto. Antes se hacía, pero en el monte. Todavía tenemos un yerbal de 1907. Él había venido de España en 1887 y tenía un almacén de  ramos generales. Formó una compañía de vapores y llevó los primeros turistas a las Cataratas”, cuenta mientras el monte desborda de güembé –Philoden dron bipinnatifidum– o banano de monte, cuyo nombre en guaraní es guaimbé, y que en Buenos Aires se vende a 6.000 pesos.

Cuando llegamos a los bambúes, efectivamente los  monos carayá están en lo alto, van de caña en caña y gritan fuerte. Estrella, mi compañera fotógrafa, se pone debajo para captarlos mejor, pero la espantan con un “líquido calentito” que cae desde arriba. No nos intimidamos y enfilamos hacia el viejo secadero –hoy abandonado–, donde 300 familias vivían del negocio de la yerba, según cuenta Lucía. Hay una barbacuá y un edificio alto con chimeneas, donde en 1918 intentaron aplicar una  nueva tecnología de secado que no funcionó. 

Un higuerón en caminata por el monte de estancia Santa Inés, en Posadas, con su anfitriona Lucía Pagliari.

De vuelta en la casa, y después de que cocinó el menú que a la noche compartiremos con los otros huéspedes de la estancia –el embajador de Alemania, su mujer, su chofer y su mano derecha–, Nanny me cuenta cómo es que desde mediados de los 90 reciben gente. “Cuando mi papá murió, mi mamá estaba muy triste. ‘¿Y si abrimos?’, le dije. A mamá le encantó la idea. Pero un rato antes de que llegaran los primeros huéspedes, nos preguntamos: ‘¿Ahora qué tenemos que hacer?’. Pronto supimos que se trataba de hacer ‘lo de siempre’. Estábamos acostumbradas a las visitas”, agrega Nani, con la voz dulce y un gesto siempre a mano para hacer de Santa Inés un lugar encantador.

LAS CAMELLIAS

Con cielo nublado y lluvia intermitente, el viaje sigue por La Ruta del Té, un proyecto turístico para aprender mucho sobre “la bebida que más se toma en el mundo, después del agua”. Las Camellias, en Oberá, marca el centro de la provincia, y Carolina Okulovich es quien nos muestra la plantación que empezó Basilio, su bisabuelo bielorruso y tealero que, para escapar de la pobreza, llegó al puerto de Buenos Aires en 1931 y terminó enviado a Campo Viera, hoy capital nacional del cultivo de la Camellia sinensis. “En Misiones había yerba, pero no demasiado té. Entonces mi bisabuelo pensó: ‘Si se consume en todo el mundo,acá también puede funcionar’”. Y, desde mediados del siglo pasado, el té es una fuente de ingreso importante para la provincia, una industria que exporta cerca del 98% de su producción.

En Las Camellias detallan que las plantas duran muchos años y se cosechan de octubre a mayo, según el clima. Cuentan que se complementan con las de yerba mate, que también tienen, como muchas chacras de la zona. “El té se cosecha con tractores con jaula y tijeras que cortan los brotes de arriba y los recogen en un canasto. Es un corte tamaño birome, con palo y rama. En cambio, cuando hacemos té gourmet, se cosechan a mano la primera y la segunda hoja de la planta”, detalla Okulovich y nos invita a cortar nuestro té.

Carolina Okulovich durante la cosecha de té en las plantaciones de La Ruta del Té en Oberá
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Para quienes sabemos poco y nada de esta bebida milenaria, explica cómo sigue el proceso. “Si querés hacer té negro, primero marchitás la hoja. Es decir, dejás que pierda agua solita. Según el clima, este proceso puede durar diez horas. Una vez que quedó maleable y blanda, hacés el enrulado para que desarrolle sabor y aroma.

Tras un descanso de una hora y media más –si hace calor será menos–, tiene lugar la oxidación; es decir, la hoja que se irá poniendo marrón. Después se seca en una máquina a más de 100 grados durante una hora; se deja enfriar, y ¡listo para tomar!”, anuncia Carolina, y apunta que la diferencia entre el proceso gourmet y el industrial está en los tiempos. ¿El té verde? “Se obtiene desactivando la enzima de la oxidación, con calor a más de 80 grados”, aclara la representante de la empresa familiar.

CUÑA PIRÚ LODGE

En el flamante municipio de Salto Encantado, a metros de Aristóbulo del Valle, Cuña Pirú Lodge es un lugar mágico por sus habitaciones construidas sobre los árboles. En plena selva misionera, entre el boyero cacique, el urutaú, el surucuá, las lechuzas, las ranas, los grillos, los bichos de luz y los monos, pasar la noche a ocho metros del suelo rodeada de árboles es un plan excepcional. “Mi padre compró estas 20 hectáreas de monte hace 30 años, pero recién hace diez años, y porque estamos cerca del Parque Provincial Salto Encantado, pensó en hacer un hotel”, explica Daniela Olivera, cara visible del clan de arquitectos e ingenieros que montó el proyecto. “Hay tatúes, zorros, pumas y chanchos. Casi no los vemos, pero están aquí. La selva es casa de depredadores, pero a nosotros no nos corren ellos, sino los insectos y los arácnidos”, agrega durante la cena, casera y riquísima, que sirve en el comedor del lodge.

A la mañana siguiente, después de un sueño reparador y excepcional en mi cuarto con baño privado sobre el árbol, me entero de cómo es que apostaron a semejante obra. “En realidad, primero hicimos las habitaciones del suelo, con diseño bioambiental, galerías, ventilación cruzada y sin necesidad de aire acondicionado. Pero pronto quisimos diferenciarnos. Entonces se me vino a la cabeza la historia del barón rampante de Ítalo Calvino, que discute con su padre y, en un acto de rebeldía, se va a vivir a los árboles. Estaba en la pileta y le dije a Diego, mi hermano: ‘Quiero habitaciones en la copa de los árboles’. ‘Dale’, me contestó. Todos se entusiasmaron y él las diseñó”, cuenta la anfitriona del lodge, que es arquitecta y trabajó en la última remodelación de las pasarelas y áreas de servicio del PN Iguazú.

Tras un paseo por el entorno del Salto Encantado, Daniela nos acompaña a conocer a Juanita González, la cacique de la comunidad Yvytú Porá que está integrada por 17 familias. Precavida ante los extraños, Juanita cuenta que su nombre en guaraní es Querechú. Mientras muestra algo de las artesanías que venden, me explica qué filamentos usan para la cestería. Y cuenta que para cortar la madera de las artesanías hay que evitar la luna nueva, porque se la comen los bichos. Dice que cazar pichones de cualquier especie da dolor de muelas y que, si capturan un venado o chancho, lo comparten. Es cacique porque la comunidad la eligió. “Yo al principio no quería, pero tampoco me iba a quedar sentada. Y mi esposo me apoyaba”, cuenta Juanita, que es una de las tres caciques mujeres de las más de 100 comunidades guaraníes que hay en Misiones.

HACIA EL SOBERBIO

Mientras avanzamos en dirección al este, el paisaje verde se vuelve más abundante. Rodolfo (nuestro guía) nos dice que estamos dentro de la Reserva de Biósfera de Yabotí. Explica que son 365.000 hectáreas preservadas de selva primaria. Se trata de un sector con tantos declives que nunca se llegó a talar para plantar. Eso la diferencia de Iguazú, donde la selva es secundaria: creció de nuevo lo que antes fue talado.

La variedad y las dimensiones se perciben desde la ventana de la camioneta mientras se suceden cedros, cañas, palmeras, laureles de todo tipo, lianas, orquídeas, bromelias y helechos que parecen componer una alfombra. Nos estamos aproximando al río Uruguay, que en guaraní significa ‘río de pájaros’.

Con la intención de conocer los saltos del Moconá, nos alojamos en Moconá Virgin Lodge, complejo de cabañas a metros del tranquilo arroyo Yabotí. Pero como acá manda madre Naturaleza, no nos queda otra que aceptar que no conoceremos esos saltos de entre cinco y diez metros de altura que se prolongan a lo largo de tres kilómetros: el caudal del río los cubre.

Tirolesa hasta el salto Horacio Foerster, rapel y senderos entre un sinfín de hongos –Astraeus hygrometricus, Nanacate, Cymatoderma, Stereum ostrea son algunos ejemplos– compensan el plan frustrado.

Una vez que a la citronela le sacan la esencia sirve como alimento para el ganado. Aquí, una finca de derivados de esta planta en El Soberbio, al este de la provincia.

ABSORBIDOS POR LA NATURALEZA

De vuelta hacia el Paraná, en un juego de zigzag que atraviesa la tercera provincia más chica de nuestro territorio –después de Tucumán y Tierra del Fuego–, llegamos hasta Puerto Libertad, a 45 km de Puerto Iguazú. Nos convoca La Lorenza, emprendimiento de 25 hectáreas que hace siete años armó el fotógrafo y conservacionista Emilio White, de 46. Lo encontramos con su mujer, Picu, y con Eduardo Lestani –alias Mosqui–, el biólogo que nos guiará con él por los senderos de la reserva. “Ahí está el bailarín naranja; vive hasta los 16 años, que es un montón para un pájaro de ese tamaño. Las hembras son verdes”, señala Emilio mientras avanzamos por el sector donde montó un andamio con una silla y una carpa para fotografiarlo.

“Se llama lex el lugar que se arman los pájaros macho, en la selva, donde tiene lugar el cortejo. Se pasan los lex de generación en generación. Lo usan los machos alfa y los secundarios.

Para llegar a ser macho alfa de un lex hay que aprender a bailar y vocalizar muy bien. Sólo así la hembra lo elige para copular”, agrega Emilio. Y se enorgullece de que en La Lorenza se vea cada tanto una urú, “la única gallinácea verdadera que hay en Argentina, que es silvestre y endémica de la selva atlántica”.

Mientras abre camino con el machete, me explica que capoeira se llama a lo que crece después de que se tumbó el monte. “Acá había plantaciones de yerba. Si la dejás, la selva se recupera. Tarda, pero la Naturaleza tiene una capacidad fuertísima. La cosa hoy no pasa por comprar la selva más linda. Por un lado, porque casi no queda. Por el otro, porque hoy lo nativo está bastante protegido en Misiones”, apunta Emilio. Y cuenta que las aves, los tapires y los venados son clave en este proceso, porque se comen las semillas y las bostean para reproducir la flora. “Otros las regurgitan, como el arasarí chico, que es un tipo de tucán que multiplica el palmito”, apunta el conservacionista que se define comunicador –trabajó para la BBC y la National Geographic– y que desde la galería de su casa con vista al Paraná invita a un atardecer naranja e imponente.

PUERTO LIBERTAD

Para pasar la noche en Puerto Libertad, Casa Bemberg, el sector más especial de Hostería Puerto Bemberg. Se trata de la residencia que supo ser de Otto Bemberg, el empresario alemán que a mediados del siglo XIX creó un imperio cervecero (Quilmes) y a quien Misiones agradece el impulso que supo darle a la industria del mate.

Su antigua casa son dos pisos con maderas que crujen al caminar, espacios comunes muy amplios y cinco habitaciones a nuevo con ventanales que dan a un jardín frondoso –hogar de la orquídea Cyrtopodium palmifrons, la más grande del país– y al río Paraná. La comida está a cargo del joven chef Jonathan Benítez, que propone sabores con impronta guaraní, además de vinos del Grupo Peñaflor, propiedad de los Bemberg.

El paseo del día es una navegación por el río Paraná hasta llegar al salto Yasy. “Este río transporta 13 millones de litros de agua por segundo”, precisan los guías Marcos Venialgo y Gastón Gobeta. Algunos aseguran que aquí es donde se filmaron las escenas de Isabel –La Coca– Sarli que la muestran semidesnuda en una cascada; pero otros dicen que fue en el salto Dos Hermanas, dentro del PN Iguazú.

Debate a un lado, este salto es magnífico. Lo descubrimos después de entrar por un arroyo y caminar unos minutos por una picada en la selva. Allí nos bañamos e hicimos la plancha en la olla poco profunda que se forma. Nadie que haya ido podrá contradecirnos: el salto Yasy es uno de los highlights de Misiones.

Otro imperdible es el recorrido en bici por la zona intangible del PN Iguazú. Tras una noche en el Selvaje Lodge de la selva Iryapú, a 20 minutos de las cataratas, Alejandro Gabriel Cárdenas nos espera a las 7.30 para andar por la RN 101 y adentrarnos en caminos inexplorados a los que sólo acceden biólogos, guardaparques y expertos con permiso especial. El mismo que tiene Ale para que turistas de espíritu aventurero se pongan el casco y los guantes antes de internarse en la selva durante más de dos horas, con esa tierra tan colorada como nunca antes la vi. Detectamos un tucán (otros muy afortunados alguna vez vieron un yaguareté o un tapir). El plus, en nuestro caso, es llegar hasta las proximidades de Puerto Canoas y divisar, río Iguazú de por medio, la bruma que emerge de la Garganta del Diablo y la pasarela del parque con gente. Es nuestra primera y singular aproximación a este abismo de enormes dimensiones con agua que cae a raudales.

A LA GARGANTA DEL DIABLO

Instaladas en el Hotel Gran Meliá Iguazú, salir a recorrer las cataratas es sólo cuestión de dar unos pasitos. Desde nuestra habitación –así como desde los bares y restaurantes del hotel– se ven nítidas. Igual que desde la piscina de borde infinito, donde se podría flotar todo el día haciendo de la contemplación un culto. La ubicación de este hotel (inaugurado en 1978 para recibir turistas por el Mundial de Fútbol) es imbatible: el único dentro del parque. Hoy está en su mejor momento, tras la renovación integral que implicó pasar a integrar la cadena internacional Meliá, con un nivel de instalaciones superlativo y una calidad de servicio acorde.

“De niño acá me bañaba yo. Veníamos a las cataratas como balneario, a pasar el domingo”, me cuenta Rodo cuando estamos frente al salto Dos Hermanas, que es parte del circuito inferior del parque. Repasamos la historia de esta área que desde 1934 preserva la Mata Atlántica y, además, recibe turistas. “El Estado nacional les compró estas tierras a dos grandes terratenientes vascos, Domingo Ayarragaray y Martín Errecaborde. En ese entonces aquí se vivía del auge de la madera –cedro, lapacho y petiribí– y del oro verde: el mate. Cuando las compraron, los árboles más grandes habían sido depredados. De todas maneras, hace ya casi 90 años que se está recuperando y, por los animales que tenemos, como el yaguareté, se puede afirmar que es una selva que goza de buena salud”, asegura nuestro guía.

“Los primeros turistas habían llegado en 1901. Era un grupo de la alta sociedad que vino en barco y, al volver a Buenos Aires, habló de la majestuosidad del lugar. Entre ellos estaba una señorita, Victoria Aguirre, que luego donó 3.000 pesos fuertes –la moneda de entonces– para que se hiciera una picada que comunicara la ciudad de Puerto Iguazú con las cataratas. Poco después, Carlos Thays diseñó el trazado del parque. Y el sueco Olaf Hansen levantó un primer hotel en 1922; es lo que hoy denominamos el Antiguo Hotel”, rememora Rodo. Y agrega que cuando se inauguró el Gran Hotel Internacional Iguazú –hoy Meliá–, las cataratas estaban sin agua. Y que cuando fue Sheraton, desde los 90 hasta hace cuatro años, recibió reyes, mandatarios y celebridades.

“El trazado de las pasarelas fue cambiando. Una gran crecida de 1982 se llevó puesto el circuito superior, que iba a la Garganta del Diablo. Hicieron una nueva edificación, pero pasó lo mismo en 1995. Desde 2001 que funciona como hoy, con estas pasarelas que permiten pasar la luz para que las plantas crezcan, y que son amplias como para el acceso de sillas de ruedas y cochecitos”, argumenta Rodo antes de lanzarnos al paseo Gran Aventura. La consigna es llevar una muda de ropa o hacerlo en traje de baño. Una bolsa estanca sirve para lo que no se puede mojar. Nos empapamos en el corazón de las cataratas, mientras la lancha que nos lleva entra y sale del agua en un juego de euforia, gritos y energías liberadas.

Secas por el efecto del sol que se cuela entre los árboles, mientras seguimos el recorrido Rodo continúa desasnándonos sobre este parque, que es muchísimo más que agua que cae. “El vencejo de cascada no tiene dedos para agarrarse de las ramas, sólo tiene uñas tipo garras para adherirse a las paredes de basalto” (las paredes, dicho sea de paso, están recubiertas de tupido musgo), explica nuestro guía sobre esta ave (Cypseloides senex) de alas grandes y agudas que mide unos 8 cm de longitud, que forma grandes bandadas y que anida detrás de los saltos. Es el símbolo del parque, e igual que las golondrinas, come en vuelo.

Con la única y más que suficiente luz que regala la luna llena, al parque lo camino de noche. En silencio, procurando perturbar lo menos posible la calma circundante, avanzo hasta la Garganta del Diablo y contemplo esa desmesurada masa fluorescente. Aquí no hay otro mandato que no sea el de la Naturaleza. Inquebrantable, poderosa.

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