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Sin tiempo para la euforia

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Las elecciones del domingo dejan múltiples lecturas y la primera es que no hay lugar para la euforia de los vencedores ni para la desazón de los derrotados. La sociedad marcó con sabiduría un nuevo escenario, garantizando un triunfo, pero con un límite preciso. No hubo victoria aplastante ni distancias siderales entre uno y otro. 

Alberto Fernández ganó, como se esperaba, en una primera vuelta sin sobresaltos. 47 por ciento de los votos sirvieron para sortear la posibilidad de un ballotage y empezar, desde ya, a ser el que tome las decisiones, incluso antes de asumir formalmente el 10 de diciembre. No tendrá tarea sencilla. La economía está destruida y la caja vacía, como lo demuestra la desesperada reimplantación del cepo al dólar, una de las pocas banderas que Macri no quería arriar, pero terminó cediendo. Dato no menor. Cristina dejó el poder con un cepo en dos mil dólares por mes. Macri dejará el poder con uno de 200 dólares al mes. Se retrocedieron cuatro años de casilleros para arribar a un peor resultado, con el agravante de que ahora el país está sobreendeudado y a duras penas puede pagar las cuentas a fin de mes. María Eugenia Vidal, la gran derrotada del domingo, es la primera que mostró la bandera blanca con los acreedores, al no poder pagar vencimientos de deuda tomada con el propio Banco Provincia de Buenos Aires. La Argentina deberá tomar el mismo camino en breve, de la mano del nuevo Presidente.

Un nuevo Presidente al que no se le puede demandar soluciones mágicas, pero que tendrá poco tiempo para poder concertar el descalabro. Las demandas son urgentes y cada una tiene altísima prioridad: reactivación económica, desempleo, pobreza e inflación, en un cóctel que puede estallar con cualquier chispa. Pero al mismo tiempo, tiene a su favor que cualquier indicador que mejore levemente, será un triunfo en comparación con los últimos dos años de la gestión de Macri, durante los que todo fue en retroceso. Las promesas de Cambiemos fueron un fiasco. De pobreza cero a una pobreza del 40 por ciento. De la lluvia de inversiones a cientos de industrias cerradas y un tendal de desempleados que duele de a miles. De la inflación será lo más fácil de resolver a una suba de precios que duplica la herencia recibida, con dos años consecutivos por encima del 50 por ciento.

¿Entonces, cómo se explica que Macri haya sacado 1,9 millones de votos más que en la lejana primera vuelta de 2015? ¿Cómo se entiende que haya obtenido 2.272.120 votos más que en las Primarias de agosto? Ahí radica el punto neurálgico que definirá el futuro político de la Argentina cercana. Aún con inmensos problemas económicos, la sociedad, un 40 por ciento de la sociedad, acompaña la idea de una política supuestamente ascética, aunque sus resultados no se corroboren en la realidad. Ese dato debe ser tenido en cuenta por Fernández, aunque en su prédica insista en que es con Todos. Hay un sector grande de la sociedad que se siente incluido en ese “todos”, un sentimiento de aversión que traspasa clases sociales. No se puede caer en el reduccionismo de que se trata solo de antiperonismo. Va más allá. ¿Es antikirchnerismo? ¿Es anticristinismo?

La vicepresidenta electa ha dado muestras de aprendizaje y sabiduría. Quienes la cuestionaban en su soberbia o falta de olfato para elegir sucesores, ahora tienen que rendirse ante la evidencia. Fue ella quien eligió a Alberto y fue ella quien impulsó a Axel Kicillof a pelear la gobernación de Buenos Aires. Ambos son los protagonistas del nuevo tiempo que la tendrá como actriz secundaria, aunque seguramente no en un rol irrelevante. Hilando fino, Kicillof es el hombre central del nuevo tiempo. Sin su triunfo, el balotaje casi que hubiera sido inevitable. Aunque no creció en comparación con las primarias, tampoco lo hizo Vidal y la provincia de Buenos Aires, se sabe, es la madre de las batallas políticas. 

Pero volvamos a los números. En las generales de 2015, el Frente para la Victoria había sacado 9338490 votos, con Daniel Scioli como candidato. Sergio Massa se llevaba otros 5386977. Sumaban 14,7 millones. Ahora, juntos en un mismo espacio, acumulan casi 12,5 millones. ¿Dónde quedaron los demás votos? Cambiemos había sacado en la primera vuelta de hace cuatro años 8.601.131 votos y ahora obtiene 10.470.607. Se va con más votos de los que entró. Y dos millones más que en las primarias de agosto. 

Uno suma, el otro resta. Ahí hay un voto duro. Macri es el primer presidente que se presenta y no logra ser reelecto. Pero al mismo tiempo, en un pésimo contexto económico, retiene su caudal y consolida su espacio. 

Roberto Lavagna no estaba en 2015 y ahora se colocó como tercera fuerza. Su presencia puede explicar que le haya quitado votos al Frente de Todos, con el que está simbólicamente más cercano. Sin embargo, la fuga de votos que sufrió desde las PASO, parece haber beneficiado directamente a Macri. Obtuvo en agosto 2.081.315 y ahora 1.586.601 votos. La misma ecuación se puede hacer con las fuerzas menores, como la izquierda, el liberalismo o el partido antiabortos. Los votos que se les fugaron no fueron a parar, casi nada, a Alberto, ya que apenas sumó 139.816‬ desde las primarias. 

Al mismo tiempo, si se retrocede cuatro años, Macri suma seis puntos respecto a la primera vuelta de 2015 y Alberto Fernández crece 12, en comparación con Scioli. 

Es decir, la sociedad votó decididamente por cambiar de Presidente -vaya paradoja-, pero al mismo tiempo forjó en Macri el referente de una oposición dura. Las primeras señales dadas por Alberto y Macri hablan de una transición ordenada. Dependerá de ellos que sea una relación sana. Toda la sociedad está mirando. Las demandas son muchas y el tiempo corre.

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