Acuerdo de París

Cumbre de Líderes pasa testigo a COP30 con el débil balance del Acuerdo de París

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Escribe Mario Osava / Inter Press Service – Diez años después de su firma, el tratado intergubernamental no logró reducir las emisiones de gases de efecto invernadero (GEI) para contener en 1,5 grados Celsius el recalentamiento planetario en este siglo. Pero fue “un gran paso adelante”, sostuvo Stiell tras la clausura de la Cumbre de Líderes mundiales, que antecedió a la COP30.

La COP30 (30 Conferencia de las Partes) de la convención sobre el clima, abrirá sus negociaciones el lunes 10 en Belém, que se prolongarán hasta el día 21, ya sin la presencia de jefes de Estado y de gobierno.

Sin el Acuerdo de Paris el mundo tendría “un futuro imposible de calentamiento descontrolado, de hasta cinco grados. Gracias a ello, la curva se inclinó por debajo de los tres grados”, comparó Stiell.

Un total de 57 jefes de Estado y de gobierno, según la cancillería brasileña, estuvieron reunidos en Belém, la capital del estado de Pará, durante dos días, para discutir los temas centrales de la COP30.

El financiamiento climático, acordado en 300 000 millones de dólares anuales pero que los países del Sur global quieren elevar a 1,3 billones (millones de millones) para 2035, “es el gran acelerador” para intensificar las acciones, definió Stiell.

Con esos recursos destinados especialmente a los países pobres y más afectados por la emergencia climática se buscaría cumplir la meta de 1,5 grados acordado en 2015 en la COP21, celebrada en Paris en 2015.

Agenda de la COP30

Ese tema, central en la COP29 de 2024 en Bakú, la capital del Azerbaiyán, vuelve a los debates en Belém, cuyos temas principales definidos anteriormente son la implementación de los acuerdos ya firmados y las medidas de adaptación al cambio climático como nueva prioridad.

La sustitución de los combustibles fósiles, tema central en la COP28 de Dubái, en 2023, también ganó empuje en la Cumbre de Líderes, así también la deforestación, que se busca reducir a través de la propuesta brasileña del Fondo de Bosques Tropicales para Siempre (TFFF, en inglés).

El anfitrión, el presidente brasileño Luiz Inácio Lula da Silva, sorprendió por lo menos la audiencia nacional al inaugurar el jueves 6 la cumbre resaltando la necesidad de “superar la dependencia de los combustibles fósiles” como una de las prioridades de la lucha climática, además del financiamiento climático y la preservación forestal.

Apenas 17 días antes él mismo había celebrado la autorización ambiental para la exploración petrolera en la cuenca de la desembocadura del río Amazonas, ante protestas de los indígenas, el movimiento ambientalista e incluso por representantes de la agricultura volcada a los biocombustibles.

La cuenca se extiende por un área marítima de 268 000 kilómetros cuadrados, más grande que el Reino Unido, donde se cree que existen yacimientos muy productivos por la proximidad con Guyana, que triplicó su producto bruto interno desde 2019 gracias al petróleo descubierto em 2015.

Políticos interesados en la nueva frontera de hidrocarburos, incluso miembros del mismo gobierno, argumentan que las ganancias petroleras son necesarias para promover la transición energética, al generar nueva capacidad de inversión en las alternativas.

“Brasil no puede renunciar a esa riqueza”, justificó Lula su apoyo a la búsqueda de petróleo en el mar amazónico por la estatal Petrobras y las presiones sobre las autoridades ambientales para que concedieran la licencia de exploración.

Una de las sesiones de la Cumbre de Líderes de la COP30, anticipada para evitar problemas de alojamiento durante la conferencia climática que tendrá lugar del 10 al 21 de noviembre con cerca de 50 000 participantes en Belém, una ciudad de 1,4 millones de habitantes y situada em la Amazonia brasileña. Imagen: Ricardo Stuckert / COP30

Ambiguedad brasileña

Quedó evidente la contradicción con su posición manifestada en la cumbre, de condena a los combustibles fósiles, en coincidencia con el secretario general de las Naciones Unidas, António Guterres.

“Invertir en combustibles fósiles es apostar contra la humanidad y contra la economía. Es autodestructivo”, dijo Lula en su discurso.

Guterres, por su parte, admitió el fracaso de las acciones climáticas hasta ahora para sostener el límite de 1,5 grados, pero afirmó que la Organización de las Naciones Unidas (ONU) nunca renunciará a esa meta, “una línea roja”, y que hará todo para alcanzar cero emisiones netas de gases invernadero hasta 2050.

Un rechazo más contundente a la energía fósil manifestó el presidente de Colombia, Gustavo Petro, que defendió la eliminación progresiva de los combustibles fósiles en el mundo, coherente con su política interna que promueve la desactivación de la industria petrolera en el país.

Es un tema de negociación decisiva en las COP porque la producción y consumo de energía representan cerca de 70 % de los gases que recalientan la tierra.

El presidente brasileño, Luiz Inácio Lula da Silva, con el secretario general de las Naciones Unidas, António Guterres, en la Cumbre de Líderes de Belém. Ambos coincidieron en la necesidad de sustituir los combustibles fósiles para evitar el colapso climático del planeta. Imagen: Lucas Landau /COP30

Hoja de ruta del financiamiento

Algún aliento entre gobernantes generó la presentación del informe La Hoja de Ruta de Bakú a Belém, que apunta mecanismos para elevar el financiamiento climático pretendido de 1,3 billones de dólares al año a partir de 2035.

Elaborado por los presidentes de la COP30 y COP29, el brasileño André Corrêa do Lago y el azerbaiyano Muhktar Babayev, el informe de 80 páginas propone cambios en la arquitectura financiera mundial, con la adopción de distintos mecanismos para alcanzar la meta.

El mercado de carbono, el canje de la deuda externa de países pobres por protección ambiental y tributos sobre transacciones financieras internacionales y sobre consumo de los ricos, como pasajes aéreos en primera clase, hacen parte del repertorio de medidas.

Cambios en los subsidios, como la reducción a los concedidos a combustibles fósiles, y reducción de los intereses sobre la financiación de fuentes limpias de energía podrían representar centenares de mil millones de dólares para la mitigación climática, asegura el informe que recibió 227 sugerencias de variados sectores, públicos y privados.

Pero ambientalistas recibieron con muchas críticas la hoja de ruta. Es genérico, no asegura compromisos sino posibilidades, y no define responsabilidades de los países ricos ni responde a las demandas de los países en desarrollo, según los críticos.

Es “un mapa sin brújula”, definió Rebecca Thissen, una activista de la red internacional Climate Action Network, en la publicación digital InfoAmazonia del 5 de noviembre.

Un mecanismo concreto de financiación en beneficio del clima es el Fondo de Bosques Tropicales para Siempre. La propuesta brasileña prevé la captación de 125 000 millones de dólares en un fondo fiduciario que remunerará los países que logren preservar sus bosques.

Los países potencialmente beneficiados suman 74. La meta original es captar 25 000 millones de dólares de gobiernos y bancos públicos, para luego completar el fondo con aportes privados.

No se trata de donaciones ni créditos, sino de un fondo de inversiones cuyas utilidades se distribuirían a los dueños del capital y a los países de bosques preservados. Es una forma de contar con beneficios y utilidades permanentes y por tiempo indeterminado, por eso se considera un mecanismo innovador y sostenible de mantener “los bosques en pie”.

Además, el 20 % de las ganancias se destinarán a los pueblos indígenas y tradicionales, reconocidos como guardianes de la naturaleza en sus territorios demarcados.

La declaración del lanzamiento del TFFF el 6 de noviembre contó con la firma de 53 países y en su primer día cinco países anunciaron un aporte total de casi 5600 millones de dólares, ya que Noruega anunció una inversión de 3000 millones de dólares y Francia 500 millones de euros.

A eso se suman los aportes de Brasil e Indonesia, potenciales beneficiados por disponer de grandes bosques tropicales, de 1000 millones de dólares cada uno. Portugal se juntó el grupo pero con una suma pequeña, un millón de dólares.

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Los 10 años del Acuerdo de París: un balance latinoamericano

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Escribe Martín de Ambrosio / Inter Press Service – París era una fiesta. Al menos, el júbilo estalló en la sala de periodistas cuando el ex ministro de Asuntos Exteriores de Francia, Laurent Fabius, bajó el martillo y dio por cerrada la 21 Conferencia de las Partes (COP30) de las Naciones Unidas, en ese diciembre de 2015, y abrochado así el Acuerdo de París como tratado que orienta la acción mundial contra el cambio climático.

La alegría parecía algo exagerada porque apenas era un papel, que mostraba voluntades, desde ya, pero no era el final de nada. 

Una década después, y con el cambio climático acechando de manera cotidiana en todo tipo de eventos extremos, llega la hora inevitable de los balances y de pensar cómo serán, por ejemplo, los próximos 10 años, lo que tendrá una oportunidad durante la COP30, que acogerá la ciudad brasileña de Belém do Pará, desde el lunes 10 y hasta el 21, que estará precedida por una Cumbre de Líderes desde este jueves 6. 

Lo que fue París y lo que es

Para América Latina, en particular, existe un consenso entre los expertos en que “París” no fue todo lo que pudo haber sido; apenas si es una pieza en el tortuoso sendero de poner a 196 países en sintonía a la hora de tomar medidas para proteger sociedades y naturalezas (porque no hay lo primero sin lo segundo). 

Su fragilidad y su fortaleza provienen de ese mismo origen, de la voluntad de los países de detener las peores consecuencias de los cambios que tiene la atmósfera como consecuencia de las emisiones de gases contaminantes que comenzaron con la era industrial (en el lejano siglo XVIII) y el uso intensivo de energía de base fósil (carbón, petróleo y gas). 

Pero la voluntad, como la donna de la ópera de Guisseppe Verdi, è mobile. Y el contexto internacional no parece muy apto para las conversaciones multilaterales, sino más bien para las acciones de hecho, en guerras comerciales o tradicionales. No es precisamente el camino que propone “París”. 

De todos modos, los protagonistas tienen claro que el fantasma que se debe evitar es el fantasma del Protocolo de Kioto, aquel tratado climático pionero de 1997, cuya arquitectura era quizá más justa para los países no desarrollados, a los cuales no se les obligaba reducir sus emisiones, pero que tenía vicios políticos que lo terminaron deshilachando. 

“En general, el Acuerdo de París sigue siendo una frontera y un horizonte. Una frontera para no ir para atrás y un horizonte, un instrumento global para defender el ambiente. El gran problema del Acuerdo son las señales políticas. El límite es la motivación política, que se ve agravado por los gobiernos negacionistas, que ponen interrogantes fuertes”, sintetiza Andrés Nápoli, director ejecutivo de la Fundación Ambiente y Recursos Naturales (FARN) de Argentina. 

De todas maneras, Nápoli cree que para la región latinoamericana “es un buen instrumento” porque la existencia de los compromisos nacionales de reducción de emisiones permite, por ejemplo, reclamar políticas. 

“El Acuerdo es una herramienta desde la cual nuestros países pueden exigir compromisos y justicia, pero –en la práctica– el apoyo ha sido limitado. Las promesas no se han traducido en suficiente acción ni recursos. Pero es algo; pienso que sin este marco común estaríamos aún peor”, coincide Florencia Ortúzar Greene, directora del programa Clima de la Asociación Interamericana para la Defensa del Ambiente (Aida).

El tratado en la región

En esta ardua década de negociaciones, que respetaron frecuencia anual salvo durante el año de la pandemia, se avanzó en la forzosa implementación del Acuerdo de París, en cómo conseguir los objetivos de limitar el calentamiento global por debajo de los 2 °C con respecto a los niveles preindustriales, y hacer esfuerzos para que no supere los 1,5 °C.

En ese transcurrir, la adaptación a las consecuencias del cambio climático ganó espacio: no sólo había que dejar de emitir gases contaminantes sino también adaptarse a las consecuencias que esa inédita atmósfera generaría en los eventos meteorológicos. 

También fueron muy discutidos los números de la financiación, es decir, cuánto dinero deben aportar los países industrializados -que lograron serlo a costa del cambio climático- a los países todavía en vías de desarrollo (los latinoamericanos, desde ya). Y eso ha sido un problema en los últimos diez años (y antes también). 

“Si no fluye el financiamiento, se avanza mucho más lento de lo esperable”, se lamenta Walter Oyhantçábal, ingeniero agrónomo integrante del Grupo Intergubernamental de Expertos sobre Cambio Climático (IPCC), grupo que asesora científicamente a la Convención Marco de Naciones Unidas sobre Cambio Climático. 

Oyhantçábal agrega que la reglamentación del Acuerdo de París demoró mucho en operacionalizarse. Y todavía están en discusión los números y los plazos de esa transferencia de dinero. 

Aun así, el ingeniero agrónomo, que trabajó en el ministerio de ganadería de Uruguay, destaca que “la adaptación se puso en un mismo plano y eso para América Latina es muy positivo. Porque nuestras emisiones son de agricultura, difíciles de reducir».

«Se puede dejar de usar petróleo, porque hay energía renovable, hay tecnología. No hay dudas. Pero para la agricultura no hay reemplazo. Salvo que se puedan implementar cambios en las dietas. Pero hay consideraciones acerca de si es posible y qué pasa con los rumiantes en nuestros pastizales en cuanto a la pérdida de diversidad”, agrega.

Dado que América Latina, salvo núcleos concentrados sobre todo en Brasil, México y, cada vez menos, en Argentina, es ante todo una región agropecuaria, un foco son precisamente las emisiones del sector. “Estamos emitiendo un poco más, por más stock y más producción”, admite Oyhantçábal. 

A la vez, Oyhantçábal destacó el caso de Uruguay, que logró producir más con la misma cantidad de metano emitido.

“Se hace por las vías de buenas prácticas. De mejores dietas, controles en la fertilidad del rodeo, con menos animales que no queden preñados y emiten igual. Además se mejoran los ingresos económicos del campo”, agregó, en un ejemplo que podrían extenderse a otra zona agraria de la región. 

Un último punto de análisis es la transición energética. La necesidad de un abandono del tipo de explotación energética que llevó a la humanidad a este escenario. Aquí parece cundir la idea de que los recursos que aún existen bajo suelo latino deben explotarse. Sobre todo ante la ausencia de estímulos económicos externos, es decir, de esa transferencia de dinero del Primer Mundo cuya ausencia es brillante. 

Así lo dice Nápoli: “Es cierto que la región está lejos en transición energética. Que hay una apuesta a los combustibles fósiles, a nuevas cuencas offshore en el Caribe, en el mar argentino… Faltan decisiones políticas para la región, y establecer políticas de direccionamiento conjunto. La región tiene problemas comunes, en cuanto a biodiversidad, desertificación, con las olas de calor intensas, pero todavía carece de respuestas conjuntas”.

París, Belém y el fantasmal Kioto

En este contexto, a nivel global, no es que “París” está teniendo un suceso que no se acompaña en la región latinoamericana, más bien lo contrario.

Taryn Fransen, directora de Ciencia, Investigación y Datos del Programa de Clima Global del World Resources Institute, resumió la situación. “Cuando fue adoptado el Acuerdo de París, en 2015. El mundo iba hacia un desastre de un calentamiento de 4°C (promedio respecto de la era preindustrial)”. 

“Gracias a las energías limpias y a las políticas climáticas que algunas de las grandes economías hicieron al amparo del Acuerdo de París. La curva comenzó a doblarse”, manifestó. Pese a reconocer que uno de los objetivos del acuerdo, mantenerse a menos de 1,5°C se desdibuja.

En lugar de 4°C vamos a 2,5°C o 3°C, lo que es un gran avance, pero aún así un gran riesgo”, dijo. 

En ese sentido, Fransen reconoce que “las tensiones geopolíticas y la falta de confianza representan desafíos serios. Ahí es donde el proceso de la COP se vuelve crucial. Es el único foro global donde todos los países, especialmente los más vulnerables, tienen un lugar en la mesa.

La COP no se trata solo de negociar objetivos. Es un espacio vital para alzar la voz de los menos responsables del cambio climático y los más afectados por él”. 

Ese proceso mencionado tendrá en noviembre de 2025 una continuidad cuando se realice la COP30, en Belém,  en plena Amazonía brasileña. 

Allí se discutirá cómo sigue la agenda, cómo se incentivan más las energías renovables y cómo se logra en un mundo con tambores de guerra, que se dedique cada vez más dinero para que países y pueblos puedan también adaptarse a las nuevas condiciones del cambio climático. Todo esto para que “París” no se convierta en otro “Kioto”.

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El mayor experto en finanzas verdes: “Misiones puede cobrarle a la industria que contamina por preservar su selva”

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Rodolfo Tarraubella es el mayor experto en el país en finanzas verdes, como se denomina a los mecanismos para obtener fondos que están vinculados a proyectos de reducción o mitigación del impacto ambiental.

Esta noche desde las 20 dictará una conferencia en la Fundación Osde, donde buscará seguir concientizando sobre los mecanismos financieros que se abren a partir del acuerdo de París, que comprometió a las grandes naciones industrializadas a reducir sus emisiones de carbono y mitigar el impacto climático (el recalentamiento no puede superar los 2° de la temperatura media del siglo XIX). Si bien los compromisos de París no son obligatorios, hay una presión social y política muy fuerte, dice este experto.

“Hay una sanción social y política muy fuerte de no respetar los acuerdos de París y se vio con la intención de Trump de retirarse del acuerdo, sus propios gobernadores y hasta las empresas dijeron que no estaban de acuerdo y respetarán los compromisos de París”, sostiene Tarraubella, quien pone en duda de que los EE.UU vayan a retirarse efectivamente de este pacto global.

“Recién lo podrán hacer efectivo 3 años posteriores a la ratificación, o sea, en Noviembre de 2019, y entraría en vigor un año posterior, noviembre de 2020, justo cuando vence el mandato de Trump”, advierte.

Tarraubella es un experto en bancos que en los 90 se empezó a volcar al espacio donde las finanzas se mezclan con el Medio Ambiente. En 1992 sacó la primera tarjeta “ecológica”, emitida por MasterCard y el Banco Lloyds. “Por cada compra hacían una donación a una ONG”, comenta.

Hoy está a cargo de la Secretaría de Sustentabilidad y Finanzas Climáticas de la agencia de la ONU, Cifal Argentina, dirige la Fundación EcoConciencia y es consultor de empresas y gobiernos.

En una entrevista con Economis, Tarraubella contestó al siguiente interrogante. ¿Cómo puede hacer Misiones para cobrarle al mundo contaminante por la preservación de su selva?

“Misiones mantiene su selva a expensas de sus territorios productivos, paga un costo, porque deja de producir, y tiene necesidades que cubrir de su población, es legítimo que la provincia diga al que contamina, ‘yo mantengo mi selva, pero vos ¿cuánto me vas a pagar por mantener mis territorios verdes que absorben dióxido de carbono?’”, señaló Tarraubella, recién llegado de Buenos Aires en su segunda visita a la provincia en menos de tres meses.

Tarraubella dice que hoy por hoy hay una valuación del llamado “costo social del carbono”, que es el daño que se causa a la sociedad por cada tonelada de gases efecto invernadero ( CO2 y otros) que se emiten a la atmósfera, y “está valuado en 41 dólares”

En el futuro, las industrias contaminantes que deban cumplimentar los acuerdos de reducción van a tener que pagar a otro país, entidad u organismo que tiene un proyecto de reducción de emisiones de carbono. El espíritu es la compensación. Una industria que gana mucho dinero pero emite mucho CO2 tiene que pagar a otro que reduce y compensa.

“Cualquier cosa por debajo de los 41 dólares les va a convenir pagar, si pusiéramos un impuesto al carbono equivalente al costo social del carbono”, explicó Tarraubella.

“Misiones tiene que empezar a hacer gestiones para que la Nación desarrolle primero un mercado internacional de reducción de emisiones, así le puede vender la reducción de emisiones a una fábrica en Estados Unidos, por ejemplo”, señaló.

El otro punto que debe empezar a explorar la provincia es el de certificar cuánto dióxido de carbono absorbe su selva. “Hay que cuantificarlo, demostrar cuánto dejaría de absorverse si no se mantuviera esta magnífica extensión de selva verde”, señaló.

Otros mecanismos que debe explorar la provincia es empezar a tender líneas con el Fondo Verde para el Clima, que está constituido por compromisos de  100.000 millones de dólares anuales a partir del 2020 y financiará proyectos de mitigación, adaptación y resiliencia al cambio climático.

Una vez más, un proyecto verde es un proyecto que tiende a mitigar el impacto del cambio climático y otros impactos ambientales. Por ejemplo, un aserradero utiliza la biomasa forestal para hacer energía, y reemplaza a una central termoeléctrica que consume petróleo para generarla, y de ese modo, emite menos gases efecto invernadero y otros gases más contaminantes.

“Actualmente, cualquier país ya tienen disponible una línea de tres millones de dólares no reintegrables solamente para preparar proyectos, hay que utilizar estos mecanismos, pero hay que conocerlos también, el otro día estaba en Tucumán y funcionarios de medio ambiente comentaban que no estaban enterados de todas las facilidades disponibles de estos mecanismos”, explicó Tarraubella.

Qué es el Acuerdo de París

El Acuerdo de París, entró en vigor el 4 de noviembre de 2016. Supone compromisos (denominados Contribuciones Nacionales Designadas) de reducir emisión de gases de efecto invernadero y quien no cumpla esos compromisos, aunque no tiene un cargo punitivo formal, pero si político y social, seguramente será sancionado por la comunidad internacional.

La oportunidad para Misiones es esta: cuando el mundo se obligue generando un nuevo mercado de carbono, en virtud del Acuerdo de Paris, para cumplir sus compromisos de reducción de emisiones, los países y las empresas deberán comprar “bonos de carbono” a los que  emitieron bonos de carbono reduciendo sus emisiones.. ¿Puede Misiones certificar la reducción de emisiones que significa el costoso mantenimiento de su franja selvática?

“El Acuerdo de Paris obliga a las partes a presentar nuevas contribuciones (compromisos) de reducción de CO2, en 2020 y otra vez en 2025, y a presentar sus balances de los avances de mitigación en 2023 y 2028, por lo que estimamos que para 2020 se va a volver a instaurar el mercado de reducción de emisiones en donde el que contamina le tiene que comprar créditos al que no contamina”, dice Tarraubella.

El experto dice que habrá una suerte de bonos denominados ITMOs (Internationally Transferred Mitigation Outcomes) pero Misiones tendría que certificar lo que se ahorra en emisiones de dióxido de carbono, que resultarían de la no preservación de la selva.

Es decir, la provincia tiene que lograr demostrar que sus políticas generan esa mitigación del impacto ambiental que otros, en otras partes del mundo, deterioran con sus actividades. Tarde o temprano, los segundos deberán pagarle a los primeros.

Mercado interno

Pero antes, Tarraubella dijo que muchos países, incluido la Argentina, van a ir desarrollando un  mercado interno de mitigación de emisiones de carbono. Un mercado en el cual, por ejemplo, una empresa como YPF o Edenor le podría pagar a una provincia como Misiones para compensar sus emisiones de carbono.

Por Martín Boerr

 

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