Alberto Fernandez

Un NO debate presidencial

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¿Qué dice la teoría de los debates? Que legitiman el sistema democrático, fijan agenda sobre los grandes temas, persuaden al electorado, dotan de información y aportan a la calidad institucional. Sin embargo, ¿qué discutimos en Argentina tras el primer debate? Un dedo levantado, un minuto de silencio, tiempos incumplidos para un candidato y otras cuestiones de forma y actitud. Percibimos alto contenido ideológico, monólogos y posturas moralistas conocidas como “espiritualización de los asuntos materiales” que suelen producir verdaderas discusiones culturales, religiosas o sociales que sí generan discusión a posteriori. ¿Qué efecto se pudo ver en los diferentes sondeos que se publicaron? Que terminó afirmando las tendencias que se sostenían de manera previa, es decir, reforzando las preferencias. ¿Se percibieron corrimientos electorales en los sondeos? No. Así pasamos al segundo debate presidencial. Arrancó con una breve y prometedora presentación inicial. Para Macri hay bases construidas. Para el resto de los oponentes la situación es mala y hay que discutir la crisis. Hay que discutir proclamaron. Ahí la jugada fue de uno contra cinco. 

Pero luego el debate cambió. Nuevamente la ideología fue central y el escenario fue tres a tres. En la seguridad fue explícita esa diferencia. Tres actores desde el progresismo destacando la desigualdad y tres actores desde un conservadurismo envalentonado muy -pero muy corrido- hacia la mano dura. La puja, la gran puja del debate se corrió hacia la derecha. La superposición de propuestas, valores y énfasis de Macri, Espert y Gómez Centurión fue notable y ahí se juega mucho en votos, especialmente para el futuro. El debate sobre economía fue la nada misma. Lejos, el bloque más abstracto, menos concreto. Lugares comunes, pocas políticas y las chicanas más duras. Muchas y cruzadas. Sorprendió Macri: su bloque más sólido -actitudinalmente- pero justo en su política más floja. La corrupción fue su eje: “se robaron la plata de las obras” le espetó al candidato del Frente de Todos. Pero la respuesta más incisiva de Fernández fue exactamente ahí, asociando al apellido Macri con la corrupción del estado: “Clan Macri” le respondió, recordando a la vieja idea de la “patria contratista”. 

La calidad institucional fue el bloque de la hipocresía. Desde eliminar la coparticipación hasta las críticas furibundas entre quienes son y fueron oficialistas. Y ni hablar del bloque de desarrollo social cuando el intercambio se dio en el eje pobreza. Poco consistente para decir de eso… Uno a uno variaron algo en una semana. Sorprendió Macri con el uso del pronombre “ellos” aludiendo implícitamente al kirchnerismo. Fue muchísimo más negativo y adversarial que en el primer debate y en término de solidez y actitud mejoró mucho, especialmente en su manejo no verbal. Muy enfático y con autocrítica cero, sobraron las picardías discursivas que no le suman -con tanta negatividad de su imagen- y cerró con su fallido cambio cultural, quizás animado por su marcha electoral #SiSePuede. 

Espert intentó diferenciarse -más que Macri- de Fernández tratando de interlocutar de modo directo y tuvo un buen manejo escénico y discursivo, sin nada que perder y con la displicencia de quién no será gobierno. Bajísimo en intensidad Lavagna. Sin fuerza ni convicción y volviendo algo más a la comodidad del centro. Quizás sí eso posibilite un movimiento mínimo de votos en el centro. Gómez Centurión sin la defensa de las dos vidas es otro candidato, más racional pero menos potente. Del Caño en un registro afuera del diálogo y con un intento de incorporar latiguillos discursivos o populares. Y un Fernández que no brilló y estuvo mucho más tiempo a la defensiva y hasta apesadumbrado en su rostro, salvo en el cierre donde estuvo en su performance más cuidada y editada. A su favor, quizás jugando a la dinámica del boxeo sabiendo que, ante el empate, la corona queda para el campeón. El tema es que no ganó todavía…  Así pasaron los dos debates. Oportunidades para defender la postura propia y rebatir la postura del oponente donde el debate es una lucha de pura campaña negativa, en particular, de “comparación explícita”. Este segundo, en particular, fue incluso más de ataque directo que de comparación, y con cruces personales más ofensivos. Incluso hubo registros de tensión entre los dos principales candidatos fuera de cámara y sin saludarse. Fue un acto carente de políticas concretas como propuestas y carente de muchas verdades también. Por suerte, dejó transpirar sin filtros las ideologías de cada uno, que en definitiva es el mejor modo de juzgar a los candidatos porque es su sistema de creencias desde el cual actúan y deciden.

Pasó un modelo de debate que cumple con la exigencia democrática e institucional pero no con el intercambio. La exigencia cívica de ver a los candidatos sin edición, se vio, no es tan real. La función ritual fue cumplida, y según la evidencia comparada, sus efectos sobre el sistema político seguramente serán discretos. Tras dos debates sigue una duda que persistirá más firme que nunca: ¿es quien mejor debate, necesariamente un mejor líder? No. Macri estuvo bien, pero para la mayoría de los argentinos y argentinas, su gobierno no. Así es que son los desempeños de los gobiernos los que responden a ese dilema. El 27 tendremos la respuesta. 

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Argentina, un mito babilónico 4.0

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En el principio de los tiempos, la idea de poder estaba fuertemente asociada a la divinidad de los reyes emanada de un Dios. En uno de los numerosos relatos bíblicos de la tradición judío-cristiana se encuentra el  de la torre. Este escrito describe la soberbia de un pueblo que a espaldas de su Dios y en su naturaleza humana busca la exaltación de lo bueno, lo perfecto a través de la construcción de una obra de magnitudes épicas, la Torre de Babel. Cuenta la historia que los habitantes de la Antigua Babilonia hablaban un mismo idioma y una sola lengua. Cuando la ciudad comenzó a prosperar, idearon una construcción que llegara  hasta el cielo, desafiando los poderes terrenales que les habían sido conferidos. Al ver su Dios semejante acto de fastuosidad y arrogancia, decide desatar una gran ira sobre ellos provocando un castigo eterno: el desentendimiento, la confusión y el  alboroto. 

Caso contrario, lo ocurrido en Pentecostés, fiesta donde se evoca el advenimiento del Espíritu Santo sobre los doce apóstoles, que  infundidos en la gracia divina hablan el mismo lenguaje y en una sola fe”, visualizando de esta manera la restauración de la “unidad” perdida en la torre de babel.

La historia transcurre, y la metáfora es perfecta para describir  el núcleo candente del eterno dilema argentino; la comunicación. Esa incómoda contradicción que representa la irreprimible necesidad de expresión del individuo y la incapacidad de escucha, que conforme se incorporan nuevos elementos al intercambio del mensaje se complejiza a niveles indescifrables

La “génesis” de la república argentina estuvo caracterizada por un flujo inmigratorio de  doble vara, por un lado, una inmigración legalmente amparada por el poder político de la época, que buscó crear una nación “modelo”, basada sobre parámetros europeizantes y de la que se enorgullece.

Por otro y de la cual  reniega, la segunda etapa, marcada por la afluencia desde países latinoamericanos (Paraguay, Uruguay, Bolivia, Perú) y en condiciones desventajosas (ilegalidad) que no se aproximaron ni remotamente a las aspiraciones de Sarmiento o Alberdi.

El espíritu civilizador que se escondía tras la llegada  de los inmigrantes se ve truncado cuando la realidad indicó que poblar el suelo argentino con  la “mejor porción” de Europa, sólo fue una utopía. 

La transculturación como la llaman, lejos de concretarse, se había convertido en una desordenada realidad ciudadana que derogó rápidamente el proyecto nacional que la coyuntura ponderaba.

 La estructura social se conforma entonces enclave con el primer ingrediente definitorio que persiste y evoluciona a través del tiempo; el conflicto de intereses.

  En la antesala de la grieta, Argentina enfrenta  el primer reto: la configuración de un estado cuyo objeto fuera la paulatina inclusión y una movilidad social.

   El mito babilónico parece recobrar vida en cada crisis, en cada quiebre    institucional, donde la ciudadanía parece abandonar la “torre” (idea de republica) huyendo hacia todas las direcciones posibles.

El retorno de la democracia en el 83 significó para la sociedad,  la gesta de los cimientos para la re-construcción de la república,  que en vistas de abandonar un pasado tormentoso, marcado por la rivalidad, apostaba a la idea de unidad, consenso, y el respeto, como pilares fundamentales de una nación. La unión y el esfuerzo colectivo habían dado sus frutos, en medio del caos y la discordancia social, un nuevo Pentecostés se asomaba para converger y formar una sola figura; la defensa irrestricta por  la libertad.

 Aun así, la falta de cohesión social que emerge en cada periodo histórico es materia pendiente,  y en la actualidad ha sufrido una suerte de “remake”, con nuevos ingredientes, que fogoneados por el ritmo vertiginoso de los cambios socio-culturales, no solo socava el orden sistémico, sino que acelera la apertura hacia las puertas de un nuevo “babel”.

La evolución de las estructuras sociales más básicas evidencia desde su genealogía fundacional, la incapacidad de lograr una integración. Pero, lo llamativo es que, en medio de semejantes mutaciones sociales de la época, se vislumbran ciertas singularidades de carácter contradictorio y a su vez coincidentes; la valoración del régimen democrático, la percepción sobre la justicia, la participación social, la confianza en las instituciones, el rechazo a los partidos políticos y la apatía generalizada

  Esta necesidad de búsqueda de un punto social en común es guiada por el instinto mismo de humanidad que todo  hombre posee: sin bien común no hay supervivencia de la especie.  

La tecnologización sólo potencia la diversificación de ideas, el choque cultural se vuelve desafiante y la influencia digital exige  el planteamiento de un nuevo humanismo integrador y abarcativo.

 El escenario digital parece ser es el territorio válido y socialmente legitimado donde se dirimen la mayoría de los intereses grupales. La estrategia de promoción del odio, la intolerancia y el antagonismo de intereses parece ser el motor que propulsa el desorden social. 

Así, este gigante caótico se vuelve una herramienta distanciadora,  que alienta la ruptura comunicacional y minimiza las cercanías. La accesibilidad que brindan las redes  sociales, la propagación masiva de mensajes, la instantaneidad con la que viaja una noticia se convierte así en un talón de Aquiles para el orden democrático actual.

La veracidad de la información como una de las vértices del proceso comunicacional también es puesta en jaque con la incorporación de nuevos soldados de batalla: los bots, trolls, haters, las fake,  que actúan como agentes del caos en un entorno que hiperestimula al internauta y lo empuja a alinearse dentro de una burbuja que oscila de un macro a un microclima. 

Este fenómeno que implica una deformación de la realidad va cosechando a su camino la construcción de nuevas identidades .La autorreferencia de las masas incrementa el nivel de participación y exposición de la totalidad de los actores del campo social. 

En aquel entonces, el mito de la torre desafió el poder de un Dios celoso e iracundo. Hoy, la apuesta arroja un doble resultado; por un lado la clase dirigente que sigue sosteniendo el control de la información y consigue manipular la opinión pública a través de diversos mecanismos de fortalecimiento o debilitamiento; y por otro, el surgimiento de nuevos liderazgos, que comandan e influencian comunidades virtuales, estableciendo nuevos códigos y valores como sistema de intercambio social.

Aún así, el poder político fue y sigue siendo el mayor responsable de permanecer en una visión más allá de lo cotidiano y lo necesariamente inmediato. Como máximo exponente y defensor por esencia del orden social, el Estado es quien debe buscar el consenso para minimizar las diferencias casi irreconciliables presentes en la nueva ágora (Redes).

A su vez, el surgimiento de nuevos procesos identitarios sociales  que pretenden sentar las bases para nuevas demandas, presionan a la clase política a replantear las prioridades y   tomar consciencia de que el ejercicio del poder es detentado de formas también horizontales.

El sujeto se torna co-propietario de la información y la palabra adquiere un nuevo valor, pero la atención sigue siendo hegemónica de un grupo selecto. Esa hegemonía articula los movimientos de una mano invisible que no hace sino ejecutar los mecanismos de control mediante dos vías efectivas: la incentivación al odio y el miedo como método desestabilizante.

      La psicología estructuralista define al odio como un mecanismo de defensa impuesto contra personas u organizaciones que amenacen y pongan en riesgo la estructura vigente. Este sentimiento tan visceral, pone de manifiesto la naturaleza competitiva e ingrata del ser humano y la primera consecuencia es la aversión o rechazo hacia el pensamiento que difiere del propio, la intolerancia, y el intento de homogeneizar los deseos e intereses. 

En las comunidades más primitivas el accionar guiado por el simple impulso fue reemplazado por ciertas reglas y normas sociales que buscaban asegurar el orden. En la actualidad, una sociedad  democrática que se precie como tal entiende que la discrepancia de pensamientos y el respeto sobre ello, forma parte del carácter evolutivo de la historia.

El enfrentamiento y la lucha de clases encontró en el ciberespacio el lugar ideal para la disputa actual que fortalece el muro divisorio entre un “nosotros” y un “ellos”, donde cada bando se desempeña como un jurado colectivo cuya mirada expectante va en busca  de la desacreditación y demonizacion de las diferencias, llevándolas hacia una especie de linchamiento digital.

 El alboroto que produce el entrecruce de voces como en la citada “Babel”, hace imposible proyectar una voluntad mínima que abogue por el establecimiento de un bien común social.

El miedo, una emoción presente desde los orígenes, que reproduce y se apropia de voluntades individuales, es el más efectivo de los métodos de control social; facilita el sometimiento y alinea rápidamente a los individuos que en busca de “protección  y seguridad“son incentivados a eliminar lo que consideran peligroso.

El espejismo generado por la interacción virtual entre la masa de “opinandos”, que liberan incluso desde el anonimato sus intereses, caen como una suerte de marionetas que juegan a opinar sin saber que no son escuchados.

Nuevamente, la realidad  invita a buscar una propuesta superadora que siente las bases para un nuevo contrato social, capaz de abandonar el conflicto y el desentendimiento. Resulta imperioso eliminar las barreras que separan a los argentinos hace décadas y caminar hacia un nuevo “Pentecostés”.  En ese transitar, la construcción de una nueva hermandad, donde la unidad, el respeto y la libertad sean los ejes de un nuevo orden, la comunicación es el pilar que debe replantearse a la hora de articular este proyecto.

Tal vez , el primer paso para aplicar la fórmula sea apelando a la vieja pero sabia frase “si quieres que te entiendan..Escucha”.

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Alberto Fernández, duro con Macri antes del debate: “Todo lo que dice es mentira”

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Las declaraciones del candidato del Frente de Todos se conocen un día antes de la segunda edición del primer debate presidencial obligatorio que se realizará mañana a la noche en la facultad de Derecho de la Universidad de Buenos Aires

El candidato presidencial del Frente de Todos, Alberto Fernández, afirmó hoy que “todo lo que dice” Mauricio Macri “es mentira”, y sostuvo que “no tiene idea de lo que pasa en su gobierno, y que tiene un nivel de ignorancia llamativa”.

“Macri no tiene idea de lo que pasa en su gobierno, tiene un nivel de ignorancia llamativa y habla de cosas que no tienen que ver con la verdad. No hablo más con él porque me cansé de que mienta y diga que las cosas las acordaba conmigo”, dijo Fernández en diálogo con radio 10.

Las declaraciones del candidato del Frente de Todos se conocen un día antes de la segunda edición del primer debate presidencial obligatorio que se realizará mañana a la noche en la facultad de Derecho de la Universidad de Buenos Aires.

El postulante del Frente de Todos sostuvo que el Presidente “habla de la inversión en ciencia y tecnología, y la inversión cayó un 43%; habla de educación, y el presupuesto cayó un 40%, y les sacó las notebooks a todos los chicos; te dice le preocupa la salud, que cayó un 23%. Todo lo que dice es mentira”.

“Para Macri, el problema es el derecho que tenían los jubilados a que sus ingresos se actualicen por el costo de vida, y el derecho de los trabajadores a tener paritarias. Para Macri el problema de la Argentina es que da derechos”, aseveró Fernández.

Por otro lado, consideró que la Argentina “tiene un tercio de la sociedad enojado con el peronismo, que cada tanto nos pone un Macri de presidente, quien nos hace creer que cada 10 años tenemos una crisis”.

“Cada 10 años nos chocamos con una piedra, que son ellos”, agregó.

En ese marco, afirmó que “el peronismo nació con el antiperonismo: venía a representar ciertos intereses sociales y políticos que afectaban a un grupo de la sociedad que no quería que esos derechos y esos intereses se consoliden”

“Lo que hizo el peronismo fue objetivamente bueno: le dio derechos a sectores de la sociedad. El odio inicial de ciertos sectores nunca se resolvió y es hora de que lo resolvamos”, concluyó el postulante.

Fuente Télam



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¿Cuánto nos está costando a los argentinos la inflación?

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Esta semana se publicaron los datos de inflación para el mes de septiembre, la cual llegó al 5,9% mensual (la más alta del año) y acumula un 37,7% en lo que va de 2019. Sin dudas que no es una buena noticia para los bolsillos, ya que se sigue perdiendo poder adquisitivo, los trabajadores cada vez pueden comprar menos bienes con sus ingresos, ya que los salarios no pueden ganarles a la inflación. 

Además del dato actual, que ya es muy preocupante, en el debate presidencial, Mauricio Macri, había hecho referencia a que la inflación es un fenómeno de larga data en Argentina, y es verdad. Según datos de la consultora de Orlando Ferreres, la inflación de los últimos 80 años en Argentina (1939-2019) fue en promedio del 55,8% anual. Entonces, sin quitarle importancia al problema actual, tendríamos que preguntarnos ¿por qué Argentina es uno de los pocos países del mundo que no ha podido superar los problemas de inflación?

Según la teoría económica, existen múltiples causas para la inflación y entre las más importantes se destacan las siguientes:

  • Inflación por Exceso de Demanda: cuando la demanda de bienes y servicios en una economía supera la capacidad de producción de esa economía, entonces se elevan los precios.
  • Inflación Monetaria: Se da por una excesiva emisión de dinero en una economía. Es una de las principales casas de la inflación en los países sudamericanos, ya que los bancos centrales imprimen billetes para cubrir (pagar) los recurrentes déficit fiscales.
  • Inflación de Costos: la suba de precios tiene que ver con la puja distributiva entre diferentes sectores: por ejemplo, los trabajadores quieren mejores salarios y los empresarios suben los precios para no resignar parte de sus ganancias.
  • Inflación Inercial: cuando existe un largo periodo inflacionario, la gente busca protegerse de la inflación, por ejemplo indexando contratos, eso hace que los precios sigan subiendo.
  • Inflación Cambiaria: la falta de divisas internacionales genera devaluación de la moneda local, por lo que se encarecen las importaciones pero también los productos exportados (ya que los exportadores estarán dispuestos a vender en el mercado doméstico sólo si reciben el mismo precio que si vendieran en el mercado internacional).

Obviamente, en Argentina la causa de la inflación es, probablemente, una combinación de todas las anteriores, ya que la misma es un fenómeno complejo. Sin embargo, una de las más importantes es la inflación monetaria generada a partir del exceso de pesos necesarios para financiar los recurrentes déficits fiscales. Entonces, para solucionar el problema de la inflación, lo primero que se debería hacer es ordenar el Gasto del Estado (no podemos gastar más de lo que recaudamos por más de 80 años y pretender que la economía funcione bien). Pero Argentina no lo ha podido hacer ya que:

  1. No se trata de ajustar por ajustar: en primer lugar es necesario determinar cuál sería el nivel de gastos sostenible con impuestos normales (sin ahogar al contribuyente con la presión tributaria) y luego analizar el gasto público y recortar gastos ineficientes, con criterios responsables y de manera sostenible.
  2. Se necesitan instituciones fuertes: arreglar las cuentas públicas no es algo que se pueda hacer en un mandato, debe ser política de Estado y se debe lograr a partir de consensos. Para ello se necesitan leyes y organismos de control  que limiten el déficit fiscal, venga el gobierno que venga.
  3. Estar dispuestos a asumir los costos políticos de corto plazo: ordenar el gasto público tiene un costo político, ya que si o si en algún lugar del presupuesto hay que ajustar y muchas veces el gobierno de turno no quiere cargar con dichos costos políticos.

Consecuencias a largo plazo de la Inflación

Cuando el gobierno aplica políticas expansivas (aumentando el gasto público), la economía logra crecer un poco más rápido por lo que genera una sensación de bienestar, ya que crece el consumo porque la gente tiene a su disposición dinero para consumir y crece la demanda agregada de la economía. Sin embargo, llega un momento donde la capacidad de producción del país está cerca de su límite máximo y entonces, ya no se puede satisfacer dicha demanda en crecimiento y los precios comienzan a subir (comienza el espiral inflacionario). Si bien esa inflación no parece perjudicial en el corto plazo,  a largo plazo si es un problema porque desalienta el ahorro y, por lo tanto, la inversión (la única fuente genuina de crecimiento en una economía). Las variables económicas fundamentales se vuelven volátiles (tipo de cambio, salario real, entre otros) y el crecimiento económico a largo plazo resulta castigado.

Si además, el gasto público se financia con emisión monetaria, se genera cada vez más inflación (que no tiene ningún impacto sobre la actividad económica ya que la economía está “recalentada”). Si este proceso no se para a tiempo se vuelve un círculo vicioso del cuál es muy difícil salir.

Si observamos periodos más largos de tiempo, como los que se presentan en el gráfico, vemos que cuánto más alta es la tasa de inflación, el crecimiento del producto tiende a caer.


Conclusión:

La inflación a largo plazo tiene consecuencias muy perjudiciales, ya que socaba las posibilidades de crecimiento económico de un país. La buena noticia es que hay muchos países que lograron controlarla y hoy tienen economías fuertes, como por ejemplo los casos de Chile, Israel y Alemania. Si bien la economía Argentina es muy diferente a la de estos países, podríamos comenzar por analizar las medidas aplicadas en cada caso y comenzar a trabajar seriamente en superarla.

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Con Big Data ¿se puede ganar una elección?

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“El 11 de agosto hubo un quiebre. Lo que ocurrió va a quedar para el análisis durante mucho tiempo. Veníamos de etapas en las que lo tecnológico explicaba las victorias electorales: Jair Bolsonaro, Donald Trump, el Brexit. Estas elecciones venían siendo explicadas a partir de una supuesta manipulación de redes y con big data; pero no funciona así la relación entre redes sociales, ciudadano y política; y el 11 de agosto puso un poco en su lugar eso”. La interpretación es de Luciano Galup, consultor en comunicación digital, quien presentó en Posadas su libro “Big Data y Política”. 

Siguiendo esa argumentación sobre las Primarias en la Argentina, Galup explicó: “Las tecnologías, las estrategia digitales se inscriben en contextos y los ciudadanos negocian todo el tiempo simbólicamente sus decisiones. Los procesos electorales son complejos. El contexto de una crisis económica extendida en el tiempo hace que la estrategia de datos en campañas en general tengan poca incidencia a la hora de definir el voto. Te permiten crear perfiles, oportunidades, desarrollar una lectura de contextos más amplia, pero no alcanza sólo con manejar datos para tener un resultado electoral favorable”. 

Pero ¿qué es “big data”? Galup resaltó que es un nuevo paradigma de vinculación con la información: “A partir de tres novedades que trae la tecnología de la información: la velocidad en la que se produce esa información que se analiza en tiempo real; el volumen de esa información; y por otro lado la variedad de ese tipo de datos”. Con la nueva herramienta, denominada ‘big data’ se puede analizar en tiempo real grandes volúmenes de información que llegan de formas no estructuradas. 

Galup señaló que el término se puso de moda, pero que el análisis de grandes volúmenes de información tiene muchas décadas. “Los censos generan big data, pero la novedad es la velocidad en la que podemos procesar, y la generación constante de información”, explicó

¿Cómo se utiliza en política esta herramienta?

“En la política se utiliza para una serie de cosas, entre ellas construir microsegmentaciones, audiencias específicas, y a partir de ahí detectar patrones, gustos, deseos, aspiraciones, miedos, y poder interactuar en función de esos intereses”.

Básicamente todas las interacciones que se realizan en los dispositivos electrónicos, como las aplicaciones del celular generan información del usuario que luego es analizada por este sistema denominado “big data”. 

Lo que el especialista deja claro es que la herramienta no define una proceso electoral. “Nadie gana por Whatsapp o Facebook, se gana porque se lee bien un contexto político, porque se interviene en él. Porque se utilizan las herramientas. A Bolsonaro no se le ocurrió un día comenzar a mandar mensajes. Se montó sobre un muchos grupos creados que compartían los mensajes ideológicos y las propuestas de Bolsonaro. El camino es inverso: hay gente que acompaña una propuesta política y lo comparte en Whastapp”. 

Un ‘personaje’ común en la era de la redes, es el troll ¿qué incidencia tiene en una campaña o en una elección?

“Un troll es una cuenta que genera violencia y discurso de odio en la conversación. La incidencia en la política es baja. Hablan a los más convencidos. Dialogan entre sí, no tienen un peso importante en el debate público. La incidencia que tienen es generar autocensura, porque agreden a personas que quieren manifestarse y esas personas deciden dejar de opinar para no recibir agresiones. Por otro lado, hacen una especie de tierra arrasada en el debate público: como hay mucho ruido, todo vale lo mismo y perjudica la capacidad de expresarse libremente”.

En definitiva, la big data ayuda a que las campañas sean más eficientes. “No te hace ganar una elección. Lo que te puede hacer ganar o perder es tu estrategia de comunicación y si gestionaste bien o mal la economía”, expuso Galup.

Luciano se refirió al cambio que produjo en la política la irrupción de las redes sociales y las tecnologías de la información.

“Cambió en la necesidad de los políticos de legitimarse diariamente. Las redes habilitan la instancia de participación ciudadana más flexible, más rápida y cualquier acto de Gobierno o campaña está expuesto al escrutinio de la población en tiempo real, lo que genera más tensión e inestabilidad del proceso político”. 

Explicó que las campañas se vuelven más intensas en la necesidad de interactuar con la ciudadanía. “Los ciudadanos están reclamando atención. Eso plantea la necesidad de ampliar los equipos, hay que incluir psicólogos, programadores, diseñadores, las campañas son más demandantes”.

Otro cambio que provocaron las redes es la incorporación de la ciudadanía a las campañas. “Históricamente los ciudadanos consumían, ahora son parte de las campañas; comparten contenido, generan información, hacen una reinterpretación de los contenidos oficiales, se hacen memes, videos. Vemos una ciudadanía incluida en las campañas”. 

Campañas electorales y redes sociales

Para este consultor en comunicación digital, las campañas electorales del futuro deberán dejar que la información fluya. “Hay que dejar de tratar de controlar todo. El lenguaje de las redes es más amateur. Los equipos de campaña se estresan demasiado cuando aparece algo que no está en los manuales”. 

“Es habitual que tus seguidores repliquen tus contenidos y tus rivales tomen el contenido para satirizarlo o hacer parodias”. En este sentido, Galup ejemplificó con la campaña de Cambiemos que está sufriendo algunos reveses. 

“Hay contextos, como el que vive Cambiemos, que tiene mucha exposición y atraviesa todo tipo de acciones (parodias, satirizaciones). En líneas generales es muy difícil controlar lo que circula por internet, hay que perder el miedo a perder el control, a soltar; y que sean los usuarios quienes reinterpreten esos contenidos”. 

Para Galup, la apuesta principal para un equipo de campaña es generar volumen de producción por parte de los usuarios que generan contenidos más creíbles. “Las redes son para interactuar. Baja el rendimiento si los políticos sólo hablan y no interactúan”. En este sentido, también señaló que es un error observar la cantidad de seguidores: “A las redes hay que pensarlas en términos de audiencia”.

En esta línea, indicó: “Es difícil tener una campaña exitosa en términos digitales si no se intenta de alguna forma ir al diálogo, a la conversación. Las más exitosas son las que alimentan a sus comunidades más allá de los posicionamientos ideológicos. Como es la cuenta de Trump”. 

Otro concepto importante a la hora de pensar en campañas y las tecnologías de la información, es la confluencia entre lo digital y lo territorial. 

“La mixtura entre lo territorial y lo digital es muy grande. Los ‘flashmood’ (de la campaña de Lammens en CABA) son un ejemplo de la potencia de ese tipo de eventos. Es una experiencia de la organización ciudadana que se potencia en las redes. Hay diálogo potente entre la creatividad ciudadana y los territorios físicos”. 

Otro desafío en la política es llegar a los jóvenes. “Necesitás de los ciudadanos para sumar al debate público. Sumar personas a causas. Dejar de pensar en la política como un individuo hablando. Sobre todo los jóvenes muestran voluntad de participar; el desafío es encontrar las causas que los inviten a sumarse”, señaló. 

Galup también se refirió a la grieta que según algunas interpretaciones sociales son una consecuencia de las redes sociales. Para este analista de la comunicación la polarización es muy vieja. “No es que fuéramos una sociedad (antes de las redes sociales) diversa, con pluralidad de opiniones, que hablamos con todos y de ahí construimos nuestra sociedad. Siempre ha circulado información falsa también. Lo que sí producen las redes sociales es que todo es más rápido, más barato y en mayor volumen”. 

En este análisis caben las noticias falsas. Para Galup, éstas no cambian opiniones, sino que reafirman un punto de vista. 

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