ALERGIA

Rinitis alérgica: una enfermedad que afecta a más de cinco millones de argentinos

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Nariz tapada, estornudos repetidos, lagrimeo constante y una picazón molesta en la garganta, los ojos y el paladar. Para muchos argentinos, esos síntomas se confunden con un resfrío común. Sin embargo, en numerosos casos se trata de rinitis alérgica, una enfermedad crónica que afecta la calidad de vida y que, de no tratarse adecuadamente, puede convertirse en la antesala del asma bronquial.

Especialistas de la Asociación Argentina de Alergia e Inmunología Clínica advierten que, en líneas generales, más de cuatro episodios de resfríos al año, con una duración igual o superior a diez días, podrían estar indicando la presencia de una rinitis alérgica. Entre el 10 y el 15 por ciento de la población argentina —con mayor frecuencia en las mujeres— presenta esta condición, lo que equivale a cerca de cinco millones de personas. Particularmente, la prevalencia asciende al 20,5 por ciento entre los 20 y los 40 años, y en la infancia el impacto es aún mayor: un estudio publicado en la revista Journal of Allergy and Clinical Immunology detectó que cuatro de cada diez chicos de entre 13 y 14 años sufrían rinitis.

Pese a estas cifras, el subdiagnóstico es elevado. “Muchas personas creen tener resfríos prolongados y reiterados cuando en realidad conviven con una enfermedad crónica que exige atención especializada”, afirmó la doctora Silvana Monsell, médica especialista en Alergia e Inmunología y presidenta de la Asociación Argentina de Alergia e Inmunología Clínica. “Por otro lado, la llegada de la primavera incrementa la presencia de polen en el ambiente, lo que exacerba los síntomas en muchos de los pacientes, sobre todo aquellos que presentan rinitis alérgica estacional”, agregó.

La rinitis alérgica se produce cuando el organismo reacciona de manera exagerada ante sustancias del ambiente llamadas alérgenos, como polvo doméstico, ácaros, pólenes, hongos, pelos de animales o incluso determinados insectos como la cucaracha. Existen dos formas de presentación según la duración de los síntomas: intermitente, o persistente cuando están presentes más de cuatro días a la semana y durante más de cuatro semanas.

“Al entrar en contacto con el alérgeno, el sistema inmunológico de la persona sensible libera anticuerpos denominados inmunoglobulina E y mediadores inflamatorios, lo que provoca los síntomas típicos como estornudos en salva; rinorrea acuosa (nariz que gotea), obstrucción nasal, lagrimeo y enrojecimiento ocular, y picazón de nariz, garganta, oídos y paladar, entre otros”, sostuvo la doctora Carla Ritchie, vicepresidenta de la Asociación Argentina de Alergia e Inmunología Clínica.

“Lo importante es tener presente que no estamos hablando de una molestia menor, sino de una enfermedad que afecta la calidad de vida en múltiples planos, produciendo trastornos del sueño, despertares nocturnos, sueño no reparador y fatiga diurna; descenso en la productividad laboral, porque limita al individuo en la intensidad de su trabajo; ausentismo escolar y laboral, con pérdidas significativas de días de clase y de trabajo por año; e irritabilidad y cansancio, síntomas que suelen aparecer de manera recurrente”, consignó la doctora Monsell.

Este nivel de ausentismo se traduce en una pérdida económica considerable para los sistemas de salud. Según estadísticas recientes, en los Estados Unidos se pierden cada año cerca de seis mil millones de dólares entre gastos médicos y ausentismo laboral vinculado a la rinitis.

“Otro riesgo latente es que una rinitis alérgica no tratada puede desencadenar un asma bronquial. Muchos minimizan sus síntomas y conviven con ellos como algo natural o inevitable, pero con el tiempo puede transformarse en un cuadro respiratorio de mayor gravedad: se estima que cuatro de cada diez pacientes con rinitis no controlada desarrollan asma en algún momento de sus vidas”, insistió la doctora Monsell.

Si bien la similitud de los síntomas entre un resfrío común y la rinitis alérgica explica el frecuente subdiagnóstico, los especialistas destacan diferencias importantes:

  1. La duración: mientras que un resfrío viral se resuelve en siete a diez días, la rinitis alérgica puede extenderse por semanas o meses.
  2. La fiebre: puede estar presente en los resfríos, pero nunca en la rinitis.
  3. La picazón ocular: es casi exclusiva de la rinitis alérgica.
  4. La periodicidad: los síntomas regresan una y otra vez en quienes son alérgicos.

Para llegar al diagnóstico de la rinitis alérgica, los especialistas se basan en el interrogatorio y en pruebas específicas. “El diagnóstico clínico sigue siendo la principal herramienta, pero además existen técnicas complementarias de gran utilidad, como las pruebas cutáneas, que consisten en colocar gotas de alérgenos en el antebrazo y realizar una pequeña punción para ver si se genera una roncha que confirma la alergia cuando el paciente tiene síntomas compatibles con la exposición a dicho alérgeno”, explicó la doctora Ritchie.

Ante la presencia de resfríos intensos y prolongados, la recomendación es consultar a un especialista en alergia. Este cuenta con distintas estrategias que apuntan tanto a la prevención como al alivio de los síntomas. Entre ellas se destacan: evitar los cambios bruscos de temperatura; implementar medidas ambientales para reducir el contacto con polvo, ácaros, humedad y mascotas (cuando sean los desencadenantes); limpiar ropa de cama y alfombras con frecuencia; y evitar salir al aire libre en los horarios de mayor concentración de polen (de siete a nueve de la mañana y después de las 18 horas).

“Para aquellos casos que requieran tratamiento farmacológico, disponemos, entre otros, de medicamentos de rescate —antihistamínicos, útiles durante las crisis—; medicamentos de control, principalmente corticoides intranasales en aerosol, que se utilizan a diario para reducir la inflamación; y vacunas de inmunoterapia, que consisten en la administración de dosis crecientes de los alérgenos involucrados para inducir tolerancia”, detalló la doctora Monsell.

“Estamos frente a una patología en crecimiento, cuya prevalencia aumenta año tras año en el mundo debido a factores ambientales como la contaminación, el tabaquismo y el deterioro del entorno. No son resfríos prolongados, sino una enfermedad crónica, frecuente y con consecuencias potencialmente serias si no se trata a tiempo. Se debe prestar atención a sus síntomas, asumir el compromiso de la adherencia a los tratamientos que el médico indique y tomar el tema con mayor conciencia médica y social, de manera de mejorar el diagnóstico temprano y obtener un control adecuado para prevenir complicaciones como el asma”, concluyeron desde la Asociación Argentina de Alergia e Inmunología Clínica.

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Rinitis alérgica: una enfermedad que afecta a más de 5 millones de argentinos

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Nariz tapada, estornudos repetidos, lagrimeo constante y una picazón molesta en la garganta, los ojos y el paladar. Para muchos argentinos, esos síntomas se confunden con un resfrío común. Sin embargo, en realidad, en muchos casos se trata de rinitis alérgica, una enfermedad crónica que afecta la calidad de vida y que, de no tratarse adecuadamente, puede convertirse en la antesala del asma bronquial.

Especialistas de la Asociación Argentina de Alergia e Inmunología Clínica advierten que, en líneas generales, más de cuatro episodios de resfríos al año con una duración igual o superior a diez días podrían estar indicando la presencia de una rinitis alérgica. De hecho, entre el 10 y el 15 por ciento de la población argentina —con mayor frecuencia en mujeres— presenta esta condición, lo que equivale a cerca de cinco millones de personas. Particularmente, la prevalencia asciende al 20,5 por ciento entre los 20 y los 40 años, y en la infancia el impacto es aún mayor: un estudio publicado en la revista Journal of Allergy and Clinical Immunology detectó que cuatro de cada diez chicos de entre 13 y 14 años sufrían rinitis.

Pese a estas cifras, el subdiagnóstico es alto. “Muchas personas creen tener resfríos prolongados y reiterados cuando en realidad conviven con una enfermedad crónica que exige atención especializada”, afirmó la doctora Silvana Monsell, médica especialista en Alergia e Inmunología y presidenta de la Asociación Argentina de Alergia e Inmunología Clínica. “Por otro lado, la llegada de la primavera incrementa la presencia de polen en el ambiente, lo que exacerba los síntomas en muchos de los pacientes, sobre todo aquellos que presentan rinitis alérgica estacional”, completó.

La rinitis alérgica se produce cuando el organismo reacciona de manera exagerada ante sustancias del ambiente llamadas alérgenos, como polvo doméstico, ácaros, pólenes, hongos, pelos de animales o incluso determinados insectos como la cucaracha. Existen dos formas de presentación de la rinitis alérgica según la duración de los síntomas: intermitente o persistente, cuando estos están presentes más de cuatro días a la semana y durante más de cuatro semanas.

“Al entrar en contacto con el alérgeno, el sistema inmunológico de la persona sensible libera anticuerpos —denominados inmunoglobulina E— y mediadores inflamatorios, lo que provoca los síntomas típicos como estornudos en salva, rinorrea acuosa (nariz que gotea), obstrucción nasal, lagrimeo y enrojecimiento ocular, además de picazón de nariz, garganta, oídos y paladar, entre otros”, sostuvo la doctora Carla Ritchie, vicepresidenta de la Asociación Argentina de Alergia e Inmunología Clínica.

“Lo importante es tener presente que no estamos hablando de una molestia menor, sino de una enfermedad que afecta la calidad de vida en múltiples planos, produciendo trastornos del sueño, con despertares nocturnos, sueño no reparador y fatiga diurna; descenso en la productividad laboral, porque limita al individuo en la intensidad de su trabajo; ausentismo escolar y laboral, con pérdidas significativas de días de clase y de trabajo por año; e irritabilidad y cansancio, síntomas que suelen aparecer de manera recurrente”, consignó por su parte la doctora Monsell.

Este nivel de ausentismo se traduce en una pérdida económica importante en el sistema de salud: según estadísticas recientes, se pierden en Estados Unidos cada año cerca de seis mil millones de dólares entre gastos médicos y ausentismo laboral vinculado a la rinitis.

“Otro riesgo latente es que una rinitis alérgica no tratada puede desencadenar un asma bronquial. Muchos minimizan sus síntomas y conviven con ellos como algo natural o inevitable, pero con el tiempo puede transformarse en un cuadro respiratorio de mayor gravedad: se estima que cuatro de cada diez pacientes con rinitis no controlada desarrollan asma en algún momento de sus vidas”, insistió la doctora Monsell.

Si bien la similitud de los síntomas entre un resfrío común y la rinitis alérgica explica el frecuente subdiagnóstico, los especialistas destacan importantes diferencias: primero, mientras que la duración de un resfrío viral se resuelve en siete a diez días, la rinitis alérgica puede extenderse por semanas o meses; segundo, la fiebre es rara en resfríos, pero nunca está presente en la rinitis; tercero, la picazón en los ojos es casi exclusiva de la rinitis alérgica; y cuarto, la periodicidad: los síntomas regresan una y otra vez en quienes son alérgicos.

Para llegar al diagnóstico de la rinitis alérgica, los especialistas se basan en el interrogatorio y en pruebas específicas. “El diagnóstico clínico sigue siendo la principal herramienta, pero además existen técnicas complementarias de gran utilidad, como las pruebas cutáneas, que consisten en colocar gotas de alérgenos en el antebrazo y realizar una pequeña punción para ver si se genera una roncha que confirma la alergia cuando el paciente tiene síntomas compatibles con la exposición a dicho alérgeno”, explicó la doctora Ritchie.

Ante la presencia de resfríos intensos y prolongados, la recomendación es consultar a un especialista en alergia. Este cuenta con distintas estrategias que apuntan tanto a la prevención como al alivio de los síntomas. Entre otras medidas, se destacan evitar los cambios bruscos de temperatura; pautas ambientales para reducir el contacto con polvo, ácaros, humedad y mascotas (cuando sean los desencadenantes); limpiar ropa de cama y alfombras con frecuencia; y evitar salir al aire libre en los horarios de mayor concentración de polen (de 7 a 9 de la mañana y después de las 18 horas).

“Para aquellos casos que requieran tratamiento farmacológico, disponemos de fármacos de rescate, como los antihistamínicos útiles durante las crisis; fármacos de control, principalmente corticoides intranasales en spray, que se utilizan a diario para reducir la inflamación; y vacunas de inmunoterapia, que consisten en la administración de dosis crecientes de los alérgenos involucrados para inducir tolerancia”, explicó la doctora Monsell.

“Estamos frente a una patología en crecimiento, cuya prevalencia aumenta año tras año en el mundo debido a factores ambientales como la contaminación, el tabaquismo y el deterioro del entorno. No son resfríos prolongados, sino una enfermedad crónica, frecuente y con consecuencias potencialmente serias si no se trata a tiempo. Se debe prestar atención a sus síntomas, asumir el compromiso de la adherencia a los tratamientos que el médico indique y tomar el tema con mayor conciencia médica y social, de manera de mejorar el diagnóstico temprano y obtener un control adecuado para prevenir complicaciones como el asma”, concluyeron desde la Asociación Argentina de Alergia e Inmunología Clínica.

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Cada año más de 15 mil bebés presentan alergia a la proteína de la leche de vaca

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Entre el 18 de julio y el 13 de agosto, organizado por la Asociación Argentina de Alergia e Inmunología Clínica (AAAeIC), se conmemora en Argentina el ‘Mes de la Alergia a la Proteína de la Leche de vaca´ (APLV). Ésta es la alergia alimentaria más frecuente durante la infancia: la presentan más de 15 mil recién nacidos cada año en nuestro país2 y los especialistas reconocen que su prevalencia va en aumento[3]; diversas investigaciones refieren una incidencia de entre el 2 y el 3% de los niños y niñas durante el primer año de vida1.

La APLV se origina por una respuesta inmunológica exagerada del bebé ante la ingesta de una o más proteínas de la leche de vaca, las cuales atraviesan la leche materna y pueden sensibilizar a niños y niñas con predisposición a las alergias. El cuadro habitualmente se puede presentar en dos formas: aquellos pacientes con síntomas digestivos como vómitos, cólicos, diarrea, moco y sangre en materia fecal, de aparición tardía, y otros que manifiestan síntomas en forma inmediata a la ingesta, que pueden ser desde erupciones cutáneas, ronchas, hinchazón de labios y párpados, o alergia oral, que afecta a labios, lengua y garganta, hasta la expresión más severa que es la anafilaxia, una reacción alérgica que puede llegar a obstruir las vías respiratorias pudiendo poner en riesgo la vida.

 “Por lo general, la APLV se desarrolla durante el primer año de vida y suele pasar tiempo entre los primeros síntomas, la alerta de sus cuidadores y, finalmente, el diagnóstico y tratamiento. Durante este período, se afecta la calidad de vida tanto de los niños y niñas como de su entorno familiar e inclusive, en algunos casos, puede producirse una mala progresión de peso en el infante con consecuencias para su desarrollo futuro”, destacó la Dra. Karina López, médica pediatra, especialista en Alergia e Inmunología Infantil, Directora del Comité Científico de Alergias Alimentarias y Anafilaxia de la AAAeIC.

La condición suele ser transitoria y la mayoría de niñas y niños la resuelve entre los 2 y 3 años de edad, aproximadamente. Sin embargo, existe un pequeño porcentaje que continúa con la alergia durante la vida adulta”, agregó la especialista.

“El abordaje de la APLV requiere del trabajo en conjunto de la familia, del pediatra de cabecera, del equipo médico y de la comunidad, ya que se debe evitar que el niño o niña ingiera cualquier alimento que contenga la proteína de la leche de vaca -lo que se vuelve más difícil cuando empieza a ir a la escuela o a visitar casas ajenas- y también quien amamante debe modificar su dieta”, describió el Dr. Jorge Martínez,médico pediatra, especialista en Alergia e Inmunología, Director del Comité Científico de Pediatría de la Asociación Argentina de Alergia e Inmunología Clínica (AAAeIC).

A este primer paso en la terapia se lo denomina ‘dieta de exclusión’: la mamá que amamanta debe dejar de consumir cualquier producto lácteo o que contenga la proteína de la leche de vaca, como pan, purés, manteca, crema, flanes y demás postres lácteos, dulce de leche, salchichas, embutidos, galletitas dulces, tortas y tartas, entre muchos otros alimentos. Asimismo, el niño o niña también debe seguir esta dieta desde que comienza a recibir alimentación complementaria.

“Para aquellos casos en que la dieta de exclusión no es posible, o en los que no se puede continuar con la lactancia materna, existen fórmulas medicamentosas especialmente diseñadas para el tratamiento de la APLV que deben ser prescriptas por un médico especialista”, afirmaron los Dres. Karina López y Jorge Martínez. “Lo importante es que la cobertura de estas fórmulas medicamentosas prescriptas por un médico especialista se encuentra garantizada al 100% por la ley nacional n° 27.305”, completó Sandra Del Hoyo, presidenta y fundadora de RedInmunos, una asociación civil sin fines de lucro formada por padres y madres de niños y niñas con alergias a alimentos.

La ley nacional n° 27.305 de obligatoriedad de leches medicamentosas, promulgada a fines de 2016, establece que las obras sociales y prepagas y, en el caso de que la familia no cuente con seguridad social, el Estado, deben cubrir al 100% el consumo de leches de fórmula medicamentosas:  “…todos aquellos agentes que brinden servicios médico-asistenciales a sus afiliados independientemente de la figura jurídica que posean, incorporarán como prestaciones obligatorias y a brindar a sus afiliados o beneficiarios, la cobertura integral de leche medicamentosa para consumo de quienes padecen alergia a la proteína de la leche vacuna (APLV), así como también de aquellos que padecen desórdenes, enfermedades o trastornos gastrointestinales y enfermedades metabólicas, las que quedan incluidas en el Programa Médico Obligatorio (PMO)[4].

“Este punto es importante porque muchas familias creen que deberán hacerse cargo del costo de las leches de fórmula medicamentosas o que luego del año de vida ya no están cubiertas. La realidad es que, afortunadamente, contamos con una ley nacional que garantiza el acceso durante el período que el especialista considere necesario”, explicó Sandra Del Hoyo, y agregó que“el pediatra acreditará el diagnóstico de APLV mediante certificado médico y emitirá la receta correspondiente; ante ello, ninguna entidad perteneciente al sistema de salud, tanto público como privado, podrá negarse a la provisión de la fórmula medicamentosa, que es el único alimento que el bebé puede recibir en una etapa crucial de su formación y crecimiento.

RedInmunos tiene por objetivo ‘dar a conocer esta problemática con la finalidad de contribuir a mejorar la calidad de vida de los niños y niñas que padecen alergias a alimentos y a sus familiares’. “Toda familia con un niño o niña con alergia a la proteína de la leche de vaca debe saber que tiene derecho a recibir -sin ningún costo- la cantidad necesaria de fórmulas medicamentosas para garantizar la salud y el normal crecimiento y desarrollo del niño o niña. Ante cualquier irregularidad en la cobertura de la salud de los pacientes, los invitamos a contactarse con nosotros para asesorarlos en todo lo que sea posible.  Además, pueden ingresar a www.redinmunos.org.ar para conocer más sobre nuestra Asociación”, concluyó la Sra. Del Hoyo.

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La alergia a la proteína de la leche de vaca afecta a cerca de 50 mil niños menores de 3 años

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La alergia a la proteína de la leche de vaca (APLV) es una afección que padecen entre el 2 y el 3% de los niños menores de 3 años y que es importante identificar a tiempo. Este tema fue abordado en una mesa redonda sobre alergias alimentarias en el marco del 6º Congreso Argentino de Gastroenterología Pediátrica, dentro de la Semana de Congresos y Jornadas Nacionales 2017 organizados por la Sociedad Argentina de Pediatría.

El Dr. Claudio Parisi, Presidente de la Asociación Argentina de Alergia e Inmunología Clínica (AAAeIC), destacó que pese a que la APLV se manifiesta mediante síntomas subjetivos e inespecíficos, y un grupo importante de ellas no cuenta con métodos objetivos para su diagnóstico, entre otros signos tenemos que estar alertas a la presencia de llanto persistente, sangrado en la materia fecal, reacciones alérgicas, síntomas símil reflujo, cólicos y retraso en el crecimiento (enteropatía), situación esta última que puede suceder cuando el bebé no es diagnosticado a tiempo.

Existen varios tipos de APLV: las mediadas por el IgE, un anticuerpo involucrado en el proceso alérgico, y por lo general responden de manera inmediata frente a la ingestión del alimento. “Son relativamente sencillas de diagnosticar, pero se debe tener en cuenta que varían en intensidad en función de la cantidad de alimento ingerido y que también puede suceder que el mismo alérgeno alimentario no siempre produzca la misma sintomatología, ni de similar intensidad”, alertó el Dr. Boggio Marzet,pediatra gastroenterólogo y Coordinador del Grupo de Trabajo en Gastroenterología y Nutrición Pediátrica del Hospital Pirovano.

Luego, se encuentran las no mediadas por IgE y que, como principal característica, se observan síntomas inespecíficos de aparición mucho más tardía y que no responden a las pruebas de alergia. “En ambas situaciones, el tratamiento se inicia con la llamada ‘dieta de exclusión’, que consiste en la supresión inmediata en la dieta de la mamá del alimento sospechado, en este caso la leche de vaca y todos sus derivados, mientras que cuando ya no se mantiene el amamantamiento o el bebé recibe alimentación complementaria, la supresión también debe alcanzar al niño”, subrayó el Dr. Parisi.

“En estos casos, como complemento a la leche de vaca que el niño no puede ingerir, se recomienda la incorporación de leches de fórmula especiales, bajo indicación del médico tratante. Por lo general, si las manifestaciones son leves, se indican fórmulas especiales, que tienen la proteína de la leche de vaca ‘rota’ o fragmentada, lo que disminuye su capacidad de generar alergia. Son las fórmulas extensamente hidrolizadas, y, si los síntomas son más severos, se recomiendan las fórmulas a base de aminoácidos, adonde directamente la proteína está fragmentada en el 100% de su totalidad con lo cual la capacidad de generar alergia es prácticamente nula”, sostuvo el Dr. Boggio Marzet. “La cobertura de estas fórmulas está garantizada por la ley de leches medicamentosas, que entró en vigencia en febrero”, agregó.

“Afortunadamente, la mayoría de estos cuadros de ALPV, cualquiera sea su origen, suelen revertir por sí solos antes de los 3 años de edad. Sin embargo, en niños pequeños representa un problema serio que debe atenderse, ya que se corre el riesgo de que se presente un cuadro severo de desnutrición y otras complicaciones como problemas serios en el crecimiento”, se encargó de aclarar el Dr. Parisi.

“Ya en un trabajo de nuestro equipo presentado en 2010 en el Congreso Anual de la Sociedad Norteamericana de Gastroenterología Pediátrica, Hepatología y Nutrición[1], observamos que cuanto más tarde se diagnostica y se trata la APLV, mayor es el riesgo de comprometer seriamente las curvas de crecimiento de estos niños. No debemos perder de vista que, en el mejor de los casos, el tiempo promedio desde la aparición de los primeros síntomas hasta el diagnóstico no es inferior a los 3 meses”, concluyó el Dr. Boggio Marzet

Estudio argentino sobre APLV y cesáreas

Entre las causas que aumentarían el riesgo de presentar alergia a la proteína de la leche de vaca, se destacan los antecedentes de alergias en la familia, pero aparece también el nacimiento por cesárea.

Ese tema fue estudiado en una investigación denominada “¿Es el parto por cesárea un factor de riesgo para el desarrollo de alergia a proteína de leche de vaca (APLV) en lactantes argentinos?”. Ésta fue liderada por el Dr. Christian Boggio Marzet con la participación de las doctoras María Anabel Tilli y María Teresa Basaldúa, del Grupo de Trabajo en Gastroenterología & Nutrición Pediátrica del Hospital General de Agudos Dr. Ignacio Pirovano.

Entre los años 2010 y 2014, se relevaron 238 pacientes de una edad promedio de 7 meses y con un peso promedio de 3.149 g, que presentaban signos aparentes de APLV. Del total, un 56,3% había nacido por cesárea y un 43,7% por parto natural. Entre su conclusión principal, se halló que aquellos niños que no habían transitado el canal vaginal tendrían un riesgo más elevado para desarrollar reacciones inmediatas de alergia a la proteína de la leche de vaca y también reacciones tardías, como reflujo gastroesofágico y cólicos. El trabajo fue publicado en el Journal of Pediatric Gastroenterology and Nutrition[2].

La flora intestinal, técnicamente llamada ‘microbiota’, está colonizada por millones de bacterias que determinan gran parte de la inmunidad del individuo. El bebé recibe de su madre esos primeros gérmenes beneficiosos que se alojarán en su intestino por nariz y por boca durante su paso por el canal vaginal. En contrapartida, los primeros gérmenes que reciben aquellos que nacen por cesárea son los que circulan en la sala de parto, que no son los microorganismos que lo ayudarán en el desarrollo del sistema inmunológico en el intestino. Esta situación empeora cuando la mamá ha recibido antibióticos por alguna infección (aún durante el propio parto), cuando el nene es prematuro o cuando desde muy temprano no recibe lactancia materna.

“Promoviendo el parto vaginal, siempre que sea posible, y fomentando la lactancia materna, estaremos contribuyendo a la formación de una microbiota más protectora, que sin dudas ayudará a la formación del sistema inmunológico del intestino y lo fortalecerá frente a este tipo de agresiones como las alergias a la proteína de la leche de vaca”, manifestó el Dr. Christian Boggio Marzet.

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