América del Norte

La liberalización comercial nunca benefició a todos

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Por Jomo Kwame Sundaram / IPS Noticias – El presidente Donald Trump ha culpado a la liberalización comercial defendida por los globalistas de la desindustrialización de Estados Unidos. En cambio, su propio uso de las políticas, los instrumentos y las instituciones económicas como armas pretende «Hacer a Estados Unidos  grande otra vez (Maga)».

Durante su primer gobierno (2017-2021), en el llamado Trump 1.0, el gobernante afirmaba hacerlo mediante la «repatriación» de industrias que se habían trasladado al extranjero.

En el Trump 2.0, que comenzó en enero de 2025, el presidente ultraconservador recurre a más amenazas para asegurar inversiones, mercados y otras ventajas económicas para las grandes empresas estadounidenses, a costa de otros, incluidos los aliados y, especialmente, el Sur global.

Aunque rechaza la afirmación de los globalistas de que la liberalización comercial potencia el crecimiento, el empleo y los ingresos para todos, sus propias políticas de «Estados Unidos Primero» están frenando la economía mundial, incluida la de Estados Unidos.

Política comercial de la posguerra

Estados Unidos ha dominado las relaciones y las instituciones internacionales, incluida la gobernanza económica multilateral, desde la Segunda Guerra Mundial (1939-1945). El Congreso de Estados Unidos rechazó la Carta de La Habana de 1948, que proponía la creación de la Organización Internacional del Comercio (OIC).

La liberalización comercial selectiva fue clave para el «neoliberal» Consenso de Washington, que ha sido recomendado, si no exigido, por las instituciones económicas multilaterales desde la década de 1980.

Mientras tanto, la era neoliberal se ha asociado a un crecimiento más lento y volátil que la «edad de oro» keynesiana de la posguerra, correspondiente al primer cuarto de siglo tras la Segunda Guerra Mundial.

Occidente impulsó la creación de la Organización Mundial del Comercio (OMC) para consolidar el orden económico internacional sobre una base neoliberal. El Acuerdo de Marrakech de 1994, por el que se estableció la OMC, dejó poco margen para iniciativas de política de desarrollo.

Para muchos en Occidente, la liberalización comercial neoliberal terminó con la primera presidencia de Trump, a partir de 2017. Sin embargo, el cambio de rumbo había comenzado antes, a principios del siglo XXI, especialmente tras la crisis financiera mundial (en realidad, occidental) de 2008-2009.

No obstante, hay que reconocer a Trump el mérito de haber utilizado descaradamente los instrumentos de comercio e inversión internacionales como arma contra el resto del mundo, incluidos los aliados de Estados Unidos.

Hegemonía

El destacado economista indo-estadounidense y defensor del libre comercio Jagdish Bhagwati demostró que cualquier alternativa al multilateralismo comercial —incluidos los acuerdos de libre comercio plurilaterales y bilaterales— es subóptima e injusta.

Los compromisos, incluidos los promovidos por las instituciones financieras internacionales y la Organización de Cooperación y Desarrollo Económicos (OCDE), han reforzado, por el contrario, la hegemonía de Estados Unidos y Occidente.

La descolonización de Asia y África tras la guerra ha provocado un creciente descontento con las instituciones multilaterales, lo que ha llevado a Occidente a socavar selectivamente el multilateralismo tras la Guerra Fría.

Incapaces de garantizar que el sistema de solución de diferencias de la OMC proteja y promueva de forma coherente sus intereses, Estados Unidos lo ha paralizado bloqueando nombramientos clave desde la presidencia de Obama.

La firmeza colectiva de los países en desarrollo en los foros multilaterales ha mitigado algunas de las consecuencias adversas de la integración económica internacional bajo los auspicios occidentales.

La liberalización comercial parcial y desigual ha limitado la industrialización del Sur Global. La reciente desindustrialización ha reducido la participación de la industria manufacturera en la producción nacional de muchos países en desarrollo.

En África se ha desarrollado poca capacidad manufacturera nueva, más allá de algunas actividades mínimas de sustitución de importaciones y de transformación de recursos protegidas por los elevados costes de transporte.

Divide y vencerás

Las concesiones económicas, como las preferencias comerciales, otorgadas a los países en desarrollo se han utilizado para dividir al Sur global, incluidos los «países menos adelantados» y los «pequeños Estados insulares en desarrollo», lo que ha debilitado de hecho su fuerza negociadora colectiva.

La liberalización comercial también ha reducido los ingresos arancelarios, especialmente importantes para los países en desarrollo más pobres, donde a menudo representaban hasta la mitad de la recaudación fiscal total.

Los impuestos adicionales, normalmente sobre el consumo o la renta, nunca han compensado las pérdidas de ingresos arancelarios debidas a la liberalización comercial. Esto ha socavado sus ya débiles capacidades fiscales, lo que a menudo les ha obligado a endeudarse aún más.

Se suponía que el fomento de la agricultura alimentaria en los países africanos supuestamente «con abundancia de tierras» les proporcionaría una mayor seguridad alimentaria e incluso les haría más competitivos en materia de exportación, pero no hay pruebas de que esto haya ocurrido.

Los países en desarrollo llevan mucho tiempo pidiendo, sin éxito, al Norte Global que elimine las subvenciones agrícolas, los aranceles y las barreras no arancelarias a la importación que protegen su producción.

Esto haría que la producción alimentaria de los países en desarrollo fuera más competitiva. Sin embargo, los países ricos llevan mucho tiempo insistiendo en que los países en desarrollo deben primero «corresponder», por ejemplo, eliminando sus aranceles sobre los productos manufacturados.

El ajuste estructural también ha socavado las infraestructuras agrícolas y la productividad de los pequeños agricultores en muchos países en desarrollo. Mientras tanto, la reducción de las ayudas agrícolas en Europa ha provocado un aumento de los precios de muchas importaciones de alimentos en el Sur.

¿Beneficios del comercio?

Los supuestos beneficios de la liberalización comercial suelen ser meramente teóricos o beneficios puntuales derivados de una interpretación estática de la ventaja comparativa, sin potencial acumulativo.

Las afirmaciones sobre los beneficios de la liberalización comercial presuponen capacidades productivas y de exportación competitivas a nivel internacional, capaces de generar una respuesta de la oferta sólida y positiva.

Es poco probable que se den tales condiciones previas en la mayoría de los países en desarrollo, especialmente en los más pobres, y es necesario desarrollarlas, normalmente mediante la protección frente a las presiones de los mercados externos.

La mayoría de los estudios sobre los resultados realistas que podrían alcanzarse en las negociaciones de la Ronda de Doha de la OMC, iniciadas en 2001 —incluidos los realizados para el Banco Mundial—, preveían pérdidas netas para la mayoría de las economías en desarrollo, salvo para unas pocas economías asiáticas.

Tampoco hay pruebas sólidas de que la liberalización comercial reduzca significativamente la pobreza y el hambre. Los países en desarrollo, especialmente los más pobres y los del África subsahariana, saldrían perjudicados.

Cabe preguntarse por qué hay que sobornar a los países en desarrollo con «ayuda para el comercio» si lo mejor para sus propios intereses es comprometerse con la liberalización comercial, ya sea multilateral o de otro tipo.

Peor aún, la liberalización comercial ha hecho que el desarrollo sostenible sea casi imposible al reducir significativamente las opciones de política de los Estados que aspiran al desarrollo, especialmente en materia de comercio, industria, inversión y tecnología.

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Venezuela y EEUU: suspenso, con el dedo en el gatillo

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Escribe Humberto Márquez / Inter Press Service – Un clima de suspenso vive el Caribe, atento a un posible ataque sobre Venezuela de la poderosa fuerza aeronaval que Estados Unidos ha desplegado en ese mar, y cuyo objetivo más preciado es la caída del presidente venezolano Nicolás Maduro.

“Los días de Maduro como presidente están contados”, dijo el mandatario estadounidense Donald Trump en el programa “60 minutos” de la televisora CBS el 2 de noviembre. Exactamente un mes después, a la pregunta de un periodista sobre si su par venezolano se iría del poder, respondió: “Lo hará”.

A finales de noviembre, mientras Washington acumulaba fuerzas y cañones apuntando a Caracas, hubo una llamada entre ambos gobernantes, en la que se juntaron amenazas y propuestas, según medios estadounidenses. Trump ha sido evasivo. Maduro dijo que fue una conversación “respetuosa, y hasta cordial”.

Así, permanece abierto y al mismo tiempo envuelto en el misterio el abanico de opciones, en cuyos extremos aparecen o una invasión en toda regla a Venezuela, o el retiro de la flota estadounidense, como inicio o conclusión de una negociación.

“No creo en la invasión, aunque puede haber bombardeos. Lo más probable -no digo que sea inmediato, puede que tarde un poquito más- es que esto termine en una negociación entre Estados Unidos y Venezuela”, dijo a IPS Phil Gunson, analista sénior para la región andina de la organización International Crisis Group.

Basado en Caracas desde hace dos décadas, Gunson observa que “la fuerza desplegada por Washington no es solamente para Venezuela; es parte de una reorientación de la política exterior de Estados Unidos, con mayor énfasis en el hemisferio occidental y principalmente en la cuenca del Caribe”.

El 5 de diciembre la Casa Blanca publicó su nueva Estrategia de Seguridad Nacional, en la que desempolva y le da un toque Trump a la Doctrina Monroe, que se formuló hace dos siglos bajo la consigna “América para los americanos», y con la cual reivindica el papel de hegemón hemisférico que se atribuye.

“Lo que busca Trump es que Estados Unidos vuelva a ser el país que determine lo que sucede en su patio trasero cercano”, comentó Gunson, cuya organización tiene su sede central en Bruselas y se enfoca en el análisis y diseño de políticas para prevención de conflictos.

El portaviones Gerald Ford, considerado el más moderno y poderoso del mundo, se desplaza por el Caribe como parte de la flota estadounidense que podría atacar objetivos en Venezuela, Colombia y México. Para expertos militares, su presencia es la demostración de que Washington persigue objetivos geopolíticos mucho más allá de simplemente frenar el tráfico de drogas a través de ese mar. Imagen: US Navy

Portaviones contra lanchas

La fuerza en el Caribe es la mayor desplegada en el área en seis décadas: el poderoso portaviones Gerald Ford, 20 navíos de guerra, decenas de aeronaves de última generación, 15 000 efectivos, reapertura de una base militar en Puerto Rico e instalación de radares en Trinidad y Tobago, vecino hostil de Caracas.

Desde el 2 de septiembre esa fuerza ha liquidado, en el Caribe y el Pacífico oriental, a 23 embarcaciones sindicadas de transportar drogas, y dado muerte a un total de 87 ocupantes, exhibiendo capacidad de alcanzar cualquier blanco en los países que ha puesto en su diana: Venezuela, Colombia y México.

Entre sus argumentos, Trump ha dicho que con cada lancha abatida se eliminó la droga que pudo matar a 25 000 estadounidenses.

Por sobredosis de drogas murieron el año pasado en Estados Unidos 80 391 personas, según sus autoridades de salud. El fentanilo, la droga más mortífera, se asegura que no llega a suelo estadounidense desde el Caribe o Venezuela, sino a través de la frontera con México, donde mafias la elaboran con insumos provenientes de China.

El presidente Nicolás Maduro en una marcha con militares, con su esposa Cilia Flores a su derecha y los ministros de Interior y Defensa, Diosdado Cabello y Vladimir Padrino, a su izquierda. Estados Unidos ofrece millonarias recompensas por la captura de Maduro, Cabello y Padrino, y demanda que el gobernante venezolano debe abandonar el poder para dar paso a una transición. Imagen: Presidencia de Venezuela

Maduro: Se busca

La salida del poder de Maduro aparece como un gran objetivo. Washington lo acusa de ilegítimo por robar la elección presidencial de julio de 2024, que ganó su contendor Edmundo González según la oposición, y de dirigir un narcotraficante “Cartel de los Soles”, ofreciendo una recompensa de 50 millones de dólares por su captura.

Pero, dentro de su política de “paz a través de la fuerza”, Trump envía señales contradictorias acerca de si se dispone a atacar o solo exhibe los cañones para lograr los objetivos con presión y sin desatar el infierno de bombas y misiles.

“Todavía hay mucha incertidumbre y no veo claridad por parte del gobierno de Trump sobre cómo proceder”, dijo a IPS Mariano de Alba, investigador asociado del británico Instituto Internacional de Estudios Estratégicos, dedicado al estudio de la política internacional y de defensa.

Las alternativas más probables, señaló De Alba a IPS desde Londres, “son ataques quirúrgicos, bien sea contra instalaciones vinculadas al narcotráfico o a las fuerzas armadas, o un acuerdo puntual”.

En la hipótesis de un acuerdo “el régimen de Maduro hace algunas concesiones importantes sobre las prioridades de Trump -inmigrantes ilegales, narcotráfico y recursos naturales- y eso le permite permanecer en el poder, y a Trump vender internamente el despliegue como un éxito”, observó el analista.

“Veo muy claro que sigue habiendo escepticismo en la Casa Blanca sobre una gran operación militar en Venezuela, por los riesgos que supone y, adicionalmente, internamente se le está complicando el despliegue al presidente con acusaciones incluso de congresistas republicanos de posibles crímenes de guerra”, agregó.

El legislativo Congreso estadounidense examina si sus mandos militares incurrieron en esos crímenes al rematar a sobrevivientes en las “narcolanchas” abatidas, y el tema ya se inscribió en la aguda confrontación entre Trump y el partido Republicano, que lo apoya, y el opositor Demócrata, abiertamente reticente a una nueva aventura bélica.

Según analistas militares, la fuerza desplegada es insuficiente para invadir a un país como Venezuela, de 916 000 kilómetros cuadrados y 29 millones de habitantes.

Pero, por otra parte, es demasiada fuerza para hundir un puñado de pequeñas embarcaciones, la operación con la que se justificó el inicio del despliegue, en agosto, lo que convence a muchos de que el objetivo final es la cabeza de Maduro.

Algunos vendedores ambulantes ofrecen algunas mercancías a los peatones en un céntrico bulevar de Caracas. La economía informal va de la mano con la pobreza en Venezuela, en la que está sumida más de 70 por ciento de su población, asediada por imparables inflación y depreciación de su moneda, preocupaciones cotidianas mientras avanza la amenaza de un ataque estadounidense. Imagen: Tairy Gamboa / Caleidoscopio Humano

Venezuela, absorta en su pobreza

En Venezuela, entretanto, al cabo de una polarización política que va con el siglo, décadas de devastación económica, crisis humanitaria y migración de la cuarta parte de su población, la vida continúa entre la incertidumbre, la expectación o el desdén por una posible confrontación con la mayor potencia del planeta.

El gobierno ha hecho toda suerte de aprestos de defensa, desde activar sistemas antiaéreos Pantsir F-1, misiles Buk-M2E y los más ligeros Igla-S, todos rusos, hasta entregar fusiles a civiles sexagenarios que así se estrenan como milicianos.

Con discursos, marchas y declaraciones, el gobierno y su Partido Socialista Unido (Psuv), aseguran que la población está en alerta y dispuesta a combatir si se produce un ataque o una invasión y, para este último caso, se ha desempolvado la vieja tesis guerrillera de activar una “guerra popular prolongada”.

Pero muchos ciudadanos de a pie, en Caracas y en los estados, se muestran inmersos en otras preocupaciones, como la inflación más alta del mundo -535 % este año según Steve Hanke, docente de Economía en la estadounidense Universidad John Hopkins- y la imparable devaluación de su moneda, el bolívar, frente al dólar.

“No puedo hacer compras nerviosas por si vienen los marines”, dice a IPS Josefina, repostera, 39 años, dos hijos, y quien vive en el sector obrero Alta Vista, en el oeste de Caracas. “Puede que tenga nervios, pero en nuestro barrio no abunda la plata para hacer compras”, añade entre risas.

El Estudio de las Condiciones de Vida de los venezolanos, que realiza la caraqueña Universidad Católica Andrés Bello, muestra que ya en 2024, antes de la confiscatoria devaluación de este año, 73 % de los hogares estaba en la pobreza por ingresos insuficientes para satisfacer sus necesidades elementales.

Civiles en una práctica de tiro, entrenando como nuevos integrantes de la Milicia Bolivariana que se suma a las fuerzas regulares en tareas de defensa en Venezuela. El país sudamericano ha puesto en alerta a sus fuerzas armadas, entregó armas a civiles y el gobierno anunció que en caso de invasión pasará a la lucha armada y desarrollará una guerra popular prolongada. Imagen: VTV

Visiones del desenlace

La política de Trump es apoyada por la principal líder opositora y Nobel de la Paz 2025, María Corina Machado, y por sus seguidores, mientras que otros grupos de oposición rechazan que haya posibles ataques, y más aún una abierta invasión.

Gabriel, mecánico de 45 años, habitante de Petare, populosa barriada al este de la capital, dijo a IPS que “hay gente opositora que desea una invasión, pero muchos no la queremos, aunque no estemos de acuerdo con Maduro y como tiene al país. Hasta habría que pelear, la patria es la patria”.

Mientras, siguen apretándose tuercas: días antes de comenzar la temporada navideña y de vacaciones colectivas, Trump declaró que “el espacio aéreo venezolano puede considerarse cerrado”, y media docena de aerolíneas de la región y de Europa han suspendido sus vuelos al país, ya considerablemente aislado en materia de comunicaciones, transporte y actividad financiera.

“Se le está amargando la vida a los venezolanos, no veo a corto plazo nada bueno para su población, se la aísla más del resto del mundo”, comentó Gunson. “Eso tiene un impacto en la economía, que empezaba a mostrar algunos signos de recuperación y ahora retrocede, incluso puede volver a la hiperinflación”, agregó.

En la hipótesis de una invasión “existe la posibilidad de un caos y un vacío de poder, una situación aún peor, incluso con elementos de las fuerzas armadas peleando entre ellos. Veo muy difícil que una intervención directa militar de Estados Unidos termine en un cambio pacífico, rápido y relativamente indoloro”, remarcó Gunson.

En cuanto a la confrontación entre gobernantes, para Gunson “si Trump se retira sin mayor trámite el resultado inmediato es que Maduro se fortalece, por lo menos dentro de la coalición gobernante: mostraría que enfrentó al imperio y venció”.

De Alba añadió el componente de la política interna de Estados Unidos, cuando está por empezar un año marcado por la elección de medio término al Congreso.

En Washington, “al menos de momento, la opinión pública está posicionándose en contra de la escalada, y con señalamientos muy fuertes, como posibles crímenes de guerra. No hay ánimo para una operación que ponga en riesgo a soldados estadounidenses”, apuntó De Alba.

Dado ese juego, en que Venezuela es ahora es una pieza en la lucha política estadounidense, De Alba cree que “se está inclinando la balanza para que Trump se mantenga en la opción de la presión militar y mediática, viendo si logra un eventual acuerdo que satisfaga sus intereses, y que podría incluir la salida del poder de Maduro, o no”.

Mientras se aguarda la decisión, en la horquilla de posibles acciones cabe insertar la frase acuñada en el siglo XIX por el mariscal prusiano Helmut von Moltke: “Ningún plan, por bueno que sea, sobrevive al contacto con el enemigo”.

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