La Rebelión Analógica
Hay algo revelador en que un comediante neoyorquino de 38 años haya decidido, este año, lanzar una candidatura presidencial cuya única plataforma es no tener plataforma. Dan Fox no promete bajar impuestos ni reformar la salud pública: promete que todo, absolutamente todo, va a suceder “IRL” —in real life, en la vida real—. Es un chiste. Pero como todos los buenos chistes, funciona porque toca algo verdadero: hace diez años esa broma no habría tenido gracia, porque nadie sentía todavía que la vida real fuera un lugar al que hubiera que volver.
Ese chiste es, sin proponérselo, la puerta de entrada perfecta al “Verano de Ludd”, el festival de ocho días que un grupo de activistas jóvenes organizó en el East Village de Manhattan sin publicarlo jamás en una red social: solo carteles pegados en las paredes, un número de teléfono para pedir información y una consigna estricta de no sacar el celular durante los eventos. Hubo una obra de teatro sobre los luditas del siglo XIX, un taller de zurcido, sesiones de radio de onda corta, citas a ciegas sin pantallas de por medio.
Nada de esto es nuevo en espíritu —siempre hubo nostálgicos de lo analógico—, pero sí lo es en escala y en tono: ya no es un gesto de excentricidad boutique, es un festival de una semana que llena una plaza pública en pleno 2026.
Y no es un caso aislado. En Baltimore, una profesora de la Universidad de Loyola armó una materia entera para ayudar a sus alumnos a salir de lo que ellos mismos describen como una “prisión del teléfono”: estudiantes que revisan el celular 190 veces por día, que acumulan 55 juegos descargados sin recordar cuándo los instalaron. No hace falta ser alarmista para notar el patrón: cuando una universidad tiene que dedicar un semestre entero a enseñar a jóvenes de veinte años a estar sin el teléfono, algo se rompió mucho antes de que llegaran al aula.
Mi impresión es que estamos mirando la misma crisis desde dos ventanas distintas, y que el error más común —yo mismo lo cometí al ordenar por primera vez esta información— es tratarlas como si fueran una sola historia. Por un lado, están los movimientos colectivos, casi gremiales, que intentan reconstruir espacios compartidos sin pantallas: el Verano de Ludd, las materias de detox digital, los clubes de estudiantes que dejan el smartphone por un teléfono “tonto”. Por otro lado, está algo mucho más íntimo y silencioso: la persona que, en medio de un ataque de ansiedad frente al scroll infinito, necesita saber que respirar cuatro segundos y exhalar seis alivia el cuerpo, o que el agua fría en la cara puede cortar en segundos un pico de activación emocional. Son dos escalas de un mismo malestar, pero no son la misma respuesta, y conviene no confundirlas.
La tentación, cuando uno arma un resumen apurado de todo esto, es fusionarlas en una sola narrativa prolija: “una revolución está en marcha, la ansiedad social está por las nubes, y estas son las tres técnicas para sobrevivirla”. Suena bien. Pero es falso en un sentido preciso: mezcla el reportaje sobre un festival político-cultural con una nota de recomendaciones clínicas, como si la misma pluma hubiera escrito las dos cosas. Y esa mezcla, aunque prolija, termina siendo perezosa. Porque lo que en realidad muestra, si uno separa las fuentes con cuidado, es algo más interesante: que la crisis de la hiperconexión ya generó respuestas en todos los niveles posibles —desde la política de calle hasta la fisiología de una exhalación—, y que ninguna de esas respuestas alcanza por sí sola.
Porque seamos honestos: nadie va a resolver su relación con el teléfono respirando cuatro segundos antes de abrir Instagram por sexta vez en una hora. Las técnicas de regulación —la respiración, el choque de temperatura, ampliar la mirada para salir de la “visión de túnel”— sirven para lo que sirven: bajar un pico de ansiedad en el momento en que ocurre. Son primeros auxilios, no una cura.
Tienen el mismo lugar que un analgésico frente a una lesión crónica: alivian el síntoma, no tocan la causa. Y la causa, cada vez es más difícil negarlo, no está solamente en la cabeza de quien scrollea, sino en el diseño mismo de las plataformas que compiten, con enormes recursos, por captar cada segundo de atención disponible.
Ahí es donde el Verano de Ludd, con sus carteles de papel y su desconfianza casi ceremonial hacia lo digital, dice algo que ninguna técnica de respiración puede decir: que hace falta también una respuesta colectiva, deliberadamente incómoda, que discuta el problema en el terreno donde realmente se libra —el diseño de los productos, el negocio de los datos, la arquitectura de la atención— y no solamente en el terreno privado del cuerpo de cada usuario. Que un grupo de jóvenes decida pasar ocho días sin publicar una sola foto de lo que están haciendo es, en ese sentido, más un gesto político que terapéutico: es una forma de decir que el problema no se resuelve gestionando mejor la ansiedad individual, sino cuestionando el sistema que la produce en primer lugar.
No hace falta romantizar el neoludismo —la ironía de organizar un festival “anti-tecnológico” coordinando logística por teléfono no se le escapa a nadie, ni siquiera a sus organizadores— para reconocer que apunta a algo real. Tampoco hace falta desconfiar de la respiración de cuatro segundos por el simple hecho de que sea pequeña: las intervenciones pequeñas tienen su lugar, sobre todo cuando lo grande todavía no cambió. Lo que sí vale la pena resistir es la tentación de creer que una sola de estas dos escalas alcanza. La ansiedad que genera el scroll infinito no se cura solo con más regulación fisiológica individual, de la misma manera en que un festival de ocho días, por más multitudinario que sea, no va a rediseñar por sí solo el modelo de negocio de las redes sociales.
Quizás la pregunta que vale la pena hacerse no es cuál de las dos respuestas es la correcta, sino por qué necesitamos las dos al mismo tiempo. Y ahí, me parece, está el verdadero diagnóstico de la época: cuando una sociedad tiene que enseñar en la universidad a resistir su propio teléfono, y al mismo tiempo organizar festivales enteros para practicar estar juntos sin pantallas, es porque el problema dejó de ser una anécdota individual hace bastante tiempo. La pregunta que queda abierta —y que ni el festival ni la respiración pueden responder solos— es quién, además de nosotros mismos, está dispuesto a cambiar algo.
Los tiempos imponen que los que nos representan, o pretenden hacerlo esta vez ESTEN DISPUESTOS A CAMBIAR en bien de todos.
