Bolivia

Gas en Sudamérica: Vaca Muerta desplaza a Bolivia y proyecta a la Argentina como nuevo proveedor clave

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La aceleración histórica en la extracción de shale gas en Neuquén convirtió a la Argentina en un potencial proveedor regional, mientras Bolivia enfrenta una caída estructural en su capacidad productiva. La transformación abre una nueva etapa en la geopolítica energética sudamericana.

La cuenca neuquina de Vaca Muerta registró en los últimos meses una producción diaria de 90,96 millones de metros cúbicos de gas natural, cifra que triplica el total producido en Bolivia, que apenas alcanzó 24,33 millones de metros cúbicos por día, según los últimos reportes oficiales.

El contraste con el pasado es contundente: en 2014, Bolivia producía 60,3 millones de m³/día, mientras que Vaca Muerta apenas aportaba 600.000 m³ diarios. Para 2022, ambos países ya mostraban un punto de cruce: 36,6 millones en Neuquén contra 42,1 millones en el país andino.

La diferencia actual consolida un cambio estructural: durante casi dos décadas, la Argentina dependió de las exportaciones bolivianas para sostener su abastecimiento interno. Hoy, la balanza se inclina en sentido inverso, con un potencial exportador argentino y un déficit creciente en la matriz boliviana.

La falta de exploración en Bolivia

Según el análisis del exministro de Hidrocarburos de Bolivia y socio de Gas Energy Latam, Álvaro Ríos Roca, el declive boliviano responde a la escasa exploración y a la ausencia de nuevas reservas.

“El país enfrenta una caída constante de alrededor de 4 millones de metros cúbicos diarios por año. La exploración en Bolivia ha sido mínima y los pocos esfuerzos de YPFB no lograron reponer reservas”, explicó el especialista.

Ríos anticipó que Bolivia cerrará este año con 26 millones de m³ diarios, apenas suficiente para cubrir la mitad de su demanda interna. Y advirtió: “En 2028 Bolivia va a necesitar importar gas porque se cruza con la oferta. Habrá que gestionar abastecimiento desde Argentina, ya que la exploración tarda en dar resultados”.

El escenario configura un giro histórico: el país que fue proveedor estratégico de la región se aproxima a transformarse en importador neto de gas.

Oportunidad regional para Argentina: exportaciones y logística

El impacto de Vaca Muerta ya se traduce en operaciones concretas. A comienzos de 2025, Argentina realizó sus primeras exportaciones de gas hacia Brasil utilizando las redes gasíferas de Bolivia.

Para consolidar ese proceso, la clave será la infraestructura: en particular, la ampliación del Gasoducto Norte operado por TGN (Transportadora Gas del Norte), que permitirá conectar el flujo neuquino con los mercados de Bolivia y Brasil.

Ríos remarcó que “Argentina debe hacer competitivo el transporte por Bolivia para asegurar su inserción regional. Si no se logra eficiencia logística, el gas argentino perderá atractivo frente a otros proveedores”.

Récords históricos en la producción argentina

La Secretaría de Energía de la Nación informó que en julio 2025 la producción nacional de petróleo alcanzó 811.200 barriles diarios, el nivel más alto desde 1999. El crecimiento interanual fue de 18,5% en petróleo y de 5,7% en gas natural, con un promedio nacional de 160,6 millones de m³/día, valores no registrados desde el año 2000.

Dentro de ese total, Vaca Muerta concentra el 57,7% del petróleo nacional y se consolida como la segunda mayor reserva mundial de gas no convencional y la cuarta de petróleo no convencional.

Tan solo en junio, la producción nacional se incrementó 22,5% interanual, alcanzando 448.000 barriles diarios de petróleo, un salto que consolida la posición de la cuenca neuquina como motor del autoabastecimiento y la proyección exportadora.

Argentina como hub energético regional

La nueva correlación de fuerzas abre escenarios de fuerte impacto geopolítico y económico:

  • Argentina se posiciona como proveedor alternativo de gas para Brasil, Chile y eventualmente Bolivia.
  • Bolivia, sin nuevas reservas, corre riesgo de perder su rol estratégico en la integración energética del Cono Sur.
  • El desafío argentino será acelerar las inversiones en transporte y garantizar reglas estables para atraer capitales que permitan consolidar la capacidad exportadora.

En este marco, la producción de Vaca Muerta no solo transforma la balanza energética argentina, sino que redefine la geopolítica sudamericana del gas, desplazando a Bolivia como actor dominante y otorgándole a la Argentina un rol central en la seguridad energética regional.

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El fin del socialismo boliviano: ¿libertad o estatismo renovado?

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Por Sergio López / Mises Institute – El 17 de agosto de 2025 marca el final de una era: por primera vez en dos décadas, el MAS (Movimiento al Socialismo) ha sido excluido de la segunda vuelta presidencial. El país ahora se dirige a una segunda vuelta el 19 de octubre entre Rodrigo Paz del Partido Demócrata Cristiano (PDC) y Jorge “Tuto” Quiroga de la alianza Libertad y Democracia (Libre), después de una primera vuelta que castigó al socialismo estatista por la inflación, la escasez de combustible y el agotamiento del viejo modelo rentista y criminal.

Esto no es una percepción. Los resultados oficiales preliminares y la cobertura internacional unánime, con más del 90 por ciento de las boletas escrutadas, muestran que Paz lideró con poco más del 32 por ciento, Quiroga quedó en segundo lugar con el 27 por ciento, forzando una segunda vuelta y poniendo fin simbólicamente a la hegemonía de 20 años del MAS. El candidato oficial del MAS, Eduardo del Castillo, apenas obtuvo el 3,2 por ciento, Andrónico Rodríguez, considerado por muchos el sucesor de Evo Morales, obtuvo alrededor del 8 por ciento, y Samuel Doria Medina, vicepresidente de la Internacional Socialista, obtuvo aproximadamente el 20 por ciento.

Esta fue una ruptura histórica: el socialismo había gobernado durante los últimos 20 años. El propio Evo Morales, descalificado y escondido como prófugo, pidió a los votantes que emitieran votos nulos, tratando de apropiarse de un bloque de votos que no era el suyo. Pero incluso este voto no alcanzó el 20 por ciento. En otras palabras, incluso si todas las boletas nulas hubieran sido para Morales, aún no habría alcanzado el tercer lugar.

El MAS perdió no por un “golpe mediático”, sino por la realidad económica. Décadas de despilfarro, corrupción y crímenes contra los bolivianos comunes dejaron a los ciudadanos cansados de las políticas izquierdistas que trajeron una inflación de dos dígitos, un mercado paralelo del dólar y escasez de combustible. El castigo en las urnas y la deserción de su base sellaron una derrota histórica. Las crónicas del día de las elecciones fueron inequívocas: la era del MAS ha terminado; la segunda vuelta es Paz vs. Tuto.

Para el observador casual, esto puede sonar como un giro hacia el liberalismo. Sin embargo, debemos hacer una pausa para considerar quién está listo para ingresar al gobierno, ya que hay un largo camino entre derrotar al socialismo y abrazar la libertad. El régimen socialista criminal se ha derrumbado, y eso merece un aplauso. Pero la pregunta crucial sigue siendo: ¿qué viene después?

¿Qué proponen los finalistas?

Rodrigo Paz fue la gran sorpresa de la elección: un candidato que apenas alcanzaba el 5 por ciento en las encuestas hace apenas unos meses y que ahora emergía en primer lugar. Hijo del expresidente Jaime Paz Zamora, se le ha colocado de diversas maneras en el centro-izquierda o centro-derecha, aunque su discurso busca trascender las etiquetas. Su plan de gobierno, denominado “Agenda 50/50”, se presenta como una cruzada contra el “Estado tranca”, un aparato centralista al que culpa de la parálisis económica. Promete racionalizar el gasto con una regla de déficit cero para los gobiernos subnacionales, congelar nuevas contrataciones a nivel central y detener las empresas públicas que operan con pérdidas. También pide un régimen fiscal simplificado para las pequeñas empresas, reemplazando las licencias y permisos burocráticos con declaraciones juradas y liberalizando las exportaciones.

Además, propone ajustar los precios de los combustibles para reducir el déficit, unificar el tipo de cambio a través de un “Fondo de Estabilización Monetaria” financiado por la banca multilateral y la “regularización de activos”, y alentar a las pequeñas y medianas empresas a través de incentivos crediticios y fiscales. Su plan también menciona la lucha contra el contrabando, la formalización del empleo, el aumento progresivo de los salarios, la inversión sostenida en investigación y desarrollo, y la explotación de nuevos yacimientos estratégicos.

En su retórica, Paz complementa estas ideas con un guiño al sector informal, que estima en el 85 por ciento de la economía. Reconoce que la persecución fiscal y los enredos regulatorios han empujado a millones fuera de la legalidad, y dice que quiere una “formalidad barata” que reduzca los procedimientos y elimine las barreras en lugar de criminalizar a los pequeños productores. Lo ha resumido bajo el lema “Capitalismo para todos”: cerrar las aduanas corruptas, abaratar la entrada al sistema y ampliar las oportunidades para los comerciantes y trabajadores del transporte marginados. De esta manera busca distinguirse de Quiroga, enfatizando que no recurrirá al FMI sino que reordenará las finanzas internas reduciendo el peso del Estado y descentralizando las competencias.

Sin embargo, detrás de este discurso modernizador persisten contradicciones fundamentales. El núcleo de su plan sigue siendo estatista. El llamado “Fondo de Estabilización Monetaria” no es más que un nuevo disfraz para los controles de divisas. Unificar el tipo de cambio por decreto es una ilusión, trasladando las distorsiones del banco central a la deuda con los bancos multilaterales. La verdadera estabilidad solo puede provenir de la liberación del mercado de divisas y el fin de la expansión monetaria. Del mismo modo, su política de subsidios al combustible evita el único remedio real: la liberalización inmediata de los precios y un fuerte recorte del gasto que sangra miles de millones. Habla de gradualismo, cuando lo que se necesita es cirugía de mercado. Sus propuestas de inversión estatal en salud, deporte o innovación no son una ruptura con el modelo MAS sino su continuación con ropaje tecnocrático: cada hospital estatal es presa de la corrupción, cada incentivo fiscal “selectivo” es un privilegio arbitrario y cada programa de innovación se convierte en un desperdicio improductivo.

En resumen, Rodrigo Paz ofrece un Estado más ordenado, más descentralizado y quizás menos grotescamente corrupto que el del MAS, pero no un Estado más pequeño. No propone privatización, liberalización inmediata de precios o recortes drásticos del gasto. Su única mención de la inflación es una vaga promesa de “restablecer los equilibrios macroeconómicos para detener el deterioro del poder adquisitivo de la moneda”. Su “Agenda 50/50” contiene tímidos pasos hacia condiciones más libres (liberalización de las exportaciones, recortes a las empresas públicas deficitarias, impuestos simplificados), pero su núcleo sigue siendo estatista. En el mejor de los casos, su victoria significaría un alivio parcial del desastre socialista; en el peor, otro ciclo de vagas promesas que posponen las reformas estructurales que Bolivia necesita con urgencia.

Jorge “Tuto” Quiroga

Jorge “Tuto” Quiroga, expresidente de Bolivia y candidato de la alianza Libre, se presenta como el rostro de la “seriedad económica” contra el caos del MAS. Su programa comienza reconociendo una triple crisis (balanza de pagos, déficit fiscal y colapso energético) y pide un giro hacia la disciplina con apoyo externo. Propone un acuerdo con el Fondo Monetario Internacional por entre dos y cuatro mil millones de dólares, junto con la reestructuración de la deuda y la renovación de los desembolsos internacionales. Su objetivo declarado es reducir el déficit al 3 por ciento del PIB sin recurrir al banco central, restaurando su independencia y prohibiéndole financiar el Tesoro, una ruptura brusca con la práctica socialista.

Sobre la política cambiaria, Quiroga pide un sistema “Bolsín”: un tipo de cambio único, real y flexible establecido por la oferta y la demanda en lugar de la manipulación del banco central. Esto significaría dejar que el boliviano encuentre su verdadero valor, hoy apuntalado por reservas que ya no existen, y liberalizar el mercado de divisas, poniendo fin a la persecución de los ciudadanos que compran dólares en el mercado paralelo. En un contexto de inflación reprimida, estas medidas podrían restablecer cierta confianza monetaria.

Otro eje central es la reforma energética. Quiroga reconoce el colapso del modelo gasista y propone atraer inversión privada en hidrocarburos a través de contratos de servicios y estabilidad jurídica. También promete desmantelar gradualmente los subsidios a la importación de combustibles, reemplazándolos con un esquema de “propiedad popular” y bonos de compensación temporales. En electricidad y telecomunicaciones, propone privatizaciones parciales de ENDE y ENTEL bajo esquemas mixtos, manteniendo la participación estatal. Además, aboga por la renegociación de la deuda y nuevas líneas de crédito para la infraestructura y la transición energética.

En el lado positivo, reconocer que el banco central no debe financiar al gobierno y liberalizar el tipo de cambio son rupturas saludables con el socialismo. La apertura de los hidrocarburos al capital privado podría reactivar la inversión y detener la disminución de la producción. Sin embargo, su disciplina fiscal se basa en la deuda externa, no en recortes reales del gasto, simplemente cambiando los impuestos inflacionarios por impuestos futuros. Vivir perpetuamente con deudas es el equivalente a vivir con una tarjeta de crédito. El acuerdo con el FMI proporcionaría liquidez temporal a costa de nuevos impuestos y regulaciones, el clásico paquete tecnocrático que pospone reformas profundas. Lo mismo ocurre con los subsidios: al desmantelarlos solo gradualmente y con bonos compensatorios, corre el riesgo de perpetuar tanto los subsidios como los nuevos gastos.

Su plan de “propiedad popular” es otra contradicción. Comercializado como inclusivo, no es más que un eufemismo para mantener a las empresas estatales bajo control político, distribuyendo acciones simbólicas que no confieren poder de decisión ni propiedad genuina. El ciudadano recibe un pedazo de papel, pero el burócrata mantiene el control. Es la lógica paternalista del socialismo, reempaquetada para crear la ilusión de propiedad privada.

En resumen, Quiroga ofrece un programa macroeconómico más coherente que Paz, pero sigue atrapado en la idea de un Estado fuerte que administre la transición. Su discurso es conservador y keynesiano, atascado en un fracaso gradual. No liberalizará inmediatamente los precios del combustible ni desmantelará la red de controles que estrangulan a los empresarios. En el mejor de los casos, Bolivia obtendría un respiro temporal y una gestión más seria, en el peor, otro ciclo de deuda, subsidios disfrazados y estatismo reformista.

El fin del mito

Bolivia no ha “girado a la derecha”. Ha vuelto al sentido común. Quince años de controles de precios, empresas estatales “estratégicas” y un banco central al servicio del Tesoro terminaron como siempre: con filas, mercados negros y desindustrialización bajo tipos de cambio ficticios. Las elecciones lo dejaron claro: cuando la realidad se vuelve innegociable, la narrativa se derrumba. El 19 de octubre decidirá qué tan rápido Bolivia escapa del pantano.

Con Paz, un reordenamiento administrativo que contiene el daño pero ignora la inflación galopante. Con Quiroga, una corrección monetaria y cambiaria más aguda, pero con la tentación de la deuda y el fuerte estatismo.

El socialismo ha terminado; estatismo, tal vez no. Si Bolivia realmente quiere liberalismo, debe liberalizar los precios, vender empresas estatales y devolver dinero al mercado. La mitad del camino conduce inevitablemente de vuelta al socialismo.

El 17 de agosto, la tumba del MAS fue sellada en Bolivia. Dos décadas de despilfarro, persecución y mentiras colapsaron en una implosión electoral que alguna vez pareció imposible. El MAS pasó de la hegemonía absoluta a una fuerza marginal, y Evo Morales quedó reducido a un fantasma que no puede revivir su proyecto criminal ni siquiera con votos nulos. Esa derrota debe celebrarse.

Pero la muerte del socialismo no significa que Bolivia sea libre. La segunda vuelta de octubre no es libertad versus estatismo, sino dos variantes de la misma enfermedad. Rodrigo Paz ofrece un Estado más ordenado, pero igual de grande, con subsidios disfrazados y dirigismo tecnocrático. Tuto Quiroga promete disciplina y apertura parcial, pero bajo la tutela del FMI, subsidios “graduales” y empresas estatales renombradas. Ninguno se atreve a decir lo que la realidad exige.

La lección es clara: sin precios libres, no hay cálculo económico; sin propiedad privada, no hay inversión sostenible; Sin límites al poder político, no hay verdadera prosperidad. Ni Paz ni Quiroga cuestionan estos fundamentos. Ambos buscan gestionar mejor un aparato fallido que debería ser desmantelado.

La caída del socialismo abre una oportunidad histórica, pero solo si entendemos que la verdadera alternativa no es un nuevo gestor de un proyecto fallido, sino su desmantelamiento. Bolivia debe devolver a su pueblo la libertad de producir e intercambiar sin permisos ni privilegios. Esa es la única transición real: del control a la libertad.

Vale la pena enfatizar que este análisis se basa en propuestas formales y en el discurso de las primeras campañas. En el camino hacia la segunda vuelta, es probable que ambos candidatos adapten sus mensajes, cambien las prioridades o negocien alianzas que remodelen sus programas. Sin embargo, más allá de los cambios tácticos, la pregunta más profunda sigue siendo: ¿Bolivia permanecerá atrapada en un estado omnipresente o finalmente abrirá espacio para la verdadera libertad económica?

El socialismo está muerto. El estatismo sigue vivo. Y esa es la batalla que aún queda por librar.

Sergio López licenciado en Economía en la Universidad de Arkansas. Actualmente es becario residente del Instituto Mises 

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Bolivia, izquierda fuera de carrera tras 20 años de poder: derecha y centro derecha van por presidencia

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Ipsos Ciesmori anticipó una segunda vuelta por la presidencia de Bolivia entre Rodrigo Paz, Demócrata Cristiano, y el expresidente conservador Jorge Quiroga.

Habría un balotaje inédito entre dos representantes de la derecha: en tercer lugar se ubica Samuel Doria Medina (19,5%), el líder de la internacional socialista latinoamericana.

En cuarto lugar se ubicaría Andrónico Rodríguez (8,2%), Manfred Reyes Villa (7,1%) y el candidato oficialista Eduardo del Castillo (3,2%).

Histórico giro de Bolivia: la izquierda en tercer lugar luego de 20 años de hegemonía.

Las actas de cada mesa de votación se fueron mostrando públicamente en los cierres y luego los veedores y delegados tuvieron 5 minutos para tomar fotos de cada una de ellas.

El expresidente de Bolivia acusó a la Organización de Estados Americanos y a la Unión Europea de ser cómplices de su exclusión en las elecciones generales.

El líder cocalero quedó fuera de los comicios tras ser inhabilitado por una decisión del Tribunal Constitucional del país.

A finales de 2024, se ratificó que un funcionario no puede buscar una segunda reelección en el país ya sea que haya ostentado el cargo de forma consecutiva o discontinua, cerrando el camino para su postulación a las elecciones.

Morales escribió en su cuenta de X: “Hoy votamos, pero no elegimos. El pueblo mantiene su fidelidad a la verdadera democracia, aun cuando el movimiento político más grande de nuestra historia ha sido proscrito, con la complicidad y el aval de la OEA y de la Unión Europea”. 

Desde su primer Gobierno en 2006, Morales ha acumulado al menos cinco acusaciones de abuso sexual a menores en su contra en Bolivia, además de dos acusaciones similares por las que es investigado en Argentina, donde permaneció 11 meses exiliado cuando fue forzado a dimitir como presidente en 2019.

Además, suma dos órdenes de aprehensión, acusado por estupro y tráfico de menores. Ninguna ha podido ser ejecutada.

¿Seguirá los pasos de otros ex presidentes sudamericanos detenidos o prófugos como Jeanine Añez (Bolivia), Pedro Castillo (Perú), Jair Bolsonaro (Brasil), Cristina Fernández (Argentina) y Rafael Correa (Ecuador).

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Bolivia elige presidente con candidatos de derecha como favoritos

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Inter Press Service –  Bolivia puede dejar atrás dos décadas de gobiernos de izquierda, porque para la primera vuelta de la elección presidencial, este domingo 17, encabezan las preferencias dos opositores de derecha, el empresario Samuel Doria Medina y el expresidente Jorge “Tuto” Quiroga.

Detrás figuran aspirantes como el presidente de la Cámara de Senadores, Andrónico Rodríguez, disidente del oficialista Movimiento al Socialismo (MAS), y el abanderado de ese partido y exministro de la Presidencia, Eduardo del Castillo, muy rezagado en las encuestas como reflejo del desgaste del gobierno.

El actual mandatario, Luis Arce, decidió no presentarse a la reelección, y el líder histórico del MAS, Evo Morales, quien gobernó varios períodos consecutivos entre 2006 y 2019, fue inhabilitado y no pudo inscribirse para competir por la presidencia.

Morales llamó a votar nulo en señal de protesta por su inhabilitación, el porcentaje de indecisos es alto, y los candidatos recogen números de intención de voto muy bajos, por lo que desde ya se da por segura una segunda vuelta el 19 de octubre.

La única mujer que se inscribió para competir por la presidencia, Eva Copa, también proveniente de las filas del MAS y alcaldesa de El Alto, municipio que es parte del área metropolitana de La Paz, retiró su candidatura en julio tras denunciar difamación y “acoso político” contra ella y sus seguidoras.

Junto al presidente se elige a su compañero de fórmula como vicepresidente, y además los 7,9 millones de electores escogerán a los 36 senadores y 120 diputados de la Asamblea Legislativa Plurinacional de este país de 12 millones de habitantes. Todos para el período 2025-2030.

El proceso se realiza en medio de una crisis económica marcada por la inflación (interanual de 24,8 % en julio, la más alta desde 2008), escasez de dólares y agotamiento de las reservas internacionales, con el gobierno importando combustible con alto costo para venderlo a precios subsidiados.

Esa crisis, y el desgaste y las pugnas dentro del MAS y en los movimientos sociales que durante años sostuvieron a esa fuerza izquierdista, pavimentaron el camino para el resurgimiento de figuras de la derecha, aunque también esa oposición fue incapaz de levantar una opción unitaria.

Según las últimas encuestas conocidas, Doria Medina, de la Alianza Unidad, figura en primer lugar de intención de voto con 21,2 % en la firma Ipsos Ciesmori y 21,6 % en Captura Consulting, mientras Quiroga, de la coalición Libre, recoge 20 % en ambos estudios.

Pero la encuestadora Spie SRL, otorgó a Quiroga 24,45 % de preferencias y a Doria Medina 23,64 %, confirmando un empate técnico entre ambos candidatos y el camino al balotaje, pues para ganar en primera vuelta se requiere 50 % más uno de los votos, o 40 % y al menos 10 puntos de ventaja sobre el contendor más cercano.

Doria Medina, de 66 años, es un acaudalado empresario de los sectores comercio, cemento y construcción, que se define como “socialdemócrata de centro”, y ha buscado en otras oportunidades acceder a la presidencia.

Su principal oferta, con la consigna “en 100 días, carajo”, es resolver en el corto plazo la escasez de dólares y el abastecimiento de combustible mediante recortes del gasto público, negociación de financiamiento externo y estímulo a las exportaciones.

Quiroga, de 65 años, también ha buscado varias veces sin éxito su elección a la presidencia, cargo que ocupó durante un año en 2001-2002, cuando el presidente Hugo Banzer, de quien era vicepresidente, renunció por problemas de salud.

Tenaz crítico de los gobiernos de izquierda en América Latina, el conservadurismo político y económico de Quiroga, que lo apartó del favor del electorado durante más de dos décadas, le ha servido ahora como viento de cola en la nueva coyuntura.

De confirmarse los pronósticos basados en las encuestas, Bolivia se encaminaría hacia una segunda vuelta electoral entre esos dos aspirantes de la derecha.

Spie colocó en tercer lugar a Rodrigo Paz, del Partido Demócrata Cristiano (PDC), con 9,10 % de apoyo electoral, seguido por el alcalde de la central ciudad de Cochabamba, Manfred Reyes Villa (derecha), del grupo Súmate, con 8,79 %.

El izquierdista Rodríguez, de Alianza Popular, obtendría 8,46 % según ese sondeo, y el oficialista Del Castillo menos de dos por ciento, señales del hundimiento de la izquierda que ha tenido como bastiones a movimientos indígenas, de mineros, y de los campesinos cocaleros que durante décadas han seguido a Morales.

Según las encuestas, todavía a una semana de los comicios había alrededor de 14 % de indecisos, y la intención de votar nulo o en blanco estaba entre 15 y 19 %, lo que se interpretó como evidencia de los niveles de rechazo y desencanto del electorado.

Para mostrar su fuerza política, Morales cabalga esa ola llamando al voto nulo, y reclama que, si hubiese más votos nulos que los del aspirante más favorecido, la elección debería anularse.

Las autoridades electorales han descartado esa posibilidad al reiterar que para efectos del resultado de la elección cuentan solo los votos válidos.

Con Morales, provisto de un discurso militante, y con Arce, de un modo más comedido, Bolivia hizo parte desde 2006 hasta el presente -con la interrupción de un golpe de Estado en 2019 que colocó a Jeanine Añez en la presidencia durante un año- de la ola de gobiernos izquierdistas que prosperó en América Latina a comienzos del siglo.

El péndulo va ahora en dirección contraria y el país podría engrosar el grupo de gobiernos de derecha que ha ganado varias bazas desde mediados de esta década.

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Bolivia en tensión: cambio militar y desafío político a horas de las elecciones

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La Paz vive horas decisivas entre la tensión política y la crisis económica, con un cambio estratégico en las Fuerzas Armadas y un llamado opositor al voto nulo.

A solo tres días de las elecciones generales en Bolivia, el presidente Luis Arce designó este jueves a un nuevo alto mando militar, con la misión explícita de “mantener la paz y la gobernabilidad” en un clima político y económico convulsionado.

En un acto en el Palacio de Gobierno, Arce tomó juramento a Gustavo Primitivo Anibarro Escobar como comandante interino de las Fuerzas Armadas, junto a Sherman Sempértegui (Jefe del Estado Mayor), Roberto Delgadillo (Ejército), Marco Antonio Choquehuanca (Fuerza Aérea) y Freddy Pozo (Armada).

El mandatario subrayó que los nuevos jefes castrenses deberán garantizar la estabilidad de los gobiernos democráticamente constituidos, en medio de una campaña marcada por la confrontación política y una economía debilitada.

Arce instó a los bolivianos a concurrir este domingo a las urnas para concretar “un tránsito de Gobierno pacífico y democrático”. “Quienes ingresamos por la puerta de esta Casa Grande también salgamos por la puerta y dejemos un legado democrático para todo el pueblo boliviano”, afirmó.

El presidente aseguró que su gestión “nunca levantará las armas contra el pueblo” y que las diferencias deben resolverse “en las urnas, no en las calles”. El mensaje llega en un contexto de alta sensibilidad institucional: en 2024, Bolivia vivió un intento de golpe de Estado encabezado por el excomandante Juan José Zúñiga, episodio que el oficialismo calificó como asonada militar y parte de la oposición como “autogolpe”.

Evo Morales endurece el discurso y llama al voto nulo

Paralelamente, el expresidente Evo Morales cerró su campaña por el voto nulo en su bastión de Entre Ríos, Cochabamba, proclamando que si el Estado no respeta al pueblo, “es un derecho la sublevación y la rebelión”.

Morales, inhabilitado para competir y distanciado de Arce tras su salida del Movimiento al Socialismo (MAS), definió el voto nulo como una “rebelión democrática” contra lo que considera un “Estado corrupto” y un Gobierno aliado a la derecha.

“Si el voto nulo gana este 17 de agosto, el país hará historia”, desafió ante miles de simpatizantes. También instó a sus bases a “estar preparadas” en caso de un triunfo opositor.

Crisis económica y clima electoral

Las elecciones del domingo se desarrollarán en medio de la peor crisis económica en décadas, con escasez de dólares, falta de combustibles y un incremento sostenido de la inflación que encarece los productos de la canasta básica.

A este escenario se suma la polarización política, el desgaste del modelo económico del MAS y las tensiones internas entre las facciones de Arce y Morales.

El Tribunal Supremo Electoral recordó que desde este jueves rige el período de silencio electoral y, a partir del viernes, la ley seca hasta el mediodía del lunes 18 de agosto.

La decisión de Arce de renovar el mando militar busca proyectar control institucional en una etapa de máxima exposición política. Para analistas, el movimiento también pretende evitar fracturas internas en las Fuerzas Armadas en caso de un resultado electoral ajustado.

En paralelo, el llamado de Morales al voto nulo introduce un factor de incertidumbre adicional, al movilizar a un electorado crítico tanto con el Gobierno como con la oposición tradicional.

Los comicios definirán no solo el próximo presidente y vicepresidente, sino también la composición del Parlamento para el período 2025-2030, en un contexto donde la gobernabilidad dependerá tanto de la aritmética legislativa como de la estabilidad social y económica.

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