Entre parrales y memoria: el vino italiano que resiste en Campo Ramón
En Campo Ramón, entre neblinas suaves de la mañana, yerbales, té y caminos de tierra colorada, todavía persiste una tradición que llegó en barco desde el norte de Italia y se quedó para siempre en Misiones: hacer vino casero. En la chacra de la familia Filippin, Antonio “Tonin” Filippin y su hijo Guerino sostienen un parral que no solo da uvas, sino también memoria, identidad y pertenencia.
En vísperas de una nueva reunión de la Colectividad Italiana de la Zona Centro misionera, Tonin abre la tranquera de su historia y recuerda que todo comenzó mucho antes que él, cuando sus padres llegaron con esa costumbre intacta de podar en invierno, cosechar en verano y reunirse alrededor de una mesa larga con polenta, pasta y vino propio.
“Eso viene de tradición de mis viejos, allá por 1952 o 1954. En aquella oportunidad había aproximadamente media hectárea de viñedos. En esta zona de Campo Ramón había seis o siete italianos que cada uno hacía su propio vino”, cuenta Tonin, ex docente, agricultor y uno de los guardianes de esa práctica que hoy sobrevive casi en soledad.
Durante años, la docencia lo alejó de la producción. Pero al jubilarse, volvió al origen. “Me dije que iba a volver a tener mi parralcito para tener mi vino propio”, relata en una entrevista concedida a Frontera Jesuita, que conduce Carlos Vedoya Recio por FM República.
Hoy la producción ya no es la de antes. Hubo años en los que llegó a elaborar hasta 1.600 litros de vino. “En un año tuve la suerte de hacer 1.600 litros. Y sinceramente no me quedaba ni un litro al final del año, porque venían conocidos, hijos de amigos de mi viejo, a buscar vino acá en casa”, recuerda entre risas.
Ahora, tras una enfermedad que afectó muchas plantas, la cosecha ronda los 200 litros. Pero el ritual sigue intacto. La vendimia comienza entre fines de diciembre y los primeros días de enero, después de Navidad, cuando la uva “francesa” -como la conocen en la zona- alcanza su punto justo.
No hay acero inoxidable ni procesos industriales. Todo se hace como antes: madera, manos y paciencia.

“La uva se exprime, se deja entre nueve y diez días en fermentación en la tina, después se trasvasa a la bordelesa, se espera una semana más con el pico abierto y luego se tapa. Después de un mes ya está listo para el consumo”, explica. La técnica fue aprendida mirando a su padre, especialmente en la poda de julio, cuando los recuerdos vuelven con más fuerza.
“Cada vez que podo me acuerdo de mi viejo. Porque yo no quería ayudarle, justo me agarraba en vacaciones de invierno. Pero hoy, mientras podo, voy recordando esos tiempos lindos”, dice.
Del vino también nace la grapa. El orujo que queda luego del prensado no se desperdicia: pasa al alambique. “Del ollejo me fabrico la grapa a través del sistema de alambique”, cuenta Tonin, como quien habla de algo natural, cotidiano, heredado.
La mesa italiana, claro, no se entiende sin comida. Y cuando se le pregunta qué acompaña ese vino, la respuesta sale inmediata: “La polenta. Es algo muy tradicional de la zona de donde vinieron mis nonos”. Sus abuelos llegaron desde Friuli, en el norte de Italia, provincia de Pordenone. Friulanos puros, como se dice en la colonia.
Allí también estaban las acordeonas, los saxos, las reuniones familiares y la música que mezclaba tango, milonga y nostalgia. “Se reunían acá en la casa de mi tía, tocaban acordeón, saxo… esa era la música de ellos”, recuerda.
Su hijo Guerino no solo acompaña el legado familiar, sino también el institucional. Tonin fue uno de los fundadores de la Cooperativa El Colono, impulsora de la histórica marca de yerba mate Grapia Milenaria. Fue uno de aquellos ocho o nueve vecinos que en 1996 comenzaron a organizar la cooperativa que todavía hoy sigue siendo símbolo de Campo Ramón.
Además, este fin de semana la familia será anfitriona de una reunión especial: descendientes italianos de la zona centro volverán a encontrarse para celebrar el origen común.
“La idea surgió desde la colectividad italiana del Parque de las Naciones de Oberá, para realzar esta cultura que vivimos desde siempre. Y pensamos hacerlo acá porque en esta casa se juntaban los italianos para festejar el 2 de junio, el Día de la República Italiana”, explica Guerino. Habrá fotos antiguas, historias, recuerdos y seguramente alguna botella abierta.
Porque en la chacra de los Filippin el vino no es solo bebida: es herencia líquida. Es una forma de seguir conversando con los abuelos. Una manera de sostener la identidad en medio del monte misionero. Un brindis silencioso con quienes llegaron desde lejos para sembrar raíces profundas.
Y mientras haya una poda en julio, una vendimia en diciembre y una polenta servida en la mesa, Italia seguirá viva en Campo Ramón.


