De la biodiversidad a la captura de carbono, salvar al bisonte beneficia a Europa
El bisonte europeo, el mayor mamífero terrestre salvaje del continente, protagoniza una de las historias de recuperación ambiental más contundentes de Europa. Tras haber estado al borde de la extinción a comienzos del siglo XX, hoy vuelve a expandirse en distintos países y, además de recuperar su lugar en los ecosistemas, se consolida como un actor clave en la restauración ambiental y la mitigación del cambio climático.
De la desaparición al renacer
Conocido también como wisent, el bisonte europeo llegó a poblar vastas regiones del continente. Sin embargo, la presión de la caza y la pérdida de hábitat lo llevaron a una situación crítica: en 1927 fue abatido el último ejemplar salvaje en el Cáucaso, y apenas sobrevivían menos de 60 individuos en cautiverio.
Desde la década de 1950 comenzaron los programas de reintroducción, que hoy muestran resultados contundentes. En la última década, la población en libertad creció de 2.579 a cerca de 7.000 ejemplares, con núcleos importantes en Polonia y Bielorrusia. Actualmente, también hay manadas en Reino Unido, Rumanía, Alemania, Suiza y Lituania.
En los Cárpatos meridionales de Rumanía, por ejemplo, más de 100 bisontes viven nuevamente en libertad gracias a proyectos de renaturalización, mientras que en Bulgaria reaparecieron en estado salvaje por primera vez desde la Edad Media.
Ingenieros del ecosistema
Más allá de su recuperación numérica, el impacto del bisonte europeo sobre los ecosistemas es profundo. Su comportamiento natural —pastoreo, derribo de árboles, remoción de corteza y baños de polvo— transforma el paisaje y favorece la regeneración de los bosques.
En el bosque de Blean, en Kent (Reino Unido), donde fueron reintroducidos en 2022, ya se observan cambios significativos. La apertura del dosel forestal permite que llegue más luz al suelo, facilitando el crecimiento de nuevas especies vegetales y aumentando la diversidad biológica.
Este rol de “ingenieros del ecosistema” contribuye a restaurar entornos más complejos y resilientes frente al cambio climático.
Aliados en la captura de carbono
El aporte del bisonte europeo también se extiende al plano climático. Un estudio de la Universidad de Yale (2024) sugiere que las manadas reintroducidas en Rumanía podrían contribuir a capturar y almacenar carbono equivalente a las emisiones anuales de hasta 84.000 vehículos a combustión.
Este proceso se explica por varias dinámicas: el pastoreo homogéneo de pastizales, la fertilización natural del suelo mediante nutrientes reciclados, la dispersión de semillas y la compactación del terreno, que evita la liberación de carbono.
Aunque las estimaciones presentan márgenes de variación, el consenso científico apunta a que la reintroducción de grandes herbívoros puede ser una herramienta relevante en estrategias de mitigación climática.
Efectos en cadena: de los bosques a las aves
El impacto positivo del bisonte también alcanza a otras especies. En los Países Bajos, por ejemplo, se detectó que aves paseriformes utilizan el pelaje que los bisontes pierden en primavera para construir sus nidos.
Este material, suave y aislante, mejora las condiciones de incubación y podría influir en el éxito reproductivo de las aves, lo que abre nuevas líneas de investigación en biodiversidad funcional.
El regreso del bisonte europeo no solo representa un logro en conservación, sino también una señal sobre el potencial de los modelos de rewilding. La restauración de especies clave puede generar efectos multiplicadores en biodiversidad, captura de carbono y resiliencia de los ecosistemas, con impactos indirectos en economías regionales ligadas al turismo de naturaleza y a los servicios ambientales.

