CARTA DOMINICAL

Con María, servidores de la esperanza

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Carta de Mons. Juan Rubén Martínez, obispo de Posadas para el 5° domingo durante el año 9 de febrero de 2020

Estamos empezando el año. Y en febrero todo se empieza a activar. Vemos cómo se va normalizando la vuelta al trabajo y a los estudios. Con eso, empiezan a volver las preocupaciones. Por eso es bueno que iniciemos nuestras actividades con mucha esperanza. En este año, desde la diócesis de Posadas y en toda la Argentina, estamos preparándonos para participar en el «IV Congreso Mariano Nacional» que se desarrollará entre el 23 y el 26 de abril en Catamarca. El tema del Congreso será «María, Madre del pueblo, esperanza nuestra» y el lema que nos acompañará será «Con María, servidores de la Esperanza». Se realizará en Catamarca en el contexto de la celebración de los 400 años de Nuestra Señora del Valle y del hallazgo de la imagen de la Virgen en la gruta de Choya. Como diócesis nos unimos gozosamente a esta celebración, y por eso, hemos iniciado también un año diocesano dedicado a la Virgen María, en nuestro Santuario de Loreto.

Durante todo el año buscaremos resaltar las principales fiestas de la Virgen y las diversas advocaciones que de ella se veneran en nuestras parroquias. También la imagen de la Virgen de Loreto, patrona de las Misiones, recorrerá las comunidades e instituciones. Además, durante este año seguiremos trabajando aquello a lo que nos comprometimos en junio pasado en la Asamblea diocesana, con la búsqueda de caminos pastorales ante el desafío de la evangelización de los jóvenes, revisando en parroquias, escuelas y universidades, grupos y movimientos, cómo acompañar a nuestros jóvenes.

Son muchos los motivos para iniciar con esperanza. Y la esperanza es creer que las cosas pueden mejorar, porque la vida triunfa sobre la muerte. La esperanza debe llevarnos a participar, a comprometernos, a testimoniar, a anunciar, a denunciar, pero no mentir hablando de solidaridad y escondiendo los más bajos intereses.

Hace algunos años los obispos argentinos señalábamos qué tipo de liderazgos necesitamos: «Necesitamos generar un liderazgo con capacidad de promover el desarrollo integral de la persona y la sociedad. No habrá cambios profundos si no se reconoce, en todos los ambientes y sectores una mística del servicio, que ayude a despertar nuevas vocaciones de compromiso social y político. El verdadero liderazgo separa la omnipotencia del poder y no se conforma con la mera gestión de las urgencias».

Creo oportuno subrayar que para el cristiano es fundamental pedir a Dios ser sostenidos por la virtud y don de la esperanza. La esperanza es tener desde la fe la certeza que Cristo resucitó. Es esperar el encuentro definitivo con nuestro Padre Dios, esperar su abrazo. Comprender que hay un encuentro con Dios que trasciende la historia. Pero esta esperanza, lejos de proponernos una espera pasiva, reclama un compromiso activo en la realidad que nos toca vivir.

Ese don de la esperanza nos compromete a ser protagonistas y, con el camino y la palabra, nos reclama transformar el mundo. El Evangelio de este domingo (Mt 5,13-16), nos dice: «Ustedes son la sal de la tierra…Ustedes son la luz del mundo…», y el profeta Isaías en la primera lectura que se lee (Is 58,7-10), nos señala qué ayuno agrada a Dios: «Si compartes tu pan con el hambriento y albergas a los pobres sin techo; si cubres al que veas desnudo y no te preocupas por tu propia carne, entonces despuntará tu luz como la aurora y tu llaga no tardará en cicatrizar».

«Si eliminas de ti todos los yugos, el gesto amenazador y la palabra maligna; si ofreces tu pan al hambriento y sacias al que vive en la penuria, tu luz se alzará en las tinieblas». Estos textos nos proponen una reflexión que revela que la esperanza cristiana implica un estilo de vida y un compromiso en el día a día de la vida. La esperanza nos compromete a evangelizar y humanizar el vasto y complejo mundo de las políticas de la realidad social y de la economía, como también el de la cultura, de las ciencias y de las artes. La mediocridad egoísta y mercantil, daña la esperanza. Pero la esperanza y la vida siempre triunfan sobre las desesperanzas.

Les envío un saludo cercano y ¡hasta el próximo Domingo! Mons. Juan Rubén Martínez, Obispo de Posadas.

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400 años de Concepción de la Sierra

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Carta de monseñor Juan Rubén Martínez, obispo de Posadas, para la Solemnidad de la Inmaculada Concepción [8 de diciembre de 2019]

En nuestra Patria, por una autorización de la Santa Sede, desde hace algunos años, cuando coincide un domingo de Adviento con la Solemnidad de la Inmaculada Concepción, se permite celebrar a nuestra Madre en esta fecha, el 8 de diciembre, que es tan significativa para los cristianos en nuestra tierra. Este año queremos celebrar y agradecer a Dios por los 400 años de Concepción de la Sierra Concepción que fue una de las reducciones jesuíticas de los 30 pueblos guaraníes. Concepción fue una de las comunidades más importantes sobre el río Uruguay fundada por San Roque González de Santa Cruz. Viviremos con intensidad esta celebración con la misa de la mañana y tendremos la gracia que durante el día estará el corazón incorrupto de nuestro querido Santo. Esta será una celebración clave en el camino del año Mariano que estamos viviendo como Iglesia en la Argentina

En relación a esta celebración de la Inmaculada habitualmente he tratado de reflexionar sobre el valor de la pureza, especialmente ligado a nuestros niños y jóvenes. Debemos reconocer que teniendo en cuenta los peligros que acechan al tema de la vida en todas sus dimensiones, y el ambiente sobre todo que ofrecen algunos medios de comunicación, hablar de la pureza en los niños y jóvenes parece absurdo. Por un lado, nos escandalizamos de la violencia y los problemas juveniles, y por otro, la comunicación consumista, el alcohol y la droga entre otros, se multiplica descontroladamente.

Hace algún tiempo, los obispos argentinos, hemos enviado un mensaje que expresa nuestra preocupación sobre el tema de la droga y el narcotráfico en donde señalamos que «la sociedad vive con dolor y preocupación el crecimiento del narcotráfico en nuestro país. Son muchos los que nos acercan su angustia ante este flagelo. Nos conmueve acompañar a las madres y los padres que ya no saben qué hacer con sus hijos adictos, a quienes ven cada vez más cerca de la muerte. Nos quedamos sin palabras ante el dolor de quienes lloran la pérdida de un hijo por sobredosis o hechos de violencia vinculados al narcotráfico. Sabemos que este problema es un emergente de la crisis existencial del sentido de la vida en que está sumergida nuestra sociedad. Se refleja en el deterioro de los vínculos sociales y en la ausencia de valores trascendentes. Cuando este mal se instala en los barrios destruye las familias, siembra miedo y desconfianza entre los vecinos, aleja a los chicos y a los jóvenes de la escuela y el trabajo.

Tarde o temprano algunos son captados como ayudantes del “negocio”. Hay gente que vende droga para subsistir, sin advertir el grave daño que se realiza al tejido social y a los pobres en particular… Lo que escuchamos decir con frecuencia es que a esta situación de desborde se ha llegado con la complicidad y la corrupción de algunos dirigentes. La sociedad a menudo sospecha que miembros de fuerzas de seguridad, funcionarios de la justicia y políticos colaboran con los grupos mafiosos. Esta realidad debilita la confianza y desanima las expectativas de cambio. Pero también es funcional y cómplice quien pudiendo hacer algo se desentiende, se lava las manos y “mira para otro lado”. Esta situación está dejando un tendal de heridos que reclaman de parte de todos, compromiso y cercanía. Jesús nos pide que nos inclinemos ante quien sufre y que tratemos con ternura sus heridas. San Pablo nos enseña a “tener horror por el mal y pasión por el bien” (Rm 12, 9). Por eso no debemos quedarnos solamente en señalar el mal.

Alentamos en la esperanza a todos los que buscan una respuesta sin bajar los brazos: A las madres que se organizan para ayudar a sus hijos. A los padres que reclaman justicia ante la muerte temprana. A los amigos que no se cansan de estar cerca y de insistir sin desanimarse.

A los comunicadores que hacen visible esta problemática en la sociedad. A los docentes que cotidianamente orientan y contienen a los jóvenes. A los sacerdotes, consagradas, consagrados y laicos que en nuestras comunidades brindan espacios de dignidad humana. A los miembros de fuerzas de seguridad y funcionarios de otras estructuras del Estado que aún a riesgo de su vida no se desentienden de los que sufren. A todos los que resisten la extorsión de las mafias».

La droga no es el único mal que padecen nuestros jóvenes y adolescentes. Seguramente podríamos enumerar una grilla larga de males que se suman a esta plaga.

En este día en que celebramos a Nuestra Madre en su Inmaculada concepción, le pedimos su intercesión por nuestros niños y jóvenes, por el respeto a su dignidad y pureza. Ellos son el presente y el futuro, y todo lo que invirtamos en ellos, será un signo de esperanza.

Un saludo cercano y hasta el próximo domingo. Mons. Juan Rubén Martínez, obispo de Posadas

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La maternidad es vida

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Carta de monseñor Juan Rubén Martínez, obispo de Posadas, para el domingo 1 de Adviento [1 de diciembre de 2019]

Estamos iniciando el tiempo del adviento, o sea, de preparación para celebrar la Navidad. Desde ya que todos sentimos el cansancio del fin de un año que se nos presentó en muchos aspectos difícil y exigente. En este contexto la liturgia del adviento nos invita a animarnos en la esperanza.

El Evangelio de este domingo (Mt 24,37-44), nos exhorta a la vigilancia y a la fidelidad: «Estén prevenidos, porque ustedes no saben qué día vendrá su Señor. Entiéndalo bien: si el dueño de casa supiera a qué hora de la noche va a llegar el ladrón, velaría y no dejaría perforar las paredes de su casa. Ustedes también estén preparados, porque el Hijo del hombre vendrá a la hora menos pensada» (Mt 24,42-44).

La liturgia del adviento subraya el sentido pleno de la esperanza cristiana, la esperanza «escatológica», la del final de los tiempos. Pero de ninguna manera esta perspectiva que nos hace reclamar: «Ven Señor Jesús», nos deja en la pasividad. Esto sería una esperanza alienante y la esperanza cristiana, por el contrario, nos exige comprometernos con el presente y evangelizar nuestra cultura y nuestro tiempo.

No claudicamos en la esperanza y creemos que las cosas pueden mejorar si mejoramos nosotros y nos convertimos a Dios y a algunos valores indispensables como la vida, la verdad y la justicia. Pero tampoco podemos dejar de tener los pies sobre la tierra y ser claros frente a los problemas que se nos presentan.

Sorprende cómo en muchos medios de comunicación, en publicaciones, o en comentarios de algunos políticos y funcionarios, cuando se habla del tema de la maternidad, se lo plantea como un problema a resolver, ligado al crecimiento demográfico y a la pobreza. En Misiones, la tasa de natalidad, es decir el número de nacimientos por año, es superior a la media nacional. Algunas miradas ven esto como un problema e incluso se alarman. Sobre todo porque las tasas de natalidad altas se ven en madres pobres.

Los organismos internacionales permanentemente presionan para que el problema de la pobreza se solucione con una fuerte reducción de la natalidad. En esa línea proponen leyes que legalicen el aborto aludiendo que es el camino que siguen los países modernos. Les cuesta entender que la solución de la pobreza tiene que plantearse desde una mejor distribución de la riqueza, de la equidad y desde la justicia social, y no desde la eliminación de los niños por nacer. La avaricia va sometiéndonos a un sector del mundo que acumula y concentra riqueza y poder, y no se dispone a distribuir mejor desde la justicia y la equidad social

Considero oportuno recordar un texto de Aparecida sobre este tema: «Si esta opción [por los pobres] está implícita en la fe cristológica, los cristianos, como discípulos y misioneros, estamos llamados a contemplar, en los rostros sufrientes de nuestros hermanos, el rostro de Cristo que nos llama a servirlo en ellos: “Los rostros sufrientes de los pobres son rostros sufrientes de Cristo”. Ellos interpelan el núcleo del obrar de la Iglesia, de la pastoral y de nuestras actitudes cristianas. Todo lo que tenga que ver con Cristo, tiene que ver con los pobres y todo lo relacionado con los pobres reclama a Jesucristo: “Cuanto lo hicieron con uno de estos mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicieron” (Mt 25, 40).

De nuestra fe en Cristo, brota también la solidaridad como actitud permanente de encuentro, hermandad y servicio, que ha de manifestarse en opciones y gestos visibles, principalmente en la defensa de la vida y de los derechos de los más vulnerables y excluidos, y en el permanente acompañamiento en sus esfuerzos por ser sujetos de cambio y transformación de su situación. El servicio de caridad de la Iglesia entre los pobres es un ámbito que caracteriza de manera decisiva la vida cristiana, el estilo eclesial y la programación pastoral». (393-394)

El egoísmo y la falta del sentido del bien común están en la raíz de nuestros males. En este domingo de adviento, la Palabra de Dios nos exhorta a que estemos prevenidos, porque el Señor vendrá a la hora menos pensada. Evidentemente nuestra sociedad necesita convertirse al bien común y a la justicia. La esperanza cristiana nos impulsa a sentirnos responsables para revertir el flagelo de la exclusión.

Un saludo cercano y hasta el próximo domingo. Mons. Juan Rubén Martínez, obispo de Posadas

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Dios no es algo, es alguien

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Carta de monseñor Juan Rubén Martínez, obispo de Posadas, para el domingo 32 durante el año [10 de noviembre de 2019]

Así como ocurría en la época de Jesús, actualmente también nos encontramos con una invasión de propuestas religiosas que toman aspectos de la fe cristiana y los mezclan con esoterismo, ocultismo, magia, pseudo-psicología, curandería o «ciencias alternativas» y sin problemas siguen denominándose cristianas o católicas.

El texto del Evangelio de este domingo (Lc 20,27-38), nos habla sobre uno de los temas centrales de nuestra fe: «La resurrección». El Señor responde a los saduceos que la negaban: «Que los muertos van a resucitar, Moisés lo ha dado a entender en el pasaje de la zarza, cuando llama al Señor el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob. Porque él no es un Dios de muertos, sino de vivientes. Todos en efecto viven para él» (Lc 20,37-38).

San Juan Pablo II en la carta «Novo Milennio Ineunte», nos señala la importancia de contemplar en este inicio de milenio, el rostro de Cristo resucitado: «esta contemplación del rostro de Cristo no puede reducirse a su imagen de crucificado. ¡Él es el resucitado! Si no fuese así, vana sería nuestra predicación y vana nuestra fe (1 Cor 15,14). Después de dos mil años de estos acontecimientos, la Iglesia los vive como si hubieran sucedido hoy. En el rostro de Cristo, ella, su Esposa, contempla su tesoro y su alegría… La Iglesia animada por esta experiencia, retoma hoy su camino para anunciar a Cristo al mundo, al inicio del tercer milenio: Él es el mismo ayer, hoy y siempre» (NMI 28).

Con frecuencia nos encontramos con algunos que se manifiestan cristianos, pero por desconocer la centralidad de la Resurrección para la fe, creen en la reencarnación o sea en que su espíritu vivió en otras personas u otros seres vivientes, en diferentes épocas del pasado y se encaminan a vivir otras vidas en el futuro. Sin darse cuenta de que la reencarnación no es compatible con la revelación cristiana y con la resurrección. Otros, erróneamente, le ponen el nombre de ecumenismo o espíritu amplio a aceptar cualquier propuesta supersticiosa o sincretista (mezcla de todo). El ecumenismo es un camino de comunión muy importante, querido por Dios y que hemos iniciado los cristianos, que no intenta una mera unificación mezclando todo, sino que busca la profundización de la verdad y del misterio de Dios. Es uno de los grandes desafíos para los cristianos, pero también es cierto que muchos confunden eclecticismo con ecumenismo.

Hace algún tiempo la Comisión Episcopal de Fe y Cultura emitió un documento llamado «Frente a la Nueva Era». La lectura del mismo es importante porque aclara que este fenómeno cultural posmoderno, se refiere a lo religioso, pero «lo vacía de trascendencia» y por lo tanto no cree en la vida eterna y menos en la Resurrección, tema que el Señor subraya en el texto bíblico de este domingo. Dicho documento nos dice: «Como hemos indicado, la Nueva Era no se presenta propiamente como una religión, busca ponerse por sobre las religiones, por sobre la división que significan los diversos credos, para profesar el culto de la unidad. Se habla propiamente de técnicas de oración: de un “desarrollo crítico”, de potenciar las “dimensiones espirituales” del hombre, de un cosmos donde la “ley suprema es el Amor”. En el caso particular de nuestro país, sus difusores más fervorosos se manifiestan públicamente y sin ningún reparo como católicos, y se alude reiteradamente a figuras culturalmente distintivas de lo católico, como la Madre Teresa de Calcuta o el mismo Santo Padre» (5).

Todo esto provoca en el Pueblo de Dios confusión e interrogantes por poner todo en un paquete: la fe católica, los seres y astros extraterrestres, las flores de Bach, la reencarnación, la invocación a entidades misteriosas, la adoración a la diosa Gaia. Últimamente celebraciones ligadas a la brujería. Los cristianos estamos convencidos de que Cristo es el Señor de la Historia y de que en Él encontramos todas nuestras respuestas. El texto del Evangelio de este domingo nos habla sobre la resurrección, al igual que la primera lectura del segundo libros de los Macabeos. La resurrección del Señor es un tema central para los cristianos, que debe impregnar nuestra cotidianidad y sostenernos en la esperanza. Por esta certeza sabemos que, aún en medio de tanta incertidumbre y desorientación en nuestro tiempo, tenemos la seguridad de que tiene sentido buscar caminos nuevos, que impliquen la participación y el protagonismo comprometido en nuestra historia, porque en definitiva la Vida triunfa sobre la muerte.

Un saludo cercano y hasta el próximo domingo. Mons. Juan Rubén Martínez, obispo de Posadas

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Globalizar la ética social

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Carta de monseñor Juan Rubén Martínez, obispo de Posadas, para el domingo 31 durante el año [3 de noviembre de 2019]

Como cada año nos venimos preparando para nuestra peregrinación a Loreto. El próximo domingo 17 de noviembre nos encontraremos en la celebración de la Misa principal a las 9,00 hs. en nuestro Santuario Diocesano. Desde el sábado 16 se iniciará la peregrinación desde distintos lugares de la Diócesis. Muchos lo harán caminando, en bicicletas, en colectivos desde las comunidades, o en autos.

Nos acercaremos para estar con nuestra madre de Loreto que es la Patrona de las Misiones y protectora de las familias. Como pueblo de Dios iremos a agradecer y a pedir. Además, con esta celebración iniciaremos el «Año Mariano» y nuestra preparación para el Congreso Mariano Nacional que se hará en Catamarca.

El Evangelio de este domingo nos presenta la conversión de Zaqueo (Lc 19,1-10). San Lucas nos muestra a un publicano de nombre Zaqueo. Seguramente un hombre poco escrupuloso en los negocios y el texto nos dice que tenía muchas riquezas y que era el jefe de los publicanos. Zaqueo deseó la conversión y Jesús miró su corazón: «Señor, voy a dar la mitad de mis bienes a los pobres, y si he perjudicado a alguien, le daré cuatro veces más» (Lc 19,8). El Señor no tuvo reparo en alojarse en su casa, comunicándole que le había llegado la Salvación.

En algunas oportunidades escuchamos expresiones como: «Es imposible que este hombre cambie». Seguramente si profundizamos en el fundamento de semejante afirmación podremos captar algunas de sus razones, de su historia personal y familiar, de un pasado turbulento, la dureza de corazón,… Sin embargo, tenemos que responder categóricamente que, cerrar la posibilidad de cambio o conversión a una persona es un error y por supuesto no es cristiano. Todo hombre o mujer, por más que haya cometido el peor de los delitos o tenga los peores pecados, puede convertirse a Dios y cambiar sus actitudes con sus hermanos y esto hasta el último minuto de su vida.

Al comentar este relato de la conversión de Zaqueo, no dudo en señalar la aplicación de este texto no sólo a nuestra situación personal, sino a la necesidad de plantearnos siempre la conversión de nuestra sociedad, de las personas y de las estructuras. Necesitamos tener una mayor conciencia moral que apunte sobre todo a una verdadera ética ciudadana, que desde actitudes egoístas se encamine hacia la globalización de la solidaridad.

En Aparecida, haciendo referencia a la globalización señalamos: «La globalización es un fenómeno complejo que posee diversas dimensiones (económicas, políticas, culturales, comunicacionales, etc.).

Para su justa valoración, es necesaria una comprensión analítica y diferenciada que permita detectar tanto sus aspectos positivos como negativos. Lamentablemente, la cara más extendida y exitosa de la globalización es su dimensión económica, que se sobrepone y condiciona las otras dimensiones de la vida humana… Conducida por una tendencia que privilegia el lucro y estimula la competencia, la globalización sigue una dinámica de concentración de poder y de riquezas en manos de pocos, no solo recursos físicos y monetarios, sino sobre todo de la información y de los recursos humanos, lo que produce exclusión…» (DA 61-62). «Por ello frente a esta forma de globalización, sentimos un fuerte llamado para promover una globalización diferente que esté marcada por la solidaridad, por la justicia y por el respeto a los derechos humanos, haciendo de América Latina el continente del amor» (DA 64)

La conversión de Zaqueo, el publicano enriquecido injustamente, así como el mejoramiento de nuestra conciencia social y ética ciudadana y solidaria, nos permitirán ahondar en una inclusión social más consistente. El jefe de los publicanos, Zaqueo, percibió que la salvación llegaba convirtiéndose a Dios y tratando de reparar sus pecados, sobre todo percibió la mirada misericordiosa de Jesucristo. Los cristianos debemos sabernos responsables de trabajar por globalizar la solidaridad construyendo en esperanza.

Un saludo cercano y hasta el próximo domingo. Mons. Juan Rubén Martínez, obispo de Posadas

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