CARTA DOMINICAL

La castidad humana

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En este cuarto domingo de Pascua, la Iglesia celebra la Jornada mundial por las Vocaciones; en especial por las vocaciones al sacerdocio y a la vida consagrada. Por eso este domingo es llamado el domingo del Buen Pastor. El Evangelio que leemos (Jn 10,11- 18), nos dice: «Yo soy el buen pastor. El buen pastor da su vida por las ovejas. Pero el asalariado, que no es pastor, a quien no pertenecen las ovejas, ve venir el lobo, abandona las ovejas y huye, y el lobo hace presa en ellas y las dispersa… Yo soy el buen pastor, y conozco mis ovejas y las mías me conocen a mí». Antes, como ahora, estas palabras eran bien recibidas por unos que se convertían a Jesús, y a otros escandalizaba y generaba polémicas…, el texto termina diciendo: «Se produjo otra vez una división entre los judíos por estas palabras…» ( Jn 10,19).
En varias oportunidades en este tiempo pascual hice referencia a la necesidad de tener una experiencia de encuentro con Cristo  resucitado para poder captar que nuestra vida está cargada de sentido. Quizá esta expresión nos sirva para entender que solo desde la fe podemos tener una comprensión profunda de temas como la vida, la familia y el matrimonio, la Iglesia y su misión, el sacerdocio y el celibato. Desde una visión materialista que sólo comprende al hombre desde lo fisiológico e instintivo, difícilmente se puedan entender estos valores como un don de Dios, como un regalo e instrumento de servicio a la humanidad y al bien común. Desde una antropología materialista, el matrimonio monogámico y el celibato serán considerados como algo antinatural.
Reducir el celibato a una mera imposición de la Iglesia es, de hecho, una falta de respeto a la inteligencia y al mismo Cristo que es el «sumo y eterno Sacerdote», célibe, que dio su vida por todos nosotros. En los textos bíblicos se descubre una profunda valoración por el celibato y la castidad por el Reino de los cielos, así como en los Padres de la Iglesia, doctores y pastores, desde el inicio apostólico y hasta el presente.
El unir el celibato y el sacerdocio ministerial es una opción por una mayor radicalidad evangélica hecha por la Iglesia desde su potestad y respaldada por la Palabra de Dios y el testimonio de los santos y tantos hombres y mujeres que a lo largo de la historia desde este don, y aún desde sus fragilidades, trataron y tratan de donarlo todo en exclusividad a Dios y a su pueblo. Los malos ejemplos y aún nuestras propias limitaciones no invalidan el aporte de tantos que antes y actualmente dan su vida por los  demás.
El Papa Emérito Benedicto señalaba en una ocasión a seminaristas: «Una vez más, Jesús es el modelo ejemplar de adhesión total y confiada a la voluntad del Padre, al que toda persona consagrada ha de mirar. Atraído por Él, desde los primeros siglos del  cristianismo, muchos hombres y mujeres han abandonado familia, posesiones, riquezas materiales y todo lo que es humanamente deseable, para seguir generosamente a Cristo y vivir sin ataduras su Evangelio, que se ha convertido para ellos en escuela de santidad radical».
Si a la sexualidad la humanizamos y consideramos la capacidad de espiritualidad en el hombre y mujer, así como la inteligencia, la voluntad, la libertad, y su capacidad de trascendencia, se podrá captar que la sexualidad y la genitalidad son maravillosas y mucho más plenas, porque están ligadas al amor humano, y no sólo a una sexualidad liberada a los instintos que siempre deja a la persona sumergida en una profunda insatisfacción.
Desde una comprensión correcta de la persona humana, también se puede entender que la sexualidad es un vehículo que no sólo hace a la generosidad, sino que puede instrumentar la donación de la propia vida en el amor a los demás. En definitiva, porque la persona está hecha para el Amor y donándose es en donde se plenifica.
Este fin de semana rezamos en la Iglesia por las vocaciones sacerdotales y religiosas, con la confianza en la iniciativa de Dios y la respuesta humana. El mismo Señor nos dijo que imploremos porque la mies o el trabajo es mucho y los operarios son pocos. Desde ya damos gracias a Dios porque Él sigue obrando el llamado y la respuesta de muchos jóvenes a consagrase a Dios y a sus hermanos. Responden al llamado porque creen en el Amor.

¡Un saludo cercano y hasta el próximo domingo! Mons. Juan Rubén Martínez, obispo de Posadas

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La alegría de la Pascua

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¡Cuánto deseo compartir la alegría profunda de la celebración de la Pascua! La necesidad de expresar que no es suficiente celebrar este día solamente con algunos adornos especiales, ambientación, o bien una comida diferente, sino de pedir la gracia a Dios de poder tener una experiencia de fe personal y comunitaria del encuentro con la persona de Jesucristo, el que murió y resucitó.
El Evangelio de este domingo (Jn. 20,1-9), nos muestra el desconcierto que sintieron quienes fueron al sepulcro aquella madrugada del domingo no encontrando el cuerpo del Señor: «Pues hasta entonces no habían comprendido que según la Escritura Jesús debía resucitar de entre los muertos…» (Jn. 20,9). Algunos versículos más adelante San Juan en dicho Evangelio nos relata el gozo que experimentaron los Apóstoles con el encuentro con Jesucristo, resucitado: «Al atardecer de aquel día, el primero de la semana estando cerradas, por miedo a los judíos, las puertas del lugar donde se encontraban los discípulos, se presentó Jesús en medio de ellos y les dijo: “la Paz esté con ustedes”. Dicho esto, les mostró las manos y el costado. Los discípulos “se alegraron” de ver al Señor. Jesús les dijo otra vez: “La Paz esté con ustedes”, como el Padre me envió, también yo los envío» (Jn. 20,19-21).
Esta experiencia del envío y de la evangelización, desde el encuentro Pascual con Jesucristo, el Señor, es lo que estamos experimentando en el caminar de nuestra Diócesis en estos años.
Renovando permanentemente nuestro encuentro con Él y buscando caminos y desafíos a asumir en la evangelización nos llevan a tener una actitud de profundo agradecimiento por su presencia salvadora. Durante estos años en las Asambleas Diocesanas buscamos mejorar la comunión en la pastoral orgánica como Pueblo de Dios, con luces y sombras y experimentar al Cristo Resucitado.
Esta experiencia pascual es la que nos lleva a repetir aquello que señala Aparecida y que expresa tan bien el fruto del encuentro con el Resucitado. «En el encuentro con Cristo queremos expresar la alegría de ser discípulos del Señor y de haber sido enviados con el tesoro del Evangelio. Ser cristiano no es una carga sino un don: Dios Padre nos ha bendecido en Jesucristo su Hijo, Salvador del mundo.
La alegría que hemos recibido en el encuentro con Jesucristo, a quien reconocemos como el Hijo de Dios encarnado y redentor, deseamos que llegue a todos los hombres y mujeres heridos por las adversidades; deseamos que la alegría de la buena noticia del reino de Dios, de Jesucristo vencedor del pecado y de la muerte, llegue a todos cuantos yacen al borde del camino, pidiendo limosna y compasión. La alegría del discípulo es antídoto frente a un mundo atemorizado por el futuro y agobiado por la violencia y el odio. La alegría del discípulo no es un sentimiento de bienestar egoísta sino una certeza que brota de la fe, que serena el corazón y capacita para anunciar la buena noticia del amor de Dios. Conocer a Jesús es el mejor regalo que puede recibir cualquier persona; haberlo encontrado nosotros es lo mejor que nos ha ocurrido en la vida, y darlo a conocer con nuestra palabra y obras es nuestro gozo» (28 y 29).
Este gozo pascual que debemos experimentar tanto personalmente como en comunidad eclesial no parte de la nada. Hubo en nuestras tierras testigos de Jesucristo resucitado durante varios siglos y es bueno hacer memoria. El substrato católico que está en nuestra gente expresado sobre todo en tantas manifestaciones de religiosidad popular fue establecido y dinamizado por una vasta legión misionera de obispos, sacerdotes, consagrados y laicos. Está ante todo la labor de nuestros santos, como Toribio de Mogrovejo, Rosa de Lima, Martín de Porres, Pedro Claver, San Roque González, San Juan del Castillo y San Alonso Rodríguez, entre otros… quienes nos enseñan que, superando las debilidades y cobardías de los hombres que los rodeaban y a veces los perseguían, el Evangelio, en su plenitud de gracia y amor, se vivió y se puede vivir en América Latina como signo de grandeza espiritual y verdad divina.
Como en nuestro pasado, hoy también la celebración de la Pascua nos renueva en la esperanza. Como los Apóstoles en el texto del Evangelio de este domingo, como tantos santos, mártires, hombres y mujeres en nuestra historia, nosotros también necesitamos encontrarnos con Cristo Resucitado, para ser signos de esperanza y transformación en nuestro tiempo.
¡Les envío un saludo cercano y Feliz Pascua! Mons. Juan Rubén Martínez, obispo de Posadas

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Vivir la Semana Santa

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Durante la Semana Santa que iniciamos actualizaremos en nuestras celebraciones litúrgicas lo que aconteció hace casi dos mil años en Jerusalén. Muchas veces creemos que nuestro momento es el peor, pero en la historia cada situación vivida ha tenido sus graves problemas.
No era fácil el contexto en donde se vivió la Pascua del Señor. Tanto por la dominación del Imperio Romano, como por la complejidad de la religiosidad de los judíos y los paganos. En Jerusalén transcurrieron los días y hechos cruciales de nuestra fe. Jerusalén nos evoca el pasado histórico y el futuro escatológico. Aunque lamentablemente siempre abundan los conflictos, Jerusalén nunca dejó de ser una tierra cargada de historia, misterio y sobre todo fe.
Es ahí en Jerusalén donde Jesucristo va a vivir la Pascua. Esta va a ser su Pascua, nuestra Pascua y la Pascua de la humanidad.
En este domingo celebramos la entrada mesiánica a Jerusalén (Mc 11,1-10). Jesús montado sobre un pobre burro, es el rey humilde que contradice el poder romano y religioso de los judíos que no entendían la presencia de Dios. Leeremos también la pasión del Señor. Con la lectura de estos textos nos prepararemos para las diversas celebraciones de la Semana Santa. El jueves nos reuniremos en la Catedral de Posadas, con todos los sacerdotes de la Diócesis y el pueblo de Dios que viajará hasta allí para acompañarnos, y celebrar la Misa Crismal.
Esta Misa lleva este nombre porque realizaremos la bendición de los distintos óleos y el Santo Crisma, aceites sagrados que usamos en la distribución de los Sacramentos durante el año. También en esta Eucaristía los sacerdotes renovaremos nuestras promesas sacerdotales. Renovamos el agradecimiento por el llamado que Dios nos ha hecho a ser Apóstoles y amigos. Anticipamos esta renovación de las promesas sacerdotales por una razón pastoral, para estar juntos, ya que la institución del sacerdocio ministerial es celebrada en la Cena del Señor durante la Misa del jueves por la noche.
Allí los cristianos nos reunimos a celebrar la institución de la Eucaristía, del sacerdocio y del servicio con el gesto del lavatorio de los pies. Después siguiendo los textos  de la Palabra de Dios nos encaminamos a participar en el «Vía Crucis», en el juicio y la muerte del que fue crucificado el Viernes Santo. El sábado por la noche la Misa empezará en la oscuridad y el cirio encendido será la luz de Cristo, la esperanza y la vida que ilumina las tinieblas. Los aleluyas expresarán el triunfo de la vida, sobre la muerte, porque Cristo, el que murió, ¡Resucitó! La liturgia Pascual nos invita a que nosotros también subamos a Jerusalén para vivir nuestra Pascua.
Muchos al escuchar: Semana Santa o Pascua, lo asocian solamente a vacaciones o a diversión. Como muchos contemporáneos de Jesús, no captan ni entienden el sentido profundo y la posibilidad que Dios quiere regalarnos de vivir la conversión y la Pascua. Hoy corremos el riesgo que el secularismo nos lleve a vaciar de contenido aquello que celebramos. El secularismo es una forma de ateísmo práctico. No discute la existencia de Dios, la omite y vacía de valores que son fundamentales a la dignidad humana. No está mal que algunos quieran tomarse un descanso de la rutina diaria, pero esto debe convivir con nuestro compromiso cristiano de participar y vivir la Pascua y las celebraciones, para renovar la fe.
Este tiempo fuerte de Semana Santa y Pascua, es una oportunidad para que todos, pero especialmente los cristianos y en particular aquellos que tenemos distintas responsabilidades dirigenciales y sociales, realicemos un profundo examen de conciencia, sobre cómo vivimos el llamado a la santidad, en el ejercicio de nuestra condición de ciudadanos. Acompañar a Jesucristo, el Señor, en estos días implica internalizar el camino, la verdad y la vida que el Señor quiere darnos.
Quiero subrayar la necesidad de participar en todas las celebraciones de Semana Santa. Esto llenará de sentido nuestras vidas y nos animará a renovarnos como hombres y mujeres «pascuales», para que renovados en la fe podamos ser fermento de transformación social y globalizar la solidaridad.
Les envío un saludo cercano y hasta el próximo domingo. Juan Rubén Martínez, obispo de Posadas

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Espíritu de Reconciliación

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Carta de monseñor Juan Rubén Martínez, obispo de Posadas, para el 5° domingo de Cuaresma
Estamos terminando el tiempo cuaresmal y es por eso que en el Evangelio que leemos este domingo (Jn 12,20-33), el Señor nos dice que «ha llegado la hora en que el Hijo del hombre va a ser glorificado. Les aseguro que si el grano de trigo que cae en la tierra no muere, queda solo, pero si muere da mucho fruto. El que tiene apego a su vida la perderá, y el que no está apegado a su vida en este mundo, la conservará para la vida eterna» (23-25). Es cierto que este lenguaje no fue de fácil comprensión para los discípulos de Jesús, quienes no entendían que el Señor estaba anunciando su muerte. Tampoco llegaban a comprender claramente la aplicación que aquellas palabras tenían para ellos mismos.
De alguna manera podemos señalar que esa dificultad de entonces sigue vigente, porque también a nosotros nos es difícil entender el lenguaje de la Pascua, que es esencial para asumir nuestra condición de cristianos. «Morir para vivir». Hasta que no realizamos un real y profundo examen de conciencia sobre nuestras vidas, y estamos dispuestos a morir a lo que estamos haciendo y viviendo mal, no podemos entrar en el camino de la Vida nueva que nos propone Jesucristo en este tiempo cuaresmal. Por eso en estos últimos días de la cuaresma no podemos dejar de reflexionar sobre la necesidad del perdón y la reconciliación, como imprescindibles para llevar a cabo una real renovación personal y social.
Si repasamos nuestra historia personal y familiar y sobre todo social, cuántas situaciones y zonas encontraremos de enfrentamientos, diferencias que parecen insalvables o rencores profundos, que están muchas veces enraizados en el pecado propio o de los demás. Estas formas oscuras necesitan la luz de la reconciliación y reclaman el perdón que nos exige nuestra condición de
cristianos.
De pronto el Señor, nuestro Maestro, nos dice cosas exigentes como: «que amemos a nuestros enemigos y hagamos el bien a los que nos odian» (Lc 6,27), que en general o directamente no nos hacen cuestionarnos por considerarlas impracticables o no se traducen en nuestros comportamientos de vida. Por el contrario, cuando estamos ofendidos y heridos, nos sentimos tentados a ceder a los mecanismos psicológicos de auto-compensación y de revancha. Sin embargo, podemos afirmar con certeza que el único camino que nos lleva a la paz, tanto personal, como social es la reconciliación.
En nuestra provincia, la gran mayoría se dice cristiana y hay una religiosidad importante, pero ¡qué lejos estamos de practicar este componente esencial de nuestra fe que es el perdón y la reconciliación! Si esto pasa en general, realmente es gravísimo el odio, la venganza y la práctica «del ojo por ojo y diente por diente», que practican nuestros dirigentes que se dicen cristianos.
Nuestra gente capta este medioambiente marcado por el odio, y realmente está cansada de la falta de magnanimidad y de grandeza. El futuro será de aquellos que sepan respetar la diversidad, saliendo de la violencia que genera el pensamiento único y que sepan proponer e instalar una sociedad donde se pueda vivir con espíritu de perdón y reconciliación.
Se acerca la Pascua y el texto de la Palabra de Dios de este domingo cuaresmal nos cuestiona ¿estamos dispuestos a morir a nuestros pecados y mediocridades, para vivir, la Vida nueva que nos propone Jesucristo en su Palabra? El Señor nos señala categóricamente: «Si el grano de trigo que cae en la tierra no muere queda solo; pero si muere, da mucho fruto» (Jn 12,24).
Tenemos debemos convertirnos, a nivel personal, familiar y social, superando la violencia, los rencores y las injusticias ¡Cuánta necesidad tenemos de convertirnos a Dios, de pedir, aceptar y ofrecer el perdón!, de poner en práctica esta enseñanza cristiana para caminar desde la mezquindad y la revancha, hacia una sociedad más solidaria y generosa.
Finalmente quiero recordar algo que, por ser básico, es fundamental. Solo tendremos paz en el corazón y en nuestros ambientes, si nos hacemos amigos del perdón y la reconciliación, aun cuando ponerlo en práctica nos cueste.
Les envío un saludo cercano y hasta el próximo domingo. Juan Rubén Martínez, obispo de Posadas

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Todos tenemos una vocación

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Carta de monseñor Juan Rubén Martínez, obispo de Posadas, para el 5° domingo durante el año [4 de febrero de 2018]
Estamos transitando el tiempo ordinario o común. El texto de este domingo (Mc 1, 29-39) nos muestra al Señor ejerciendo su misión habitual con su Palabra y con sus gestos: «Por la mañana, antes que amaneciera, Jesús se levantó, salió y fue a un lugar desierto; allí estuvo orando. Simón salió a buscarlo…, le dijeron: “todos te andan buscando”. Él les respondió: “vayamos a otra parte, a predicar en las poblaciones vecinas”» (37-39).
Al iniciar el año es importante que todos los bautizados entendamos la necesidad de vivir nuestra vocación y misión. «Vocación» significa llamado de Dios. Nuestro tiempo, que se caracteriza por acentuar el secularismo, o sea una sociedad sin Dios, tiene dificultad para comprender la vida desde la vocación, desde la misión que Dios nos encomienda a cada uno.
Es cierto que cuando hablamos de vocación, en general entendemos casi exclusivamente que se trata del llamado al sacerdocio o a la vida consagrada, pero en realidad todos tenemos una vocación. Lamentablemente la vida contemporánea, entre tantas dificultades y circunstancias, lleva muchas veces a trabajar o estudiar solo pensando en una salida laboral o bien, dados los contextos, simplemente «en lo que se pueda», sin tener suficientemente en cuenta las capacidades personales. Es triste encontrarse con profesionales o dirigentes sociales, docentes, abogados, políticos, sindicalistas…, que ejercen una tarea o función sin tener ninguna vocación que los mueva. Cuando pasa esto, ellos mismos terminan no siendo felices con lo que hacen o muchas veces lo hacen mal o solo buscan rédito económico, o bien obtener alguna forma de poder o, peor aún, no sirven a los demás, sino que se sirven de lo que hacen solo para su propio beneficio. La vocación específica de cada uno, cuando se orienta al servicio, nos plenifica. Los cristianos entendemos que la vocación es un llamado de Dios, e implica siempre una misión. Toda tarea hecha con vocación debe servir al bien común. Hoy más que nunca necesitamos gente con vocación y con la comprensión de que cada vida está cargada de sentido y tiene razón de ser.
Entre las diversas vocaciones, desde ya que debemos interesarnos por las vocaciones sacerdotales, especialmente considerando la necesidad que hay de más sacerdotes en nuestras comunidades. El mismo Señor nos invitó a orar por esto, ya que los obreros son pocos y la mies o el trabajo es mucho. En este sentido debemos agradecer a Dios el camino que vamos realizando con nuestro Seminario «Santo Cura de Ars». En estos días nuestros seminaristas iniciarán una Misión en la parroquia «Santa Rosa de Lima» de Bonpland, y dos de ellos durante febrero están realizando el mes de ejercicios ignacianos en el Monasterio en San Isidro, en el tiempo inicial de la etapa teológica en su formación. El próximo sábado 24 de febrero celebraremos la Misa de inicio del año a las 20 horas, en nuestro Seminario. Allí ingresarán varios jóvenes que se incorporan al camino de formación sacerdotal provenientes de las distintas diócesis de la provincia. Además de la diócesis de Posadas y Oberá, a partir de este año se sumarán también jóvenes de la hermana diócesis de Iguazú. Este año tres seminaristas estarán cursando el cuarto año de teología, completando de esta manera todas las etapas de formación, y con la esperanza de contar próximamente con nuevos sacerdotes. Conocemos el cariño y cercanía de nuestra gente por las vocaciones y los seminaristas. Este es uno de los temas claves en orden al futuro de la evangelización. La oración y las diversas maneras de colaboración serán indispensables para implementar estos propósitos pastorales.
Al finalizar, quiero agradecer todo lo vivido desde distintas pastorales durante el mes de enero. El compromiso de distintos grupos misioneros de jóvenes y adultos. Muchos de ellos han venido de otras diócesis, otros, desde nuestras parroquias. Son un ejemplo y nos hacen bien, alentándonos en la esperanza. Se llevaron a cabo también varios campamentos para jóvenes, sobre todo el de la Renovación Carismática en san José, en el colegio Pascual Gentilini, y el campamento de la pastoral de juventud de la diócesis realizado en santa Inés. Fueron cientos de jóvenes que participaron y a quienes tuve la gracia de visitar agradeciéndoles el trabajo que realizan durante el año en las parroquias y movimientos eclesiales.
Desde ya que pedimos a Dios que nos animemos en este año a profundizar en nuestra vocación y misión.
¡Un saludo cercano y hasta el próximo domingo!
Mons. Juan Rubén Martínez, obispo de Posadas

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