La ciudad más grande de América Latina se está hundiendo
Entre octubre de 2025 y enero de 2026, partes de Ciudad de México se hundieron más de dos centímetros por mes. Un satélite de la NASA acaba de mostrarlo con precisión quirúrgica. Lo que no muestra el mapa es por qué nadie lo detuvo.

Hay una fotografía que resume todo.
El Ángel de la Independencia, el monumento más icónico de Ciudad de México, inaugurado en 1910 para celebrar el centenario de la independencia fue construido originalmente con su base al nivel de la calle. Hoy, para llegar a él, hay que subir 23 escalones. No porque el monumento haya crecido. Sino porque la ciudad se hundió a su alrededor.
Esa imagen condensa un siglo de subsidencia lenta, constante, inevitable. Lo que cambió en los últimos meses es la velocidad.
Francisco Kovalski es misionero, geólogo egresado en la Universidad Nacional de La Plata, docente universitario, investigador y consultor. Su expertise nos ayudará a comprender mejor todo este fenómeno: “La subsidencia es el descenso progresivo del terreno. En CDMX ocurre principalmente porque se extrae agua subterránea de antiguos sedimentos lacustres: arcillas y limos blandos pierden presión poral, se compactan y el suelo baja. No es un “pozo” repentino, sino una deformación regional, acumulativa y muchas veces diferencial.”

30 cm
El hundimiento máximo registrado en zonas de CDMX entre 2025 y 2026, según datos del satélite NISAR de la NASA e ISRO.
Para ponerlo en perspectiva: 30 centímetros en un año es más de lo que crece el cabello humano. Es más de lo que sube el nivel del mar en décadas en los peores escenarios climáticos. Y está ocurriendo debajo de una ciudad de 22 millones de personas.
“En términos geológicos, 30 cm por año es extremadamente rápido. La geología normalmente trabaja en escalas de milímetros por año o centímetros por siglo. Acá hablamos de decenas de centímetros anuales en una gran ciudad.” afirma el geólogo Kovalski.
El satélite NISAR (una colaboración entre la NASA y la Organización de Investigación Espacial de la India, lanzado en 2025 ) usa un radar muy potente capaz de ver a través de nubes y vegetación, de día y de noche, con una precisión milimétrica. Sus primeros datos sobre Ciudad de México, publicados hace dos semanas, muestran zonas en azul oscuro (el código de color para hundimientos superiores a dos centímetros por mes ) concentradas en las alcaldías Iztapalapa, Iztacalco, Venustiano Carranza y Gustavo A. Madero.
Existen otros antecedentes, pero ninguno como Ciudad de México como confirma Kovalski, “Hay precedentes comparables: Jakarta, Venecia, partes de California Central Valley, Bangkok, Houston y zonas de Delhi/Dwarka han sufrido subsidencia por extracción de agua subterránea, aunque CDMX está entre los casos urbanos más severos por su combinación de lago antiguo, arcillas blandas, peso urbano y demanda hídrica.”

La subsidencia no es democrática. Las zonas de mayor hundimiento coinciden con las áreas de menor nivel socioeconómico de la ciudad, las mismas donde el acceso al agua de red es más deficiente y donde la gente depende más de perforaciones y extracción propia. El hundimiento desigual genera fracturas en el suelo que contaminan los acuíferos. Las tuberías se rompen por el movimiento del terreno, lo que reduce aún más el suministro, lo que obliga a extraer más agua subterránea, lo que acelera el hundimiento. Es un ciclo perverso que castiga primero a los que menos tienen.
Para entender por qué Ciudad de México se hunde, hay que remontarse a una decisión tomada hace cinco siglos.
Los aztecas construyeron Tenochtitlán en el centro del lago Texcoco. Una ciudad lacustre, con canales y un sistema hidráulico extraordinario diseñado para vivir sobre el agua. Los conquistadores españoles drenaron el lago. Consideraban el agua un obstáculo, no un recurso del que la ciudad dependía. Lo que quedó debajo de la ciudad moderna no es tierra firme. Es el antiguo lecho del lago Texcoco: arcillas lacustres de origen volcánico y orgánico que en condiciones naturales sostenían el ecosistema acuático sin colapsar.
Ciudad de México extrae del acuífero subterráneo aproximadamente el 60% de su agua potable, el equivalente a 35 metros cúbicos por segundo, según datos de la Universidad Nacional de México (UNAM). A esa tasa de extracción, la ciudad saca más agua de la que la naturaleza puede reponer. El resultado es un déficit hídrico permanente que se expresa, entre otras cosas, en el hundimiento del suelo. La subsidencia en CDMX fue documentada por primera vez en la década de 1920. Lleva más de un siglo acelerándose.
Lo que hace al caso mexicano particularmente crítico y particularmente difícil de resolver es la combinación de tres factores simultáneos.
Primero: la escala. No es un barrio ni un distrito. Es una metrópolis de 22 millones de personas asentada casi en su totalidad sobre el antiguo lecho del lago. No hay zona segura a la que reubicar a nadie.
Segundo: la dependencia. El 60% del agua potable viene del acuífero que está causando el hundimiento. No se puede dejar de extraer agua sin resolver primero de dónde va a venir el agua. Y resolver eso requiere infraestructura que no existe.
Tercero: la inercia institucional. Los permisos de construcción siguen otorgándose en zonas de alta vulnerabilidad geológica. El Plan General de Desarrollo 2025-2045 de la administración de Clara Brugada, según especialistas de la UNAM, no incluye una ruta concreta para reducir la sobreexplotación del acuífero. La ciudad sigue construyendo como si el suelo no se moviera. Porque parar de construir tiene un costo político que ningún gobierno está dispuesto a asumir.
La UNAM advirtió en 2025 que algunas zonas de Ciudad de México podrían volverse inhabitables en los próximos diez años si se mantiene el ritmo actual de subsidencia. Las seis alcaldías con mayor riesgo concentran millones de habitantes. No es una proyección alarmista. Es el resultado de modelos geológicos verificados por múltiples equipos de investigación independientes.

Hay algo que el mapa del NISAR muestra y que los reportes científicos raramente enfatizan: las zonas periféricas de la ciudad no solo no se hunden, en algunos casos se elevan ligeramente, unos dos centímetros al año, como respuesta elástica a la pérdida de masa de agua en el centro. Eso significa que la ciudad no está bajando de manera uniforme. Está inclinándose. Las diferencias de nivel entre zonas que se hunden rápido y zonas que se hunden lento generan tensión en toda la infraestructura (tuberías, cables, viaductos, edificios) como si alguien torcionara lentamente una esponja húmeda.
Ese estrés diferencial es lo que produce los socavones, las grietas en las calles, los edificios inclinados, las tuberías que revientan sin razón aparente.
“El problema es que CDMX ya acumula décadas de subsidencia, daños en infraestructura, drenajes, cañerías, edificios y obras viales. NASA remarca que cambios aparentemente pequeños se acumulan durante décadas y fracturan infraestructura urbana.” afirma el geólogo Francisco Kovalski.
La otra pregunta que aparece es si existe remedio o una posible solución a esta situación y Kovalski nos ofrece un panorama completo de otros casos y un futuro posible para CDMX “Tokio es el ejemplo clásico: tuvo fuerte subsidencia durante el siglo XX por extracción de agua subterránea. Con restricciones severas al bombeo, sustitución de fuentes de agua y regulación industrial, logró reducir drásticamente el hundimiento en décadas. Venecia también redujo la subsidencia antropogénica al limitar la extracción de agua subterránea industrial, aunque sigue expuesta a aumento del nivel del mar y otros procesos. California Central Valley ha mostrado estabilizaciones temporales cuando disminuye el bombeo, pero la subsidencia reaparece en sequías.”
¿Y qué podría hacer México para salvar a su capital? “La lección para CDMX es: no alcanza con medir mejor. Hay que reducir extracción, reparar fugas, diversificar fuentes, recargar acuíferos donde sea técnicamente viable, ordenar la expansión urbana y adaptar cimentaciones e infraestructura. NISAR aporta una ventaja clave: permite monitorear deformaciones centimétricas de forma periódica y detectar zonas críticas antes de que el daño sea visible.” concluye el geólogo misionero Francisco Kovalski.
Ciudad de México no está colapsando en el sentido dramático. Está colapsando en el sentido lento, silencioso y estadísticamente inevitable que es mucho más difícil de comunicar y políticamente mucho más difícil de priorizar.
El satélite lo ve desde el espacio, los 22 millones lo viven desde abajo, pero el problema sigue sin tener solución definitiva.
