COSTO DEL TRANSPORTE

Transporte en crisis: el costo real del colectivo cuadruplica la tarifa vigente en el AMBA

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Un informe privado advierte que el boleto de colectivo en el AMBA debería costar $1.713 sin subsidios, el sistema opera con una brecha de hasta 33%

El estudio de la Asociación Argentina de Empresas de Transporte Automotor (AAETA) encendió alertas en el sector: el costo real del boleto mínimo de colectivos en el Área Metropolitana de Buenos Aires (AMBA) se ubica en $1.713,6 —casi cuatro veces más que la tarifa vigente de $451— y expone una estructura de subsidios que sostiene el funcionamiento del transporte urbano más grande del país.

Un sistema que cuesta más de $350 mil millones al mes y opera con pérdida estructural

El trabajo presentado en el “Índice Bondi – AMBA Septiembre 2025” detalla con precisión los costos operativos que enfrenta la red de colectivos que conecta a la Ciudad de Buenos Aires con 40 municipios bonaerenses.

La Secretaría de Transporte reconoce que el mantenimiento mensual del sistema demanda $265.779,10 millones, pero las empresas relevadas por AAETA advierten que el costo real asciende a $351.910,05 millones.

La diferencia —$86.130,94 millones— se explica, según el informe, por factores como pérdida de calidad del servicio, disminución de frecuencias, mayores costos de seguridad y rezago en la renovación de flota.

El diagnóstico confirma un dato estructural: el sistema opera bajo un esquema financiero deficitario, incluso con subsidios, y la brecha condiciona la prestación.

Boleto real vs. boleto vigente: una brecha insostenible que alcanza los $1.262 por pasajero

El informe evidencia una distancia crítica entre lo que paga el usuario y lo que efectivamente cuesta mover cada colectivo en el AMBA.

  • Boleto mínimo actual (julio 2025): $451,01
  • Costo real del boleto sin subsidios (IVA incluido): $1.713,6
  • Costo real sin IVA: $1.550,75

La compensación estatal más la recaudación por boletos vendidos suman $1.092,28, dejando una diferencia estructural de $458,47 por boleto, que deben afrontar las empresas para sostener la operación diaria.

El sistema transporta en promedio 227.205.932 pasajeros (media móvil de seis meses), lo que magnifica la brecha mensual.

AAETA advierte que esta diferencia no solo presiona la ecuación económica, sino que compromete directamente la renovación de unidades, la seguridad operativa y la frecuencia del servicio.

Un gráfico incluido en el estudio muestra que la brecha entre costo real y costo reconocido —con IVA— oscila entre 27% y 33%, según la jurisdicción: Ciudad Autónoma de Buenos Aires, Provincia de Buenos Aires y Nación.

Un espejo del 90% del país y un debate que vuelve al centro de la agenda

AAETA remarca en su informe que, sin subsidios, el boleto del AMBA debería ubicarse en niveles similares a los que ya pagan los usuarios del interior —un dato que vuelve a tensionar la histórica discusión sobre asimetrías regionales en el financiamiento del transporte público.

En varias capitales provinciales el boleto urbano supera los $1.500 desde mediados de 2025, mientras que en otras jurisdicciones ronda los $1.800 e incluso los $2.000. En ese sentido, el estudio señala que, sin aportes estatales, el AMBA no sería la excepción, sino que convergería a valores “similares al 90% del país”.

La advertencia se produce en un momento clave, cuando el Gobierno nacional evalúa cambios en los esquemas de compensaciones y las provincias reclaman mayor equidad en la distribución de los subsidios, un tema que impacta en costos, competitividad y en la movilidad urbana de millones de personas.

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Energía y transporte: síntesis histórica de las carencias crónicas, de Misiones y de la Argentina periférica

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Desde mucho tiempo atrás, las principales carencias de infraestructura, que dificultaron en grado sumo el desarrollo de Misiones y la plena integración con todo nuestro país (aplicables estos conceptos generales a todo el país periférico, por fuera del núcleo duro de la Pampa Húmeda), fueron las acentuadas insuficiencias energéticas –llegando a miseria energética crónica-; y las marcadas deficiencias en la infraestructura del transporte, antes centradas en la casi total falta de buenos caminos pavimentados. Muchos tramos de las rutas nacionales eran casi simples trillos en medio de la densa selva.

En lo que hace a logística de transporte, la situación tuvo muchos cambios.

En parte, la falta de caminos pavimentados en Misiones y desde esta provincia hacia el resto del país, se suplía con el servicio ferroviario –muy lento por el mal estado de las vías y otras deficiencias del material rodante- y con el transporte fluvial de cargas y pasajeros, además del servicio de lentos pero seguros hidroaviones que nos unían con Buenos Aires, con las peripecias de abordar y bajar de las naves aéreas en el río.

Hasta entrados los años ’70, todo viaje en automotor dentro de la provincia o hacia otros lugares del país, era una aventura de duración incierta, afrontando densas nubes de polvo rojo en épocas de sequía, y resbalosos barriales con serios riesgos de terminar empantanado en la banquina cuando llovía, en los caminos provinciales; y con barro fofo en los lodazales de los bajos correntinos, prolongaciones de los Esteros del Iberá, en los que autos y camiones se atascaban hasta los ejes. Las empresas de ómnibus que iban a Buenos Aires, tenían contratados tractores, que evitaban que quedaran atascados en los tramos más complicados de las rutas. Eran verdaderas odiseas, que se superaban con mucha solidaridad, pero que afectaban seriamente a la economía.

Entre las décadas del ’60 y comienzos de los ’70, se construyeron muchas rutas pavimentadas, además de asfaltarse las calles de Posadas y otras ciudades. En esos años, por primera vez, Misiones quedó unida a Buenos Aires por rutas pavimentadas, primeramente por el más largo recorrido de las rutas 12 y 11,

facilitado eso por el puente Chaco – Corrientes. Después por la ruta 14 y el Complejo ferro-vial de Zárate – Brazo Largo.

También, un poco antes de eso, se reemplazaron los ya vetustos hidroaviones por aviones a turbohélice, construyéndose pequeños aeropuertos con pistas terradas en Posadas e Iguazú.

Pavimentadas y extendidas esas pistas, alcanzamos a tener dos aeropuertos aptos para aviones a reacción, e incluso el de Iguazú tiene categoría internacional y puede recibir aviones de gran porte, llegando a aterrizar allí el Concorde.

El transporte fluvial tuvo otro destino, involucionando hasta extinguirse totalmente, no recuperándose hasta hoy pese a que los peligrosos rápidos del Apipé dejaron de ser un problema serio de navegación, al construirse Yacyretá, con sus esclusas. Recientemente, Misiones ¡por fin! se integró formalmente a la Hidrovía, la cual a la vez pasó a estar manejada por el Estado, pues era inconcebible su privatización, perpetrada acorde el neoliberalismo salvaje impuesto en los años ’90, con previas acciones de zapa desde el siniestro “proceso”.

A comienzos del siglo XX, el río Paraná era la gran arteria comunicante, la autopista fluvial que suplía la falta de caminos y la intransitabilidad de los que había. Las mercaderías y las personas, se transportaban en barcos, desde Posadas hasta Iguazú y pueblos intermedios, y también por ese medio se conectaba con los diversos puertos, hasta Buenos Aires. El ritmo de vida era lento, acorde a los medios de esas épocas.

Las maderas iban aguas abajo, en grandes jangadas desde el Alto. Las últimas se pudieron ver a mediados de los años ’60, en Posadas. Eran parte del folclore local.

Por distintos motivos se extinguió el tráfico fluvial, que algunos atribuyen a excesivas exigencias gremiales y legales, en cuanto a la cantidad de personal por cada barco y otras requisitos; y otros indican que pudo ser uno de los condicionantes del Plan Larkin, para producir camiones livianos en Argentina, eliminando posibles competidores, como barcos y trenes. Eran los años de Frondizi, y eso se profundizó después, pero el deterioro comenzó en los años de “la fusiladora”, desguazadora de todo lo estatal, como la Flota Fluvial del Estado.

Sin contar los buques areneros, en uso hasta ahora (extraen arena del río), el último uso fluvial comercial fue el transporte de combustibles a las plantas de almacenaje de YPF hasta comienzos de los ’70, cuando se desactivó totalmente, y al comenzar a soplar vientos achicadores que devendrían después en el desguace privatista, en la gran petrolera estatal nacional. En esos años, despreciando el federalismo, se abolió el precio fijo y uniforme en todo el país, para naftas y gas oil.

Como sea, es lamentable que esa magnifica vía navegable haya sido casi totalmente abandonada por Argentina. E incluso, la muy promocionada Hidrovía, figura creada en los años ’90, con un caprichoso recorrido llegaba por el Paraná solo hasta la desembocadura del río Paraguay, para desde allí incluir ese río hasta el eje Clorinda – Asunción, marginando absurdamente al norte correntino y a toda Misiones. Claro que dio vía libre al descontrol total en las exportaciones de soja y otros granos, en la orgía antiestatista que el sonado caso Vicentín puso en evidencia.

El sistema ferroviario, por su parte, también fue víctima del destructivo neoliberalismo, ya en los años del menemato, con Cavallo como el desguazador socio económico principal.

Antes de eso, se pasó de las lentas y muy sucias locomotoras a vapor y material rodante casi todo de madera, de las épocas de los ingleses; a nuevas y mucho más eficientes locomotoras Diesel, y vagones de carga y pasajeros metálicos, de mucha mejor y más moderna factura, hechos en Argentina por Materfer y por Fabricaciones Militares; que en los tramos de vías que lo permitían, podían desarrollar un poco más de velocidad. Los tiempos de viaje se acortaron mucho más, cuando estuvo operativo el complejo Zárate – Brazo Largo, que acortó el viaje en casi seis horas, tal era la complejidad de utilizar los ferrys rodeando la isla que separa ambos brazos del río.

Gran obra de infraestructura esa, que no se paralizó gracias a la decisión y patriotismo de Aldo Ferrer, cuando fue Ministro de Economía, no doblegándose a las presiones de los oligarcas bonaerenses, que no querían la competencia del sector agropecuario entrerriano. Pero eso ya es otro tema.

Pese a algunos esfuerzos para reactivar el ferrocarril, que ahora se utiliza para cargas pesadas y voluminosas, con interés expreso en el mismo incluso de Encarnación, y a alguna efímera reactivación para pasajeros, todo parece indicar que si no se solucionan las serias deficiencias en infraestructura, el sistema ferroviario mesopotámico puede seguir en la precariedad, incluso con serios riesgos de nuevos descarrilamientos.

Con relación a las rutas, el fuerte impulso a las construcciones de autovías en el período2003-2015, mejoró considerablemente ese tipo de infraestructura; frenándose en los siguientes cuatro años de destructivo neoliberalismo. Ahora parece intentar volver a seguir construyendo, lo que es una necesidad económica y para mejorar sustancialmente la seguridad, sobre todo en rutas con alto nivel de tránsito. Seguramente es posible suponer que se unirá Iguazú con Buenos Aires y con Rosario, totalmente con modernas y seguras autopistas.

El transporte aéreo, que tenía muchas frecuencias semanales a Buenos Aires, desde Iguazú y Posadas, el neoliberalismo noventista lo redujo a casi su mínima expresión. Resurgió en los doce años de fuerte crecimiento de las infraestructuras (2003-2015), incluyendo una nueva flota de aviones y rutas transversales que no tenían todas ellas eje en Buenos Aires; para volver al dogmatismo antiestatista en los recientes cuatro años neoliberales. Hoy paralizado todo por la pandemia, se espera su posterior fuerte reactivación.

Respecto al servicio eléctrico, sin duda los avances registrados desde los años ’60 en adelante, fueron considerables. Pero esa realidad no significa que se deba “dormirse sobre los laureles”, pues la precariedad hoy tiene otras facetas distintas a las carencias totales de seis o siete décadas atrás, pero no por eso dejan de ser preocupantes.

Hacen falta cuantiosas inversiones en Generación, Transmisión y Distribución; y razonando con criterio de estadistas y clara visión de grandeza, no puede seguir desperdiciándose nuestro enorme potencial hidroeléctrico, el cual permitirá consolidar nuestro desarrollo y proveer energía limpia, muy abundante y muy económica.

El tema no se agota.

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Costos del transporte: subieron un 4.30% en septiembre y un 35% en el año

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  • En los últimos doce meses, los costos acumularon una suba del 50%
  • El rubro que más aumentó fue el material rodante, como consecuencia de la depreciación de la moneda.
  • El combustible a granel presentó aumentos de entre el 10 y el 20%, lo que deja ver la inexistencia del congelamiento del precio de este insumo.
  • El desabastecimiento de gas oil sigue siendo una preocupación para el sector.

En el marco de una situación macroeconómica de incertidumbre, los costos de transportar mercadería en camión aumentaron un 4.30% en septiembre. Así lo señaló el Índice de Costos elaborado por la Federación Argentina de Entidades Empresarias del Autotransporte de Cargas (FADEEAC). Solo en lo que va del año, la suba alcanza el 35% y llega al 50% en los últimos doce meses.

Estos valores que preocupan al sector se dan en un contexto de alta inflación mayorista y minorista,la devaluación del tipo de cambio del orden del 30% a partir de la segunda semana de agosto. Como consecuencia de ello, en el noveno mes del año continuaron en alza varios de los principales rubros que mide el Índice. Fuertemente relacionado con la depreciación de la moneda, lo que más aumentó respecto de agosto es el Material Rodante, que trepó un 18.66%, seguido por Reparaciones (10.79%), Lubricantes (5.5%) y Seguros (4.75%).

En el caso del combustible, el insumo de mayor gravitación en el sector, se incrementó 6.40% en septiembre -cifra que abarca los segmentos minorista y mayorista- en el marco de la Resolución 557/19 de la Secretaría de Energía de la Nación que limitó en hasta 4% los aumentos de precios minoristas y desreguló los precios mayoristas.

Otros componentes registraron menores subas relativas: Gastos Generales un 1.72%, Neumáticos un 1.2% y Costo Financiero un 0.51%. El resto de los rubros (Personal, Patentes y tasas, Peajes) no presentaron modificaciones en relación con agosto de 2019.

Para octubre no se espera alivio: ya se proyecta un piso del 3% solo por la aplicación de la segunda cuota acordada del ajuste de salarios, que será del 11.5%. También se esperan aumento en el precio de los combustibles, uno de los principales insumos del sector, lo que hará que el Índice alcance o supere el 40% acumulado a octubre.

El estudio, realizado por el Departamento de Estudios Económicos y Costos de FADEEAC, mide 11 rubros que impactan directamente en los costos de las empresas de transporte de cargas por carretera de todo el país, y es referencia, en buena medida, para la fijación o ajuste de las tarifas del sector.

Aumento y desabastecimiento: las preocupaciones en torno al combustible

Como consecuencia de la Resolución 557/19 que, como se mencionó, limitó en hasta un 4% los aumentos de precios minoristas y desreguló los precios mayoristas del combustible, se produjo una ampliación de brechas entre las distintas variedades de carga de gas-oil, así como en las diversas zonas geográficas del país. A ello se le suman los inconvenientes en el abastecimiento del combustible registrados en todo el territorio nacional. Esto provoca mayores costos en la provisión y contratiempos en la logística de las empresas. En particular, los precios de compra mayorista por granel son los que sufrieron aumentos muy superiores al promedio, entre el 10% y el 20% dependiendo de la zona y marca, en ese segmento de carga mayorista.

A partir del 9 de agosto último, el gobierno nacional había dispuesto por tres meses un congelamiento de precios de los combustibles de naftas y gas-oil (DNU 566/19), que quedó acotado solo al segmento minorista (DNU 601/19), cuyo aumento posterior (hasta 4 %) fue limitado por la mencionada Resolución 557/19.

Solamente en el caso del combustible, durante el tercer trimestre del año (enero-septiembre de 2019) el aumento promedio alcanzó el 25.3%, tras haberse incrementado un 77% en 2018. Como se desprende de esas cifras, los grandes aumentos nominales y relativos del combustible atacan el normal funcionamiento del autotransporte de cargas en Argentina. Esta situación se ve agravada por el derrumbe de la inversión en equipos y la fuerte baja del consumo de gas-oil.

Como si fuera poco, sobre el autotransporte de cargas también pesa una presión impositiva del orden del 40% en la tarifa final que, junto a las altas tasas de interés y la incertidumbre cambiaria, pone en riesgo el futuro de uno de los sectores más estratégicos para el funcionamiento de la economía argentina.

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