CRECIMIENTO ARGENTINA

La OCDE bajó las perspectivas de crecimiento para Argentina a 0,4% en 2023

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La OCDE publicó sus proyecciones sobre la economía argentina para 2023, que defieren notablemente de los que incluyó el Gobierno en el proyecto de presupuesto.

La Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) publicó su panorama económico, y las previsiones respecto de 2023 que arroja para la Argentina en cuanto a crecimiento e inflación difieren mucho de las que el Gobierno incluyó en el proyecto de presupuesto que envió al Congreso.

De acuerdo a su Reporte Provisorio de Septiembre 2022 sobre la economía global, la OCDE estima que la Argentina sufrirá un estancamiento de su economía el año que viene, al calcular la expansión del PBI en apenas el 0,4%. El resultado es un fuerte recorte de 1,5 puntos en relación a la previsión de junio y una cifra muy inferior al 2% que el Ejecutivo incluyó en el proyecto del presupuesto.

En lo que respecta a este año, el informe ratifica su proyección de crecimiento argentino de 3 ,6%, más cercano a la expectativa del 4% que el Gobierno puso en el presupuesto.

En cuanto a la inflación, el informe de la OCDE la proyecta en el 83% para 2023, también muy por encima de la estimación oficial, del 60%, y 32,4 puntos porcentuales superior al cálculo del organismo publicado en junio.

Para 2022, el Reporte Provisorio le sube 31,9 puntos a la proyección de junio y eleva al 92% la expectativa de la suba de precios a fines de este año, también más en línea con la estimación oficial incluida en el presupuesto, del 95%.

Pan orama mundial

La economía mundial crecerá un 2,2% en 2023, indicó el informe de la OCDE, que rebajó 6 décimas su anterior previsión de junio, a raíz de la invasión rusa de Ucrania y el alza de las tasas de interés para contener la inflación.

“Una pérdida de impulso económico es visible a nivel mundial, pero especialmente en Europa”, indicó el reporte, que mantiene sin cambios, en un 3%, la expansión mundial en 2022.

Su informe titulado “Pagando el precio de la guerra” rebaja 1,3 puntos su previsión de 2023 para la zona euro, que crecería un 0,3%, sobre todo a causa del resultado en su motor económico, Alemania, que entraría en recesión con una contracción del 0,7%.

Los países del G20 crecerían en 2023 al mismo ritmo que la economía mundial (2,2%), tras rebajarse seis décimas su perspectiva respecto a junio.

El conflicto en Ucrania debería seguir golpeando la economía, sobre todo por su impacto en los precios de la energía y de la alimentación. La OCDE revisó al alza la inflación mundial a un 8,2% en 2022 y a un 6,6% en 2023.

“Las presiones inflacionistas son cada vez más generalizadas, con el aumento de los costos de la energía, el transporte y de otros que se trasladan a los precios”, apunta.Latinoamérica y USA

En la línea de las previsiones del Fondo Monetario Internacional (FMI) en julio, la organización con sede en París avanza que Brasil crecerá mucho más, un 2,5% en 2022, casi dos puntos más que lo augurado en junio, y un 0,8% en 2023 (-0,4 puntos).

México por su parte sigue la misma tendencia que el gigante sudamericano con una expansión del 2,1% en el presente ejercicio (+0,2 puntos) y 1,5% en 2023 (-0,6 puntos respecto a junio).

El crecimiento de la economía de USA sería de 0,5% en 2023, 7 décimas menos que en la anterior previsión, y el de China un 4,7% (-0,2). Tras una contracción estimada del 5,5% en 2022, la OCDE rebaja ligeramente su estimación para 2023 para Rusia, cuya economía se contraería un 4,5% en 2023.

Además de los efectos de la guerra en los precios, el alza de las tasas de interés por los bancos centrales para contener la inflación y la pandemia de Covid-19 también obstaculizan la economía mundial, agrega la OCDE.

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Argentina y su década estancada: sin crecimiento sostenido hace más de diez años

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Un análisis de la consultora Ecolatina muestra que el desempeño argentino no es similar al de la región e intenta descubrir porque no se ha logrado un crecimiento sostenido

Hace diez años que la economía argentina no crece sostenidamente. Por el contrario, nuestro PBI per cápita se redujo 12% entre 2011 y 2019. Más aún, esta variable cayó 16% si sumamos 2020 y 2021 al análisis, años en que la pandemia afectó gravemente a la actividad. Este comportamiento no fue la norma en la región, donde el PBI per cápita creció 3,6% entre 2011 y 2019. Resultado de este estancamiento, la Argentina quedó en el puesto 175 sobre un total de 192 países en el ranking de crecimiento de la década en cuestión.

Mirando estos números y entendiendo que nuestro desempeño fue particular, tiene sentido preguntarnos por qué tuvimos esta performance tan mala: ¿cómo llegamos hasta acá? ¿hay algo rescatable, una suerte de recesión actual que siente las bases para el crecimiento futuro? O, por el contrario, ¿la década estancada también complicó los cimientos para recuperarse en los años siguientes? Veamos.

Entre 2003 y 2011, el PBI promedió una suba del 7% anual, habiendo alcanzado en 2005 los niveles pre-crisis de la Convertibilidad y expandiéndose genuinamente después. Un escenario de superávits fiscal y de cuenta corriente, en un contexto de pagos de deuda externa acotados -a excepción del FMI en 2005- impulsaron a la inversión, que crecía a una tasa interanual de dos dígitos y lideraba la recuperación de la demanda. Además, un mundo de buenos precios internacionales de commodities, en especial desde 2006, y un dólar competitivo fortalecieron la entrada de divisas y alejaron potenciales expectativas de devaluación.

Sin embargo, esta época de bonanza no duraría para siempre. De hecho, en ella se generaron algunos problemas que complicarían luego la situación posterior. Concretamente, una inflación que se instaló en la zona del 20% desde 2007 -a excepción de un 2009 de crisis internacional- y un resultado fiscal que se deterioró sistemáticamente impidieron que el crecimiento sostenido perdurara. La mejora de la demanda interna y la recuperación del salario en dólares impulsaron a las importaciones, erosionando también al superávit de cuenta corriente, que pasó a terreno negativo en 2010. Los pilares del crecimiento de la década anterior, entonces, se habían esfumado.

En este marco, en 2011-2012 recrudecieron las tensiones en el mercado cambiario, que se “resolvieron” con el cepo -de manera transitoria y postergando una solución más duradera-. Ahora bien, en lugar de promover correcciones de fondo, las restricciones del mercado cambiario se aprovecharon para abaratar al dólar oficial, impulsando así al poder adquisitivo y el consumo de las familias. El objetivo se logró, y este componente de la demanda creció 4% entre 2012 y 2015 -ayudado también por el congelamiento tarifario, que elevó el gasto en subsidios, volviéndolo una porción tan relevante como difícil de sostener del déficit fiscal primario de 2015-. A la vez, el consumo público también trepó, motivando que el consumo total escalara 6% durante el segundo gobierno de Cristina Fernández de Kirchner.

Sin embargo, más allá de este buen desempeño, y en parte producto de las causas que le dieron origen, el resto de los componentes de la demanda se deterioraron (a modo de ejemplo, la inversión cayó 8%, en tanto las exportaciones se redujeron 16%) y el PBI de 2015 fue solo 1,5% mayor al de 2011. Considerando el crecimiento poblacional del período, el PBI per cápita marcó una caída de casi 5% en esta etapa.

En diciembre de 2015, la economía argentina tenía importantes pasivos por el lado fiscal y cambiario, además de distorsiones relevantes de precios relativos. No obstante, tenía un activo clave: el bajo nivel de deuda pública relevante -es decir, con acreedores privados y organismos multilaterales de crédito-.

Apalancándose en esta virtud, el gobierno de Cambiemos intentó corregir los desequilibrios heredados y estimular el crecimiento al comienzo de su gestión. En la primera mitad del mandato logró algo de esto, y el PBI avanzó casi 3% entre 2016 y 2017. Sin embargo, un acelerado incremento de la deuda en un país que no resolvía sus problemas de fondo frenó el influjo de capitales privados a comienzos de 2018, para luego provocar una salida constante de estas inversiones durante el año y medio siguiente.

Un déficit de cuenta corriente que había alcanzado los USD 30.000 millones en 2017, equivalente a 5% del PBI, y una deuda en moneda extranjera que había crecido USD 80.000 millones en dos años marcaban que la economía argentina necesitaba demasiadas divisas para funcionar; divisas que, al momento, empezaban a dejar de llegar. En este marco, y para evitar una devaluación todavía mayor -o una vuelta del cepo- el gobierno de entonces recurrió al FMI en mayo de 2018.

El préstamo del organismo multilateral aceleró el proceso de ajuste fiscal, pero limitó severamente las intervenciones del Banco Central en el mercado de cambios, motivando sucesivos saltos del dólar en la segunda mitad de 2018. En respuesta, se aceleró la inflación, que superó la barrera del 50% anual, y los salarios perdieron casi un quinto de su poder de compra. El consumo se desplomó y el PBI cayó casi 5% durante la gestión Cambiemos -y casi 8% a nivel per cápita-.

La llegada de la pandemia agravó la situación anterior, como era de imaginar. Por un lado, las restricciones operativas en una economía con demanda deprimida y sin financiamiento provocaron una caída del 10% en el PBI durante el año pasado. A la vez, el arribo del Coronavirus motivó ciertas distorsiones que, no por necesarias fueron menos problemáticas. Si cuando Macri dejó el poder el stock de deuda era un problema, pero el esquema de precios relativos parecía más estable y el resultado fiscal primario se había equilibrado, en 2020 se atrasaron las tarifas y se disparó el déficit fiscal primario. Aunque este último se está revirtiendo en 2021, su financiamiento generó un aumento de la deuda y la emisión monetaria a lo largo del año pasado. Por este motivo, se endurecieron sensiblemente las restricciones a la compra de divisas, que ya habían sido reimpuestas en 2019 (y que alejan a los inversores de nuestro país).

Si bien la reestructuración de la deuda con acreedores privados relajó el perfil de pagos hasta 2024, y un posible acuerdo con el FMI -en 2022- despejaría los vencimientos inmediatos, lo cierto es que el stock de deuda relevante del Estado Nacional sigue siendo un problema en la actualidad. Por lo tanto, los problemas de 2019 siguen vigentes en 2021, a la vez que algunos de los desafíos que se habían corregido entre 2016 y 2019 reaparecieron durante -y en parte por- la pandemia. La década estancada, entonces, generó los cimientos para seguir estancados un tiempo más.

Si nuestro país creciera los próximos diez años a la tasa promedio a la que creció la región entre 2011 y 2019 (+2,5%), recién en 2032 recuperaríamos el PBI per cápita de 2011. Este escenario distaría de parecerse a la economía argentina de los últimos años, que nos tiene acostumbrados a una inestabilidad mayor. Sin embargo, esta tasa de crecimiento tampoco es exagerada si tenemos en cuenta los números observados a principios de siglo. Más allá de esto, el punto es que, incluso en un futuro “auspicioso”, nos tomará al menos una década para volver a los máximos anteriores.

En la última década, las variables más relevantes de la economía se deterioraron en nuestro país: actividad, inflación, resultado fiscal y situación del mercado cambiario, entre otros, están hoy más complicados que hace diez años. Además, como consecuencia de esta caída, los indicadores sociales -pobreza e indigencia, principalmente- también empeoraron. La situación es difícil, pero los resultados no están puestos: nunca es tarde para volver a crecer y empezar a parecerse más a la norma global que ser la excepción. El futuro nunca está determinado ni condenado.

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