Delivery en Argentina: el boom de las apps choca con salarios más débiles y costos cada vez más altos
Pedir comida desde el celular dejó de ser un consumo ocasional para convertirse en un hábito estructural de la vida urbana argentina. El fenómeno, acelerado durante la pandemia y consolidado en los últimos años, sostiene hoy un mercado dominado por dos gigantes: PedidosYa y Rappi. Pero detrás del crecimiento sostenido de pedidos y usuarios aparece una tensión económica cada vez más visible: el delivery crece más rápido que el poder de compra de quienes lo utilizan y también de quienes trabajan dentro del sistema.
Según un informe elaborado por la consultora Focus Market, las aplicaciones lograron modificar profundamente los hábitos de consumo gracias a la facilidad de acceso, la logística integrada y la digitalización de comercios. Sin embargo, el modelo enfrenta un desafío central: sostener rentabilidad en un contexto de costos crecientes, presión regulatoria y promociones permanentes.
El corazón económico del negocio está en las comisiones. Los comercios que venden a través de apps de delivery pagan entre 25% y 35% de cada operación, dependiendo del esquema logístico utilizado. En algunos casos, el costo de operar digitalmente se convirtió en uno de los principales gastos de los restaurantes y locales gastronómicos. La comparación con otros marketplaces resulta contundente: mientras plataformas como Mercado Libre cobran alrededor de 13% por venta, las apps de delivery prácticamente duplican ese porcentaje.
A ese esquema se suma el costo que absorbe el consumidor. Además del envío, las plataformas incorporaron tarifas de servicio que representan entre 1,5% y 2% del valor total del pedido, un componente que incluso generó cuestionamientos judiciales en la provincia de Buenos Aires por posibles prácticas abusivas.
El ranking de consumo revela también cambios culturales en los hábitos urbanos. En PedidosYa, las categorías más demandadas son hamburguesas, helados, pizzas y empanadas, mientras que el crecimiento más acelerado se dio en productos de supermercado y consumo cotidiano, especialmente frutas, verduras, carnes y artículos para el hogar.
En el caso de Rappi, el fenómeno adquiere perfiles más heterogéneos. Entre los productos más vendidos aparecen papeles para armar cigarrillos, mientras que entre los más buscados se destacan juguetes sexuales y artículos para bebés, reflejando cómo el delivery se expandió hacia consumos urgentes, íntimos y altamente segmentados.
Pero el dato más sensible del informe está en el deterioro del poder adquisitivo. Durante abril de 2026, las principales categorías de comida registraron aumentos interanuales cercanos al 41%. Una hamburguesa pasó de costar alrededor de $10.600 a unos $15.000; el kilo de helado subió desde $19.800 hasta cerca de $28.000; y una pizza trepó desde $17.700 hasta aproximadamente $25.000. Incluso productos de menor ticket, como las empanadas, mostraron incrementos significativos.
La consecuencia es directa: aunque los salarios crecieron en términos nominales, los precios del delivery avanzaron más rápido. Con el salario RIPTE de febrero de 2026, un trabajador formal puede comprar menos hamburguesas, menos pizzas y menos kilos de helado que un año atrás. El estudio calcula que el poder adquisitivo medido en pedidos cayó cerca de 12% interanual.
Del otro lado del sistema, los repartidores también enfrentan un escenario complejo. Según datos de la Fundación Encuentro, un repartidor cobraba en promedio $3.033 por pedido a fines de 2025, sin considerar propinas. Para cubrir el costo de una Canasta Básica Total familiar debía realizar alrededor de 454 pedidos mensuales, equivalente a unas 18 entregas diarias sin descanso.
Aun así, gran parte de esos ingresos se reducen luego de descontar combustible, mantenimiento del vehículo, monotributo, seguros y conectividad móvil. El informe destaca además que el 70% de los repartidores utiliza las aplicaciones como ingreso complementario y no como actividad exclusiva.
El delivery argentino atraviesa así una paradoja estructural: el negocio crece en volumen, cobertura territorial y penetración digital, pero esa expansión no se traduce necesariamente en mejores márgenes para comercios, consumidores ni trabajadores. Las plataformas consolidan escala y dominio de mercado, mientras el resto de la cadena absorbe costos crecientes en una economía donde el salario todavía corre detrás de la inflación.
