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Ormuz se convierte en el nuevo frente de poder de la guerra entre Israel, Estados Unidos e Irán

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Tres semanas después del inicio de la ofensiva de Estados Unidos e Israel contra Irán, el conflicto empezó a correrse de los objetivos militares inmediatos hacia un punto de impacto global: el estrecho de Ormuz, por donde transita cerca del 20% de las exportaciones mundiales de crudo. Este sábado 21 de marzo de 2026, mientras aumentaron las presiones diplomáticas y militares sobre Teherán para restablecer la navegación, Israel anunció que la semana próxima elevará la intensidad de sus ataques y Donald Trump volvió a dejar una señal ambigua al afirmar que evalúa una reducción gradual de la presencia militar estadounidense en Oriente Medio. La tensión ya no pasa solo por el frente bélico. También se juega sobre el control de una arteria energética decisiva y sobre quién cargará con el costo de estabilizarla.

La escena revela un cambio de escala. Lo que comenzó el 28 de febrero como una ofensiva militar sobre Irán ahora abre una disputa más amplia por la seguridad marítima, el abastecimiento energético y el reparto de responsabilidades entre aliados occidentales. En ese marco, la presión para reabrir Ormuz no es apenas una demanda táctica: es una señal de que la guerra empieza a medirse por sus efectos sobre el sistema económico internacional. Y ahí aparece una tensión central. Mientras Israel plantea profundizar la ofensiva, la Casa Blanca intenta mostrar resultados militares sin quedar atada a una intervención indefinida.

De la ofensiva militar a la disputa por la navegación

Durante este sábado continuaron los ataques en la región. Irán denunció un nuevo golpe contra el complejo de enriquecimiento de uranio de Natanz, mientras el conflicto siguió expandiendo su radio de daño y su carga simbólica. Según la información difundida sobre la operación iniciada el 28 de febrero, Estados Unidos aseguró haber golpeado más de 8.000 objetivos militares, incluidos 130 navíos iraníes, en lo que presentó como una degradación sustancial de la capacidad militar de Teherán.

El líder del Comando Central estadounidense, Brad Cooper.

En paralelo, el foco estratégico se desplazó hacia Ormuz. El jefe del Comando Central estadounidense, Brad Cooper, sostuvo que Washington atacó un arsenal subterráneo en la costa iraní donde se almacenaban misiles de crucero antibuque y otros materiales, además de instalaciones de inteligencia y repetidores de radar utilizados para monitorear movimientos de embarcaciones. La lectura política de esa acción es directa: Estados Unidos busca mostrar que no solo golpea capacidad militar general, sino específicamente la infraestructura con la que Irán puede condicionar la libertad de navegación en el Golfo.

Eso modifica el sentido del operativo. Ya no se trata únicamente de debilitar a Irán en tierra o de responder a sus ataques contra Israel. Se trata de intervenir sobre el punto donde la guerra puede volverse crisis energética global. La administración estadounidense intenta construir así una narrativa de protección de rutas comerciales, una fórmula que le permite ampliar legitimidad internacional incluso entre países que no quieren involucrarse directamente en la ofensiva.

La presión externa crece, pero los aliados no se apuran a militarizar su apoyo

Trump les pidió respaldo a socios de la OTAN y a aliados asiáticos como Japón y Corea del Sur, muy dependientes del crudo de la región, para contribuir a asegurar la navegación en Ormuz. Pero, hasta ahora, ninguno se comprometió a enviar activos militares. Ese dato expone un límite concreto en la coalición que Washington pretende construir: hay coincidencia en la necesidad de reabrir el estrecho, aunque no necesariamente en asumir los costos operativos de esa tarea.

Aun así, la presión diplomática se amplió. Más de una veintena de países respaldaron un llamamiento para que Irán libere la navegación y reduzca la escalada. Ese documento condenó los ataques contra buques comerciales desarmados y contra infraestructuras civiles, incluidas instalaciones de petróleo y gas, y denunció el cierre de facto del estrecho por parte de fuerzas navales iraníes. En esa línea, los países firmantes expresaron disposición a garantizar el paso seguro y a adoptar medidas para estabilizar los mercados energéticos. A eso se sumó un pronunciamiento del G7, que reafirmó su compromiso con la seguridad marítima y con la estabilidad de los suministros globales de energía.

La señal es potente, aunque todavía incompleta. Hay consenso político sobre el problema, pero no está claro si ese consenso derivará en una arquitectura de seguridad efectiva. Esa brecha entre respaldo diplomático y compromiso militar es uno de los elementos más sensibles de esta fase del conflicto.

Israel quiere escalar; Trump quiere administrar la salida

Mientras la presión internacional se concentra en Ormuz, Israel plantea otro ritmo. El ministro de Defensa israelí, Israel Katz, anticipó que junto a Estados Unidos el país se dispone a incrementar la intensidad de los ataques contra Irán la próxima semana y remarcó que no se detendrán hasta alcanzar los objetivos de guerra. La definición endurece la posición israelí y sugiere que Tel Aviv no está en una lógica de contención inmediata, sino de profundización del daño estratégico sobre la república islámica.

Esa postura convive con un mensaje más oscilante de Trump. El presidente estadounidense escribió que está considerando “reducir gradualmente” la presencia militar de su país en Oriente Medio porque entiende que está “muy cerca” de alcanzar sus objetivos. Reuters reportó además que Trump plantea una eventual retirada parcial mientras insiste en que otros países tomen una porción mayor de la carga de seguridad en el estrecho.

La contradicción es evidente y políticamente relevante. Israel habla de intensificar; Trump habla de acercarse al cierre. Uno empuja hacia una nueva fase de presión militar. El otro trata de abrir una salida que no se lea como retroceso. Esa diferencia no implica ruptura, pero sí muestra que la coalición occidental enfrenta un dilema clásico: cómo sostener presión máxima sin quedar atrapada en una guerra de final incierto.

La respuesta iraní: condición para terminar la guerra y exhibición de alcance militar

Del lado iraní, el presidente Masud Pezeshkian afirmó que la condición para terminar la guerra pasa por el “cese inmediato” de las agresiones de Estados Unidos e Israel y por garantías de que esos ataques no volverán a repetirse. Lo hizo en una conversación con el primer ministro de India, Narendra Modi, en la que también planteó la necesidad de un mecanismo regional de seguridad sin intervención de actores externos.

La formulación no es menor. Irán intenta correrse del lugar de actor exclusivamente militarizado y reaparecer con una propuesta de arquitectura regional, aunque esa posición convive con acciones que profundizan la alarma internacional. Entre ellas, el intento de ataque con dos misiles balísticos de alcance intermedio contra la base conjunta de Estados Unidos y Reino Unido en Diego García, en el océano Índico. Ninguno impactó, pero el episodio alteró la lectura estratégica del conflicto porque mostró una capacidad de proyección mucho más amplia de la que se presumía.

Diego García, sede de una importante base militar de Estados Unidos en medio del océano Índico,

Ese dato cambia el mapa. Diego García está a más de 3.000 kilómetros de la costa iraní. Aunque el ataque no haya sido exitoso, la sola posibilidad de que Teherán pueda intentar alcanzar esa distancia reabre la discusión sobre el verdadero alcance de su programa misilístico y sobre la vulnerabilidad de activos que hasta ahora se consideraban relativamente fuera de riesgo. Para Estados Unidos y sus aliados, no es un episodio lateral: es una advertencia estratégica.

El costo humano y el ensanchamiento del conflicto

La guerra también se sigue midiendo en víctimas. Según el embajador iraní ante la ONU en Ginebra, la ofensiva de Estados Unidos e Israel provocó al menos 1.300 muertos en Irán y más de 7.000 heridos. Del otro lado, Irán lanzó 365 misiles contra Israel, de los cuales 270 fueron interceptados. Esos ataques causaron 15 muertos en Israel y 4 en Cisjordania, además de impactos sobre zonas civiles.

Los últimos reportes agregan otro elemento: Irán atacó zonas cercanas a Dimona, mientras el conflicto se extendió a otros frentes regionales y siguió afectando infraestructura energética y rutas comerciales. La dimensión militar, por lo tanto, ya no puede separarse del impacto económico y diplomático. Cada golpe sobre instalaciones sensibles o corredores logísticos incrementa la presión sobre gobiernos que, aun sin participar directamente en la guerra, dependen de la estabilidad regional.

Repercusiones: energía, alianzas y reparto de costos

En términos de correlación de fuerzas, la ofensiva sobre Irán le permite a Israel reafirmar una posición de máxima presión y mantener centralidad en la conducción política del conflicto. También le da margen para insistir en una agenda que incluye el desmantelamiento del programa nuclear iraní y de sus capacidades misilísticas. Pero esa ganancia táctica convive con una dependencia estructural: necesita que Estados Unidos sostenga respaldo militar y diplomático mientras crece el costo internacional del conflicto.

Para Estados Unidos, el escenario es más complejo. Washington puede exhibir resultados militares y un discurso de defensa de la libertad de navegación, pero al mismo tiempo enfrenta la presión de ordenar una salida o al menos de limitar la exposición. Reuters informó que la crisis ya golpea a los mercados energéticos y que el conflicto alrededor de Ormuz agrava las tensiones sobre la inflación y los precios de la energía. Eso explica parte de las señales cruzadas de Trump: necesita mostrarse firme, pero también evitar que la guerra se convierta en un pasivo político más amplio.

En cuanto a Irán, la república islámica conserva capacidad de daño y de perturbación, especialmente sobre la navegación y sobre objetivos de largo alcance. Sin embargo, la presión diplomática se amplía y el margen para sostener el cierre de facto de Ormuz sin mayores costos externos empieza a achicarse. La jugada iraní sigue siendo de resistencia y condicionamiento, aunque ahora enfrenta una coalición más articulada en torno a la seguridad energética.

El estrecho de Ormuz como test de gobernabilidad global

Ormuz dejó de ser un punto geográfico para convertirse en una prueba política. Allí se cruzan la capacidad de coerción de Irán, la voluntad de Estados Unidos de seguir liderando la seguridad marítima, la necesidad europea y asiática de proteger sus suministros y la ambición israelí de sostener la presión militar. Ese nudo explica por qué la discusión sobre el estrecho ya no es secundaria. En este momento, Ormuz condensa el problema central del conflicto: cómo impedir que una guerra regional reordene el mercado energético mundial a fuerza de misiles, bloqueos y costos crecientes.

También funciona como un test de alianzas. Si los socios occidentales respaldan el diagnóstico pero no aportan medios concretos, la carga seguirá concentrada en Washington. Si Trump decide de verdad reducir presencia, deberá probar que existe una estructura alternativa capaz de garantizar el paso. Y si esa estructura no aparece, el margen de Irán para seguir condicionando el tablero seguirá vigente, aun con capacidad militar degradada.

Un soldado israelí utiliza una linterna para inspeccionar los daños causados por las descargas de misiles iraníes que alcanzaron Dimona

Un escenario abierto entre la escalada y la administración del conflicto

En las próximas semanas habrá que mirar tres variables. La primera, si la presión internacional logra traducirse en una reapertura efectiva de la navegación en Ormuz. La segunda, si Israel concreta su promesa de incrementar la intensidad de los ataques y hasta dónde acompaña Estados Unidos ese movimiento. La tercera, si el intento iraní de golpear Diego García termina modificando la evaluación estratégica occidental sobre el alcance real de los misiles de Teherán.

Por ahora, el conflicto entró en una fase donde la disputa ya no se limita al terreno militar clásico. Se juega sobre rutas marítimas, precios globales, coaliciones de seguridad y señales políticas contradictorias entre aliados. Israel presiona para profundizar. Trump busca retener margen de maniobra. Irán intenta resistir sin ceder la carta de Ormuz. Y el resto del sistema internacional observa cómo una guerra regional empieza a redefinir algo más amplio que un frente de combate.

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Irán asegura que su líder supremo Mojtaba Jamenei está “a salvo”

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El poder político iraní salió a despejar rumores en el momento más delicado de la nueva fase del conflicto regional. El hijo del presidente de Masoud Pezeshkian afirmó que el recién designado líder supremo de Irán, Mojtaba Jamenei, “está a salvo”, luego de que circularan versiones sobre posibles heridas sufridas durante los bombardeos lanzados por Estados Unidos e Israel contra objetivos dentro del país.

La aclaración llega apenas días después de que Jamenei —hijo del fallecido líder religioso Alí Jamenei— fuera designado el domingo como máxima autoridad política y espiritual del sistema iraní. Desde entonces no ha aparecido en público ni su oficina ha difundido comunicados oficiales, un silencio que alimentó especulaciones en medio de la intensificación del conflicto regional.

Según el reporte publicado por la agencia semioficial ISNA, Yousef Pezeshkian explicó que consultó a personas que estuvieron en contacto directo con el nuevo líder. La respuesta fue que “gracias a Dios está a salvo y no hay motivos de preocupación”.

Más que una simple aclaración personal, la declaración cumple una función política clara: proyectar estabilidad en la cúspide del poder iraní en un momento en el que el país enfrenta simultáneamente ataques militares, presión económica internacional y una escalada naval en uno de los corredores energéticos más sensibles del planeta.

Guerra abierta en el Golfo y amenaza sobre el estrecho de Ormuz

Mientras Teherán intenta cerrar filas alrededor de su nueva conducción religiosa, la confrontación militar continúa ampliándose en la región.

Durante la madrugada, la Guardia Revolucionaria iraní anunció que lanzó su operación “más intensa” desde el inicio de la guerra. Al mismo tiempo, Israel confirmó una nueva oleada de ataques aéreos contra objetivos en Teherán, incluidas explosiones registradas en dirección al aeropuerto internacional de Mehrabad.

La tensión también se trasladó al mar.

Tres buques fueron alcanzados por proyectiles no identificados cerca del estratégico Estrecho de Ormuz, una vía por donde circula aproximadamente una quinta parte del petróleo mundial. Un carguero llegó a incendiarse, aunque el fuego fue extinguido posteriormente sin daños ambientales reportados.

Según fuentes citadas por medios internacionales, Teherán habría comenzado a colocar minas navales en la zona. Un informe del Congreso estadounidense estima que Irán posee entre 5.000 y 6.000 minas navales, incluyendo minas lapa, minas ancladas y minas de fondo capaces de detonar al detectar embarcaciones.

Aunque las fuentes de inteligencia sostienen que hasta ahora se han desplegado solo unas pocas decenas, también señalan que Irán conserva entre el 80% y el 90% de sus embarcaciones minadoras, lo que le permitiría escalar rápidamente la operación.

El presidente estadounidense Donald Trump reaccionó públicamente al escenario: exigió que Teherán retire de inmediato cualquier mina colocada en la vía marítima.

La guerra se expande: drones, misiles y objetivos económicos

La escalada ya alcanza a varios países del Golfo.

Autoridades de Arabia Saudí, Catar, Emiratos Árabes Unidos y Kuwait informaron la interceptación de misiles y drones procedentes de Irán. Entre los objetivos mencionados figuran instalaciones petroleras, bases militares y zonas estratégicas.

En paralelo, un portavoz del comando militar Khatam al-Anbiya de Teherán acusó a Estados Unidos e Israel de atacar uno de los bancos del país, una acusación que introduce un nuevo elemento en la dinámica del conflicto: el desplazamiento de los objetivos hacia infraestructuras económicas.

El funcionario afirmó que ese ataque otorga a Irán “justificación” para responder contra centros económicos y bancos estadounidenses e israelíes en la región.

La advertencia incluyó incluso una recomendación a la población regional: mantenerse al menos a un kilómetro de los bancos ante posibles ataques.

La señal política es evidente. El conflicto comienza a trasladarse desde el terreno militar hacia la infraestructura financiera, ampliando el riesgo de desestabilización económica en el Golfo.

El petróleo entra en el centro del tablero geopolítico

La dimensión energética ya se convirtió en uno de los principales factores de presión internacional.

El precio del crudo Brent se mantiene alrededor de 88 dólares por barril, tras el fuerte salto registrado al inicio de la escalada militar. Los mercados observan con atención una posible liberación masiva de reservas estratégicas de petróleo por parte de la Agencia Internacional de la Energía.

Según informes citados por medios internacionales, la agencia evalúa liberar una cantidad de crudo superior a los 182 millones de barriles utilizados en 2022 tras la invasión rusa de Ucrania.

La iniciativa cuenta con respaldo político del G7, cuyos miembros manifestaron su apoyo a medidas “proactivas” para estabilizar el mercado energético global.

Los gobiernos de Estados Unidos, Japón, Alemania, Francia, Reino Unido, Italia y Canadá consideran que la reunión del consejo de administración de la AIE puede convertirse en un punto clave para contener el impacto económico del conflicto.

El presidente francés Emmanuel Macron convocó incluso una reunión de líderes del G7 para analizar las consecuencias económicas de la guerra y la seguridad del suministro energético.

El desafío político interno para el nuevo liderazgo iraní

En este contexto, la figura de Mojtaba Jamenei adquiere una dimensión política mucho más amplia que la mera sucesión religiosa.

Su designación como líder supremo ocurre en medio de una guerra regional abierta, con presión militar directa de Israel y Estados Unidos y con el sistema político iraní obligado a demostrar cohesión institucional.

La ausencia pública del nuevo líder —aunque el gobierno asegure que está a salvo— introduce un elemento de incertidumbre en el sistema de poder iraní, tradicionalmente estructurado alrededor de la figura visible del líder supremo.

El desafío inmediato para Teherán es doble: sostener la cohesión interna mientras gestiona una escalada militar que ya impacta en el comercio energético mundial.

Un conflicto que puede redefinir el equilibrio regional

Lo que ocurre ahora en el Golfo no es solo una serie de intercambios militares.

La militarización del estrecho de Ormuz, el desplazamiento de los ataques hacia infraestructura económica y la reacción coordinada de las potencias energéticas anticipan un conflicto con consecuencias globales.

La incógnita central es hasta dónde escalará la confrontación.

En las próximas semanas será clave observar tres variables: la aparición pública del nuevo líder iraní, la evolución de la guerra naval en el Golfo y las decisiones del bloque energético occidental para estabilizar los mercados.

Por ahora, el mensaje oficial de Teherán intenta transmitir normalidad institucional. Pero la región atraviesa uno de los momentos más volátiles de los últimos años.

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Cómo crear empleos para los 1200 millones de nuevos trabajadores del mundo

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El presidente del Banco Mundial, Ajay Banga advierte por una brecha de 800 millones de empleos y lleva el debate al G7 y el G20. Banga plantea que el desafío demográfico es económico y de seguridad nacional

El presidente del Banco Mundial, Ajay Banga, puso sobre la mesa una cifra que reconfigura la agenda global: en los próximos 10 a 15 años, 1200 millones de jóvenes de países en desarrollo alcanzarán la edad laboral, pero las tendencias actuales indican que solo se crearán unos 400 millones de empleos. La brecha potencial de 800 millones no es, según su planteo, un problema sectorial ni una consigna de desarrollo; es un desafío económico estructural y, cada vez más, de seguridad nacional.

El diagnóstico adquiere relevancia política en un calendario marcado por foros internacionales. Tras pasar casi inadvertido en la última reunión de Davos, el tema podría emerger con mayor fuerza en la Conferencia de Seguridad de Múnich y en las cumbres del G7 y el G20. La tensión es clara: ¿los líderes priorizarán las crisis inmediatas o asumirán una “fuerza de baja frecuencia” que, si se ignora, puede derivar en inestabilidad sistémica?

Demografía, empleo y arquitectura institucional

Banga enmarca el fenómeno dentro de transformaciones de largo plazo como los cambios demográficos, la globalización y la escasez de recursos. A diferencia de guerras o crisis financieras —que dominan titulares—, el crecimiento acelerado de la población joven en economías en desarrollo avanza sin estridencias, pero con impacto acumulativo.

El planteo institucional del Grupo Banco Mundial se estructura en tres pilares. Primero, crear infraestructura física y humana. Sin electricidad confiable, transporte, educación y salud, la inversión privada no se traduce en empleo. El ejemplo citado es un centro de formación en Bhubaneswar, India, que capacita a casi 38.000 personas al año en alianza con el Gobierno y el sector privado, alineando habilidades con demanda real del mercado.

Segundo, promover un entorno regulatorio previsible. Normas claras y marcos estables reducen incertidumbre y habilitan la expansión de empresas, especialmente microemprendimientos y pymes, responsables de la mayor parte del empleo.

Tercero, facilitar crecimiento empresarial mediante capital accionario, financiamiento, garantías y seguros contra riesgos políticos. Se menciona un esquema reciente de garantía para financiamiento comercial del Banco do Brasil, que libera aproximadamente USD 700 millones para pequeñas compañías brasileñas, en particular del sector agrícola.

La estrategia focaliza en cinco sectores con alto potencial de empleo: infraestructura y energía, agroindustria, atención primaria de la salud, turismo y manufacturas con valor agregado. No se trata de una expansión indiscriminada, sino de asignación selectiva de recursos limitados.

Impacto político y correlación global

La advertencia tiene implicancias directas para la gobernabilidad de los países en desarrollo. Si 1200 millones de jóvenes ingresan al mercado laboral y solo 400 millones encuentran empleo, la presión sobre instituciones, migración irregular y conflictos se vuelve previsible. El empleo funciona como amortiguador social.

Para economías desarrolladas, el razonamiento es pragmático. Hacia 2050, más del 85 % de la población mundial vivirá en países en desarrollo. Eso implica la mayor expansión histórica de fuerza laboral y, al mismo tiempo, del universo de consumidores y mercados. Desde esta óptica, invertir en empleo no es altruismo; es una apuesta por estabilidad de cadenas de suministro, reducción de presiones migratorias y ampliación de demanda global.

El sector privado aparece como actor central. La creación de empleo a gran escala depende de su capacidad de inversión. El rol de las instituciones de desarrollo, según el planteo, es reducir riesgos reales y percibidos para catalizar capital.

La correlación de fuerzas en foros como el G7 y el G20 será clave. Si las potencias priorizan seguridad tradicional sobre seguridad económica y social, el desafío puede quedar relegado. Si lo incorporan como eje estratégico, el financiamiento y las reformas regulatorias podrían acelerarse.

Un dilema de anticipación

La tesis es sencilla pero exigente: actuar temprano o enfrentar consecuencias acumuladas. La expansión demográfica no es una hipótesis; es una proyección basada en tendencias firmes. El interrogante es político.

En los próximos meses habrá que observar si los compromisos multilaterales incorporan metas concretas de generación de empleo, si se amplían garantías financieras y si los países en desarrollo adoptan reformas regulatorias que faciliten inversión privada.

La decisión no es sobre si la demografía moldeará el futuro. Eso ya ocurre. La discusión gira en torno a si la comunidad internacional convertirá esa presión en motor de crecimiento o permitirá que derive en inestabilidad. En ese margen se juega buena parte del equilibrio económico y político de las próximas décadas.

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El ocaso de los líderes del G7 ¿Reunión de “loosers”?

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La reunión que convocó al presidente Javier Milei, con líderes que están al final de su carrera, de acuerdo a la crítica que expuso el Wall Street Journal sobre el evento, muestra el devenir de los protagonistas en la actualidad. ¿Es el final de una época de grandes ligas?

Los líderes mundiales en la reunión del G7 de este año, en Savelletri, Italia, el 13 de junio de 2024.Credit...Erin Schaff/The New York Times
Los líderes mundiales en la reunión del G7 de este año, en Savelletri, Italia, el 13 de junio de 2024.Credit…Erin Schaff/The New York Times

Lo más notable del evento G7 que reúne a los representantes del mundo, sin duda son figuras que están perdiéndose en el ocaso, donde pocos son los “relevantes” de acuerdo al Wall Street Journal.

Hubo épocas en que el G7 convocaba a líderes como Ronald Reagan, Margaret Thatcher, Helmut Kohl, Yushiro Nakasone, Brian Mulroney, François Mitterrand y el primer ministro italiano de turno. Esos tiempos eras otros, y resulta difícil imaginar una reunión que destaque, salvo por la presencia de la italiana Georgia Meloni, a quien el Wall Street Journal describió como una “gigante relativa entre un grupo de enanos políticos”.

Uno de los ejemplos es el caso del primer ministro británico, Rishi Sunak, quien se dirige hacia una de las mayores derrotas en la historia del Partido Conservador inglés, enfrentando elecciones generales el próximo 4 de julio. A su vez, la coalición detrás del Canciller alemán Olaf Scholz (con una aprobación del 25%) acaba de sufrir una dura derrota en las elecciones del Parlamento Europeo, lo que hace improbable su supervivencia política.

También se puede mencionar, aunque faltan 16 meses para que se vea obligado a convocar elecciones, el líder canadiense Justin Trudeau, quien lleva casi 10 años en el poder con una aprobación del 30%, atraviesa uno de los peores momentos de su historia. Una estadística reveladora: los canadienses solían considerarse entre las 7 naciones más felices del mundo; hoy ocupan el puesto 15. Mientras tanto, el partido Conservador tiene una intención de voto del 42%, mientras que los Liberales de Trudeau apenas alcanzan el 25%.

Históricamente, el Partido Liberal Democrático de Japón no pierde elecciones, pero con una aprobación de su gabinete inferior al 16.5% y envuelto en una serie de escándalos financieros, es difícil que el primer ministro japonés Fumio Kishida (con una aprobación del 13%) se mantenga en el poder por mucho más tiempo.

Emmanuel Macron, con una aprobación del 21%, recientemente se disparó en el pie al disolver la Asamblea Nacional y convocar elecciones anticipadas, esperando que los socialistas se alinearan en su contra frente a Marine Le Pen.

Luego está Joe Biden, con una aprobación del 37%, que sigue detrás de Donald Trump en todas las encuestas y muestra claros problemas para liderar las discusiones del G7.

Cada uno de estos líderes enfrenta sus propios problemas, pero todos comparten desafíos similares. Solo “Meloni”, a pesar de la mala prensa y el acoso de sus pares al inicio de su gobierno, puede demostrar que ha gobernado de manera relativamente exitosa.

En el otro lado del espectro, figuras como Vladimir Putin, Xi Jinping y Ali Khamenei no hacen más que regodearse ante esta clara muestra de falta de liderazgo occidental en la reunión del G7.

Fuente: Wall Street Journal

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En el marco del G7, Milei se reunió con los italianos dueños de Edesur y El Chocón

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El Presidente mantuvo encuentros en paralelo a su participación en la cumbre del G7.

El presidente Javier Milei mantuvo reuniones con la plana mayor de la compañía italiana de energía Grupo ENEL, en el marco de su participación en la cumbre del G7.

El Grupo ENEL es el líder privado mundial en el sector de las energías renovables y la distribución de electricidad, y dijo que está dispuesto a ofrecer su contribución para superar el reto histórico de la transición energética apoyando la inclusión de los países en la cadena de valor mundial de la energía de cero emisiones. 

La compañía es una de las empresas de energía más importantes del mundo con presencia en 29 países. 

En Argentina, es operador de la distribuidora de energía Edesur y la represa hidroeléctrica El Chocón. 

En el marco del G7, Flavio Cattaneo, CEO y General Manager de la compañía disertó sobre la “Alianza para la Infraestructura y la Inversión Mundiales”. 

Fue un encuentro que compartió -entre otros- con el presidente norteamericano Joe Biden y su par italiana y anfitriona, Giorgia Meloni.

Cattaneo habló sobre el futuro energético y sobre modelos de desarrollo más sostenibles e inclusivos para el mundo.

Enel se queda en la Argentina

A mediados de marzo, Enel le anunció al gobierno que dio marcha atrás con su decisión de vender y abandonar sus negocios en el país, y se queda tras la buena expectativa por las reformas que lleva a cabo el nuevo gobierno.

Así se lo hicieron saber sus representantes al jefe de Gabinete, Nicolás Posse, y el ministro de Economía, Luis Caputo, quienes los recibieron en la Casa Rosada.

Durante el encuentro, los representantes de la firma manifestaron la expectativa por el rumbo del Gobierno y las reformas económicas que se están llevando adelante, en especial sobre las desregulaciones propuestas en la Ley Bases para el sector energético.

También le confirmaron que buscarán no desprenderse de El Chocón, la generadora hidroeléctrica que controla en la Patagonia.

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