Por Roger Cohen y Ségolène Le Stradic, reportando desde París, New York Times. El presidente de Francia, Emmanuel Macron, dijo el jueves que había llegado el momento de “reconocer la verdad de la historia”, 200 años después de que el rey Carlos X reconociera la independencia de Haití, pero exigiera que se pagara a sus antiguos colonos franceses una enorme suma por esa libertad.
Como resultado, Haití se convirtió en el único país del mundo en el que los descendientes de personas esclavizadas se vieron obligados durante generaciones a indemnizar a los descendientes de sus antiguos amos coloniales.
“Esta decisión puso precio a la libertad de una joven nación, que se enfrentó así, desde el momento de su constitución, a la fuerza injusta de la historia”, declaró el presidente de Francia, Emmanuel Macron.
Macron, que llegó a la presidencia en 2017 y no había abordado antes en público el tema de la deuda, pidió la creación de una comisión conjunta franco-haitiana de historiadores para examinar “dos siglos de historia, incluido el impacto de la indemnización de 1825 en Haití”.
La comisión estará liderada por Yves Saint-Geours, historiador y diplomático francés, y Gusti-Klara Gaillard Pourchet, académica haitiana residente en Francia.
“Una vez concluido este trabajo necesario y esencial, la comisión presentará recomendaciones a ambos gobiernos con vistas a extraer lecciones y construir un futuro más pacífico”, dijo Macron.
No hubo indicios de que Francia fuera a ofrecer a Haití ninguna reparación económica.
El anuncio se produce casi tres años después de que The New York Times publicara “Recompensa”, resultado de una investigación de 14 meses sobre la deuda acumulada por Haití con Francia.
Esta serie de artículos calculaba en 560 millones de dólares de 2022 la cantidad pagada durante seis décadas a los bancos franceses que hicieron el primer préstamo. Si ese dinero se hubiera quedado en Haití, y hubiera circulado e invertido localmente en lugar de ir a Francia, habría aportado entre 21.000 y 115.000 millones de dólares al crecimiento económico haitiano.
Las autoridades francesas no respondieron en su momento a la investigación del Times. Pero la Fundación para el Recuerdo de la Esclavitud, órgano consultivo del gobierno financiado parcialmente por el Estado, puso en marcha un grupo de trabajo tras leer las conclusiones.
“En ausencia de una respuesta oficial, nuestro consejo asesor decidió ocuparse de este tema”, afirmó Pierre-Yves Bocquet, director de la fundación. Durante dos años y medio, el grupo trabajó en un informe publicado en vísperas del bicentenario del real decreto que fijó la cantidad que Haití debía a Francia.
“Sabíamos que 2025 iba a ser un año importante, y nos alegra que Francia no permanezca en silencio”, añadió Bocquet.
Haití lleva años luchando contra las consecuencias de dos terremotos devastadores, en 2010 y 2021, y una crisis política tras el asesinato de su presidente, Jovenel Moïse, en 2021. Hace aproximadamente un año, las bandas criminales unieron sus fuerzas para atacar al gobierno y tomar la capital. La violencia ha sido constante desde entonces.
Según la ONU, un millón de personas han sido desplazadas a causa de la violencia y alrededor del 20 por ciento de la población de Haití padece hambre aguda.
Leslie Voltaire, expresidente de transición de Haití, visitó Francia y se reunió con Macron en enero. Hablaron de la actual crisis política de Haití, pero Macron también sacó a relucir la deuda, dijo Voltaire.
“Me pidió mi opinión. Le dije que no podíamos borrar el pasado, que era un pasado doloroso”, declaró Voltaire al periódico francés Le Monde.
El predecesor de Macron, François Hollande, reconoció los pagos de Haití en 2015 durante una visita a Guadalupe, otra antigua colonia francesa. Conmocionó a la multitud en la inauguración de un centro conmemorativo sobre la trata de esclavos, cuando se refirió a los pagos como una “recompensa por la independencia”.
“Cuando venga a Haití”, dijo, “pagaré, por mi parte, la deuda que tenemos”.
Unas horas más tarde, cuando llegó a Puerto Príncipe, la capital haitiana, los ayudantes de Hollande dijeron a los medios de comunicación que solo hablaba de la “deuda moral” que Francia tenía con Haití, no de ninguna compensación económica.
En un artículo de opinión publicado el jueves por la mañana en Le Monde, los alcaldes de La Rochelle, Burdeos y Nantes, los principales antiguos puertos de trata de esclavos, dijeron que había llegado el momento de “iniciar el proceso de reparación al pueblo haitiano”.
Citando la investigación del Times, los tres alcaldes dijeron que Francia tenía una “responsabilidad histórica” en la tragedia actual de Haití. “Francia no puede darle la espalda a Haití como si no hubiera contribuido a esta situación”, escribieron.
La deuda es bien conocida en Haití. Ocupó un lugar destacado en la campaña en busca de reparaciones de otro expresidente, Jean-Bertrand Aristide, durante el 200 aniversario de la independencia de Haití, en 2004.
Pero en Francia, un país que se enorgullece de su historia, la existencia de la deuda sigue siendo casi desconocida. Un antiguo ministro francés de Educación, Pap Ndiaye, reconoció esa ignorancia hace dos años.
“Mientras que todos los estudiantes haitianos conocen la Revolución Francesa, pocos estudiantes franceses conocen la Revolución Haitiana”, dijo. “Esto tiene que cambiar”.
Por Selam Gebrekidan, Matt Apuzzo, Catherine Porter y Constant Méheut, New York Times. En el sopor vespertino de una tarde de diciembre, ocho infantes de la Marina estadounidense ingresaron a la sede del banco nacional de Haití y salieron con 500.000 dólares en oro, empacados en cajas de madera.
Llevaron el botín en un remolque hasta la orilla y pasaron frente a los soldados estadounidenses vestidos de civil que vigilaban a lo largo de la ruta. Una vez en el agua, cargaron las cajas y se dirigieron a toda velocidad a una lancha de guerra que los esperaba.
En pocos días, el oro estaba en la caja fuerte de un banco de Wall Street.
La operación ocurrió en 1914 y fue precursora de la invasión a gran escala de Haití. Las fuerzas estadounidenses tomaron el país el verano siguiente y lo gobernaron con fuerza bruta durante 19 años, una de las ocupaciones militares más largas de la historia de Estados Unidos. Incluso después de que los soldados se marcharan en 1934, Haití siguió bajo el control de las autoridades financieras estadounidenses que movieron los hilos del país durante otros 13 años.
Estados Unidos declaró que la invasión de Haití era necesaria. Según su justificación, el país era tan pobre e inestable que, si Estados Unidos no se hacía cargo, lo haría otra potencia, nada menos que en el patio trasero de Estados Unidos. El secretario de Estado, Robert Lansing, también describió la ocupación como una misión civilizadora para acabar con la “anarquía, el salvajismo y la opresión” en Haití, convencido de que, como escribió una vez, “la raza africana carece de toda capacidad de organización política”.
El ejército estadounidense en Haití en 1920Credit…Times Wide World Photos
Pero décadas de correspondencia diplomática, informes financieros y registros de archivo revisados por The New York Times muestran que, más allá de las explicaciones públicas, había otro actor que también presionaba con fuerza a Estados Unidos para que interviniera y tomara el control de Haití por la riqueza que prometía: Wall Street y, en particular, el banco que luego se convirtió en Citigroup.
Bajo la fuerte presión del National City Bank, predecesor del Citigroup, los estadounidenses hicieron a un lado a los franceses y se convirtieron en la potencia dominante en Haití durante las siguientes décadas. Estados Unidos disolvió el parlamento de Haití a la fuerza, mató a miles de personas, controló sus finanzas durante más de 30 años, envió una gran parte de sus ganancias a banqueros de Nueva York y dejó a un país tan pobre que los agricultores que ayudaron a generar los beneficios a menudo vivían con una dieta “cercana al nivel de inanición”, según determinaron funcionarios de las Naciones Unidas en 1949, poco después de que los estadounidenses soltaran las riendas.
“Yo ayudé a que Haití y Cuba fueran un lugar decente para que los chicos del National City Bank recolectaran ganancias”, escribió en 1935 el mayor general Smedley Butler, líder de la fuerza estadounidense en Haití, describiéndose a sí mismo como un “extorsionista para el capitalismo”.
El banco que luego se convirtió en Citigroup presionó para que Estados Unidos ocupara Haití.Credit… Hiroko Masuike/The New York Times.
Durante más de un siglo, Haití ha sido calificado como un desastre, un caso perdido, un lugar tan desamparado, endeudado, carente y sin ley que necesita ser salvado todo el tiempo. El asesinato del presidente en su habitación, los secuestros en la capital, las oleadas de inmigrantes haitianos que se dirigen a Estados Unidos, todo apunta a un país en un vórtice de desesperación interminable que las grandes potencias del mundo, ya sea con tropas o con toneladas de ayuda, no han conseguido arreglar.
Sin embargo, los documentos y registros financieros que recabó este diario en Haití, Estados Unidos y Francia muestran a qué grado la miseria de Haití ha sido ocasionada desde afuera y cuán a menudo la intervención ha sido presentada como una mano amiga.
Después vinieron los banqueros franceses, con el ofrecimiento de préstamos a un país diezmado por décadas de pagos a Francia. Se llevaron tanto en comisiones, intereses y cargos que, en unos años, los beneficios de sus accionistas franceses fueron mayores que el presupuesto de obras públicas del gobierno haitiano para todo el país.
Luego vinieron los estadounidenses, que a veces hacían pasar su intervención por una manera de defender la “soberanía” haitiana. Y al igual que para las generaciones de banqueros parisinos, Haití resultó rentable para Wall Street. En su audiencia ante la Comisión de Finanzas del Senado en 1932, el National City Bank dijo que obtuvo uno de sus mayores márgenes durante la década de 1920 gracias a la deuda que controlaba en Haití.
En la actualidad, Citigroup casi ha eliminado de su perfil público toda esa historia. Haití apenas se menciona en su cronología oficial. La empresa se negó a facilitar el acceso a sus archivos y dijo que no logró encontrar ninguna información sobre algunos de sus mayores préstamos a Haití.
Sin embargo, según casi dos decenas de informes anuales publicados por funcionarios estadounidenses y revisados por el Times, una cuarta parte de los ingresos totales de Haití se destinó a pagar deudas controladas por el National City Bank y su filial en el transcurso de una década, casi cinco veces la cantidad gastada en escuelas gestionadas por el gobierno en Haití durante ese tiempo.
Y en el transcurso de algunos años, los funcionarios estadounidenses que controlaban las finanzas de Haití gastaron más dinero en sus propios salarios y gastos de lo que destinaron a la salud pública de toda la nación, de unos dos millones de habitantes.
“Hemos estado bajo el dominio absoluto” de Estados Unidos, declaró Georges Léger, un abogado haitiano, ante los senadores estadounidenses en 1932, para explicar lo mucho que los haitianos resentían el control financiero y político de su país “solo para satisfacer a un grupo de banqueros de Nueva York”.
Al principio, muchos legisladores estadounidenses no querían saber nada de Haití y se negaban rotundamente a reconocer su independencia. Aunque los haitianos habían luchado junto a los estadounidenses durante la guerra de Independencia, Estados Unidos se negó a reconocer a Haití durante casi seis décadas, por temor a que pudiera inspirar a las personas esclavizadas a sublevarse y derrocar a los propietarios esclavistas en el sur de Estados Unidos.
Pero a principios del siglo XX, a medida que la huella estadounidense se ampliaba en el hemisferio, los estadounidenses vieron un imperativo… y una oportunidad. Querían reducir la influencia europea en la región, en particular la alemana, pero también reconocieron lo que los franceses habían sabido desde el principio: había mucho dinero de por medio.
Los historiadores siguen debatiendo el legado de la invasión estadounidense y cómo moldeó, o sigue moldeando, el Haití de hoy. Algunos le atribuyen a la ocupación el mérito de imponer orden en Haití en una época de violencia y golpes de Estado, mientras que otros señalan que los estadounidenses aplastaron la disidencia, dispararon contra manifestantes civiles, cometieron ejecuciones extrajudiciales e impusieron la ley marcial durante un largo periodo.
Marines estadounidenses subiendo a un barco con destino a Haití en 1915.Credit…Getty Images
Algunos historiadores citan ganancias tangibles, como hospitales, unos 1300 kilómetros de carreteras y una administración pública más eficiente, pero también señalan que los estadounidenses recurrieron a los trabajos forzados, en los que los soldados ataban a civiles con cuerdas, los obligaban a trabajar sin remuneración y disparaban contra los que intentaban huir.
Otros afirman que la expropiación estadounidense de tierras en Haití desencadenó una de las crisis más intrincadas que asolan el hemisferio en la actualidad: la enorme migración de haitianos a países de toda la región.
Los expertos de las Naciones Unidas que visitaron el país a finales de la década de 1940, poco después del fin del control financiero estadounidense, encontraron una nación empobrecida “con un rezago aún mayor que el de otros países y territorios de la región”. La mayoría de los pueblos no tenían luz, alcantarillado ni calles pavimentadas. Solo uno de cada seis niños iba a la escuela.
Los funcionarios financieros estadounidenses se habían centrado tanto en pagar los préstamos de Haití —incluidos los que Estados Unidos había impuesto al país a pesar de las fuertes objeciones— que una comisión designada por el presidente Herbert Hoover para investigar la ocupación cuestionó “la sabiduría de este curso.”
“Podría haber sido mejor”, decía su informe en 1930, haber mantenido “más dinero en el país donde la experiencia ha demostrado que era muy necesario”.
Más de un siglo después de la llegada de las fuerzas norteamericanas, Estados Unidos sigue siendo un elemento permanente de la política haitiana. Washington ha apoyado a los sucesivos presidentes, a veces incluso a los Duvalier, los dictadores, padre e hijo, que gobernaron durante casi tres décadas tras la ocupación. Jovenel Moïse, el presidente que fue asesinado en su habitación el pasado mes de julio, también gozó del respaldo público de dos presidentes estadounidenses a pesar de las crecientes pruebas de los abusos de su gobierno, lo que enfureció a quienes se oponían a su régimen autocrático.
Cuando el diplomático estadounidense de mayor rango en Haití, Daniel Foote, renunció a su cargo el año pasado, condenó el maltrato estadounidense contra los refugiados haitianos a golpe de látigo. Pero también mencionó un argumento que no recibió la misma atención: que la intervención extranjera había tenido consecuencias desastrosas en Haití.
“Lo que nuestros amigos haitianos realmente quieren, y necesitan, es la oportunidad de trazar su propio camino, sin la manipulación internacional”, escribió Foote.
Marines y guías locales en Haití en 1919Credit…Getty Images
‘Perjudicial para los intereses estadounidenses’
“Tomemos la delantera”, dijo a sus compañeros legisladores Robert Y. Hayne, senador por Carolina del Sur en 1826: la independencia de Haití era un tema que “la paz y la seguridad de gran parte de nuestra Unión no nos permite siquiera mencionar”.
Durante décadas, a los hacendados del sur les había preocupado Haití, la primera nación del mundo moderno que emergió de un pasado esclavista, y Hayne era un emisario natural de sus temores: un defensor acérrimo de la esclavitud que había nacido en una plantación de arroz y que llegó a esclavizar a 140 personas.
Fue fiscal general del estado durante la fallida insurrección de personas esclavizadas liderada por Denmark Vesey, un hombre libre de las Indias Occidentales, y al igual que algunos de sus contemporáneos, Hayne creía que reconocer a Haití —o incluso debatir sobre la esclavitud— “pondría en peligro nuestros más queridos intereses”.
“Nuestra política con respecto a Haití es clara”, declaró en su discurso ante el Congreso. “Nunca podremos reconocer su independencia”.
Solo durante la guerra de Secesión, después de que los estados del sur abandonaron la Unión, el presidente Abraham Lincoln reconoció a Haití. Lo vio, junto con Liberia, como un destino viable para los hombres libres de Estados Unidos y envió a algunos cientos de ellos allí para establecer un asentamiento.
En los primeros años del siglo XX, Haití se encontraba en el nexo de múltiples intereses estadounidenses. Estaba al otro lado del mar Caribe desde el canal de Panamá, que estaba en construcción. Estados Unidos había tomado el control de Puerto Rico y se invirtieron grandes cantidades de dinero en las plantaciones de azúcar en Cuba. Los impuestos de importación y exportación en la República Dominicana, que comparte una isla con Haití, estaban bajo control estadounidense.
Los franceses seguían ejerciendo su influencia en Haití, pero en 1910, Estados Unidos vio la oportunidad de abrirse paso: la reestructuración del banco nacional de Haití.
El Banco Nacional de Haití en 1907
El banco era nacional solo de nombre; estaba controlado por su consejo de administración en París y había sido creado en 1880 por el banco francés Crédit Industriel et Commercial para darles beneficios inmensos a sus inversores y accionistas franceses. Controlaba el tesoro de Haití —el gobierno haitiano ni siquiera podía depositar o gastar dinero sin pagar comisiones—, pero las autoridades haitianas acabaron por acusar al banco nacional de fraude y encarcelaron a algunos de sus empleados.
A medida que aumentaba la desconfianza de los haitianos hacia el banco nacional, los inversionistas franceses y alemanes se apresuraron a reestructurarlo bajo una nueva propiedad europea. Estados Unidos puso el grito en el cielo: el Departamento de Estado calificó la propuesta de amenaza no solo para Estados Unidos, sino también para el bienestar y la independencia del pueblo haitiano.
Un alto funcionario del Departamento de Estado arremetió contra el acuerdo de 1910 por considerarlo “tan perjudicial para los intereses estadounidenses y tan despectivo para la soberanía de Haití” que no podía permitirse.
El secretario de Estado estadounidense, Philander Knox, invitó a algunos bancos de Wall Street a Washington y los animó a invertir en el banco nacional de Haití. Cuatro bancos estadounidenses, entre ellos el National City Bank de Nueva York, compraron una parte importante de las acciones del banco. Otra parte fue a parar a un banco alemán. Pero la mayor parte se quedó en París.
Ningún haitiano tenía una participación de control. El Banco Nacional de la República de Haití estaba, una vez más, bajo el mando de extranjeros.
“Fue la primera vez en la historia de nuestras relaciones con Estados Unidos en la que intervinieron de manera tan manifiesta en nuestros asuntos”, escribió Jean Coradin, historiador haitiano y exembajador ante las Naciones Unidas.
Poco después de su creación, el nuevo banco nacional hizo lo mismo que su predecesor: cobrar al gobierno por cada depósito y gasto, mientras generaba grandes beneficios para sus accionistas en el extranjero. También concedió un préstamo al gobierno haitiano. Una vez deducidas las comisiones y los beneficios, Haití recibió unos nueve millones de dólares, pero aun así tuvo que pagar el valor nominal completo de casi 12,3 millones de dólares.
Los haitianos empezaron a preguntarse qué políticos habían sido sobornados para conseguir un acuerdo tan malo y el banco se hizo tan poderoso que un presidente haitiano se preguntó públicamente si su país había cedido su independencia.
A los accionistas franceses les inquietaba el creciente control estadounidense y con buena razón. La inversión estadounidense en el banco nacional fue el comienzo de la campaña estadounidense para expulsarlos de Haití y hubo un hombre en particular que la alentó.
El USS Machias transportó el oro del banco central de Haití a Nueva York.
El reclamo del oro
Roger Leslie Farnham había sido periodista y se había convertido en cabildero cuando el National City Bank lo contrató en 1911.
Su misión consistía en defender los intereses del banco en el extranjero y Haití fue una de sus primeras escalas. Atravesó el país en caballos que importó de Wyoming y, en el camino, se convirtió en la fuente más fiable del gobierno estadounidense sobre Haití.
Roger L. FarnhamCredit…Cannaday ChapmanWilliam Jennings BryanCredit…Cannaday Chapman
Farnham, ya conocido en Washington por sus maquinaciones para persuadir al Congreso a fin de que eligiera a Panamá para el canal, acudía con frecuencia al Departamento de Estado y era muy cercano a William Jennings Bryan, el secretario de Estado del presidente Woodrow Wilson.
Bryan no sabía mucho sobre la nación caribeña. Así que, en 1912, invitó a John H. Allen, un gerente del banco nacional de Haití que llegó a ser vicepresidente del National City Bank, a “contarme todo lo que hay sobre Haití”.
Según el relato de Allen sobre la reunión, Bryan quedó sorprendido por lo que escuchó. “¡Caramba, piénsalo! Negros hablando en francés”, relata Allen que dijo el secretario de Estado.
Aunque Bryan había expresado su hostilidad hacia Wall Street en las campañas políticas y declaró: “No crucificaréis a la humanidad en una cruz de oro”, confiaba en el consejo de Farnham. Los dos hombres se reunieron en Washington, intercambiaron telegramas y se escribieron cartas confidenciales. Llegaron a estar tan unidos que Bryan pedía la aprobación de Farnham para las nuevas contrataciones del gobierno.
Farnham utilizó esta relación para ejercer presión para invadir Haití con el fin de asegurar los intereses comerciales de Estados Unidos, y atrajo la atención de Washington al plantear el espectro de una toma de poder por parte de Alemania. En ese momento, la huella del National City Bank en el país se estaba expandiendo y Wall Street comenzó a ejercer su influencia sobre los líderes de Haití mediante la retención del dinero que controlaba en el banco nacional.
En los meses siguientes, el Departamento de Estado adoptó lo que los diplomáticos llamaron el “Plan Farnham”, en el que se establecía que Estados Unidos controlaría los impuestos de importación y exportación de Haití, una fuente vital de ingresos para el país.
Aunque los estadounidenses seguían siendo accionistas minoritarios del banco nacional, Farnham declaró ante el Congreso que Francia había quedado muy mermada por la Primera Guerra Mundial como para dirigirlo, por lo que “la gestión activa se ha realizado desde Nueva York”. El Departamento de Estado redactó un convenio basado en el plan de Farnham y lo envió a él para que ayudara a ejecutarlo.
Los legisladores haitianos arremetieron contra su ministro de Relaciones Exteriores por el acuerdo. Lo acusaron de “intentar vender el país a Estados Unidos” e incluso intentaron descargar su furia mediante “duros golpes”, que lo obligaron a huir de la Asamblea Nacional “en medio de la más desenfrenada excitación”, según un telegrama del Departamento de Estado.
El banco nacional los hizo pagar por su atrevimiento: retuvo los fondos, y el gobierno de Haití, que ya se tambaleaba por la agitación política y económica, se volvió aún más inestable. El país cambió de presidente cinco veces en tres años durante sucesivos golpes de Estado, algunos de ellos financiados por comerciantes alemanes que operaban en Puerto Príncipe, según dijeron en aquel entonces funcionarios estadounidenses.
Después, en diciembre de 1914, el Departamento de Estado intervino con más fuerza. Bryan autorizó la operación de los infantes de Marina mediante la cual se incautaron 500.000 dólares en oro tras una consulta de última hora con Farnham.
El gobierno haitiano estaba indignado y dijo que la operación era un robo descarado de los fondos del banco central, además de una “invasión flagrante de la soberanía” de una nación independiente. Pero Estados Unidos se encogió de hombros ante la queja, con el argumento de que había tomado el oro para proteger “los intereses estadounidenses que estaban bajo un gran peligro”.
Los historiadores observan que los políticos y financieros estadounidenses no siempre coincidían en sus posturas. “La relación entre Wall Street y Washington era compleja”, dijo Peter James Hudson, profesor asociado de la Universidad de California en Los Ángeles que imparte las materias de Estudios Afroestadounidenses e Historia, quien ha escrito un recuento de las acciones de Wall Street en el Caribe. “Hay mucha confabulación, pero a veces es contradictoria”.
En ocasiones, Bryan vaciló sobre el papel de Estados Unidos en Haití. Creía que Haití necesitaba la tutela estadounidense, pero se resistía a ser una herramienta para Wall Street. “Tal vez haya motivos suficientes para intervenir, pero no me gusta la idea de una injerencia forzosa por motivos puramente comerciales”, le escribió al presidente Wilson.
Pero Farnham insistió y lanzó lo que el historiador Hans Schmidt llamó una amenaza: todas las empresas estadounidenses abandonarían Haití, advirtió Farnham, a menos que el gobierno de Estados Unidos interviniera para proteger sus intereses.
Al final, Bryan le escribió a Wilson a favor de la invasión.
“Los intereses estadounidenses están dispuestos a permanecer allí, con miras a comprar una participación de control y convertir el banco en una sucursal del banco estadounidense”, afirmó. “Están dispuestos a hacerlo siempre y cuando este gobierno tome las medidas necesarias para protegerlos”.
Un estadounidense posa con los cuerpos de haitianos que murieron durante los combates en 1915.Credit…Getty Images
‘El triunfo del lobo’
En julio de 1915, una turba iracunda sacó a rastras al presidente haitiano del Consulado francés y lo asesinó, como parte de la agitación política que Wall Street temía y que, según algunos historiadores, empeoró al retener el dinero del tambaleante gobierno haitiano y confiscar el oro.
Los soldados estadounidenses ocuparon el país ese mismo día.
La invasión siguió un plan detallado concebido por la Marina de Estados Unidos un año antes. El ejército estadounidense tomó la oficina presidencial y las aduanas que manejaban los impuestos de importación y exportación.
Los estadounidenses instalaron un gobierno títere y para el otoño de ese mismo año, Haití había firmado un tratado que otorgaba a Estados Unidos el control financiero total. Estados Unidos nombró a funcionarios de su país, a los que llamaron asesores, pero el término apenas transmitía su verdadero poder: supervisaban la recaudación de ingresos de Haití y aprobaban, o denegaban, sus gastos.
La ley marcial se convirtió en la norma del país. Los periódicos privados fueron amordazados y los periodistas encarcelados.
Los estadounidenses justificaron la invasión con el argumento de que Haití estaba destinado a caer en manos de europeos, en particular de Alemania.
“Si Estados Unidos no se hubiera hecho cargo, alguna otra potencia lo habría hecho”, declaró después el secretario de Estado Lansing, quien había sustituido a Bryan un mes antes de la ocupación.
Robert Lansing, Credit…Cannaday Chapman
Lansing también estaba cegado por los prejuicios raciales. En una ocasión, escribió que los negros eran “ingobernables” y que tenían “una tendencia inherente a volver al salvajismo y a dejar de lado los grilletes de la civilización que son molestos para su naturaleza física”.
El racismo determinó muchos aspectos de la ocupación. Muchos de los administradores nombrados por Estados Unidos procedían de estados del sur y no ocultaban su manera de ver la vida.
John A. McIlhenny, un heredero de la fortuna de la salsa Tabasco de Luisiana que había luchado en el regimiento de caballería de voluntarios conocido como Rough Riders (“Jinetes Duros”, en español) comandada por Theodore Roosevelt durante la guerra hispano-estadounidense, fue nombrado asesor financiero de Estados Unidos en 1919, con amplia autoridad sobre el presupuesto de Haití.
John A. McIlhennyCredit…Cannaday Chapman
En una comida oficial antes de su nombramiento, McIlhenny no podía apartar la mirada de un ministro del gobierno haitiano porque, como le dijo más tarde a Franklin D. Roosevelt, “ese hombre habría alcanzado 1500 dólares en una subasta en Nueva Orleans en 1860 para ser un semental”.
Poco después de la ocupación, los supervisores estadounidenses comenzaron a construir carreteras para conectar el interior montañoso de Haití con su costa. Para ello, resucitaron la corvée, una ley haitiana del siglo XIX sobre el trabajo en régimen de servidumbre.
Según la ley, los ciudadanos estaban obligados a trabajar en proyectos de obras públicas cercanos a sus hogares durante algunos días al año en lugar de pagar impuestos, pero el ejército estadounidense, en contubernio con la policía que entrenaba y supervisaba, secuestró a los hombres y los obligó a trabajar lejos de su residencia sin remuneración. Los haitianos ricos pagaban para evitar la servidumbre, pero los pobres no tenían escapatoria de la ley.
Para los haitianos, esto representaba un regreso a la esclavitud y se rebelaron. Hombres armados, llamados cacos, huyeron a las montañas y comenzaron una insurgencia contra las fuerzas estadounidenses. Los jornaleros obligados a trabajar en el régimen de la corvée huyeron de sus captores y se unieron a la lucha. Un líder de los cacos, Charlemagne Péralte, invocó la revolución de Haití contra Francia para pedir a sus compatriotas que “arrojaran a los invasores al océano”.
“La ocupación es un insulto en todos los sentidos”, se leía en un cartel pegado a las paredes de la capital, Puerto Príncipe.
“Que viva la independencia”, decía el cartel. “¡Abajo los estadounidenses!”.
Estados Unidos respondió con mano dura. Los soldados ataron a los trabajadores con cuerdas para evitar que huyeran. Cualquiera que intentara escapar de la corvée era tratado como un desertor y muchos fueron fusilados. Como advertencia, los estadounidenses mataron a Péralte y distribuyeron una imagen de su cadáver atado a una puerta, evocando una crucifixión.
Documentos militares filtrados de la época mostraban que la “matanza indiscriminada de nativos continuó durante algún tiempo” y cobró la vida de 3250 haitianos. Cuando el Congreso comenzó a investigar en 1921, los soldados estadounidenses disminuyeron la cifra y dijeron que 2250 haitianos habían sido asesinados en la ocupación, una cifra que los funcionarios haitianos condenaron por ser un conteo insuficiente. También murieron al menos 16 soldados estadounidenses.
“Fue un régimen militar estricto, el triunfo del lobo”, escribió en 1936 Antoine Bervin, periodista y diplomático haitiano.
Los primeros años después de la invasión aportaron pocos beneficios económicos a Haití. Los asesores estadounidenses nombrados por el presidente de Estados Unidos cobraron hasta el cinco por ciento de los ingresos totales de Haití en salarios y gastos, lo cual a veces era más que el gasto en salud pública de todo el país.
En 1917, Estados Unidos ordenó a la Asamblea Nacional de Haití que ratificara una nueva Constitución para permitir a los extranjeros poseer tierras. Desde su independencia, los haitianos habían prohibido la propiedad de tierras a los extranjeros como símbolo de su libertad y para protegerse de una invasión.
Cuando los legisladores haitianos se negaron a cambiar la Constitución, el general Butler disolvió el parlamento con lo que denominó “auténticos métodos de la Marina”: los soldados entraron a la Asamblea Nacional y obligaron a los legisladores a dispersarse a punta de pistola. Los estadounidenses aprobaron entonces una nueva Constitución que Franklin Roosevelt afirmó más tarde en un mitin de campaña que había escrito él mismo.
Las empresas estadounidenses arrendaron miles de acres de tierra para plantaciones, lo cual obligó a los agricultores a servir como mano de obra barata en su país o migrar a los países vecinos en busca de mejores salarios. La Haitian-American Sugar Company alguna vez se jactó ante sus inversionistas de que solo pagaba 20 centavos por un día de trabajo en Haití, en comparación con 1,75 dólares en Cuba.
Según la historiadora haitiana Suzy Castor, las mujeres y los niños de Haití cobraban 10 centavos al día.
Los campesinos desplazados se fueron a Cuba y a la República Dominicana, lo que, según los historiadores, provocó el efecto más duradero de la ocupación estadounidense: la migración masiva de haitianos a otros países del continente americano.
“Ese es el gran legado”, dijo Weibert Arthus, embajador de Haití en Canadá e historiador.
Como el secretario de Estado Bryan sugirió en su carta antes de la invasión, Farnham no estaba satisfecho con su participación en el banco nacional de Haití, así que trabajó con el Departamento de Estado para orquestar una toma de control absoluta. Para 1920, National City Bank había comprado todas las acciones del banco nacional por 1,4 millones de dólares y, en la práctica, remplazaba a los franceses como el poder financiero dominante en Haití.
Con el banco nacional de Haití bajo su control y los intereses estadounidenses bajo la protección del ejército, Farnham comenzó a actuar como un enviado oficial y viajaba con frecuencia a bordo de buques de guerra estadounidenses, según dicen los historiadores.
“La palabra de Farnham prevalece sobre la de cualquier otra persona en la isla”, escribió James Weldon Johnson, secretario ejecutivo de la Asociación Nacional para el Progreso de las Personas de Color, quien visitó Haití en 1920.
Farnham tampoco tuvo reparos en expresar su opinión sobre Haití y su gente.
“Se puede enseñar al haitiano a convertirse en un trabajador bueno y eficiente”, dijo a los senadores que investigaban la ocupación. “Si los jefes militares lo dejan en paz, es tan pacífico como un niño e igual de inofensivo”.
“De hecho”, continuó, “ahora no hay más que niños grandes”.
Fuerzas estadounidenses atrincheradas en Cabo Haitiano en 1915Credit… Getty Images
‘Haití no quiere este préstamo’
Durante cinco años, los funcionarios estadounidenses insistieron en que Haití pidiera préstamos a los bancos de Nueva York para saldar sus deudas del pasado. Y durante cinco años, los haitianos se resistieron.
“Haití no quiere este préstamo. Haití no necesita este préstamo”, escribió Pierre Hudicourt, un abogado haitiano que representó a Haití en las negociaciones de la deuda.
Los haitianos sabían muy bien que cualquier nuevo préstamo ampliaría la autoridad de los asesores financieros estadounidenses que determinaban el futuro del país a la distancia. McIlhenny, el heredero de la salsa Tabasco designado como asesor financiero, pasó gran parte del año en su plantación de piñas en Luisiana mientras cobraba un gran sueldo de los ingresos de Haití. También suspendió los salarios de los altos funcionarios haitianos que no estaban de acuerdo con él.
Para 1922, Estados Unidos estaba decidido a concertar un préstamo con Wall Street. Cansados de la resistencia haitiana, los estadounidenses instalaron como presidente a Louis Borno, un político sagaz que simpatizaba con la ocupación.
Louis BornoCredit…Cannaday Chapman
Borno admiraba a Mussolini y aspiraba a un ideal fascista de rápido desarrollo en Haití bajo control estadounidense, afirman los historiadores. Una vez escribió que la invasión “vino a nosotros cuando estábamos al borde de un abismo sangriento y nos salvó”. Semanas después de asumir el cargo, dio luz verde a un préstamo de Nueva York.
El National City Bank, que ahora era propietario del banco nacional de Haití a través de una filial, emitió el primer préstamo tras incluir una garantía inicial que consistía en que Estados Unidos gestionaría las finanzas de Haití hasta que se pagara la deuda. El banco acabó controlando casi toda la deuda externa de Haití.
Igual que sucedió en el siglo XIX, Haití casi siempre estaba demasiado endeudado para invertir en su gente. Hasta Borno, dirigiéndose a los peces gordos del National City Bank en Nueva York, señaló que la deuda de Haití se pagaba más rápido que la de Estados Unidos.
Esta situación prevaleció hasta la caída de la bolsa de valores de 1929 y la devastación económica posterior. Años de austeridad ayudaron a gestar el descontento y la caída mundial de los precios del café agravó las dificultades en un país que dependía bastante de ese cultivo. Las protestas estallaron contra Estados Unidos y el gobierno de Borno que hacía su voluntad.
Los estudiantes se manifestaron contra el retiro de las becas. Los empleados de las aduanas en Puerto Príncipe irrumpieron en su lugar de trabajo para exigir un aumento de sueldo. En la ciudad de Los Cayos, más de mil campesinos protestaron contra sus precarias condiciones de vida. Un destacamento de 20 infantes de la Marina estadounidense se enfrentó a la multitud y mató al menos a una decena de personas. Este acontecimiento se conoce como la masacre de Los Cayos.
Ante el clamor internacional, Estados Unidos comenzó a contemplar su retirada.
Casi cinco años después, en agosto de 1934, los últimos soldados estadounidenses abandonaron Haití. Pero Estados Unidos mantuvo el control financiero durante otros 13 años, hasta que Haití pagó la última de las deudas que tenía con Wall Street.
La responsabilidad de Estados Unidos en la inestabilidad crónica de Haití sigue siendo objeto de un fuerte desacuerdo.
Algunos historiadores dicen que los pagos originales que Francia le exigió a Haití como castigo por su independencia infligieron una cicatriz más profunda en el desarrollo de la nación. Otros sostienen que la causa principal es la larga historia de enriquecimiento personal de los gobernantes haitianos. Pero muchos dicen que, en conjunto, más de 130 años de enviar una gran parte de los ingresos de Haití al extranjero tuvieron un efecto devastador, ya que mermaron su capacidad de construir una nación desde sus inicios.
“Hasta cierto punto, estas debacles financieras sucesivas son responsables de la situación en la que nos encontramos ahora”, dijo Hudson, profesor de la Universidad de California en Los Ángeles, y añadió que la ocupación estadounidense fue un “golpe psíquico” que cercenó la independencia de Haití durante décadas. “Creo que eso es tan importante como cualquier tipo de pérdida financiera”, dijo.
Colaboraron con este reportaje Harold Isaac desde Puerto Príncipe; Sarah Hurtes desde Bruselas; Kristen Bayrakdarian desde Nueva York y Audrey Kolker desde New Haven. Edición de fotografía por Craig Allen. Producido por Rumsey Taylor. Producción adicional por Gray Beltran.
Selam Gebrekidan, reportera de investigación de The New York Times, está radicada en Londres. Previamente fue reportera de datos y empresas para Reuters, donde escribió sobre la migración a Europa y la guerra en Yemen, entre otras historias. También ha cubierto los mercados petroleros de Estados Unidos.
Matt Apuzzo es un reportero ganador del Premio Pulitzer y está radicado en Bruselas. @mattapuzzo
Catherine Porter, corresponsal en el extranjero radicada en Toronto, ha reporteado desde Haití más de dos decenas de veces. Es autora de un libro sobre el país,A Girl Named Lovely. @porterthereport
Constant Méheut escribe desde Francia. Se incorporó a la oficina de París en enero de 2020. @ConstantMeheut
Por Catherine Porter y Natalie Kitroeff. Haití, ese país que el poeta haitiano René Depestre describió como “primer productor mundial de desdichas y de zombis”, atrae insistentemente la atención internacional en los últimos meses.
En julio, Jovenel Moïse, el presidente de Haití, fue asesinado en su propia habitación. El atentado sumió al país en una espiral más profunda de caos político y, a la fecha, el magnicidio sigue sin resolverse. Uno de los encargados de la seguridad del presidente Moïse estaba siendo investigado por la DEA en un caso de narcotráfico.
En agosto, en el curso de 72 horas, la isla fue devastada por un terremoto de magnitud 7,2 y los efectos de Grace, una depresión tropical muy potente. Los desastres evidenciaron la fragilidad de la infraestructura y los servicios básicos en un país de por sí pobre.
Desde entonces, el país sigue sumido en un vacío de poder y seguridad que va mucho más allá del limbo de la política: las pandillas ahora controlan alrededor de la mitad del territorio, según algunas estimaciones.
¿Cómo fue que las pandillas de Haití llegaron a tener tanto poder?
Violaron mujeres, quemaron casas y mataron a decenas de personas, incluidos niños, descuartizando sus cuerpos con machetes y lanzándolos a los cerdos.
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Violaron mujeres, quemaron casas y mataron a decenas de personas, incluidos niños, descuartizando sus cuerpos con machetes y lanzándolos a los cerdos.
Esa espantosa masacre, ocurrida hace tres años y que es considerada como el peor incidente de ese tipo perpetrado en Haití en décadas, era algo más que la consecuencia de la disputa de bandas rivales por sus territorios. Fue organizada por altos funcionarios haitianos que les facilitaron armas y vehículos a los pandilleros para castigar a los habitantes de una zona pobre que protestaban contra la corrupción del gobierno, anunció el Departamento del Tesoro de Estados Unidos el año pasado.
Desde entonces, los pandilleros haitianos se han vuelto tan fuertes que gobiernan algunas regiones del país. El más célebre de ellos, un exoficial de policía llamado Jimmy Cherizier al que apodan Barbecue, se presenta como líder político: convoca ruedas de prensa, lidera marchas y, esta semana, incluso se ostentó como reemplazo del primer ministro en la violenta capital.
Luego de que las pandillas le dispararon a un convoy del gobierno y acabaron con la conmemoración oficial de la muerte del presidente fundador del país el domingo, Cherizier presidió la ceremonia, vestido en un traje blanco de tres piezas, rodeado de cámaras y guardias enmascarados armados con rifles de asalto cuando se presentó con varias coronas de flores en el lugar.
“Las pandillas tienen más autoridad que nuestros líderes”, dijo Marie Yolène Gilles, quien lidera un grupo local de derechos humanos, la Fundación Ojos Claros (FJKL por su sigla en inglés). “Si dicen: ‘Quédate en casa’, te quedas en casa. Si dicen: ‘Sal’, puedes salir. Es el terror”.
Se cree que el descarado secuestro de 17 personas de un grupo misionero estadounidense sucedido el fin de semana es obra de una banda rival llamada 400 Mawozo, ese incidente demuestra el poder creciente de las pandillas en Haití. Los secuestradores han exigido 17 millones de dólares para liberar a los rehenes, y el líder de la banda ha amenazado con matarlos a menos que se pague el rescate, según dos personas que estuvieron presentes cuando hizo la amenaza que fue registrada en un video.
“Vaciaré una gran arma en cada una de sus cabezas”, dijo el líder de la pandilla, Wilson Joseph, en el video.
Según algunas estimaciones, los grupos delictivos controlan más de la mitad de Haití y, en algunos lugares, operan como gobiernos de facto, con sus propias cortes, “estaciones policiales” y cuotas residenciales por servicios que van desde la electricidad hasta permisos escolares.
Según los expertos, las pandillas han tenido el control desde hace mucho tiempo en los barrios pobres, pero empezaron a ganar terreno luego de que Jovenel Moïse asumió la presidencia en 2017, animadas por la erosión de las instituciones democráticas que sucedió durante su mandato y su utilización de las pandillas como herramientas opresoras.
Y aunque el gobierno estadounidense y Naciones Unidas conocen desde hace mucho tiempo la conexión cada vez mayor entre las pandillas, el gobierno y la policía haitiana, han hecho poco para combatir el problema, en parte porque temen alterar la poca estabilidad de Haití, según dicen los funcionarios en activo y retirados.
Esa apariencia de estabilidad se vino abajo en julio, cuando Moïse fue ejecutado en su alcoba en un asesinato que sigue sin resolverse y que dejó en evidencia las debilidades institucionales del país.
“Su gestión debilitó a la policía y al sistema de justicia”, dijo Pierre Espérence, director ejecutivo de la Red Nacional Haitiana de Defensa de Derechos Humanos, refiriéndose al gobierno de Moïse. “No había controles en el puerto, la frontera, el aeropuerto, las armas y las municiones llegan fácilmente a Haití. Y luego, usaron a las pandillas para masacrar a la gente de los barrios marginales”.
Los ataques, indicó, fueron intentos para asegurar el control político en las elecciones de segunda vuelta de la región capital, que representa al 40 por ciento del electorado del país, y se concentra en gran medida en los barrios pobres.
La organización de Espérence ha documentado más de una decena de ataques armados ejecutados por las pandillas desde 2018, lo que ha ocasionado la muerte o desaparición de más de 600 personas. En muchos casos, esos reportes mencionan la participación policial en los asesinatos, incluido el uso de equipamiento como vehículos blindados, gases lacrimógenos y el involucramiento de oficiales en activo.
En al menos dos casos, la organización destacó la participación de integrantes del gobierno de Moïse.
No se han realizado arrestos ni investigaciones sólidas por parte de la policía, según Rosy Auguste Ducéna, directora de programa de la organización. Tampoco se ha penalizado a ningún oficial de policía por las acusaciones de participación.
“Por eso es que decimos que la violencia que está establecida en Haití es una violencia del Estado”, dijo.
Un alto funcionario del gobierno del primer ministro Ariel Henry, quien fue elegido por Moïse y tomó las riendas del país en julio, dijo que Henry no tenía vínculos con los abusos que se le adjudican a la gestión anterior. Al contrario, el funcionario, quien no está autorizado para hacer declaraciones públicas, dijo que Henry, un médico, fue llamado para limpiar el desastre en Haití y ha prometido justicia en los casos de las masacres anteriores y hacer todos los esfuerzos para eliminar a las pandillas.
En el centro de las acusaciones se encuentra Cherizier y la fidelidad de las nueve pandillas que dirige, conocidas como la coalición de Familia y Aliados de la G9. Pero el “arquitecto intelectual” de la masacre de 2018 fue Joseph Pierre Richard Duplan, un integrante electo del partido del presidente quien brindó armas a los pandilleros, indicó el Departamento del Tesoro de Estados Unidos en diciembre pasado.
Los testigos dijeron haber visto a Duplan amonestar a los pandilleros durante el ataque, indicó un informe de Naciones Unidas, diciendo: “Mataron a demasiada gente. Esa no era su tarea”.
El jefe del ministerio del Interior, Fednel Monchéry, también tuvo una intervención cercana, dijo el Departamento del Tesoro.
Ambos funcionarios perdieron sus cargos casi un año después, pero ninguno ha enfrentado acusaciones. La policía detuvo a Monchéry en febrero por un problema con la matrícula de su auto, informó el periódico haitiano Le Nouvelliste, pero lo liberó poco después.
“Cuando la policía nos dice que están investigando activamente podemos decir que eso, obviamente, es falso”, dijo Ducéna.
El año pasado, el Departamento del Tesoro de Estados Unidos estableció sanciones en contra de los funcionarios según lo que establece la Ley Magnitsky sobre Responsabilidad de Derechos Humanos, llamándolos “perpetradores de graves abusos a los derechos humanos”.
Pero esta acción estadounidense sucedió luego de años de apoyo continuo a Moïse, a pesar de las acaloradas advertencias de los legisladores sobre su régimen cada vez más autocrático. Tanto el gobierno de Estados Unidos como Naciones Unidas, cuyo apoyo es considerado como un contrapeso esencial para cualquier presidente haitiano, han sido acusados de hacerse la vista gorda ante los repetidos reportes de que las pandillas se habían infiltrado en el gobierno.
Una de las primeras masacres de civiles durante la presidencia de Moïse empezó como un operativo contra las pandillas en Grand Ravine, un barrio pobre.
En noviembre de 2017, agentes de policía haitianos, incluido Cherizier, que en ese momento todavía era un oficial activo, allanaron el campus de una escuela,en busca de un arsenal de armas, según una investigación interna realizada por el gobierno haitiano. Al final de la operación, ocho civiles resultaron asesinados, entre ellos un maestro, un guardia de seguridad y un estudiante potencial que fueron “ejecutados a sangre fría”, según la investigación.
Los oficiales de policía destacados en la Misión de Apoyo a la Justicia en Haití de Naciones Unidas, que estaban trabajando con la policía haitiana y ayudaron a planificar la operación, estuvieron de guardia afuera del lugar.
Unos meses después, Susan D. Page, la jefa de la misión de la ONU en Haití en aquel entonces, emitió una declaración contundente en la que pedía a las autoridades haitianas que investigaran “las denuncias de violaciones de derechos humanos cometidas por unidades de la Policía Nacional de Haití”, incluida la operación fallida.
“Yo lideraba una misión de apoyo a la justicia”, dijo Page en entrevista. “¿No se supone que pida justicia?”.
Farhan Aziz Haq, vocero de la ONU, dijo en un comunicado que la misión de apoyo a la justicia no había autorizado una “búsqueda de alto riesgo” llevada a cabo por la policía haitiana. Una investigación interna reveló que ningún funcionario de la ONU había “procedido a la ubicación donde se llevaron a cabo los supuestos asesinatos” ni habían disparado sus armas.
Naciones Unidas retiró sus fuerzas de paz en 2017, con un legado maltrecho que incluía la introducción de cólera al país por parte de las fuerzas de paz y abusar sexualmente y embarazar a chicas de hasta 11 años. La partida dejó a una fuerza mucho más reducida para apoyar a la policía, que también se retiró en 2019. En su ausencia creció un vacío de seguridad, sobre todo en las zonas pobres de la capital.
Luego de varias masacres en las que participaron pandilleros y oficiales haitianos de policía, entre ellos Cherizier, más de cien congresistas estadounidenses le escribieron al gobierno de Trump exigiendo una investigación de las ejecuciones extrajudiciales a manos de las autoridades, dijo Andy Levin congresista por Michigan, y uno de los presidentes del Caucus de Haití de la Cámara de Representantes.
“De verdad esperaba que una vez que el presidente Biden asumiera el cargo hubiera un cambio de rumbo”, dijo Levin. “Pero sigo esperando”.
Los haitianos de la capital viven un temor constante. Los secuestros se han disparado y superan por mucho el récord del año pasado que, según Naciones Unidas, ya era un incremento significativo respecto al año anterior.
“Hoy estamos hablando de esto porque secuestraron a misioneros estadounidenses”, dijo Ducéna. “En nuestra realidad, es nuestra vida diaria. Cada día salimos de casa sin saber si vamos a volver”.
El secuestro se ha convertido en la fuente primaria de ingresos para las pandillas, que operan en la maltrecha economía de Haití. La banda que secuestró a los 16 estadounidenses y un canadiense —cabe destacar que cinco de los rehenes son niños— asociados con Christian Aid Ministries ha exigido un rescate de un millón por cada cautivo, aunque los funcionarios dicen que los secuestradores suelen exigir altas cantidades y luego las disminuyen durante las negociaciones.
Cherizier, que lidera una colección de bandas rivales, ha negado cualquier vínculo con el gobierno y más bien se presenta como un revolucionario que lucha contra la pobreza en los barrios marginales. El domingo, luego del secuestro de los misioneros, el desfile del gobierno haitiano sufrió un ataque armado y se desbandó a toda velocidad sin que el primer ministro pudiera acudir a la ceremonia en honor del padre fundador del país.
Cuando los funcionarios gubernamentales huyeron, Cherizier procedió a encabezar la procesión, disfrutando del espectáculo como si fuera el verdadero líder del país. Gilles especuló que podría postularse al gobierno en la próxima elección.
“Todo puede pasar en este país”, dijo y enumeró a los políticos que habían sido electos a pesar de enfrentar graves acusaciones penales. “No sería la primera vez que se elige a gente que tiene problemas con la ley”.
Andre Paultre, Harold Isaac y Oscar Lopez colaboraron con reporteo.
Catherine Porter es la jefa de la corresponsalía de Canadá, con sede en Toronto. Antes de integrarse al Times en 2017, era columnista y escribía reportajes para The Toronto Star, el diario de mayor circulación de Canadá. @porterthereport
Uno de los ciudadanos con doble nacionalidad haitiana y estadounidense arrestado en relación con el asesinato del presidente Jovenel Moïse era una “fuente confidencial” de la Agencia Antidrogas de Estados Unidos (DEA), confirmó un vocero de esa oficina gubernamental.
“Un sospechoso era una fuente confidencial de la DEA”, dijo el portavoz citado por varias agencias de noticias internacionales, entre ellas Sputnik.
Las autoridades del país caribeño arrestaron la semana pasada a dos hombres haitiano-estadounidenses, Joseph Vincent, de 55 años, y James Solages, de 35, acusados junto a 26 colombianos del magnicidio.
El vocero de la DEA, que habló bajo condición de anonimato, se negó a decir cuál de los dos hombres había sido informante.
Lo que sí reveló es que hubo una comunicación posterior al asesinato, en el que se instó al sospechoso a entregarse y contó que Washington ayudó a Puerto Príncipe a detenerlo.
De acuerdo a la información provista, este sospechoso del crimen contra el presidente “no actuó en nombre” de la agencia antidrogas estadounidense.
Un tercer estadounidense de origen haitiano, Christian Emmanuel Sanon, fue arrestado ayer por las autoridades haitianas, quienes lo acusaron de ser uno de los autores intelectuales.
En su casa se encontraron armas y municiones, cuatro matrículas dominicanas y un sombrero con el logo de la DEA, de acuerdo a la policía haitiana.
Este hombre, de 62 años y residente en Florida, es un médico que expresó su deseo de liderar su país en un video subido a YouTube, según información brindada por medios estadounidenses
También pastor cristiano evangélico, le comentó a sus amistades que varias personas que decían representar a los departamentos de Estado y Justicia de Estados Unidos se acercaron a él para decirle que tenían un plan para arrestar a Moïse e instarlo como nuevo presidente.
Interrogatorios realizados a los 18 ciudadanos colombianos detenidos el miércoles pasado, el mismo día del asesinato, permitieron a la policía saber que Sanon había sido quien reclutó a los 26 integrantes del comando a través de una empresa de seguridad llamada CTU, con sede en Florida.
La firma fue la que compró los pasajes de Bogotá a República Dominicana de los colombianos detenidos, más otros tres que murieron en un operativo policial, y que luego desde allí se dirigieron a Haití.
Como dueño de esa empresa aparece otro sospechoso de participar del magnicidio, el venezolano Antonio Intriago, que tiene fotos subidas a Internet junto al presidente de Colombia, Iván Duque, y la exmiembro de la Cámara de Representantes por el Partido Republicano de EEUU, Ileana Ros-Lehtinen.
Ambos políticos negaron conocerlo y atribuyeron esas imágenes a las que se sacaron junto a varios simpatizantes durante diversos actos públicos, de acuerdo a portales colombianos.
Seis días después del asesinato del jefe de Estado, persisten áreas grises sobre el asesinato de Jovenel Moïse, atacado en su residencia privada, fuertemente vigilada.
La oposición reclamaba la salida del poder del asesinado mandatario con el argumento de que su mandato había concluido el pasado 7 de febrero, mientras el presidente insistía en febrero de 2022 como término de su período.
El país debe celebrar este año elecciones presidenciales, legislativas y locales, además de un referendo constitucional en septiembre, aplazado dos veces debido a la pandemia de coronavirus.
El calendario electoral que prevé en septiembre la votación para la elección de un nuevo mandatario fue confirmado el sábado por las autoridades.