holograma de Cerati

El show debe continuar, aún después de muertos…

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La industria de los shows póstumos mueve cientos de millones de dólares. En marzo de 2026, seis funciones del holograma de Gustavo Cerati se agotaron en minutos en el Movistar Arena. El anuncio fue deliberadamente ambiguo: “No es tributo. No es homenaje. Es Soda, en vivo.” La pregunta que el negocio no quiere responder: ¿en vivo quién?

Es Soda, en vivo. Soda = Vanguardia.”

La palabra que faltaba era “holograma”. Fue omitida de manera deliberada. Y funcionó: las entradas para las seis funciones del Movistar Arena (21 y 22 de marzo, 6 de abril, 4, 10 y 11 de junio de 2026) se agotaron en cuestión de días. Decenas de miles de personas pagaron para ver a Gustavo Cerati en el escenario. Cerati murió el 4 de septiembre de 2014.

Nadie fue engañado. Todos lo sabían. Y fueron igual.

Eso dice algo sobre la industria y algo todavía más interesante sobre nosotros.

Los shows póstumos son uno de los negocios de mayor crecimiento en la industria del entretenimiento. La gira de Roy Orbison, fallecido en 1988, recaudó más de 35 millones de dólares. La de Whitney Houston recorrió Europa y Estados Unidos con 54 funciones entre 2020 y 2022. El holograma de Tupac Shakur en Coachella 2012 acumuló 15 millones de visualizaciones en YouTube en 48 horas y disparó las ventas del catálogo del rapero. 

Técnicamente ninguno de esos eventos fue un holograma real, todos usaron el “Pepper’s Ghost”, un truco de ilusionismo del siglo XIX que proyecta una imagen en una pantalla traslúcida inclinada. Pero la percepción del público fue la de una resurrección. Y esa percepción es el producto.

La tecnología mejoró exponencialmente desde aquel Coachella. La IA generativa permite hoy reconstruir voz, movimiento y expresión de un artista con una fidelidad que hace diez años era imposible. No se trata solo de proyectar una imagen archivada: es posible generar nuevas actuaciones, nuevas canciones, nuevas interacciones con el público usando el material que el artista dejó en vida como base de entrenamiento.

Eso abre un territorio que la industria está explorando mucho más rápido que lo que la ética, y la ley,  puede seguirle el paso.

Tupac Shakur

†1996

Primera aparición masiva. Coachella 2012, junto a Snoop Dogg y Dr. Dre. 90.000 presentes. 15 millones de visualizaciones en 48 horas. Disparó las ventas de su catálogo. Técnica: Pepper’s Ghost. Su patrimonio lo controla un fideicomiso familiar.

El holograma de Tupac Shakur en Coachella 2012

Michael Jackson

†2009

Billboard Music Awards 2014, performance digital de “Slave to the Rhythm”. Los herederos controlan el patrimonio y autorizan los usos. Catálogo valorado en más de 2.000 millones de dólares al momento de su muerte.

Whitney Houston

†2012

Gira internacional “An Evening With Whitney”, 54 funciones en Europa y EE.UU. Aprobada por su familia. Producida por Base Hologram. Su holograma “compartió” escenario con Christina Aguilera en The Voice — la familia pidió que no se transmitiera por la calidad visual.

CRISTINA AGUILERA Y EL HOLOGRAMA DE WITHNEY HOUSTON

Gustavo Cerati

†2014

“Soda Stereo Ecos”, Movistar Arena, Buenos Aires. Seis funciones agotadas en minutos. Primera vez que Argentina vive este fenómeno a escala masiva con un artista propio. La familia y los miembros sobrevivientes de la banda dieron su aprobación. El anuncio evitó deliberadamente la palabra “holograma”.

Amy Winehouse

†2011

Gira programada para 2019, cancelada. Base Hologram encontró “ciertas dificultades y sensibilidades”  probablemente relacionadas con la naturaleza pública de su muerte por adicciones. El caso más claro de que no todo artista fallecido es igualmente “hologramable” sin costo reputacional.

El negocio tiene una lógica que se entiende fácilmente: un artista fallecido no cobra, no se niega, no tiene caprichos creativos, no pide renegociar el contrato y no envejece. El catálogo sigue generando royalties. El patrimonio lo gestionan herederos o fideicomisos que, en muchos casos, tienen incentivos económicos muy claros para autorizar estas producciones.

Pero el dinero es solo la capa más visible del problema. Debajo hay preguntas que la industria prefiere no formular porque no tienen respuesta cómoda.

LAS PREGUNTAS QUE EL NEGOCIO EVITA

¿Cerati hubiera querido volver al escenario de esta manera? ¿Quién decide cómo suena, cómo se mueve, qué canciones canta un artista que no puede opinar? ¿Los herederos tienen derecho a tomar esas decisiones? ¿Y si el artista se hubiera negado en vida?

La dimensión legal es un territorio en construcción. En Argentina no existe regulación específica sobre el uso de la imagen y la voz de personas fallecidas con fines comerciales mediante IA. En Estados Unidos, algunos estados como California y Tennessee aprobaron leyes que protegen la “personalidad digital” de los artistas, pero la regulación federal es inexistente. En Europa, el Reglamento de IA de 2024 tiene previsiones generales sobre deepfakes pero no aborda específicamente el uso comercial de artistas fallecidos.

El vacío legal es conveniente para la industria. Y la industria lo sabe.

Hay una dimensión más filosófica que los análisis de mercado raramente incluyen. Cuando Cerati tocaba en vivo, había algo impredecible en cada función. Un error de guitarra corregido al vuelo. Una improvisación que nunca se repetiría. Una mirada al público en el momento exacto. La imperfección y la contingencia eran parte del evento. Eso es lo que hace que un recital sea irrepetible y lo que justifica el precio de la entrada.

El holograma de Cerati es perfecto. Hace exactamente lo que fue programado para hacer, en el orden exacto, con la misma entonación, el mismo gesto, el mismo silencio antes del estribillo. Noche tras noche. En las seis funciones.

¿Es eso un recital? ¿O es una experiencia museística muy cara?

El filósofo Walter Benjamin escribió en 1935 sobre “el aura” (si, el concepto existe mucho antes de la actualidad en la que se la “farmea”) de la obra de arte original esa cualidad irrepetible que la copia mecánica destruye. Su argumento era sobre la fotografía y el cine. Nunca imaginó un concierto. Pero la pregunta que planteó es exactamente la misma: ¿qué pierde la experiencia artística cuando puede reproducirse con perfecta fidelidad? La respuesta que la industria de los shows póstumos no quiere escuchar es que lo que se pierde es precisamente lo que hacía que valiera la pena estar ahí.

Y sin embargo. Las seis funciones de Soda Stereo se agotaron. Hay algo en la demanda que no puede descartarse simplemente como un engaño masivo o como nostalgia mal procesada.

Tal vez sea esto: la muerte de alguien que amabas, un músico cuya voz fue la banda sonora de momentos que no olvidás, deja un duelo que nunca termina de cerrarse. La industria de los shows póstumos no vende tecnología. Vende una ilusión de continuidad. La posibilidad de estar, una vez más, en el mismo espacio que esa voz. De sentir que el tiempo no pasó del todo, o que pasó de una manera que no tiene que ser definitiva.

Eso no es un negocio menor. Es uno de los negocios más humanos que existen: el de la negación de la pérdida.

La pregunta que queda, entonces, no es si la industria va a seguir haciéndolo. Va a seguir, y va a crecer, porque la tecnología se abarata y la demanda no desaparece. La pregunta es bajo qué reglas.

¿Quién decide qué canciones canta el holograma de un artista que murió antes de poder opinar?

¿Quién controla cómo evoluciona su imagen digital en los próximos veinte años?

¿Puede la IA generar una canción “nueva” de Cerati  con su voz, su estilo, sus influencias  y venderla como parte del catálogo?

¿Y si alguien ya lo está haciendo?

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