inseguridad

Incautan en Iguazú mercadería de contrabando por más de 5,5 millones de pesos

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Mercadería de origen extranjero por más de 5,5 millones de pesos que había ingresado de ilegalmente al país fue incautada durante operativos en Puerto Iguazú, informó el Ministerio de Seguridad.
Ese “golpe al contrabando en Misiones” es el resultado de “exhaustivos controles a lo largo y ancho del país”, afirmó en un comunicado.
Los allanamientos, enmarcados en el Operativo Conjunto Abierto de Frontera (OCAF), se realizaron en mayo último y los realizó la Policía de Seguridad Aeroportuaria con la coordinación del juzgado federal de Eldorado, a cargo de Miguel Guerrero.
El parte de prensa señala que los agentes se incautaron en Iguazú de 217 encomiendas con diversas mercancías extranjeras que carecían de la documentación aduanera correspondiente.
Los paquetes contenían “12.568 anteojos de sol y 27.160 de aumento tipo recetados; 291 prendas de vestir; 37.820 juguetes; 840 linternas recargables y 931 celulares con 128 repuestos, los cuales arrojaron un valor de 5.513.737 pesos”, detalla el comunicado.
Todo el material secuestrado se pondrá a disposición de la División Aduana de Iguazú, DGA-AFIP, por orden del juzgado a cargo del caso.

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Las tapas de los diarios del martes 27: La inflación, la reforma del Indec y el camino al mundial

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A continuación repasamos las tapas de los diarios del martes 27 de marzo. Los diarios económicos hacen foco en el impacto de la inflación en los precios. Las reformas del Indec y la decisión de La Pampa de bajarse del pacto fiscal.
La visita de los familiares de los soldados cuyos restos fueron identificados en el cementerio de Darwin siegue siendo el tema de tapa de los diarios, los dos fallecidos por fiebre amarilla y la paritaria docente. En Misiones los medios hablan del fallecimiento de la yaguareté, la inseguridad y el camino al mundial de fútbol.

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Policía de Estados Unidos utiliza vehículo con cámaras para cohibir crímenes

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Aprovechando las nuevas tecnologías, la ciudad de Haverhill en Massachusetts, Estados Unidos, dispuso el tránsito en las calles de un vehículo del tipo MRAP (Mine-Resistant Ambush Protected, o Protegido contra Emboscadas y Resistente a Minas), el que  circula en los puntos más críticos de esta ciudad de 63 mil habitantes como un factor de contención para criminales y medida preventiva. Equipado con cámaras IP, el MRAP registra los alrededores por 72 horas y apoya operaciones policiales en lugares propensos a acciones criminales, incluso de pandillas.

El MRAP combina diferentes tecnologías. En el frente fue instalada la cámara AXIS P3225-LVE, la que permite una mejor visión en situaciones de peligro. Del lado del pasajero, una cámara AXIS Q3505-VE, resistente a golpes de hasta una tonelada, se enfoca en áreas específicas con la ayuda de la tecnología Lightfinder, que visualiza imágenes en color en condiciones de poca iluminación. Además, la visión lateral se complementa con dos cámaras propias para vehículos, la AXIS F1035-E, que posee un lente ojo de pez de 194 grados resistente al polvo, lluvia, nieve, vibraciones, impactos y cambios de temperatura.

Al vehículo se le sumaron iluminadores IR, los que pueden ser manejados de forma remota utilizando el AXIS P8221, un módulo que integra las cámaras a otros dispositivos.

“El MRAP es una de las armas de nuestro arsenal. La idea provino de otros departamentos y el vehículo es utilizado, principalmente, para disuadir. Por encima de todo, estamos felices con la claridad y fidelidad de las imágenes, que eran bastante cuestionables antes de la instalación de las cámaras Axis “, concluye el Administrador de Red del Departamento de Policía de Haverhill, Ron Tuell.

La misma cámara AXIS F1035-E, creada para el uso vehicular, es utilizada por la ciudad en la camioneta que transporta población penal. El equipo captura las acciones dentro y fuera del vehículo. Gracias a la tecnología IP, todas las imágenes están al alcance de la mano y pueden ser visualizadas en celulares o tablets a través del software de Milestone, socio de Axis.

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¿Por qué en América Latina se mata más?

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Por Alejandra Sánchez Inzunza y José Luis Pardo Veiras, New York Times. Sergio Vicente Goulard terminó desnudo sobre una camilla en el hospital, a la espera de ser reconocido. Unas horas antes, unos milicianos le dieron un tiro en la cabeza dentro de su casa. La policía todavía no sabía el móvil de su asesinato. El segundo muerto, Luiz Carlos Barbosa, fue encontrado en la calle en medio de una favela dividida entre dos grupos criminales. Lo habían ejecutado por cambiar de bando. Al tercero, Jorge Luiz Bento, lo halló su familia, sin cabeza, atado de manos, pudriéndose cerca de un riachuelo en el municipio de Nova Iguaçu. Otro fallecido, Claudeir Francisco, andaba en bicicleta cuando le dispararon. Todavía sujetaba los audífonos de su celular mientras lo lloraba su madre. Leandro Alves murió al defenderse de un asalto. Estaba con su esposa y su hijo y, cuando intentaron robarle el coche, sacó una pistola. El sexto muerto era uno de sus asesinos.

El 28 de enero de 2017 nos encontramos con estos seis cadáveres en la Baixada Fluminense, el área con más homicidios del estado de Río de Janeiro. Cada víctima representaba un problema diferente para sus asesinos. Cada cuerpo, la solución. El homicidio es el crimen más extraordinario: alguien decide quitarle la vida a otra persona y, sin embargo, en América Latina –la región más violenta del mundo–, esa persona, la víctima, está destinada al olvido y el victimario, a la libertad.

Los seis cuerpos hallados, lejos de las playas de Río de Janeiro, corroboraban el promedio de seis asesinatos diarios en esta zona marginal. Una muestra de lo que ocurre en América Latina, donde 400 personas acaban en la morgue cada día. Se mata tanto y a tal velocidad —cuatro personas cada quince minutos— que no nos alarman los que ya no están y con suerte los recordamos apenas un instante. América Latina concentra poco más del ocho por ciento de la población mundial, pero más de un tercio de los homicidios. Todas las regiones han disminuido sus estadísticas, pero nosotros cada vez matamos más.

Ese día de enero empezamos una investigación sobre el homicidio en los siete países más violentos del continente –Brasil, Venezuela, Colombia, El Salvador, Honduras, Guatemala y México– para entender cómo un acto que dura un segundo evidencia una cultura de violencia, corrupción e impunidad. Detrás del muerto hay muchos vivos: un traficante o un policía, un grupo de exterminio, un hacendado o simplemente un chico que tomó una pistola que era fácil de disparar. Un investigador con un nuevo caso que tiene más posibilidades de quedarse en el cajón que de resolverse. Un juez sobresaturado, abogados que son caros, cárceles hacinadas. Una madre, un hijo o una esposa que repetirá en su cabeza la secuencia de ese día una y otra vez.

Lo que casi nunca hay es castigo. Los países latinoamericanos incluidos en el Índice Global de Impunidad, del Centro de Estudios sobre Impunidad y Justicia (CESIJ) en México, tienen una impunidad “alta”. México es el segundo de la lista y Colombia el tercero, solo detrás de Filipinas. Si contamos la cifra negra —aquellos delitos que nunca se denuncian y permanecen en la oscuridad—  los dos países tienen una impunidad del 99 por ciento.

Se mata porque se puede. Se mata por control territorial, por tráfico de drogas, por disputas políticas. Se mata por la riña más estúpida en un domingo después de un asado. El estudio mundial sobre homicidio de las Naciones Unidas clasifica en tres los tipos de asesinato: delictivo, interpersonal y sociopolítico. América Latina ocupa el primer lugar en los tres.

Un delegado de homicidios de la Baixada Fluminense nos dijo que le gustaba trabajar ahí porque era una “jungla” del asesinato con una “fauna muy variada”. Un juez de menores, que ha escuchado cientos de testimonios en sus audiencias, nos aseguró que los jóvenes rara vez tenían remordimiento por matar a alguien; más bien se avergonzaban de haber sido descubiertos. Se mata porque, si tenemos en cuenta que entre 2000 y 2015 murieron 2,6 millones de personas (casi las mismas que viven en el área metropolitana de Caracas), el asesinato se ha convertido en algo normal. Pero, en definitiva, se mata porque el crimen queda impune.

Aunque una mayoría de latinoamericanos nunca ha visto una víctima de homicidio más allá de los periódicos y la televisión, la minoría –usualmente conformada por pobres, morenos de los barrios más marginados– ha visto demasiados. Los que matan y mueren también suelen ser ellos. Un informe del Banco Interamericano de Desarrollo señala que un 50 por ciento de los crímenes en las ciudades latinoamericanas ocurren en un 1,6 por ciento de sus calles.

Hace poco visitamos Fortaleza, la ciudad de Brasil con el mayor índice de homicidios de adolescentes y niños. En 2013 la tasa de homicidios era de 267,7 por cada 100.000 habitantes entre jóvenes de 16 y 17 años, pero su mapa de violencia letal dibujaba un arco casi perfecto, alejado de la zona turística, donde había barrios sin ningún homicidio en un año.

Cuando les preguntamos a jóvenes de estos lugares cuántos asesinados han conocido, a veces utilizan los dedos de las dos manos para contarlos. Hace unas semanas, un extraficante nos decía que no recordaba a cuántas personas había matado. Lo hacía porque era lo que tenía que hacer: eliminar al enemigo. Un policía de Río de Janeiro relataba una historia similar. Lo más común es que tampoco recuerden cuántos compañeros han muerto. Un chico de 15 años nos contó que había matado a su novia porque se enfadó con ella. Tenía la pistola y disparó. La falta de premeditación suele ser escalofriante.

La mayor parte de los asesinatos en América Latina se concentran en los siete países de esa ruta que seguimos desde enero. Hace tres años los recorrimos, con otros once países latinoamericanos, para escribir Narcoamérica, un libro sobre el impacto del narcotráfico en cada uno de ellos. Cuando preguntamos a las autoridades la causa de sus tasas de homicidios, la respuesta más repetida era el narcotráfico.

El tráfico de drogas es un potenciador de nuestros males, no la causa de todos ellos. Es un negocio donde el asesinato es algo común. Países como Nicaragua, Costa Rica y Panamá, que también son parte de la ruta de la droga hacia Estados Unidos, tienen las tasas más bajas de Centroamérica, a una distancia sideral de sus vecinos del Triángulo N orte. En Perú y Bolivia, dos grandes productores de cocaína, tampoco se mata tanto como en Colombia.

Hace un par de semanas, el periodista mexicano Javier Valdez fue asesinado en Culiacán, Sinaloa. Fue el sexto comunicador muerto este año. Las agresiones contra periodistas en México —casi 800 desde el 2000— tienen un 99,7 por ciento de impunidad. Este dato se refleja en todos los casos de violencia: en la búsqueda de desaparecidos, en los feminicidios, en las masacres. El sistema de justicia funciona como un embudo: desde el policía hasta el juez se va haciendo cada vez más estrecho. Otro ejemplo mexicano: hay 4 jueces por cada 100.000 habitantes, cuando la media mundial es de 40. Producimos una cantidad de muertos exorbitante para que lo investigue un sistema incapaz y sin voluntad: ya sea por corrupción o porque los que mueren no importan.

Hace unos años, en una escena del crimen, un inspector de homicidios de San Pedro Sula tenía su bloc de notas casi vacío y se indignaba porque no conseguía información: “A nadie le importa, esto es un show”, nos dijo al señalar a los curiosos que tomaban fotos del cuerpo.

Las 400 escenas del crimen diarias demuestran que el derecho a la vida ha perdido valor. Para recuperarlo, es imprescindible atacar el homicidio con una política de seguridad acompañada de programas sociales. Y, sobre todo, romper la cadena de impunidad. Las primeras 24 horas después de cada asesinato son fundamentales. Las investigaciones deben ser rápidas, efectivas, exhaustivas y transparentes. Una cadena de justicia fuerte, desde policías especializados hasta jueces independientes y en número suficiente, es la primera clave para reducir el crimen sin castigo y que en América Latina matemos menos.

 

 

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“El encierro de los niños no soluciona los temas de inseguridad”, advirtió Jiménez

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El presidente de la Asociación Argentina de la Justicia del Niño, Niña, Adolescente y Familia (AJUNAF) , César Jiménez, dijo que “el encierro no soluciona los temas de inseguridad”, en el marco de las mesas que se están llevando a cabo en el Ministerio de Justicia y Derechos Humanos para debatir una nueva ley de Justicia Penal Juvenil.
 
En una entrevista con Télam, el magistrado sostuvo también “que el sistema de encierro como modo de reconstrucción de la realidad de los niños, niñas y adolescentes en conflicto con la ley penal, ha fracasado en la Argentina”.
 

“La sociedad académica se encuentra en este momento en un muy buen debate y creo que por unanimidad nadie está de acuerdo con la baja de punibilidad hacia los menores, señaló además el juez, quien opinó que “los chicos necesitan inserción a través de la educación”
 
El Ministerio de Justicia y Derechos Humanos impulsa un proyecto de ley de Responsabilidad Penal Juvenil, en la cual se plantean realizar a la brevedad 8 encuentros en este mes, y así elaborar un anteproyecto
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