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Starlink, ARSAT, Marandú y la conectividad rural: el caso Misiones sobre cuánto cuesta llevar Internet a una escuela

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La decisión del Gobierno nacional de avanzar con Starlink para conectar 6.000 establecimientos educativos rurales abrió una discusión que, presentada únicamente en dólares, parece sencilla: ¿por qué pagar alrededor de 160 dólares mensuales por una conexión si la empresa estatal ARSAT puede ofrecer un servicio por 60 o 70?

La diferencia es suficientemente grande como para encender las alarmas. A simple vista, Starlink costaría entre 2,3 y 2,7 veces más. Y el interrogante se vuelve todavía más relevante porque, después del período inicial contemplado por el programa, el sostenimiento de las conexiones terminará recayendo sobre provincias y municipios.

Pero la experiencia acumulada por Misiones con conectividad satelital obliga a incorporar otra pregunta antes de cerrar la ecuación: ¿se están comparando servicios equivalentes?

Francisco Arizaga, analista universitario en Sistemas de Información, consultor tecnológico independiente y conocedor de la infraestructura digital desarrollada en Misiones, a través de Marandú, sostiene que no. Su planteo no pasa por negar el valor estratégico de ARSAT ni por minimizar la discusión sobre la forma en que Nación estructuró el acuerdo con la compañía de Elon Musk. Al contrario: considera indispensables la transparencia, la competencia y la preservación de las capacidades tecnológicas argentinas.

El punto es otro. Para determinar cuánto cuesta realmente conectar una escuela no alcanza con comparar dos facturas mensuales. Hay que comparar qué recibe esa escuela por ese dinero, cuánto cuesta instalar el servicio, qué infraestructura adicional necesita, cuánto cuesta mantenerla y durante cuánto tiempo permanece efectivamente conectada.

Ahí comienza una discusión mucho más interesante que Starlink versus ARSAT.

El programa nacional prevé incorporar 6.000 kits de conectividad satelital de Starlink. La compañía aportaría equipos, accesorios, logística y los primeros 24 meses de servicio prioritario, mientras que el Fondo del Servicio Universal financiaría instalación, soporte, monitoreo y el tercer año.

La inversión conjunta rondaría los 22 millones de dólares: unos US$10 millones correspondientes al aporte de Starlink y aproximadamente US$12 millones provenientes del Fondo del Servicio Universal.

El interrogante aparece después.

Una vez terminado ese período, provincias y municipios adheridos deberían hacerse cargo de un servicio cuyo valor fue estimado en alrededor de US$160 mensuales por establecimiento.

ARSAT, en cambio, presta actualmente conexiones satelitales a escuelas rurales por aproximadamente US$60 a US$70 mensuales.

Tomando solamente esos números, la conclusión parece contundente.

A US$160 mensuales, sostener las 6.000 conexiones demandaría unos US$960.000 por mes y US$11,52 millones por año.

A US$60, la misma cantidad de conexiones representaría US$360.000 mensuales y US$4,32 millones anuales. Incluso tomando US$70, serían US$5,04 millones por año.

La brecha potencial, por lo tanto, oscila entre US$6,48 millones y US$7,2 millones anuales. Es mucho dinero.

Pero todavía no alcanza para determinar cuál sistema resulta económicamente más conveniente.

El dato que cambia la comparación: qué conexión recibe la escuela

El propio debate nacional introduce una diferencia tecnológica central. Las conexiones que actualmente presta ARSAT en algunos establecimientos rurales operan, según lo consignado en el artículo que disparó la discusión, con velocidades de entre 3 y 5 Mbps.

Arizaga plantea que una conexión satelital LEO (Low Earth Orbit u órbita terrestre baja) puede ofrecer prestaciones muy superiores, particularmente en velocidad y latencia. Y eso modifica radicalmente qué puede hacerse con la conexión.

No es una discusión menor.

Una conexión de pocos megabits puede resolver correo electrónico, mensajería, trámites administrativos y navegación relativamente básica. Pero una escuela conectada hoy necesita potencialmente videoconferencias, plataformas educativas, contenidos audiovisuales, almacenamiento en la nube, sistemas administrativos, aplicaciones interactivas y, cada vez más, herramientas vinculadas con inteligencia artificial.

La velocidad es solamente una variable. La otra es la latencia.

Los ARSAT-1 y ARSAT-2 son satélites geoestacionarios. Orbitan aproximadamente a 36.000 kilómetros sobre la Tierra. Starlink funciona mediante una constelación de satélites de órbita baja -LEO-, mucho más cercanos a la superficie terrestre.

Esa diferencia física reduce considerablemente el tiempo que tarda la información en viajar entre usuario, satélite y red terrestre.

Por eso Arizaga advierte que comparar ambos servicios exclusivamente por precio mensual equivale a comparar dos productos sin mirar sus prestaciones.

Para hacer una evaluación económica rigurosa habría que poner sobre la mesa velocidad efectiva, latencia, volumen de datos disponible, disponibilidad, instalación, mantenimiento, reparaciones, tiempos de reposición y monitoreo.

En telecomunicaciones, como en cualquier infraestructura, precio y costo no necesariamente son lo mismo.

Misiones ya hizo parte de ese experimento

Es precisamente ahí donde la discusión nacional encuentra en Misiones un caso particularmente interesante.

La provincia comenzó a incorporar Starlink después del desembarco oficial del servicio en Argentina en 2024 para resolver un problema muy concreto: establecimientos rurales y puntos remotos a los que llevar infraestructura terrestre podía resultar costoso, lento o directamente inviable en el corto plazo.

La ventaja inicial fue el tiempo.

Una terminal puede ponerse operativa rápidamente siempre que tenga alimentación eléctrica, una instalación adecuada y una visión suficientemente despejada del cielo. Eso reduce considerablemente la obra necesaria para conectar un punto aislado.Y el tiempo también tiene precio.

Si una escuela puede conectarse ahora mediante una terminal satelital o debe esperar meses -o años- hasta que una red terrestre llegue al lugar, la comparación económica debería incorporar el costo de esa espera.

Ese concepto es especialmente relevante para Misiones.

La dispersión de la población rural, la geografía, la vegetación, las distancias y el costo de extender infraestructura hacen que el último tramo de conectividad sea muchas veces el más caro.

La fibra óptica de Marandú continúa siendo la infraestructura deseable cuando existe escala y condiciones para desplegarla. Pero extender kilómetros de red exclusivamente para alcanzar un establecimiento aislado puede alterar completamente la ecuación económica.

Ahí el satélite deja de competir necesariamente contra la fibra. Puede transformarse en el puente hasta que la fibra llegue.

El costo invisible: mantener conectado lo que ya se conectó

Arizaga introduce otra variable que suele desaparecer de las comparaciones: el mantenimiento.

Instalar infraestructura es solamente el comienzo. Las soluciones satelitales geoestacionarias requieren una orientación precisa y una infraestructura correctamente mantenida. En un ambiente como el misionero, tormentas, humedad, vegetación, descargas eléctricas y condiciones climáticas intensas elevan las exigencias operativas.

Las terminales LEO tampoco son invulnerables. Necesitan protección eléctrica, cableado adecuado, soporte, espacio libre de obstáculos y una instalación profesional.

Pero su simplicidad operativa puede disminuir la necesidad de intervenciones técnicas.

Y mandar un técnico a una escuela situada a decenas de kilómetros de un centro urbano cuesta dinero.

Combustible, vehículo, horas de trabajo, equipamiento y tiempo fuera de servicio forman parte del costo real de una conexión, aunque ninguno aparezca en la factura mensual del proveedor.

La experiencia misionera aporta incluso un dato práctico.

Arizaga recuerda que, durante el despliegue provincial, de Marandú dos terminales sufrieron inconvenientes: una asociada a un evento atmosférico y otra a un problema eléctrico durante la instalación. Según relata, Starlink reemplazó los equipos sin costo al tratarse de un proyecto educativo.

No significa que esa política comercial vaya a mantenerse indefinidamente. Pero sirve para mostrar por qué la comparación económica necesita contemplar también garantías, reposiciones y soporte.

ECONOMIS | EL COSTO DE LA CONECTIVIDAD

¿Cuánto costaría sostener 6.000 escuelas conectadas?

Proyección del gasto acumulado si los abonos se mantuvieran constantes en US$160, US$70 y US$60 mensuales por establecimiento.

Abono por escuela 1 año 3 años 5 años 10 años
US$160/mes
Valor atribuido a Starlink
US$11,52 M US$34,56 M US$57,60 M US$115,20 M
US$70/mes
Banda superior del valor atribuido a ARSAT
US$5,04 M US$15,12 M US$25,20 M US$50,40 M
US$60/mes
Banda inferior del valor atribuido a ARSAT
US$4,32 M US$12,96 M US$21,60 M US$43,20 M
LA BRECHA EN 10 AÑOS
US$64,8 M a US$72 M
Es la diferencia acumulada entre pagar US$160 mensuales y un abono de US$70 o US$60 por cada una de las 6.000 conexiones.
Starlink | US$160
US$960.000
por mes para 6.000 escuelas
ARSAT | US$70
US$420.000
por mes para 6.000 escuelas
ARSAT | US$60
US$360.000
por mes para 6.000 escuelas

Nota metodológica: cálculo teórico de Economis sobre 6.000 establecimientos y abonos mensuales constantes. No contempla inflación, variaciones futuras de tarifas, instalación, equipamiento, mantenimiento, reparaciones ni diferencias de velocidad, latencia, capacidad o calidad del servicio. Por lo tanto, compara gasto en abonos y no costo total de propiedad (TCO).

Misiones encontró además otra forma de comprar conectividad

Hay otra diferencia importante entre la discusión nacional y la experiencia provincial.

Según explica Arizaga, Misiones avanzó este año en un convenio con Telespazio, proveedor internacional de servicios vinculados con Starlink, para mejorar las condiciones económicas de la conectividad utilizada por el sistema educativo.

Una de las particularidades es que las terminales no necesariamente deben adquirirse como un activo definitivo: pueden entregarse bajo un esquema de comodato.

Eso modifica nuevamente la ecuación.

Comprar un equipo implica inversión inicial, amortización, reposición y riesgo de obsolescencia. Un esquema de servicio o comodato puede trasladar parte de esos riesgos al proveedor.

Por eso la comparación nacional debería incorporar no solamente el precio del abono, sino también quién es propietario del equipamiento, quién paga cuando se rompe y quién absorbe su obsolescencia tecnológica.

Arizaga encuentra, sin embargo, una debilidad importante en el diseño nacional.

No cuestiona que Nación aproveche 6.000 terminales para conectar escuelas. Cuestiona que las provincias no tengan un papel central en la definición de dónde deben instalarse.

Ese detalle puede determinar buena parte de la eficiencia económica del programa.

Misiones ya desplegó soluciones propias en establecimientos rurales. Si Nación utiliza exclusivamente su mapa histórico de escuelas sin conectividad o con viejas instalaciones de ARSAT, existe el riesgo de enviar equipamiento a lugares donde la provincia ya solucionó el problema. El resultado sería una duplicación de infraestructura.

“Lo que tenés que reclamar a Nación es que te incluyan en la decisión de dónde instalarla”, sintetiza Arizaga.

Para Misiones, recibir terminales del programa nacional permitiría además liberar recursos provinciales: si Nación conecta una escuela que actualmente paga la Provincia, esa conectividad puede trasladarse hacia otro establecimiento todavía sin servicio.

Es una lógica de reasignación de recursos que podría multiplicar el efecto de las mismas inversiones.

Una antena, tres servicios

La experiencia misionera introduce incluso una lógica territorial diferente.

En algunos lugares, explica Arizaga, la conectividad fue pensada alrededor de un núcleo.

Ese núcleo podía ser una escuela, un centro de salud o una dependencia policial. Desde allí podía analizarse cómo extender o compartir infraestructura hacia otros servicios públicos cercanos, evitando la irracionalidad de colocar tres soluciones independientes a pocos metros unas de otras.

La unidad económica deja de ser “una antena por escuela”. Pasa a ser un punto de conectividad por comunidad.

En territorios rurales dispersos, esa lógica puede mejorar sustancialmente el retorno social de cada dólar invertido.

Una conexión deja de financiar solamente educación y puede transformarse en infraestructura para educación, salud, seguridad y administración pública.

Ese es probablemente uno de los aprendizajes más relevantes que Misiones podría aportar al diseño nacional.

ARSAT: el precio de la soberanía y el costo de no invertir

Nada de esto elimina la discusión sobre ARSAT. Argentina construyó durante décadas capacidades satelitales propias. ARSAT-1, lanzado en 2014, y ARSAT-2, en 2015, representan infraestructura, posiciones orbitales, ingeniería, conocimiento y autonomía tecnológica.

Para Arizaga, preservar esa capacidad es estratégico. Pero existe un problema temporal.

La próxima generación, representada por el proyecto ARSAT-SG1, debería ampliar sustancialmente la capacidad mediante un satélite geoestacionario de alto rendimiento en banda Ka. Sin embargo, los plazos mencionados por Arizaga ubican su lanzamiento hacia fines de 2028 y el inicio de servicios comerciales durante 2029.

Y ahí aparece el dilema de política pública.

¿Debe una escuela sin Internet esperar a que Argentina tenga disponible su próxima generación satelital?

Para Arizaga, la respuesta es no.

El desarrollo soberano puede continuar mientras se utilizan soluciones disponibles para resolver necesidades inmediatas. Eso tampoco convierte al modelo de Starlink en inocuo.

Existe un riesgo estratégico evidente cuando una infraestructura pública esencial depende de una compañía privada extranjera.

Arizaga utiliza el caso de Ucrania para ilustrar hasta dónde puede llegar esa dependencia: una red técnicamente extraordinaria sigue siendo una infraestructura administrada por un tercero que conserva capacidad sobre su funcionamiento.

Para una escuela rural argentina la situación es incomparable con un conflicto militar, pero el principio tecnológico permanece. Quien controla la infraestructura posee poder.

Por eso el debate sobre soberanía no desaparece con las constelaciones LEO. Se vuelve más complejo.

El desafío es evitar que resolver rápidamente una brecha de conectividad genere una nueva dependencia estructural.

Y allí aparece uno de los puntos débiles del programa nacional: qué ocurrirá después de los primeros tres años y bajo qué condiciones económicas podrán continuar las escuelas conectadas.

Si toda la infraestructura queda atada a un único proveedor, la capacidad negociadora del Estado puede disminuir justamente cuando termina el período promocional.

Ni Starlink ni ARSAT: competencia

La alternativa que plantea Arizaga es mucho más ambiciosa que elegir una empresa. Propone que Argentina piense una política nacional de conectividad rural basada en distintas tecnologías y distintos proveedores.

Starlink hoy. Amazon Leo a medida que despliegue su constelación. Qianfan/SpaceSail desde China. ARSAT donde resulte competitivo. Fibra óptica siempre que económicamente tenga sentido. Radioenlaces y redes móviles donde sean la solución más eficiente.

El principio económico sería sencillo: el Estado define el servicio que necesita y los proveedores compiten por ofrecerlo.

No se licita una tecnología, sino un resultado. Velocidad mínima, latencia máxima, disponibilidad, volumen de datos, tiempos de reparación, costo total, soporte y condiciones de salida.

Eso permitiría evitar dos extremos: sostener una tecnología solamente porque es nacional aunque exista una alternativa considerablemente más eficiente, o entregar toda la infraestructura pública a una multinacional simplemente porque hoy posee la tecnología más avanzada.

Satélite ahora, fibra después

La propuesta tiene una segunda pata todavía más interesante para Misiones.

Arizaga imagina las constelaciones LEO como una solución de última milla inmediata, no necesariamente permanente.

Nación podría garantizar conectividad satelital a los lugares que hoy están fuera de las redes terrestres. Las provincias, mientras tanto, continuarían expandiendo fibra óptica y otras infraestructuras.

Cuando la fibra llega a una comunidad, la terminal satelital se retira. Y se traslada al siguiente punto desconectado. De esa manera, el satélite no reemplaza la construcción de infraestructura. La acelera.

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IA en las aulas: “Formar estudiantes que no sean usuarios pasivos sino críticos”, explica Ramiro Aranda

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Misiones dio un paso más en su modelo de educación disruptiva. Con una ley impulsada por Carlos Rovira, se incorpora  la Inteligencia Artificial al modelo pedagógico. Pero con el foco puesto en la “humanización” y la tecnología como aliada clave del aprendizaje. La IA se irá incorporando de forma progresiva en todos los niveles y modalidades del sistema educativo público y privado. ¿Qué significa humanizar la Inteligencia Artificial? 

“Primero, es importante remarcar que la inteligencia artificial ya está entre nosotros desde hace tiempo. Solo que, al no ponerle nombre y apellido, muchas veces no somos conscientes de que la estamos utilizando. Desde asistentes virtuales hasta filtros en redes sociales, usamos inteligencia artificial todos los días. Lo que Misiones ha hecho ahora, y es pionera a nivel nacional, es sancionar la primera ley que regula su integración en los procesos de aprendizaje. Esto nos da un marco normativo claro. A diferencia del plano nacional, donde existe un observatorio pero no una legislación, nosotros ya dimos ese paso”, explica el ministro de Educación, Ramiro Aranda.

“Esta ley nos permite nombrar las cosas por su nombre, reconocer las tecnologías como parte constitutiva de la sociedad, y, a partir de ese reconocimiento, impulsar un uso responsable y ético. Hablamos de comprender los dispositivos, su potencial, pero también sus riesgos. El objetivo es formar a estudiantes, docentes y familias para que sepan cómo utilizar estas herramientas de manera consciente, con foco en el ser humano, que es el centro de esta ley”, remarcó.

¿Qué significa concretamente esto en el aula? ¿En qué cambia el modelo educativo?

Los chicos ya acceden a inteligencia artificial con el simple uso de un celular. Lo que buscamos es acompañarlos desde la escuela, formarlos para que no sean usuarios pasivos sino críticos. Y eso implica capacitar a los docentes, acercarles herramientas para que sepan utilizar también la inteligencia artificial generativa, que crea contenido nuevo. Ahí aparece la dimensión ética: ¿para qué lo estoy generando?, ¿con qué propósito? Eso es central. Misiones tiene una trayectoria de innovación educativa. Fuimos los primeros en implementar una ley de educación disruptiva, los primeros en llevar conexiones satelitales a las zonas más remotas, y ahora somos los primeros en legislar el uso de inteligencia artificial en educación.

Alejandro Piscitelli decía que no hay que enseñar tecnología a los chicos, porque ellos aprenden más rápido que nosotros. Que lo importante es enseñarles el “para qué”. ¿Coincide?

Totalmente. Promover la tecnología no implica olvidarse de los valores. La clave está en formar comunidades que acompañen los procesos que empiezan en la escuela y se continúan en la familia. Si un chico recibe formación ética en la escuela, pero luego en su casa tiene un uso irrestricto de los dispositivos, sin control ni reflexión, entonces el proceso queda trunco. Hay que formar a toda la comunidad: docentes, estudiantes y familias. Porque los valores que hoy necesitamos no son los mismos que hace 30 años, aunque mantengan su raíz. La concordia, la empatía, la solidaridad siguen siendo fundamentales, pero deben ser leídas desde una sociedad hiperconectada.

¿Cómo se traduce eso en la práctica cotidiana? ¿Dónde se ve ese cambio?

Pensemos en algo tan sencillo como hablar mal de alguien. Antes implicaba enfrentar a esa persona cara a cara. Hoy alcanza con un tuit, una historia, un mensaje. Cambió el canal, pero no el dilema ético. Por eso es vital enseñar que los valores permanecen, pero las formas en que se expresan cambian. Hay quienes creen que la inteligencia artificial reemplazará al ser humano, y eso no es cierto. La IA se alimenta de lo que producimos como sociedad. Es una base de datos, ni más ni menos. Incluso la IA generativa, que produce nuevos contenidos, lo hace a partir de lo que las personas cargamos en la red. Si un libro no está digitalizado, no existirá para la IA. Por eso, educar implica también explicar estos mecanismos y dar herramientas para entender qué es real, qué es generado, qué es ético y qué no.

¿Y cómo ve a las nuevas generaciones frente a estos dilemas?

Mirá, muchos adultos creemos que los jóvenes no comprenden el impacto de lo que publican, pero yo lo veo al revés. Creo que muchas veces los adultos somos quienes no dimensionamos las implicancias de nuestras acciones digitales. Veo chicos con más empatía que muchos mayores. Y esto lo discuto con quienes sostienen la idea de la “generación de cristal”. Yo fui joven en los años 90 y recuerdo niveles de violencia que hoy no vemos. Hoy, cuando ocurre una pelea entre jóvenes, es noticia porque ya no es lo común. Antes lo era. Veo una juventud más consciente, más respetuosa, que comprende mucho mejor el simbolismo de las palabras, de las imágenes, de lo que se dice y se publica.

¿Cuál es entonces el rol de la escuela hoy, más allá del contenido?

La escuela tiene que ser el lugar donde se resignifican los valores para esta nueva era. Pero no lo puede hacer sola. Necesita el acompañamiento de las familias. Yo aprendo mucho de mi hija. Y muchos padres estamos aprendiendo sobre la marcha, porque crecimos en un mundo sin celulares, sin redes, sin inteligencia artificial. Por eso, insisto, es clave formar en valores desde el contexto de hoy. Entender que lo importante no es limitar, sino enseñar a decidir, a reflexionar, a empatizar.

Uno de los avances también fue la conectividad en zonas rurales. ¿Qué impacto tuvo esa política pública y cómo lo ven otras provincias?

Misiones tiene hoy el 95% de sus estudiantes con acceso a internet en las escuelas. Y ese 5% restante corresponde a zonas geográficamente muy complejas. Por eso desarrollamos un plan de conectividad satelital que cumplió un año en abril. Fuimos la primera provincia en implementarlo. Hoy, otras provincias lo están replicando. Estamos empezando a trabajar también con la tecnología satelital de Amazon, que permitirá cubrir más instituciones rurales. La inversión fue 100% provincial. No solo es conectividad, es equidad. Porque sin conectividad no hay acceso real al conocimiento, a las oportunidades.

La otra cara de la conectividad es el riesgo. ¿Cómo se aborda el grooming en las escuelas?

Ese es un tema que nos ocupa profundamente. Misiones tiene un convenio con Grooming Argentina, con quienes trabajamos en capacitaciones a funcionarios, docentes y estudiantes. Además, desarrollamos la primera guía de ciberdelito que se aplica en las escuelas. Pero esto no es solo tarea del sistema educativo. Las familias tienen un rol central. La escuela es el lugar más seguro para usar internet, porque hay filtros, hay docentes presentes. Pero después está la casa, la plaza, la calle. Y ahí muchas veces hay un uso irrestricto, sin límites. Los chicos no deberían dormir con el celular bajo la almohada. Hay que establecer rutinas saludables, dar el ejemplo. Porque el grooming no es un problema virtual, es un delito real que ocurre en entornos digitales. Por eso también creamos en Misiones la primera fiscalía de ciberdelito del país. Le ponemos nombre y apellido a los problemas para poder abordarlos como sociedad.

Con estos avances ¿cuál es el horizonte de la política educativa de Misiones?

Formar en valores, en un mundo hiperconectado, es el gran desafío. Y para eso necesitamos a todos: docentes, estudiantes, familias, medios, comunidad. La innovación no es solo tecnológica, es humana. Porque la mejor herramienta que puede tener un estudiante no es una app, es la capacidad de discernir, de elegir, de respetar. Eso es lo que nos proponemos cada día en las aulas de Misiones. Y eso es lo que nos hace estar a la vanguardia.

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