INVENÓMICA

La Argentina: posibilidades y oportunidades por venir

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Por Pablo Besmedrisnik* y Slomit Milchiker*La oportunidad del contexto mundial

El mundo atraviesa un pico abundancia de dinero. La liquidez es evidente por lo menos hasta ahora, y está explicada por políticas monetarias y fiscales expansivas de Estados que estuvieron dispuestos a sacrificar la salud de sus cuentas públicas y comerciales, con tal de sostener el crecimiento de la demanda agregada y recuperar el terreno perdido por efecto de la pandemia.

En 2020 la liquidez global aumentó por cuarto año consecutivo a tasas crecientes, expandiéndose un 5,7% en el último año. Se configuró un escenario internacional interesante para que tanto Estados de países emergentes como actores privados puedan aprovechar un financiamiento copioso y barato, para capear las dificultades sanitarias, apuntalar la recuperación y sentar las bases parar un crecimiento robusto.

*En base a un relevamiento que realiza el Banco Internacional de Pagos. Considera la evolución anual de la suma de los activos bancarios transfronterizos denominados en todas las monedas más activos bancarios locales denominados en moneda extranjera.

La Argentina desaprovechó la abundancia de liquidez global

El crédito abundante encontró a la Argentina como casi siempre desde 2001, cuando se derrumbó por inconsistente la convertibilidad del Peso: fuera del mercado internacional de créditos.

Es cierto que las variables macroeconómicas globales beneficiaron a la Argentina vía el aumento del precio de los alimentos, proveyéndole dólares extras y alivio fiscal. Pero la comercial es solo una vía por medio de la cual se pueden capturar los beneficios circunstanciales del contexto. Probablemente la Argentina termine de transitar unos de los períodos recientes de mayor liquidez internacional sin solucionar su carácter de incumplidor serial en el concierto financiero internacional. Y esto se aprecia en el riesgo país, medida instantánea del nivel de confiabilidad sobre una economía, que fue en el caso argentino a lo largo del tiempo persistentemente más alto que el resto del mundo y de América Latina.

Más aún, hoy se profundiza la idea de que la Argentina es un “outlier”. La calificación de “inclasificable” que le hace el MSCI (Morgan Stanley Capital International) a la Argentina no es más que una muestra, más explícita y cruel que lo acostumbrado, de la consideración que tienen sobre el país y sus empresas las fuentes de financiamiento globales. La Argentina con la estampilla de “stand alone”, brinda una descripción del lugar que ocupa en la economía global, es una excepción en un mundo que en general crece y que busca financiar genuinamente ese crecimiento.

Las leves presiones inflacionarias están aflorando en el mundo desarrollado y se están apreciando indicios de fuerte recuperación del nivel de actividad. En la medida que eso se consolide, la etapa de abundancia de dinero, bajas tasas de interés y altos precios relativos de los commodities, será cuestión del pasado. La Argentina no aprovechó el contexto. Se recuperará más lento que casi todos los países del mundo.  La post-pandemia encontrará a la Argentina más chica y más pobre, y más lejos aún del promedio mundial.

¿Qué debe hacer la Argentina para potenciarse y aprovechar nuevas oportunidades?

Para abordar esta cuestión se puede tomar como ejemplo a la inflación, tan sólo uno de los inconvenientes que azota a la sociedad argentina, pero quizás el más evidente, la muestra clara y precisa de que la Argentina no aborda con decisión sus problemas y por lo tanto no encuentra soluciones.

La inflación es una enfermedad de larga data que tuvo su pausa a principios de los 90 sólo para tomar nuevo impulso. Es un problema que sufrían infinidad de países importantes hace 40 años y casi todos lo enfrentaron y lo solucionaron. Hoy menos de una decena de países en el mundo han promediado una tasa de inflación anual superior al 20% durante la última década, entre los que están Venezuela, Irán, Siria y la Argentina.

La inflación es un ejemplo potente porque afecta a la distribución del ingreso y a la pobreza, altera negativamente las decisiones de inversión, exacerba la volatilidad macroeconómica y siempre genera el espacio para engendrar una nueva crisis. Es un analgésico letal, porque permite disimular falencias y desequilibrios, eludir soluciones de fondo y convivir eternamente con problemas estructurales. Es un síntoma que emerge de los desequilibrios macroeconómicos (esencialmente monetarios y fiscales), y pretender encontrarle recurrentemente soluciones a partir de controles de precios y de un Estado gendarme, no es ni más ni menos que eludir el problema, un síntoma de procrastinación, la postergación indefinida de acciones que indefectiblemente hay que tomar y situaciones que necesariamente hay atender, reemplazándolas por gestiones irrelevantes, más fáciles y menos comprometedoras. La Argentina toma el rol de un adolecente que aplaza una labor u obligación desconociendo que el precio a pagar terminará siendo mayor en el futuro.

La existencia de una inflación alta y persistente es una muestra evidente de la falta de coraje de la dirigencia (y de su sociedad) para enfrentar sus dificultades, porque es un problema evidente, potente y dramático. Y porque es una situación compleja que la amplísima mayoría de los países del mundo afrontaron y arreglaron, y la Argentina es la excepción.

La Argentina debe construir un liderazgo y consensos necesarios para solucionar sus problemas estructurales, evitando la procrastinación, el “jueguito para la tribuna”. De una vez por todas, entre toda la dirigencia debe consensuarse una agenda que priorice la maduración de los ciclos económicos frente a los tiempos electorales, el rédito duradero y social antes que el inmediato y personal, el largo plazo frente al corto plazo.

En momentos en los cuales el país se adentra en un proceso electoral, los dirigentes deberían co-crear espacios y agendas comunes con soluciones concretas para los problemas estructurales, evitando dogmatismos, discusiones inconducentes y políticas del tipo placebo. El país necesita rediseñarse para explotar sus cualidades y estar listo para aprovechar las nuevas oportunidades, que siempre están y hay que acompañarlas para que emerjan.

Pablo Besmedrisnik* – Economista – Director – Invenómica

Slomit Milchiker* – Economista – Directora – VDC Consultora

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Covid-19: Tragedia y oportunidad del Capital Humano argentino

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Por Pablo Besmedrisnik y Slomit Milchiker de Invenómica – La pandemia generó un impacto notable en la salud y en la economía de los argentinos, un golpe letal que se aprecia de forma instantánea en las estadísticas de muertes y en el nivel de actividad. Sin embargo, hay una tragedia que se está gestando pero que sus efectos se apreciarán sólo en el mediano y largo plazo: la degradación del principal activo de la Argentina, su capital humano.

Un año entero sin clases presenciales, y la perspectiva incierta sobre su reinicio en el 2021, no será gratis para el entramado social y productivo argentino. Esta realidad terminará lesionando con fuerza la competitividad y el crecimiento futuro de la economía, afectará los indicadores sociales y empeorará notablemente la distribución del ingreso.

Parte de las instituciones educativas y sus estudiantes han logrado transitar de forma acelerada la curva de aprendizaje, fueron exitosos en implementar herramientas para el estudio de forma remota, y compensaron en buena parte los huecos de una enseñanza sin contacto personal. De hecho, muchos alumnos han disfrutado de recursos y profesores de elite inaccesibles en momentos pre pandemia. Por otro lado, la necesidad hizo que muchas escuelas hayan dado un salto tecnológico y metodológico inédito y un viraje en el rol docente, que hubieran llevado décadas en un contexto normal. Se ha dado un avance complejo e irreversible, que cambió la educación y conmueve muchos de los paradigmas hasta ahora incuestionables, incluyendo el concepto de la presencialidad permanente.

Sin embargo, las instituciones que son el sostén educativo de los sectores económicos más apremiados no tuvieron esa posibilidad.

La oferta educativa, principalmente la enfocada en estudiantes de bajos ingresos, no estaba preparada para enfrentar semejante cambio profundo e intempestivo.  La demanda de esa educación, los estudiantes, mucho menos.

Si consideramos el estrato poblacional del 20% con menores ingresos, se descubre que no hay posibilidad fáctica de que exista un proceso de aprendizaje exitoso y masivo: solo el 25% de los estudiantes argentinos de ese quintil de ingresos inferiores tiene acceso al menos a una computadora; poco más del 30% tiene un escritorio; y menos del 60% tiene un espacio físico para estudiar en su hogar[1]. No hay infraestructura educativa para sostener la enseñanza virtual para los alumnos menos favorecidos económicamente.

A la falta de un acceso pleno a las herramientas básicas para mantener un cursado razonable, se le agregan otros factores que complejizan aún más la situación: la escasez de recursos y de gimnasia para la educación remota (aun cuando el sistema educativo ha hecho un esfuerzo enorme), el stress familiar y la inseguridad económica. Tampoco se puede soslayar el rol que cumplían las escuelas públicas como proveedoras de contención y alimentación a los sectores sociales más castigados, que dejaron de atender y que servía como incentivo para alentar la asistencia y el empeño escolar.

Estos largos meses sin la posibilidad de contar con una educación integral dejarán secuelas fuertes en los futuros ciudadanos mayores de edad, trabajadores y profesionales. La velocidad con la que cambian las necesidades del mercado laboral y el requisito de flexibilidad mental y capacidad de adaptación, son características salientes del siglo XXI. Para que los niños puedan incorporar esas habilidades es ineludible una alfabetización plena, el desarrollo de un razonamiento lógico y la incorporación de las nuevas tecnologías, y esto se logra únicamente en el marco de una educación completa, sin baches.

Los niños que no se alfabeticen plenamente y que no incorporen habilidades mínimas de razonamiento y tecnológicas estarán fuera del mercado laboral de valor agregado en serio. Para ir al extremo, nadie puede programar en Phyton o en Java si no lee correctamente o no razona con destreza. Por ejemplo, por más que la economía del conocimiento atraviese un presente soñado, no tendrá el futuro que se merece si antes no se remedian los efectos directos e indirectos de la falta de escolaridad corriente.

Desaprovechar la riqueza y la capacidad de aprendizaje de los niños de hoy, no es ni más ni menos que una descapitalización fortísima de la Argentina, es limitar el potencial de desarrollo, es relegarse a ser un país más básico y precario. Y un año de virtual blackout educativo para una franja importantísima de la sociedad es demasiado.

Y claro, no se trata solo de crecimiento, sino de una situación que terminará afectando socialmente a los estratos que quedaron marginados de la educación. Un año sin estudios para los grupos más desfavorecidos dificultará con creces cualquier posibilidad de salir de la trampa de la pobreza. Y potenciará la desigualdad social, otro activo notable que hace tiempo estamos perdiendo. Hoy el 20% más rico de la sociedad (el que perdió muy poco de escolaridad en 2020), tiene un ingreso mensual de casi 7 veces el del 20% más pobre (el que no tiene las herramientas para estudiar desde su casa).

La Argentina no se puede permitir iniciar otro ciclo lectivo con restricciones educativas extremas. Tampoco puede recomenzarse la educación sin considerar los grandes cambios y avances que se registraron. Se deben ultimar los esfuerzos de todos los actores (gobierno, docentes, padres y alumnos) hoy, para que el inicio de clase en condiciones óptimas sea una prioridad, pero también potenciando las bondades tecnológicas y metodológicas que sin querer está dejando la pandemia. Y no se trata de volver a la normalidad, sino de recuperar el terreno perdido, adaptarse y democratizar los avances registrados. Se trata de que todos los protagonistas realicen un esfuerzo extra para evitar condicionar el estilo de vida futuro de los sectores más postergados y la salud económica de largo plazo de la Argentina.

[1] Se tomaron los datos citados en Unicef – PNUD LAC C19 PDS No. 20 – Sandra García Jaramillo (2020): «COVID-19 y educación primaria y secundaria: repercusiones de la crisis e implicaciones de política pública para América Latina y el Caribe».  Esta fuente utiliza información estadística de las pruebas PISA del año 2018. Si bien las pruebas PISA están enfocadas en alumnos de nivel secundario de 15 años, se supone que son extrapolables a toda la población educativa.

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