JUAN RUBEN MARTINEZ

Convivencia sin violencia ni grietas

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En este domingo celebramos a la Santísima Trinidad. Si hay algo esencial de nuestra fe como cristianos es creer que Dios es Padre, Hijo y Espíritu Santo. Creemos en la Trinidad por la Revelación que Jesucristo el señor realizó y que tenemos en los textos de la Palabra de Dios. El texto bíblico de este domingo (Jn 16,12-15) nos ayuda a profundizar la Revelación trinitaria hecha por Jesucristo del Padre y del Espíritu Santo: «Cuando venga el Espíritu de la Verdad, él los introducirá en toda la verdad, porque no hablará por sí mismo, sino que dirá lo que ha oído y les anunciará lo que irá sucediendo. El me glorificará, porque recibirá de lo mío y se lo anunciará a ustedes».

Es importante que comprendamos la significación que tiene para nuestra vida esta verdad que confesamos los cristianos. Nuestra época va relativizando todo, y a veces, hasta los revelado por Jesucristo. Algunos dirán que reflexionar sobre esto de la Trinidad no tiene ninguna importancia ni implicancia en la realidad. Y, sin embargo, la confesión en el Dios Uno y Trino no es accidental a la fe y tiene consecuencias bien concretas en nuestra espiritualidad, en la manera de vivir y de concebir el mundo. Nos ilumina en nuestros días donde las grietas y divisiones hacen tanto daño a nuestra Patria. En la vida de la comunidad eclesial necesitamos profundizar sobre la dimensión comunitaria y social de la fe. El diálogo y la comunión en la diversidad es un instrumento fundamental de la convivencia humana, social y política.

El texto de Aparecida nos puede ayudar a ahondar el tema de la comunión eclesial desde el misterio central de la fe que es la Trinidad: «Los discípulos de Jesús están llamados a vivir en comunión con el Padre y con su Hijo muerto y resucitado, en la comunión en el Espíritu Santo. El misterio de la Trinidad es la fuente, el modelo y la meta del misterio de la Iglesia: Un pueblo reunido por la unidad del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, llamado en Cristo como un sacramento, o signo e instrumento de la íntima unión con Dios y de la unidad de todo el género humano. La comunión de los fieles y de las Iglesias Particulares en el Pueblo de Dios se sustenta en la comunión con la Trinidad. La vocación al discipulado misionero es con-vocación a la comunión en su Iglesia. No hay discipulado sin comunión. Ante la tentación, muy presente en la cultura actual, de ser cristianos sin Iglesia y las nuevas búsquedas espirituales individualistas, afirmamos que la fe en Jesucristo nos llegó a través de la comunidad eclesial y ella nos da una familia, la familia universal de Dios en la Iglesia Católica. La fe nos libera del aislamiento del yo, porque nos lleva a la comunión. Esto significa que una dimensión constitutiva del acontecimiento cristiano es la pertenencia a una comunidad concreta, en la que podamos vivir una experiencia permanente de discipulado y de comunión con los sucesores de los Apóstoles y con el Papa.

La Iglesia, como comunidad de amor, está llamada a reflejar la gloria del amor de Dios que, es comunión, y así atraer a las personas y a los pueblos hacia Cristo. En el ejercicio de la unidad querida por Jesús, los hombres y mujeres de nuestro tiempo se sienten convocados y recorren la hermosa aventura de la fe. Que también ellos vivan unidos a nosotros para que el mundo crea. La Iglesia crece no por proselitismo sino por ‘atracción’: como Cristo ‘atrae todo a sí’ con la fuerza de su amor. La Iglesia “atrae” cuando vive en comunión, pues los discípulos de Jesús serán reconocidos si se aman los unos a los otros como Él nos amó» (DA 155-156-159)

En nuestra querida Patria vivimos un tiempo fundamental en el camino de la democracia en un año electoral. Debemos señalar con dolor el escándalo de las divisiones y grietas, odios, estrategias totalmente vaciadas de ideales y valores, y posicionamientos sin ninguna responsabilidad ciudadana. Debemos denunciar también la mediocridad, y plantear la necesidad del aporte cristiano y de la gente de recta conciencia que se preocupe por priorizar el bien común por encima del triste escenario del mero posicionamiento de poder. Esto será clave para que podamos pensar en una Argentina con esperanza. Desde este domingo en que celebramos la Trinidad, Dios Uno y Trino que es Amor, tenemos que plantearnos con seriedad la convivencia eclesial y social para que el diálogo que nos ayuda a hacer propuestas superadoras de las clásicas coyunturas y el respeto a la dignidad humana sean claves del futuro en nuestra Patria.

Un saludo cercano y hasta el próximo domingo.

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Miles de catequistas en servicio

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Carta de monseñor Juan Rubén Martínez, obispo de Posadas, para el 21° domingo durante el año [26 de agosto de 2018]
En la parroquia Inmaculada Concepción de Posadas, este domingo se está realizando el encuentro Diocesano de catequistas. Desde hace algún tiempo en consonancia con el Documento de Aparecida y las «Orientaciones Pastorales» de nuestro 1º Sínodo Diocesano en el 2007, estaremos revisando y buscando caminos de evangelización adecuados a nuestra época. La dimensión misionera, nuestras comunidades y pueblos, nuestros jóvenes, sobre todo los más necesitados y víctimas de la pobreza y las adicciones son aquellos a quienes queremos considerar en nuestro corazón pastoral. En la catequesis continuamos nuestro camino de revisión para la iniciación de la vida cristiana, los contenidos y métodos de la transmisión de la fe en nuestra diócesis.
Como observación necesaria tenemos que afirmar que nuestro pueblo realmente tiene una gran religiosidad, pero esta no siempre es suficientemente cristiana, y por lo tanto debemos buscar caminos para evangelizarla. En el documento de la Conferencia Episcopal Argentina, «Navega mar adentro» se señala la necesidad de evangelizar «la búsqueda de Dios». Si bien «el secularismo actual concibe la vida humana, personal y social, al margen de Dios y se constata incluso una creciente indiferencia religiosa. No obstante, se percibe una difusa exigencia de espiritualidad que requiere canales adecuados para promover el auténtico encuentro con Dios» (Cfr. NMA  29)
El texto del Evangelio de este domingo (Jn 6,60-69), puede ayudarnos a entender que no todos los caminos promueven un auténtico encuentro con Dios. Es más, a muchos les cuesta comprender la fe que Jesucristo nos enseña. El texto de San Juan, capítulo 6, se sitúa al final de una larga enseñanza del Señor sobre el pan de vida: «Yo Soy el pan de vida bajado del cielo. El que coma de este pan, vivirá para siempre. Y el pan, que yo daré es mi carne. Yo la doy para la vida del mundo». Esto escandalizó a muchos de sus discípulos que lo abandonaron porque decían «esta doctrina es inadmisible». Jesús les preguntó a los Doce: ¿ustedes también me van a abandonar?, y Pedro tomando la iniciativa, le dijo a Jesús: «Señor ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna».
Todos debemos sentir la necesidad de asumir este camino de discipulado o de formación permanente. Debemos agradecer que nuestra gente tenga una fuerte religiosidad y deseos de búsqueda de Dios. Pero es cierto que la religiosidad si no asume un camino de maduración en la fe puede quedar anclada en meras devociones, promesas de un mundo feliz, «ligth», que solo son burbujas engañosas, o bien rituales vaciados de compromisos con la vida y con el riesgo de generar desequilibrios afectivos y psicológicos. La fe que nos enseña Cristo, como nos lo dice el texto bíblico de este domingo es una enseñanza y un camino exigente. La fe para los cristianos está ligada al misterio de la Encarnación y de la Pascua. Entre las tantas propuestas religiosas podemos percibir que no son un camino adecuado para un auténtico encuentro con Dios, aquello que nos señala el documento Navega mar adentro: «Además, existen grupos pseudorreligiosos y programas televisivos que proponen una religión diluida, sin trascendencia, hecha a la medida de cada uno, fuertemente orientada a la búsqueda de bienestar y sin experiencia de que significa adorar a Dios. Ocurre, por lo general, que, sorprendidos en su buena fe, y poco formados por la Iglesia, algunos cristianos entran en círculos difíciles de abandonar cuando la desilusión o la mentira quedan en evidencia» (NMA 31).
Lamentablemente no temen manipular la religiosidad genuina utilizando para su promoción, o venta del producto, a personas ejemplares como la Madre Teresa de Calcuta o el Papa san Juan Pablo II, de quienes no dicen que ellos estaban convencidos y amaban a Jesucristo y a su Iglesia, y que se oponían a posturas donde todo se mezcla, «la biblia y el calefón», «la encarnación y la reencarnación».
La maduración en la fe nos enseña a actuar con responsabilidad con ese don de Dios y buscar caminos para formarnos, a orar, a asumir valores como la justicia, la libertad, la paz, la solidaridad. Sobre todo, a vivir el misterio Pascual y la fe eclesial, de tal manera que tengamos una espiritualidad que nos permita ser cristianos en la vida cotidiana. Es importante recordar que la fe que no se encarna en la vida, termina siendo una religiosidad vacía y superficial. Lamentablemente estas formas de religiosidad terminan siendo la antesala del secularismo, o provocando la indiferencia de la fe.
¡Un saludo cercano y hasta el próximo domingo! Mons. Juan Rubén Martínez, obispo de Posadas

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Secularismo: Exclusión de Dios y de los pobres

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Carta de monseñor Juan Rubén Martínez, obispo de Posadas, para la Solemnidad de la Santísima Trinidad [27 de mayo de 2018]
En este domingo celebramos a la Santísima Trinidad. Si hay algo esencial de nuestra fe como cristianos es creer que Dios es Padre, Hijo y Espíritu Santo. Creemos en la Trinidad y en la revelación que Jesucristo realizó y que leemos en los textos de la Palabra de Dios.
Es importante que comprendamos la significación que tiene para nuestra vida esta verdad que confesamos los cristianos. Nuestra época que acentúa solamente temas circunstanciales, a veces sensacionalistas y, en general, pasajeros, omite las cuestiones importantes y que son claves para comprender el sentido profundo de la vida. Se desinteresan por temas como la revelación que el mismo Jesucristo ha realizado y que responden a interrogantes profundos del corazón humano como es nuestro propio sentido de la existencia, para qué estamos y hacia dónde vamos… Dios, que se hizo uno de nosotros y nos muestra el camino a seguir, no cuenta muchas veces con nuestra escucha, porque el exceso de ruido hace que no se escuche la «Palabra». Algunos grupos religiosos se dicen cristianos, pero niegan la divinidad de Jesucristo y lo comparan a otros personajes importantes, profetas… desconociendo la singularidad de su presencia. En el Credo, en la confesión de fe de los cristianos, manifestamos que creemos en Jesucristo, verdaderamente Hombre y Verdaderamente Dios, y en Dios «Uno y Trino». En esta formulación se encuentra la esencia del cristianismo con profundas consecuencias espirituales, pastorales y culturales.
El Evangelio de este domingo (Mt 28,16-20) es elocuente y a la vez esperanzador. El texto expresa un pedido de Jesús a sus discípulos antes de su partida hacia el Padre: «vayan y hagan que todos los pueblos sean mis discípulos bautizándolos en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo y enseñándoles a cumplir todo lo que yo les he mandado. Y yo estaré con ustedes hasta el fin del mundo».
Celebrar la Trinidad nos lleva a expresar que el único absoluto en nuestra vida es Dios. Entre los desafíos que tendremos que asumir como respuesta a nuestro tiempo está el problema del creciente «secularismo» que no discute ni siquiera la existencia de Dios, sino que la omite, y silencia los valores que implican considerar al hombre «imagen y semejanza de Dios», y su consecuencia en la valorización de la vida humana como clave y sujeto de todo derecho. La omisión de Dios del secularismo no es casual ya que, de hecho, desde la instalación de una cultura materialista se reduce la dignidad del hombre, considerándolo como mero objeto de consumo. De este modo no solo silencia y omite a Dios, sino también la dignidad humana. El consumismo, entre otros males, deja en la exclusión a los pobres y somete a nuestros adolescentes y jóvenes al alcohol, la droga y otras adicciones…
Por el contrario, aunque se da un fuerte bombardeo que pretende un secularismo cultural y por lo tanto un ambiente consumista, nuestro pueblo sostiene una fe fuertemente expresada en la religiosidad popular. En esta semana hemos asistido a grandes manifestaciones de fe como las peregrinaciones de Fátima y Santa Rita. Miles y miles de peregrinos expresan aquello que también percibimos en nuestras comunidades, capillas de nuestros barrios y pueblos, en donde la gente manifiesta una auténtica búsqueda de Dios. La catequesis, lo grupos bíblicos, los centros de formación y movimientos, alimentados por los sacramentos, sostienen valores como la vida, la familia, la solidaridad y otros, que nos animan en la esperanza de creer que en esta porción de nuestra Patria podemos construir una cultura más humanista.
El próximo fin de semana celebraremos la solemnidad del Cuerpo y Sangre de Cristo. Aquí en Posadas, el sábado 2 de junio desde las 14 horas, nos reuniremos en la cancha del Club Deportivo «Guaraní Antonio Franco» para celebrar la Santa Misa y posterior  procesión como cada año. Como Pueblo de Dios estaremos juntos para adorar al Señor en su Cuerpo y Sangre del Señor, que expresan el Amor de Dios.
¡Un saludo cercano y hasta el próximo domingo! Mons. Juan Rubén Martínez, obispo de Posadas

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El Evangelio de la fraternidad y la justicia

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En este tiempo cuaresmal es bueno que vayamos captando que el discipulado cristiano no puede reducirse exclusivamente a la relación personal con Dios, sino que, están presentes también nuestros hermanos. La experiencia misma de oración, la creciente experiencia maravillosa de adoración eucarística, no serían auténticamente cristianas si no se acompañan de un estilo de vida que involucre criterios y opciones coherentes con la fe que profesamos, si no nos llevan a asumir la misión de transformar las realidades temporales a la luz del Evangelio.
«Por consiguiente, nadie puede exigirnos que releguemos la religión a la intimidad secreta de las personas, sin influencia alguna en la vida social y nacional, sin preocuparnos por la salud de las instituciones de la sociedad civil, sin opinar sobre los acontecimientos que afectan a los ciudadanos. ¿Quién pretendería encerrar en un templo y acallar el mensaje de san Francisco de Asís y de (santa) Teresa de Calcuta? Ellos no podrían aceptarlo. Una auténtica fe —que nunca es cómoda e individualista— siempre implica un profundo deseo de cambiar el mundo, de transmitir valores, de dejar algo mejor detrás de nuestro paso por la tierra». (EG 183)
Todos los bautizados tenemos que evaluarnos en cómo vivimos nuestro compromiso cristiano. De modo particular, los laicos -que constituyen la gran mayoría del Pueblo de Dios- tendrán que examinarse respecto de la dimensión social de su fe y sobre la responsabilidad evangelizadora y humanística vivida especialmente en sus propios ambientes, tanto familiares como laborales. Allí
es donde se generan los valores que forman una cultura más justa, honesta y solidaria.
Sorprende que, en nuestra Patria, donde gran parte de la población se denomina cristiana, haya tantos y tan graves escándalos de corrupción. Este lamentable fenómeno está presente en la dirigencia social, en el mundo de la política, en las empresas y sindicatos, en los medios de comunicación social, en el poder judicial, en la educación y hasta en las mismas estructuras eclesiales. Sorprende que el Evangelio del que tanto hablamos sea olvidado tan rápidamente cuando se tiene un cargo o un lugar de privilegio. En lugar de aprovechar las oportunidades para servir mejor al pueblo fácilmente dejan ganar su corazón por la soberbia, el poder mal ejercido y la
avaricia.
Al evaluar esto debemos preguntarnos por qué nos pasa esto de una extendida corrupción que se transforma en un flagelo para nuestra sociedad. Sin lugar a dudas que nos ocurre aquello que ya los Padres de la Iglesia denunciaban. Hacia el siglo V San Juan Crisóstomo, llamado «boca de oro» o el «abogado de los pobres», hablaba frecuentemente sobre la riqueza y la pobreza: «todos somos administradores de los bienes de Dios, nadie puede decir que esto es mío; la riqueza tiene que ser compartida para que sea bendecida por Dios»
Es iluminador recordar a san Ambrosio, obispo de Milán (s. IV) denunciando la avaricia y la corrupción de su tiempo y que tiene tanta actualidad: «la tierra es de todos, no solo de los ricos.
Pero son muchos más los que no gozan de ella que los que la disfrutan. Lo que das al necesitado, te aprovecha bien a ti (porque) es el propietario el que debe ser dueño de la propiedad y no la propiedad señora del propietario. Los misterios de la fe no requieren oro» (S. Ambrosio, Libro de Nabot el Yizreelita). También san Basilio dice al respecto: «El que roba la ropa de otro se llama ladrón.
Merece otro nombre el que no viste al desnudo si lo puede hacer? El pan que te sobra  pertenece al hambriento. La ropa que guardas en tu ropero pertenece al desnudo. Los zapatos que se pudren en tu casa son del descalzo. El dinero que tienes enterrado pertenece al necesitado». (S. Basilio, Homilía 6, 6-7. Sobre el texto de Lc 12,18) Lamentablemente seguimos viviendo la inequidad que hace concentrar las riquezas en algunos pocos, y grandes mayorías que sobreviven y están excluidos incluso de los bienes básicos como la alimentación, la salud o la educación. No podemos vivir cristianamente este tiempo cuaresmal sin cuestionarnos el compromiso que tenemos con nuestros hermanos más pobres y excluidos.
Les envío un saludo cercano y hasta el próximo domingo. Juan Rubén Martínez, obispo de Posadas

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Sobre la pureza

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Carta de monseñor Juan Rubén Martínez, obispo de Posadas, para el segundo Domingo de Adviento [10 de diciembre de 2017]

Estamos caminando el tiempo de Adviento con el propósito de volver a Dios para celebrar bien la Navidad. Pero este camino lo podemos realizar solamente cuando captamos desde la fe que tenemos que convertirnos en «pequeños» para comprender el Reino que nos anuncia Jesucristo, el Señor. El Evangelio de este domingo (Mc 1,1-8), nos dice: «Una voz grita en el desierto: Preparen el camino del Señor, allanen sus senderos».

El fin de semana pasado en el inicio del adviento reflexionaba sobre el contenido de la esperanza cristiana, ligada a la expresión bíblica y litúrgica «Ven Señor Jesús», y la consecuencia que tiene para nosotros al momento de realizar un buen examen de
conciencia teniendo en cuenta la propia vocación y misión, y por lo tanto sus consecuencias en la evangelización de la cultura que generamos.

El 8 de diciembre hemos celebrado la Solemnidad de la Inmaculada Concepción de la Virgen María, fecha tan querida por el pueblo de Dios. En relación a esa celebración habitualmente he tratado de reflexionar sobre el valor de la pureza, especialmente ligada a nuestros jóvenes. Es cierto que este tema de la pureza no sólo está olvidado, sino que padece la agresión de propuestas consumistas que bombardean valores esenciales, como la vida y la familia. El ambiente propone muchas veces estilos de vida donde lo único válido es la compra y venta, y exalta un relativismo que elimina la consideración ética del bien y del mal… Nuestros adolescentes son víctimas de contextos sociales donde la familia es anulada, y el estado muchas veces se ausenta, permitiendo el crecimiento anárquico de la droga, el alcohol, la prostitución infantil…

Es paradójico que los noticieros y programas periodísticos se asombren del crecimiento de la delincuencia juvenil y, por otro lado, en muchos casos fomenten todo tipo de formas violentas y relativistas. Digo asombroso, porque no se preguntan sobre las causas que provocan el crecimiento de la droga, el alcoholismo o la promiscuidad. Muchos, hipócritamente, se asombran de la violencia juvenil o de los embarazos precoces y por otro lado fomentan el consumo de la droga, el sexo promiscuo… Estos temas generalmente quedan en profundos silencios, a veces seriamente sospechosos.

Es cierto que debemos destacar, con una mirada llena de esperanza lo positivo de nuestros adolescentes y jóvenes. Hay muchos chicos y chicas que tienen ideales firmes y desean comprometerse y hasta entregar sus vidas en la pureza. Son muchos los que creen que es posible vivir en un mundo más justo y solidario y se empeñan por ello. Los jóvenes constituyen el sector más numeroso de la población. En nuestro Sínodo diocesano señalábamos que más del cincuenta por ciento de la población de Misiones tiene menos de 30 años. Por otro lado, es necesario señalar con preocupación que «innumerables jóvenes de nuestro continente atraviesan por situaciones que les afectan significativamente: las secuelas de la pobreza, que limita el crecimiento armónico de sus vidas y generan exclusión; La socialización, cuya transmisión de valores ya no se produce primariamente en las instituciones habituales (como la familia, la escuela…), sino en nuevos ambientes no exentos de una fuerte carga de alienación; Su permeabilidad a las formas nuevas de expresiones culturales, producto de la globalización, lo cual afecta su propia identidad personal y social». (Cfr. Aparecida 444)

Hablar de la pureza de vida, como una opción del respeto y cuidado de nuestra propia naturaleza humana, parece ir a contrapelo del consumismo y de las propuestas permanentes que no toman a nuestros jóvenes como sujetos, sino como objetos de compra y venta.

La pureza es un valor que va más allá de lo sexual. Lo vemos en tantos ejemplos de vida que encontramos en nuestro pueblo.  Nuestros jóvenes son el presente y el futuro y por lo tanto todo lo que invirtamos en ellos será un signo de esperanza.

¡Un saludo cercano y hasta el próximo domingo!

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