liderazgo empresarial

Pablo Ratti: la re-construcción de una marca

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Hay empresarios que llegan a conducir una compañía después de un proceso cuidadosamente diseñado. Se preparan durante años, atraviesan diferentes puestos, reciben responsabilidades gradualmente y un día ocupan el lugar para el cual fueron formados. Y hay otros para quienes ese momento llega de golpe.

A Pablo Ratti le tocó el segundo camino.

Tenía apenas 32 años cuando la muerte de su padre lo obligó a asumir la conducción de una empresa familiar en la que ya trabajaba y para la cual estaba profesionalmente preparado, aunque todavía no había atravesado el proceso indispensable para convertirse en quien toma la última decisión. En el grupo familiar era su padre, una figura potente que en 1976 inició la empresa que convertiría al apellido en una marca registrada en la construcción y los desarrollos inmobiliarios. 

Pablo conocía la empresa desde mucho antes de trabajar en ella. Había nacido prácticamente con ella. Este año la compañía cumple 50 años, de modo que el negocio familiar forma parte también de su propia biografía: fue el ámbito que permitió estudiar, viajar, formarse y construir una vida. Después llegó el momento de devolverle algo de aquello. Pero no de la manera imaginada.

Su padre había comenzado a pensar el recambio generacional. Incluso había contratado, sucesivamente, a tres consultores especializados en empresas familiares. El problema era que el proceso nunca terminaba de completarse.

“Él estaba con esa iniciativa, pero no podía resolverla. Vinieron las consultoras, hacían su trabajo, pero no podían terminar porque la decisión final la tenía él y no estaba totalmente decidida”, recuerda Ratti.

Había algo profundamente humano detrás de aquella demora: soltar una empresa que uno creó no es simplemente abandonar un cargo. Su padre seguía tomando la última decisión.

El traspaso, que probablemente hubiera necesitado cinco o diez años, terminó ocurriendo en un instante.

“Uno no espera nada de esto. De repente te encontrás al frente de una empresa donde no hubo un traspaso generacional en el tiempo, sino que fue algo muy rápido, muy directo, muy instantáneo”, recuerda Pablo sobre aquellas horas, tras la trágica muerte de su padre Omar, cuando el avión que pilotaba cayó en Corrientes. 

El desafío inicial de Ratti no fue transformar la compañía ni imprimirle inmediatamente una nueva orientación. Fue algo bastante más elemental: generar confianza.

Clientes, proveedores, empleados y personas vinculadas con la empresa habían construido durante décadas una relación con su padre. Conocían cómo pensaba, negociaba y decidía. Al hijo lo conocían, pero no necesariamente sabían cómo iba a conducir.

“Había que dar la confianza de que la cosa continuaba. Tal vez lo conocían a mi padre, pero a mí, cómo trabajaba, no. Entonces fue darle tiempo, confianza, seguir cumpliendo con los compromisos y después, recién con el tiempo, empezar a tomar decisiones que tenían que ver con mi impronta”.

Antes de innovar había que sostener. Y antes de convertirse plenamente en empresario debía conseguir algo que ningún título profesional garantiza: ser reconocido por los demás como la persona que, desde ese momento, tomaría las decisiones.

Todo eso ocurría mientras procesaba la pérdida de su padre.

La dimensión empresarial y la personal se mezclaron de una manera imposible de separar. No solamente desaparecía el conductor de la compañía. Había muerto su padre.

“Se suman las dos cosas: continuar con lo que él venía haciendo y la carga emocional. ¿Qué hubiese hecho papá en este momento? ¿Qué decisión hubiese tomado? Todas esas cuestiones se te suman. Y no tenés retorno por otro lado. Es ya, es ahora y esto hay que hacerlo”.

Durante aquella etapa, admite, tomó decisiones con más dudas que certezas. Después llegó la experiencia. Y también la posibilidad de mirar hacia atrás y descubrir que algunas cosas podrían haberse resuelto de otra manera.

Para Ratti, eso también es hacerse empresario.

El consejo que no parecía un consejo

En aquellos primeros tiempos supo que un importante empresario de la construcción de Buenos Aires había atravesado una experiencia parecida. Lo contactó.

Pidió una reunión y viajó esperando encontrar alguna respuesta extraordinaria. Imaginaba que alguien que ya había atravesado aquel proceso podía entregarle una especie de mapa para cruzar el territorio desconocido.

La respuesta fue mucho más sencilla.

“Me dijo: ‘Mirá, tenés que seguir trabajando’. Punto”. Ratti se ríe al recordarlo.

“Yo esperaba un consejo premium. Pensaba: acá me van a decir la verdad de cómo se lleva esto adelante. Y no. Era trabajar y continuar. Creo que de eso se trata”.

Hay algo de aquella respuesta que parece haber sobrevivido todos estos años. No existe una fórmula secreta para administrar una empresa, mucho menos en la Argentina. Hay decisiones, equivocaciones, aprendizaje, persistencia y trabajo. Sobre todo, tiempo.

El problema inmediato no terminaba en la compañía. También había que reorganizar a la familia. La muerte había dejado varias empresas y tres hermanos que debían decidir cómo continuar.

“Para mí, personalmente, esa fue la decisión más difícil. Todos estábamos con una carga emocional muy fuerte. Había que decidir qué hacíamos con la empresa, qué hacíamos con todo lo que teníamos y con la responsabilidad que nos dejó nuestro padre”.

Había empleados que dependían de esas decisiones. Patrimonio. Historia. Responsabilidades. Pero también hermanos atravesando el mismo duelo.

Finalmente encontraron un equilibrio: las diferentes empresas permitieron distribuir responsabilidades y espacios de conducción.

“Creo que fuimos inteligentes mis hermanas y yo para poder resolver esa cuestión”.

La frase encierra una de las dimensiones menos visibles de las empresas familiares. El patrimonio puede dividirse mediante documentos. Las responsabilidades pueden establecerse mediante organigramas. Pero las decisiones empresariales ocurren dentro de relaciones construidas durante toda una vida.

Ratti recuerda lo que entonces les decía a sus hermanas: quizás durante un tiempo iban a “ponerse colorados”, discutir y atravesar momentos incómodos, pero después podrían disfrutar de haber resuelto el problema y continuar siendo familia.

Era, finalmente, lo más importante. “Porque la familia es la que acompaña a uno y la que sostiene”.

Hay una ausencia que los años no terminaron de resolver. Cuando se le pregunta cuánto tiempo duró aquella sensación de querer consultar a su padre antes de una decisión, Ratti responde sin vueltas: “Todo el tiempo. Hasta hoy”.

La experiencia no eliminó esa necesidad. Quizás la hizo más consciente.

El empresario necesita estar informado, bien informado, consultado. Hay cuestiones que uno, por exceso de confianza, las toma y después se equivoca. Y te das cuenta tarde”.

Por eso reivindica la consulta, el intercambio con colegas y la posibilidad de contrastar una decisión antes de ejecutarla.

También aprendió otra cosa: oír no necesariamente significa escuchar.

Recuerda una frase que le repetía a su padre: “Papá, vos me estás oyendo, no me estás escuchando”.

La diferencia, explica, consiste en cuánto permite un empresario que la opinión del otro realmente penetre en su propio razonamiento. Se puede escuchar solamente para recibir información o escuchar dispuesto a modificar una decisión. Y eso no siempre resulta sencillo para quien está acostumbrado a decidir.

La soledad después de cerrar la puerta

Hay un momento que se repite en las conversaciones de Eco Sistema Podcast con empresarios: cuando termina la jornada, los trabajadores regresan a sus casas, pero las preocupaciones de la empresa no necesariamente se quedan en la oficina. Ratti conoce esa sensación.

“Hay decisiones que son muy del empresario, del negocio que uno conoce”.

La familia y los amigos pueden funcionar como sostén. Sin embargo, existe una zona de la responsabilidad empresarial difícil de compartir. Allí se mezclan las emociones personales, los problemas del negocio, las expectativas, las ambiciones y aquello que el empresario imaginaba que sucedería y finalmente no ocurrió.

Por eso sostiene una idea aparentemente contradictoria con la dinámica cotidiana de una compañía argentina: el empresario necesita tiempo para pensar.

Pensar, aclara, no significa simplemente sentarse.

Es preguntarse qué innovación puede incorporar, dónde mejorar, cómo aumentar eficiencia, qué información necesita y en quién puede apoyarse para comprender mejor el escenario.

“Necesitamos claridad. Certidumbre no vas a tener el ciento por ciento, pero por lo menos podés mitigar un poco el riesgo”.

El problema es que esa necesidad convive con el vértigo argentino.

Ratti recupera una definición de Juan Carlos de Pablo: el empresario pyme se levanta por la mañana y trata de resolver el día. Esa urgencia compite permanentemente con la planificación.

Cuando Ratti mira hacia atrás y se pregunta qué dejó por el camino, la primera respuesta no tiene que ver con dinero.

Tiempo. Tiempo de uno”.

La responsabilidad de “estar por las dudas”, especialmente cuando esa había sido históricamente la cultura de la empresa, fue postergando actividades personales. También la capacitación.

“Esto no podemos postergarlo y decir: ‘Soy empresario, ya está’. El empresario también tiene que capacitarse, tiene que estar informado, tiene que estar bien informado”.

El problema vuelve a ser el tiempo.

Termina el trabajo. Aparece la familia. Las obligaciones personales. Las cuestiones pendientes. Leer un libro, escuchar un podcast o hacer una capacitación queda para después. “Es como que se va corriendo la vida”.

Ratti intenta combatir esa dinámica. No cree que exista una única manera de aprender. Algunos empresarios leen; otros necesitan conversar; otros prefieren escuchar. El formato es secundario. Lo imprescindible es mantener la curiosidad.

Porque el escenario cambia demasiado rápido como para creer que la experiencia acumulada alcanza.

“A veces perdés, pero a veces ganás más de lo que perdés”. La trayectoria también está hecha de errores.

Ratti no intenta esconderlos detrás de una épica empresarial. “Los errores se aprenden”, dice, antes de corregirse a sí mismo.

Con la perspectiva que da el tiempo resulta sencillo identificar qué debería haberse hecho de otra manera. La cuestión central es qué ocurre después.

“A veces perdés, pero a veces ganás más de lo que perdés”.

Una mala decisión puede costar dinero. Puede haber sido apresurada o simplemente basada en una lectura equivocada. Lo importante, sostiene, es evitar que ese fracaso destruya la voluntad de continuar.

“Cometí el error, me costó esto, pero insisto de vuelta porque lo voy a recuperar y esto ya no lo voy a hacer”.

Esa experiencia contrasta con una cultura contemporánea en la que el éxito parece tener que suceder inmediatamente.

Las redes sociales ofrecen historias condensadas: alguien tuvo una idea, emprendió y triunfó. Lo que generalmente desaparece del relato son los años intermedios.

Ratti es lector de biografías empresariales y encuentra allí otra historia. “Ni uno lo hizo de un toque. Son muy pocos, contados con la mano. Esto es tiempo, perseverancia, que las cosas se den, esperar que se den y confiar”.

A veces, agrega, parece que se está perdiendo más de lo que se gana cuando el resultado está muy cerca.

Por eso cuestiona la idea de que no alcanzar inmediatamente un objetivo implique un fracaso personal.

“Tenemos que entender que eso no es así”.

Incluso conseguir todo demasiado rápido puede abrir otra pregunta: ¿qué queda después?

Para Ratti, el desafío también forma parte del propósito. No se trata solamente de poseer algo, sino de construirlo, buscarlo y disfrutar el recorrido.

En algún momento de la conversación aparece una pregunta distinta. Ya no es cómo sostener una empresa, sino para qué seguir haciéndolo.

Ratti cree que alrededor de los 40 o 45 años muchos empresarios ingresan en una etapa de revisión.

“Se replantean si realmente lograron lo que quisieron, si están para más, si con esto ya están bien, si seguir en la empresa les da las mismas ganas de continuar, si son las mismas motivaciones que antes”.

Algunos cambian de rubro. Otros se reinventan.

Otros continúan responsabilizando al contexto, a los trabajadores o a la propia empresa por un malestar cuyo origen podría estar en otro lado.

“Capaz que es él. Es él que todavía no definió qué quiere para adelante”.

Ratti vio esa dificultad muy cerca. Su padre anunciaba periódicamente que se retiraría.

“Me decía: ‘En dos años más me voy’. Nunca sucedió”.

En una oportunidad decidió dejar de trabajar jueves y viernes. Duró dos semanas.

“A la tercera semana estaba firme ahí, como un soldado más”.

La anécdota revela un problema frecuente en las empresas familiares: el fundador puede preparar jurídicamente la sucesión y aun así no estar emocionalmente preparado para abandonar el lugar alrededor del cual construyó buena parte de su identidad.

Ratti suele preguntarles a empresarios que anuncian su retiro qué harán después.

Las respuestas son conocidas: golf, viajes, descanso. Pero inmediatamente aparece otra pregunta:

“¿Cuánto tiempo te dura?”.

La mayor expectativa de vida volvió todavía más compleja la transición generacional. Un empresario puede llegar activo a los 75 u 80 años mientras sus hijos tienen 45 o 50, están profesionalmente formados y continúan esperando espacios de decisión.

Entonces la cuestión deja de ser únicamente si la siguiente generación está preparada. También hay que preguntar si la generación anterior realmente quiere irse.

A veces no quiere. A veces no sabe cómo hacerlo. Y otras veces la empresa es la agenda completa de una persona.

Su padre, sin embargo, le dejó algunos consejos sobre cómo evitar que el trabajo ocupara todo. Uno de ellos estaba relacionado con las vacaciones.

“No te tomes dos meses o un mes. Tomate vacaciones cortitas durante el año. Hacelo de manera que sientas que vale tu trabajo. Andá con la persona que está a tu lado, andá con quien quieras, pero hacelo significativo para vos”.

Pequeños cortes frente a la idea de vivir once meses esperando escapar de la propia vida durante uno.

El factor humano que anticipó hace años

Cuando Ratti recién comenzaba su etapa como conductor empresarial ya hablaba de algo que hoy ocupa buena parte de la discusión sobre gestión: el factor humano.

El trabajador contemporáneo no necesariamente imagina ingresar a una compañía a los veinte años y jubilarse allí cuatro décadas después.

Las personas rotan. Buscan otras experiencias. Su identidad no está determinada exclusivamente por la empresa. Para el empresario eso implica otro desafío. ¿Cómo entusiasmar a alguien que ya no concibe la pertenencia de la misma manera?

Ratti cree que primero hay que aceptar el cambio. “El empresario tiene que entender que eso es así”.

Imagina incluso un mercado laboral progresivamente organizado alrededor de proyectos. Personas contratadas para resolver desafíos concretos, aportando conocimiento, liderazgo y herramientas tecnológicas.

Entonces la empresa también tendrá que seducir. “No solamente van a querer trabajar con uno. Van a elegir trabajar por ese proyecto, por ese desafío”.

La pregunta será cada vez más sencilla y, al mismo tiempo, más difícil de responder:

¿qué me estás ofreciendo para que yo quiera trabajar acá?

Inteligencia artificial: la próxima transformación

Ese razonamiento conduce directamente a una de las cuestiones que más entusiasman actualmente a Ratti: la inteligencia artificial. No la observa como amenaza. La entiende como herramienta y, fundamentalmente, como un desafío para el empresario.

“Tal vez en un futuro un empresario, un trabajador, cualquiera que dé un servicio, va a tener que tener su inteligencia artificial al lado y mostrar cómo se potencia con esa herramienta”.

El factor humano sigue siendo central. Pero ahora aparece una capacidad adicional: saber utilizar la tecnología para multiplicar conocimiento y productividad.

Ratti investiga experiencias de otros países, observa tendencias y trata de imaginar qué puede trasladarse a su actividad.

Es uno de los motivos por los cuales define su presente profesional como un momento de inflexión.

“Sigo construyendo como siempre. La empresa continúa trabajando. Pero estoy también en un momento de inflexión. Todo esto de inteligencia artificial me motiva mucho investigar”.

Lo entusiasma lo nuevo. “Me gusta innovar, intentar o probar cuestiones nuevas”.

Para alguien cuya historia empresarial está ligada a la construcción, la transformación tecnológica no es una abstracción.

Ratti mira imágenes de máquinas capaces de fabricar viviendas y experiencias de casas industrializadas importadas desde China.

Y se pregunta qué significa eso para una actividad construida durante décadas alrededor de procedimientos tradicionales.

“Hoy la construcción tradicional ya no es lo mismo que antes”.

No afirma que esos sistemas vayan a desplazar inmediatamente al modelo conocido. Se pregunta si serán más eficientes, si los costos cerrarán y cuánto demorarán en llegar masivamente.

Pero considera que el empresario tiene una obligación previa a cualquier respuesta: entender qué está sucediendo.

“Como empresario, que siempre trabajaste tradicionalmente, ¿cómo te posicionás con eso? ¿Qué va a suceder? ¿Va a ser algo concreto? ¿Dentro de cuánto tiempo?”.

La discusión excede a las compañías.

También alcanza a trabajadores, sindicatos y comunidades enteras.

La primera responsabilidad empresarial, sostiene, es investigar.

Después el país ofrecerá condiciones favorables o desfavorables. Pero el empresario no puede esperar hasta entonces para intentar comprender el cambio.

“Primero tenés que saber qué es”.

La Argentina aparece inevitablemente en la conversación.

Ratti creció viendo la dinámica de una empresa familiar y aprendió desde chico una secuencia que para cualquier empresario argentino resulta familiar.

“Hay un momento que estás muy bien y hay un momento que estás muy mal. Esto es así”.

Las reglas cambian. Una decisión incorrecta puede dejar rápidamente a una compañía en una posición incómoda. La sobreinformación agrega ruido y muchas veces resulta difícil comprender variables que exceden la propia especialidad.

¿Qué hace entonces el empresario?

Sigue. Observa. Corrige. “Todo el tiempo estás aprendiendo”. No hay demasiada épica en su definición de emprender en la Argentina. Hay algo más parecido a una aventura permanente.

“Uno termina aceptando que es la cuestión de este país”.

Ratti tampoco concibe el liderazgo como una condición reservada exclusivamente a quienes conducen empresas. Todos pueden ejercerlo, aunque en diferentes ámbitos y grados: negocios, familia, deporte, grupos de amigos.

En el mundo empresarial, sin embargo, encuentra una responsabilidad particular.

Mirar hacia adelante. Comprender la transformación tecnológica, animarse a incorporar herramientas y no quedar detenido en aquello que funcionó durante años simplemente porque todavía funciona.

La experiencia sigue teniendo un valor enorme. Pero puede transformarse en una trampa cuando se convierte en resistencia automática al cambio.

“Llega un momento donde las cosas son más lineales para vos: sigo así, total esto funciona, ¿para qué vamos a cambiar?”.

Quizás no haya que cambiar. Pero incluso entonces hay que hacerse la pregunta. Porque algún día alguien deberá continuar.

Medio siglo después de la creación de la compañía familiar y muchos años después de aquella mañana en la que, con 32 años, tuvo que ocupar de golpe un lugar para el cual todavía estaba terminando de prepararse, Pablo Ratti parece haber llegado a una conclusión menos vinculada con balances que con biografías. La empresa puede ser una parte central de la vida. Puede dar educación, oportunidades, viajes, experiencias y patrimonio. Puede convertirse en una responsabilidad transmitida entre generaciones. Puede ser motivo de orgullo y también fuente de angustias. Pero hay una pregunta que tarde o temprano aparece: qué queda de la persona cuando se apaga la computadora, termina la obra y se cierra la puerta de la empresa.  Porque reinventar una compañía puede ser difícil. Reinventarse uno mismo suele ser bastante más complejo.

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Pilo Cáceres: la filosofía detrás de un empresario que hizo del trabajo una herencia

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A los 78 años, Ricardo “Pilo” Cáceres conserva intacta una convicción aprendida en el almacén familiar de Formosa: el dinero tiene sentido cuando vuelve al negocio, genera trabajo y sirve a la gente. Propietario de California Supermercados y referente del supermercadismo del NEA, conduce un grupo que emplea a alrededor de 2.500 personas entre Misiones, Corrientes, Chaco y Formosa. En una entrevista exclusiva con Eco Sistema Podcast, el nuevo ciclo de Economis, repasó una vida construida detrás del mostrador: el padre que le cerró el camino al fútbol para enseñarle el oficio, los hijos que comenzaron como cajeros y bolseros, las crisis argentinas, el valor de la calidad, el liderazgo, la formación de los trabajadores y el desafío mayor de cualquier empresa familiar: conseguir que la herencia no sea solamente patrimonio, sino cultura.

Hay empresarios cuya historia puede contarse a través de balances, aperturas, adquisiciones y metros cuadrados. Y hay otros cuya verdadera biografía empresarial está en otra parte: en las frases que escucharon de chicos, en las renuncias que hicieron, en los hábitos que conservaron cuando el negocio se volvió grande y en aquello que intentan transmitir cuando llega el momento de pensar qué quedará después de ellos. Ricardo “Pilo” Cáceres pertenece a esa segunda categoría.

A los 78 años, cuando mira hacia atrás, no habla primero de supermercados. Habla de su padre. Del almacén. De Formosa. De una familia que hizo cada uno de los escalones del comercio minorista argentino, desde los antiguos ramos generales hasta las grandes superficies. Y recuerda una frase que terminó convirtiéndose casi en una definición de identidad.

“Mi papá decía que yo nací arriba de un mostrador”. No es solamente una imagen.

En aquella Formosa todavía lejana al supermercadismo moderno no existían los autoservicios tal como hoy se conocen. Había almacenes y casas de ramos generales. Los Cáceres comenzaron allí. Después llegó el autoservicio y, finalmente, el supermercado. En 1981 dieron ese salto en Formosa. En 2002 avanzaron hacia Corrientes y en 2010 desembarcaron en Misiones, al ingresar como accionistas minoritarios en California, una marca que Pilo entendió rápidamente que no necesitaba ser reinventada: necesitaba ser comprendida y preservada.

Esa diferencia -entre comprar una empresa y comprenderla- atraviesa buena parte de su filosofía.

Cuando Cáceres decidió ingresar a California con una participación minoritaria, algunos le advirtieron que aquello podía ser un error. “Todos me decían: ‘¿Cómo vas a comprar si vas a estar en minoría?’”.

La respuesta que ofrece tantos años después explica bastante más que aquella operación. “Nosotros siempre tratamos de invertir. El dinero es justamente para eso. Para invertir. Para estar al servicio de la gente, no para guardarlo”.

La frase podría pasar inadvertida dentro de una conversación larga. Sin embargo, contiene una definición central de su manera de entender el capital.

Para Cáceres, acumular no parece ser el punto de llegada. El capital debe circular, convertirse en infraestructura, maquinaria, mercadería, capacitación y puestos de trabajo. Reinvertir aparece una y otra vez en su relato, incluso cuando habla de las crisis. Hay que guardar reservas para las “vacas flacas”, admite, pero el propósito final vuelve a ser poner el capital en movimiento.

“Tratamos de invertir, reinvertir y tener siempre el capital al servicio de la gente para crear un poco más de fuentes de trabajo y mejorar a nuestros empleados”.

Es una filosofía empresarial moldeada mucho antes de que alguien hablara de propósito corporativo. Nació detrás de un mostrador.

De almacenero a supermercadista

Cáceres no heredó un supermercado. Heredó un oficio. La diferencia es sustancial. “Nosotros hicimos todos los escalones: el almacén de barrio, ramos generales y después nos atrevimos a los supermercados porque van cambiando las cosas”.

El crecimiento empresario rara vez aparece en su relato como una progresión automática. Hay inversión, pero también riesgo. Hay esfuerzo y hay algo que Cáceres menciona sin demasiados eufemismos: sufrimiento.

Su padre fue la figura determinante de aquella formación. Pilo y su hermano quedaron huérfanos de madre y fue él quien sostuvo la familia y el negocio. También quien marcó el rumbo cuando el joven Ricardo imaginó para sí mismo una vida completamente diferente. Pilo quería jugar al fútbol. Quería irse a Buenos Aires.

Su padre tenía otros planes. “Mi papá me dijo: ‘No, vos te vas a quedar acá. Lo tuyo es el almacén’”.

¿Y dijiste que sí?

“Bueno, es así. Antes había que decirle que sí”, responde entre risas. La frase adquiere otro significado porque tiene que ver con el legado. Pilo llega a la entrevista en Economis acompañado por su hijo de 14 años, que lo acompaña a todos lados y va aprendiendo los secretos del oficio. El joven también sonríe.  

Pilo Cáceres con su hijo Bautista, el menor de los hermanos. Jimena y Ricardo ya forman parte del directorio del grupo.

Detrás de la anécdota aparece una cuestión que atraviesa a todas las empresas familiares: ¿hasta dónde llega el mandato de una generación y dónde comienza la libertad de la siguiente?

Heredar no es recibir

Tal vez uno de los pasajes más reveladores de la conversación con Eco Sistema Podcast aparezca cuando Cáceres habla de sus hijos, que ya no nacieron en la misma realidad.

“Ellos ya tienen otra vida mejor que nosotros”. Ahí está uno de los dilemas más profundos de las empresas familiares exitosas: trabajar durante décadas para que los hijos vivan mejor y, al mismo tiempo, evitar que esa comodidad les quite aquello que hizo posible el progreso.

Cáceres intentó resolver esa contradicción llevándolos al supermercado.

Su hija comenzó como cajera cuando tenía siete u ocho años. Uno de sus hijos también pasó por la caja, embolsó mercadería e hizo distintas tareas. Pilo les pagaba un sueldo.

No era solamente una manera de enseñarles a trabajar. Quería que aprendieran a administrar.

“Yo siempre los llevé y les daba un sueldo. Por eso, de chicos supieron administrarse”.

Su hija estudió abogacía y hoy participa en Recursos Humanos y en la administración. Ricardo hijo estudió Administración de Empresas. Otros eligieron profesiones distintas: algunos son médicos.

Pilo hubiera querido convertirlos a todos en supermercadistas. No ocurrió.

Y aprendió a convivir con eso.

“Tienen su vida, son profesionales. Pero a veces vienen también y ayudan. Saben que es la empresa familiar”.

La escena marca la distancia entre dos generaciones. El padre de Pilo decidió que Pilo no sería futbolista. Pilo, en cambio, acepta que sus hijos puedan elegir otro camino.

El legado, entonces, deja de ser una obligación profesional. Se transforma en pertenencia.

La empresa como escuela

En la conversación hay otra palabra que Cáceres repite: servicio.

Cuando se le pregunta qué mira antes de incorporar a una persona, responde sin demorarse: “Primero tiene que tener vocación de servicio”.

Para él, un supermercado es esencialmente eso: una empresa de servicios.

El conocimiento técnico puede enseñarse. La formación puede construirse. La disposición frente al cliente es otra cosa. “Hay que tratar bien a la gente. El cliente siempre tiene razón”.

Pero sería equivocado interpretar esa mirada como una reivindicación del oficio sin profesionalización. Cáceres sostiene exactamente lo contrario.

California desarrolló un esquema interno de capacitación que define como “casi una escuela”. Sus trabajadores reciben formación y, cuando hace falta, son enviados a Buenos Aires u otros centros para especializarse. También destaca el trabajo realizado dentro de las organizaciones del supermercadismo argentino para profesionalizar al sector.

La enseñanza, además, no se limita a aprender cómo funciona una góndola, una caja o un sector de producción.

“Les enseñan no solamente a atender, a hacer mejor las cosas que tienen que hacer, sino también a administrarse ellos mismos para poder administrar el negocio. Porque si vos no administrás lo tuyo, tu ingreso, menos vas a administrar un supermercado”.

La frase conecta curiosamente la formación de sus trabajadores con la educación que dio a sus hijos. Administrarse. Comprender el valor del dinero. Entender que detrás de cada recurso existe trabajo. La filosofía vuelve siempre al mismo lugar.

Comprar una historia sin borrarla

Cuando Cáceres llegó a Misiones entendió que California tenía algo que no podía comprarse junto con las acciones: identidad. Y decidió no tocarla.

En el mundo empresario, donde una adquisición suele venir acompañada por nuevos logos, procesos, gerencias y estrategias destinadas a marcar territorio, su decisión fue diferente.

Primero quiso entender qué habían hecho quienes construyeron la empresa. “Leí la historia de ellos y traté de sostener eso, seguir ese camino”.

California, sostiene, tenía prácticas que incluso podían trasladarse a las operaciones del grupo en otras provincias. Personal de Misiones viajó a Formosa y Corrientes para transmitir conocimientos.

“Llevamos gente de acá a Formosa, a Corrientes, para aprender un poco cómo se hacen las cosas que acá ustedes hacen muy bien. Nuestros empleados son todos unos profesionales”.

La palabra que utiliza para resumir la identidad de California es sencilla. Calidad.

La filosofía es la calidad”.

Y asegura que ni siquiera durante las crisis aceptaron sacrificarla para reducir costos.

“Nosotros nunca dejamos de ver la calidad. Siempre tratamos de hacer mejores ofertas, hablamos con los proveedores, si nos acompañan, y tratamos de llevar eso a los precios. Tenemos que cuidar también el bolsillo de nuestro cliente”.

Ese equilibrio -calidad, precio y confianza- constituye probablemente uno de los activos invisibles más importantes del negocio supermercadista.

Porque un supermercado vende productos. Pero también administra confianza.

Cáceres lleva décadas observando qué ponen y qué dejan de poner las familias en sus changuitos. Pocas actividades permiten mirar de manera tan inmediata las transformaciones del poder adquisitivo. Hoy advierte un cambio en la forma de comprar.

Con una inflación más contenida, explica, desapareció parte de aquella conducta defensiva mediante la cual quien tenía capacidad financiera llenaba el changuito porque sabía que pocos días después los mismos productos costarían más.

Ahora las familias compran con mayor frecuencia y en menores cantidades.

La gente hoy va tres o cuatro veces en la semana a hacer sus compras. Ya no es como antes, que el que tenía un ingreso mayor compraba porque al otro día iba a ser más caro”.

Ese fenómeno también fortaleció nuevamente al almacén y al autoservicio barrial.

“Los almacenes de barrio hoy están trabajando muy bien y eso es importante, porque eso queda acá, queda en la región”.

Pero hay indicadores que Cáceres observa con preocupación. Uno de ellos es la leche.

Cuando se le pregunta qué siente al comprobar que las familias reducen consumos básicos, la distancia entre empresario y ciudadano desaparece.

Pensamos mucho en eso porque disminuyó mucho la leche. Eso es preocupante. Sobre todo la leche, que es un producto que no le tiene que faltar al chico”.

Por eso, dice, buscan generar ofertas sobre esos alimentos. Para alguien que pasó su vida leyendo la sociedad desde una góndola, una caída en la venta de leche no representa solamente una cifra comercial. Es una señal social.

“Me preocupa porque el chico que no toma leche después tiene problemas cuando es grande. Está en desventaja respecto de otros niños”.

Las vacas gordas y las vacas flacas

Pilo Cáceres atravesó prácticamente todas las formas posibles de la economía argentina: inflación, hiperinflación, convertibilidad, crisis, recuperación, controles, aperturas, devaluaciones y nuevas estabilizaciones.

¿Cómo se toman decisiones después de haber visto tanto?

Su respuesta no viene de un manual financiero. Habla de sensaciones.

“Son sensaciones a veces, que te van marcando: este es el camino”.

Admite que muchas veces se equivocaron. Pero detrás de la intuición existe una regla de prudencia. “En la vida siempre hay épocas de vacas gordas y de vacas flacas. Y en la época de vacas flacas hay que sacar el ahorro para poder enfrentar la situación del momento”.

No confunde, sin embargo, prudencia con inmovilidad. El rumbo, sostiene, debe mantenerse.

“Las personas que siguen un rumbo y no cambian ese rumbo siempre van a triunfar, porque las cosas se empiezan de abajo y siempre tratando de mejorar, de crecer, invirtiendo en maquinaria, en esfuerzo, en sufrimiento”.

En su visión del empresario hay poco espacio para la épica instantánea. Hay persistencia.

-¿Qué es el liderazgo?

Cáceres responde con una definición alejada de cualquier teoría sofisticada de management. “El liderazgo es acompañar a tus colaboradores”.

Después amplía. Es respaldar lo que cada integrante del equipo puede hacer mejor, incorporarlo a las decisiones y conseguir que sienta que forma parte de aquello que se construye.

“Hacerle ver que ellos tienen también participación en eso. Ese es el liderazgo”.

En una empresa que emplea a miles de personas, la definición adquiere otra dimensión. Esa concepción conecta con su insistencia en llamar “profesionales” a quienes trabajan en los supermercados, invertir en capacitación y formar cuadros capaces de administrar.

Una empresa familiar que pretende sobrevivir a su fundador necesita precisamente eso: dejar de depender exclusivamente del fundador.

Cuando la charla ingresa en la coyuntura económica, Cáceres observa con expectativa la desaceleración inflacionaria y se muestra favorable a una economía con mayor competencia y menor intervención sobre las empresas.

Pero introduce una preocupación. El ajuste de los ingresos obligó a todos -supermercados, proveedores e industria alimenticia- a revisar estructuras y márgenes.

“Hoy hay que afinar todas las punterías. Hay que achicar todos los gastos para poder llevar eso a los precios, porque los ingresos en el bolsillo de la gente se achicaron”.

Al mismo tiempo, plantea una discusión más estructural sobre el trabajo. Cáceres advierte que existe una generación que creció en hogares con escasa inserción laboral formal y que hoy carece de herramientas para ingresar al mercado de trabajo.

Considera que allí el Estado sí tiene una responsabilidad concreta: proporcionar herramientas para que esas personas puedan comenzar a producir.

“Hace falta ver cómo se hace para que empiecen a producir. Pero para eso también el Estado tiene que darles herramientas para que puedan trabajar, empezar”.

Su defensa del mercado convive, por lo tanto, con una idea de intervención estatal orientada a generar capacidades, no dependencia.

A los 78 años, Cáceres podría limitarse a administrar lo construido. Hace lo contrario.

California avanza con un nuevo centro logístico y de producción, donde concentrará parte de la elaboración, inicialmente con fuerte protagonismo de panificados. El complejo cuenta con unos 14.000 metros cuadrados en dos plantas y equipamiento destinado a incrementar la capacidad productiva.

También prepara un nuevo proyecto sobre la avenida López y Planes, en Posadas, en la histórica casona vinculada a California.

La idea va más allá de otro punto comercial. Cáceres imagina producción y una experiencia familiar, con espacios destinados a chicos, cumpleaños y encuentros.

“Va a ser una linda experiencia”.

El proyecto prevé inicialmente incorporar entre 12 y 15 trabajadores y la apertura está proyectada entre fines de agosto y los primeros días de septiembre.

“Tengo fe”, dice.

Probablemente las mismas que utilizó muchas otras veces antes de invertir.

Hacia el final de la entrevista llega una pregunta inevitable.

-Cuando mirás para atrás, ¿qué ves?

Pilo demora poco. “Veo aciertos y errores que hemos corregido a través del consejo de mi padre y de gente amiga”.

Durante buena parte de su vida buscó deliberadamente la compañía de personas mayores. Quería escuchar a quienes habían recorrido antes ese camino.

“Siempre tuve amigos mayores que yo. Ahora yo soy mayor que todos”. Se ríe.

Pero inmediatamente vuelve a hablar de transmisión. Consejos recibidos. Errores corregidos. Experiencia acumulada.

Y entonces aparece la pregunta definitiva:

-Si pudieras volver atrás, ¿harías lo mismo?

“Sí. Haría igual”.

¿Por qué?

No menciona patrimonio. No habla de cantidad de sucursales. No enumera propiedades. Habla de empleo.

Porque eso nos dio para llegar y crear tantos puestos de trabajo. Eso es bueno. Es satisfactorio para uno”.

Y enseguida vuelve a mirar hacia quienes todavía no empezaron. “En este país falta industria, faltan emprendedores, chicos o grandes, lo que sea. Así tome un empleado, dos: ya es un aporte a la sociedad”.

Pilo todavía no habla como alguien dispuesto a retirarse.

“No creo que San Pedro me lleve todavía. Espero que siga distraído”, bromea. “Tengo todavía unos años por delante”.

Pero la semilla ya está plantada. La recibió de un hombre que, décadas atrás, le impidió subirse a un colectivo rumbo a Buenos Aires para perseguir el sueño de ser futbolista y le señaló otro destino: quedarse en Formosa, detrás del mostrador.

Pilo obedeció. El almacén se convirtió en supermercado. El supermercado se expandió por el NEA. Los hijos llegaron a las cajas. Los empleados se hicieron profesionales. Y aquel mostrador sobre el que, según su padre, había nacido, terminó convirtiéndose en algo bastante más grande que un negocio. En una forma de mirar la vida.

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Mate Rojo busca gerente general para liderar su expansión desde Oberá

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La firma yerbatera Mate Rojo lanzó una búsqueda laboral clave: incorporará un gerente general para su operación en Oberá, con el objetivo de encarar una nueva etapa de crecimiento y consolidación del negocio.

La convocatoria apunta a perfiles con experiencia en conducción empresarial, capacidad de liderazgo y foco en resultados, en una industria que atraviesa cambios estructurales y donde la eficiencia operativa se vuelve determinante.

Perfil buscado: gestión, estrategia y resultados

La empresa orienta la búsqueda a profesionales con:

  • Visión estratégica y enfoque innovador
  • Experiencia en liderazgo de equipos multidisciplinarios
  • Perfil comercial y capacidad de negociación
  • Manejo financiero con foco en rentabilidad
  • Trayectoria en posiciones gerenciales o de dirección

El rol implica coordinar áreas clave del negocio y traducir objetivos de crecimiento en resultados concretos, en una etapa donde las empresas del sector ajustan estructuras y buscan mayor competitividad.

Liderazgo en tiempos de ajuste

La apertura de esta posición se inscribe en un escenario económico donde las compañías, especialmente en economías regionales, enfrentan desafíos vinculados a costos, consumo y expansión.

En ese marco, la incorporación de perfiles ejecutivos aparece como una señal de reorganización interna. No se trata solo de cubrir un puesto, sino de redefinir el rumbo operativo frente a un contexto exigente.

Cómo postularse

La posición tiene base en Oberá. Los interesados pueden enviar su postulación a: 3755 690634 o al correo mrmarketingydesarrollo@gmail.com

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De asistente a fenómeno global: la historia real detrás de “El diablo viste a la moda”

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A pocas semanas del estreno de El diablo viste a la moda 2, vuelve a escena el origen real de una de las historias más influyentes del cine contemporáneo. Detrás del universo de Miranda Priestly y Andy Sachs hay una experiencia concreta: la de Lauren Weisberger, una joven que pasó de asistente en una de las redacciones más exigentes de Nueva York a autora de un fenómeno editorial global.

Antes de convertirse en película, la historia fue una novela publicada en 2003, inspirada en el paso de Weisberger por la revista dirigida por Anna Wintour. Con apenas 22 años y sin experiencia en el mundo de la moda, la escritora ingresó como asistente en un entorno que definió como “una locura constante”, marcado por la presión, la exigencia y una dinámica laboral extrema.

Ese contraste —entre una joven ajena al universo fashion y una estructura de poder altamente demandante— terminó moldeando los personajes que luego popularizaron Meryl Streep y Anne Hathaway en la adaptación cinematográfica de 2006.

El fenómeno fue inmediato. La historia trascendió el nicho editorial para convertirse en un caso de estudio sobre cultura corporativa, liderazgo y tensiones laborales en industrias creativas. La película recaudó más de 326 millones de dólares a nivel global y consolidó a Miranda Priestly como un ícono del poder en el ámbito empresarial.

Sin embargo, el éxito tuvo un costo personal para su autora. Weisberger reconoció años después que la repercusión fue más intensa de lo esperado, especialmente por las críticas dentro del propio ecosistema de la moda y el periodismo. Incluso llegó a admitir que, de haber anticipado ese impacto, tal vez no habría escrito el libro.

Con el regreso de la saga, la historia original vuelve a cobrar relevancia: la de una experiencia laboral extrema que, lejos de quedar en el anonimato, terminó transformándose en una marca cultural global.

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Meryl Streep reveló que se basó en estas dos celebridades para crear a Miranda Priestly: ninguna es Anna Wintour

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Durante años, la construcción del personaje de Miranda Priestly estuvo asociada a la figura de Anna Wintour. Sin embargo, Meryl Streep acaba de desmontar esa teoría y aportó una nueva lectura sobre uno de los roles más emblemáticos de su carrera.

En una reciente entrevista televisiva, la actriz explicó que su inspiración no provino del mundo de la moda, sino de dos figuras clave de Hollywood: el director Mike Nichols y el actor y realizador Clint Eastwood. “Básicamente estuve imitando a Mike Nichols todo el tiempo. Si Mike Nichols y Clint Eastwood tuvieran un bebé… ese bebé sería Miranda Priestly”, afirmó.

Según detalló, el estilo de Nichols —marcado por un liderazgo con humor irónico— definió el tono del personaje, mientras que de Eastwood tomó una autoridad más silenciosa, basada en el control y la economía de palabras.

Ese enfoque permitió construir una figura de poder distinta: menos estridente y más intimidante desde la sutileza, un rasgo que terminó convirtiéndose en una de las claves del impacto cultural de la película.

Streep también aprovechó para revisar el contexto en el que se estrenó El diablo viste a la moda en 2006. En ese momento, la industria la catalogó como “chick-flick”, una etiqueta que —según la actriz— condicionó su presupuesto y alcance inicial. Con el tiempo, el film se consolidó como un fenómeno global y un caso de estudio sobre liderazgo, poder y cultura corporativa.

En paralelo, se conoció un dato inesperado que conecta ficción y realidad: Streep y Wintour comparten un parentesco lejano, ya que serían primas sextas, según registros genealógicos en Estados Unidos.

Con el estreno de El diablo viste a la moda 2 en el horizonte, estas revelaciones reactivan el interés por una historia que, más allá del universo fashion, funciona como una radiografía del poder en industrias en transformación.

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