LIGAS AGRARIAS

A 50 años del golpe: Juan Carlos Berent y la memoria rural que resiste

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A medio siglo del Golpe de Estado del 24 de marzo de 1976, la memoria vuelve a cobrar densidad en las voces que sobrevivieron. En Misiones, la dictadura no solo disciplinó a la militancia urbana: también avanzó sobre el mundo rural organizado, allí donde empezaba a gestarse algo más que un reclamo económico. Juan Carlos Berent, uno de los fundadores del Movimiento Agrario Misionero, reconstruye ese tiempo desde una experiencia que mezcla militancia, persecución y una lectura política que aún hoy incomoda.

Nosotros en ese tiempo estábamos en plena lucha por precio justo, un montón de reivindicaciones que teníamos los agricultores”, recuerda. El golpe, dice, no fue una sorpresa, sino una confirmación de un clima que ya venía enrareciéndose: “El golpe no nos tomó de sorpresa, porque la situación política ya estaba muy complicada”.

En ese contexto, Berent introduce una distinción que resulta clave para entender la lógica represiva: la dictadura no atacó de manera homogénea al movimiento agrario, sino que focalizó en su ala más politizada. “No fue al movimiento agrario en general. Fue a las Ligas Agrarias”, explica. Allí, sostiene, ya no se discutía únicamente el precio de la producción, sino el fondo del problema: “Ya no estábamos solo con la cuestión reivindicativa… estábamos buscando generar conciencia de quién manejaba la cuestión”.

Ese salto -de la demanda sectorial a la conciencia política- fue, según su mirada, lo que desató la represión. “Se estaba creando conciencia de clase… entonces ahí había que golpear”, afirma. Y el golpe fue directo, quirúrgico y brutal: “Todos los delegados de las Ligas Agrarias fueron detenidos… todos los miembros de la Comisión Central”.

Los nombres aparecen como marcas indelebles de esa violencia: “Pedro Peczak fue asesinado, Anselmo Hillebrand fue asesinado, Valdimiro Hillebrand está desaparecido, Estela Ordaz está desaparecida”. La lista, como en tantos otros relatos de la época, no es solo un registro: es una herida abierta.

La experiencia personal de Berent se inscribe en esa misma lógica. Su testimonio reconstruye con crudeza la maquinaria represiva: “Yo fui torturado… me sacaban de la cárcel y me llevaban a la Dirección de Informaciones y me torturaban todas las noches durante ocho días”. La escena se repite con una precisión casi clínica: “Querían que firme una declaración sin leer. Yo no firmé”.

El relato avanza sin eufemismos: “Me golpeaban, me picaneaban en los testículos, en el pene, en la raíz de los dientes… golpes en la cabeza”. Y, sin embargo, hay una línea que no se cruza: “No dije lo que no quería decir”.

Pero el impacto de la dictadura no se mide solo en los cuerpos. También se mide en los proyectos que se truncaron. “Para mí era la destrucción del ideal que teníamos”, resume. Ese ideal tenía una raíz concreta: “Soñábamos con el hombre nuevo, con organizar la familia, con vivir en paz, con justicia… y eso se derrumbó todo”.

La represión, además, no distinguió vínculos. “Fui detenido yo, mi papá, mi hermano, un sobrino… a mi mamá la aislaron totalmente”, cuenta. La lógica era expansiva: castigar no solo al militante, sino a su entorno. “Mi esposa estuvo siete años presa, yo cuatro años y siete meses”, agrega, en una frase que condensa una tragedia familiar que fue también colectiva.

En ese entramado, Berent rescata un elemento muchas veces relegado: el rol de las mujeres. “Las mujeres fueron delegadas, miembros de comisión central, muy combativas”, señala. Y describe una escena que sintetiza un cambio cultural profundo: “Empezaban leyendo un papelito y después lo tiraban y decían lo que sentían”. Su propia esposa, dice, fue parte de ese proceso: “Fue una militante permanente… nunca abandonó la lucha”.

Cincuenta años después, el relato se desplaza hacia el presente. Berent evita equivalencias simplistas, pero advierte sobre transformaciones estructurales que redefinieron al sector. “Antes los pequeños y medianos productores manejábamos el 70% de la producción… ahora se dio vuelta”, explica.

Ese cambio impacta directamente en la capacidad de acción colectiva. “Hoy no podés hacer un paro porque la industria sigue trabajando con su producto”, señala, marcando un contraste con aquella época en la que la organización podía condicionar el funcionamiento del sistema.

El diagnóstico actual es, en ese sentido, más silencioso pero no menos inquietante: “Estamos desorganizados… ya no tenemos ganas de ir a una concentración”. Y profundiza: “Ellos mismos crean la desidia porque no quieren la organización”.

La diferencia con el pasado, insiste, no es solo económica, sino política: “Antes teníamos un gobierno relativamente sensible y podías ir a plantear. Ahora no tenés a quién recurrir”.

Sin embargo, incluso en ese contexto, su mirada no se cierra en la resignación. Hay una persistencia que atraviesa todo el relato, una convicción que se sostiene en la historia: “Yo tengo esperanza de que el pueblo se organice”. Y completa: “Al peronismo lo quisieron destruir muchas veces y volvió”.

En la voz de Berent, los 50 años del golpe no son solo una fecha conmemorativa. Son una línea de continuidad. Un recordatorio de que las tensiones entre organización, poder y producción siguen vigentes. Y de que, en el fondo, la historia del campo misionero todavía está en disputa.

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Las Ligas Agrarias, la organización campesina diezmada por la dictadura militar

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Por Ailín Bullentini, Agencia Tierra Viva. Hubo un tiempo en que el Nordeste argentino estuvo en las manos de campesinos y campesinas que lo sembraron, lo cosecharon y trabajaron; que idearon la forma en la que la comercialización del fruto de su esfuerzo les sirviera para comer, pero también para desarrollar una vida digna. Para ellos, para sus familias, para el futuro de todos. Fue el tiempo de las Ligas Agrarias, que lograron organizar y unificar a cientos de pequeñas y medianas cooperativas de Chaco, Formosa, Santiago del Estero, Corrientes, Misiones, Santa Fe y Entre Ríos detrás de un sueño que fue expandiéndose y que encontró en el terror de la última dictadura cívico eclesiástica militar el límite y el abismo.

Muchos de sus referentes fueron perseguidos, detenidos y torturados durante aquellos años; algunos fueron asesinados y otros continúan desaparecidos. De a poco, y tras décadas de impunidad, algunas de esas historias fueron decantando en diferentes causas y juzgados, que más lento de lo deseable, fueron aportando Justicia a la Verdad y a la Memoria.

Hace pocas semanas, el Tribunal Oral Federal 4 (TOF4) de San Martín definió como “crímenes de lesa humanidad” cometidos en el marco de un “genocidio” a los delitos cometidos contra militantes que participaron de la Contraofensiva montonera, entre ellos algunos dirigentes de las Ligas Agrarias. Fueron golpes que sucedieron entre 1979 y 1981, aunque la cacería había comenzado bastante antes.

Fue todo un gran movimiento que luchó por el territorio y por la dignidad humana. Y así nos pegaron”, reflexiona Remo Vénica, uno de los pocos referentes de aquella experiencia que sobrevivieron al terrorismo de Estado, y que aportó su relato en el juicio por los crímenes contra la Contraofensiva de Montoneros. “¿Por qué no?”, se pregunta el hombre de 78 años cuando Tierra Viva lo consulta sobre las razones que llevaron a integrantes de la dirigencia liguista a encauzarse en aquella agrupación político militar peronista durante los años siguientes a su fundación. Con la misma repregunta responderá al interrogante sobre las razones que tuvieron los milicos para pegarle “tan duro”. “Tan solo hay que mirar el contexto y se entiende perfectamente”, invita. Y allá vamos.

Juicio contraofensiva montonera
Foto: Gustavo Molfino

Un movimiento campesino que le ganaba a las corporaciones

Osvaldo “Quique” Lovey también insiste en contextualizar la persecución, la violencia, la muerte. “Hay que decir en qué contexto político se desarrolló la represión. Las Ligas Agrarias era la organización más importante que tenían los agricultores familiares en el Nordeste argentino, enfrentamos la estrategia acumulativa de los monopolios en las distintas provincias, luchamos por la distribución de la tierra, por la reivindicaciones más sentidas de las familias campesinas. La dictadura tenía un objetivo económico y para poder implementarlo había que eliminar todo vestigio de oposición y resistencia, nos necesitaba terminados”, amplía en diálogo con esta Agencia.

Como Vénica, Lovey fue testigo en el juicio que culminó el 10 de junio pasado. También lo fueron Carlos Cremona y Oscar Mathot, integrantes del movimiento, además de varios familiares de Arturo Dean, Hugo Voucouber, María Bregant, Luis Fleitas y Carlos Piccoli, sus compañeros secuestrados y desaparecidos, “casos” en el debate. Palabras más, palabras menos, los militantes describieron ante los jueces del TOF 4 de San Martín los trabajos, lineamientos y objetivos de las Ligas Agrarias y concluyeron en que aquellas características fueron las razones de la persecución que sufrieron.

La organización campesina se expandió rápidamente por todo el Nordeste y llegaron incluso a Buenos Aires, Córdoba y Santiago del Estero. Pero el origen de las Ligas es chaqueño. Allí se dieron una serie de condiciones que, en medio de la “turbulencia que sacudía al país entero”, concluyeron en la primera versión de este “colectivo social que se reconoció como un ‘nosotros’explotado y marginado, y se construyó desde la crisis y la amenaza efectiva a la supervivencia” de campesinos vinculados al cultivo del algodón, define la socióloga Mercedes Moyano Walker en su investigación “El mundo rural en emergencia”.

El nacimiento de las Ligas Agrarias

La fecha: 14 de noviembre de 1970. Aquel día, en Saenz Peña, Chaco, se llevó a cabo el “Primer Cabildo Abierto de Campesinos”, principalmente pequeñas familias rurales. Estaban los “colonos”, una identidad que viene de la distribución de más de un millón de hectáreas del centro chaqueño en colonias agrícola-ganaderas de entre 10 y 50 hectáreas cada una que el gobierno nacional impulsó en la primera mitad del Siglo XX y en donde se fomentó, sobre todo, el cultivo de algodón. También figuraban los cooperativistas, ya que la producción se había organizado institucionalmente en cooperativas que se habían conformado desde hacía décadas. Aquella reunión dio nacimiento a Ligas Agrarias chaqueñas.

Las demandas apuntaban contra los monopolios de acopio y comercialización usufructuados por dos o tres terratenientes locales y capitales extranjeros y exigían protección al gobierno provincial y nacional: regulación estatal de la comercialización y la producción, pero también distribución de la tierra, indican en una de sus tantas investigaciones sobre el tema Claudia Calvo y Analía Percíncula para la Universidad Nacional del Nordeste.

Aquella primera irrupción pública reunió, recuerda Venica, unos 4000 campesinos y campesinas que ya venían “agitados”. El Cordobazo, en 1969, había dejado la mecha encendida. El Movimiento Rural de Acción Católica Argentina venía aportando para entonces, dice Moyano Walker, una elemento fundamental para la conformación de las Ligas: jóvenes formados en el territorio, en los campos, en los montes de esa zona litoraleña, educados en contacto con la tierra y con un objetivo claro: “Impulsar en el campesinado el camino hacia la vida digna”, define el militante que fue uno de ellos.

¿Sobre qué capacitaban? Sobre cómo trabajar la tierra, cómo conectarse con el entorno y cómo vivir en él y de lo que él otorga; cómo defenderlo desde la política, la educación, la construcción asamblearia. “El movimiento liguista surge de una gran necesidad de organización, una gran necesidad de transformación y una gran necesidad de lucha para evitar que se apoderen de las tierras de los campesinos del país”, resume la investigadora Mercedes Moyano Walker.

En el trabajo de formación del Movimiento Rural Católico fue que Vénica conoció a su compañera Irmina Kleiner, con quien sobrevivió a la última dictadura escondido en el monte, la selva y los cañaverales de la zona y hoy mantiene un proyecto de agroecología en Guadalupe Norte (Santa Fe) —Naturaleza Viva—, donde nació y adonde regresó tras el exilio.

Las ligas agrarias en la dictadura militar.
Archivo Gustavo Molfino

La asociación como herramienta: nadie se salva solo

El formato ya existía, y sobre él se montaron las Ligas Agrarias: las cooperativas. Subraya Vénica: “Hemos logrado recuperar decenas y decenas de cooperativas, incluso de las grandes” de algodón en Chaco y Formosa, de tabaco y yerba en Misiones y Corrientes, agropecuarias en el norte de Santa Fe. “Fueron nuestras herramientas económicas sobre las que concentrábamos la producción y defendíamos los precios. Y sobre ellas golpeó la dictadura para que no haya resistencia al plan económico de las corporaciones”, completa Lovey. En todo el Nordeste llegaron a involucrar cerca de 30.000 familias, más de 100.000 personas.

El contexto: “La política económica de la dictadura venía a reimponer a los grupos multinacionales que concentraban en sus manos desde el acopio en la producción hasta todo el desarrollo de la cadena industrial”, apunta el militante rural que hoy sigue vinculado a la temática, en el gobierno de Jorge Capitanich, en Chaco.

La entrega de un millón de hectáreas de Chaco y Formosa a la empresa Agrex —estadounidense con el apoyo local de la familia del dictador Alejandro Lanusse— fue la principal resistencia en el origen de las Ligas chaqueñas. Y lo lograron, no solo porque lo impidieron, sino porque el movimiento de campesinos logró desarrollarse en toda la cadena industrial del algodón: “Una parte la comercializábamos y otra se industrializaba. Teníamos fábricas de aceite, molinos harineros, hilandería, tejeduría, fábrica de confección de ropa, líneas de exportación por los ríos Paraná y Uruguay. Un complejo muy importante que fue formado, organizado, financiado por la economía de los agricultores. Eso es lo que vinieron a destruir”, describe Lovey.

Las razones económicas de la última dictadura “necesitaron de la muerte y la persecución” para poder concretarse, añade Remo Vénica, pero el objetivo era “a largo plazo” y apuntaba “a quedarse con la tierra”. “Ellos tenían presente que el futuro, la riqueza de la humanidad, era la producción de alimentos. Y para producir alimentos se requería concentrar la tierra”, explica.

—¿Considera que querían la tierra para producir?

—No, por supuesto. No veían vida en el territorio. Solo riqueza, dinero, ganancias, poder, para ellos. Ellos querían acumular ganancias, no multiplicar campesinos, que es la manera más sana de producir sanamente, de distribuir mejor a la población en el territorio y a la riqueza entre la población.

Juicio contraofensiva montonera
Osvaldo “Quique” Lovey, de las Ligas Agrarias de Chaco. Testigo en el juicio que condenó a represores de la dictadura militar.
Foto: Gustavo Molfino

La dictadura y su plan sistemático

Para el 24 de marzo de 1976, la multiplicación de campesinos de las Ligas Agrarias era más que fructífera. El movimiento cooperativo llegó a comercializar el 80 por ciento de las producciones agropecuarias en casi todas las provincias en las que tenían presencia, según los cálculos que maneja Vénica, quien, por otro lado, destaca que durante el “auge” de las organizaciones rurales, eran “500.000 pequeños y medianos productores en todo el país. Ahora no somos más de 100.000”.

La organización campesina llegó a convertirse en “un movimiento súper fuerte de las comunidades rurales que decidían cada cosa en asamblea, las medidas que tomarían, quiénes iban a conducir el movimiento”, remarca Vénica.

Sin embargo, aquel marzo fue la estocada final de un plan de persecución y exterminio que venía consolidándose desde por lo menos un año antes. Para entonces, hacía años que gran parte de la dirigencia del movimiento —en casi todos los territorios— integraba alguna organización de la lucha armada. Varios de ellos pasaron la previa del golpe de Estado de 1976 en la cárcel. Lovey fue detenido en abril de 1975 y puesto a disposición del Poder Ejecutivo Nacional, como algunos otros. Desde fines de 1975, “la represión se agudizó, se sucedieron las muertes, los asesinatos callejeros y las desapariciones, los secuestros, las torturas. Fue una cacería literalmente. Porque a la semana de habernos largado, nos volvieron a buscar y esa vez el plan era no dejarnos con vida”, describe.

Él, Venica y otra decena de referentes de las Ligas Agrarias debieron refugiarse en el monte chaqueño cuando la Junta Militar dio el golpe “pues no había lugar seguro” para ellos.

En la zona del Nordeste, la confluencia de “todas las fuerzas, Ejército, Prefectura, Gendarmería, y las Policías” desplegaron una serie de operativos a los que bautizaron “Toba” y tuvieron como única meta encontrarlos: “Iban casa por casa en las colonias, allanaban a cada familia. Secuestraban a delegados campesinos que nos ayudaban con alimento y agua, los torturaban y luego los exponían en las comunidades, maniatados con alambre, hinchados de los golpes, ensangrentados, los paseaban hasta por las canchas de fútbol de los barrios para demostrar qué pasaba si seguían insistiendo con otro modo de vida”, describe Vénica.

En el marco de esos operativos “cayeron” algunos dirigentes liguistas en 1976, como Carlos Orianski y Juan Sokol. Orianski venía escapando de la patota genocida que lo sorprendió en el monte en octubre. Permanece desaparecido. Las familias campesinas con las que había tenido contacto antes fueron detenidas y torturadas. Como la familia de Sokol, a quien hallaron en la ruta y lo trasladaron a la comisaría de Saenz Peña, donde murió producto de los golpes.

Pero además de violencia física, también hubo de la otra: robo de tierra y de herramientas, una política para desarmar el monte. “La estrategia era despojar a los campesinos de la tierra. Primeros destruían los lazos sociales con el miedo, luego les privaban del trabajo”. En Chaco, suma Lovey, “solo en 1978 se embargaron 3000 tractores de los agricultores. Entonces les quitaban las herramientas de trabajo y después las chacras. Además de campesinos secuestrados, acá desaparecieron del escenario agrario más de 20.000 familias agricultoras, el motor económico de esta provincia”.

Fueron entre tres y cuatro años de vivir escondidos. Irmina Kleiner parió dos de los seis hijos que tiene con Vénica en ese tiempo: la niña nació en una cueva que cavaron a tres metros de profundidad; el niño, en el campo de cañas de azúcar de tres metros de alto. Ambos pudieron exiliarse, al igual que Lovey y otros compañeros. Más tarde o más temprano, regresaron en el marco de la Contraofensiva. Fueron muchos los referentes de las Ligas Agrarias que no sobrevivieron al terrorismo de Estado.

Las Ligas Agrarias y la dictadura militar 05
Archivo Gustavo Molfino

Las víctimas campesinas de las Ligas Agrarias y los juicios a represores

El pasado 10 de junio, el Tribunal Oral Federal 4 condenó a cinco jerarcas de la Inteligencia del Ejército por un centenar de delitos de lesa humanidad contra los militantes que “volvieron” a resistir el terrorismo de Estado. Entre ellos, se cuentan los que sufrieron Arturo Dean, Hugo Voucouber, María Bregant, Luis Fleitas y Carlos Piccoli. Todos estuvieron escondidos en el monte, lograron exiliarse en Europa y regresaron. A Dean y Bregant, una pareja de liguistas de Santa Fe, los secuestraron en el Puente Internacional Paso de los Libres. A Fleitas y Vocouber, se cree, los interceptaron en el aeropuerto de Mendoza. Piccoli llegó hasta Saenz Peña, en el Chaco. Su objetivo era reorganizar a les campesinos, pero no lo dejaron: lo asesinaron en una emboscada mientras andaba en bicicleta la noche del 22 de abril de 1979.

Por su muerte y la de Raúl Gómez Estigarribia, otro referente de las Ligas de Chaco, también fueron juzgados y condenados en 2019 por la justicia federal de Resistencia el ex teniente coronel del Ejército Tadeo Bettolli; los ex agentes policiales Alcides Sanferraiter y Miguel González y los ex comisarios José Rodríguez Valiente y Eduardo Wischnivetzky. El Tribunal Oral Federal de Corrientes, en tanto, revisó el secuestro y las torturas que sufrieron una decena de integrantes del movimiento en esa provincia. Por esos hechos, condenó a tres represores y absolvió a otros cuatro.

Pero son muchas más las víctimas campesinas que dejó el terror. Lovey no sabe cuántos exactamente, “nunca” quiso contarlos “por una cuestión de dolor en el alma”. Los hay muertos, los hay desaparecidos, los hay sobrevivientes, como él. Y también hay nombres que no integran la lista de ninguna “categoría”, pero igualmente sufrieron. Todas “son pérdidas que se sienten y se van a sentir para toda la vida”. “Todos están en el corazón y el alma del pueblo campesino, porque han dado todo por su lucha y organización. No hay día que el pueblo no los recuerde”, completa Vénica.

Las ligas Agrarias y la dictadura militar
Foto: Julieta Colomber
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Las Ligas Agrarias, la organización campesina diezmada por la dictadura militar

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Por Ailín Bullentini. Hubo un tiempo en que el Nordeste argentino estuvo en las manos de campesinos y campesinas que lo sembraron, lo cosecharon y trabajaron; que idearon la forma en la que la comercialización del fruto de su esfuerzo les sirviera para comer, pero también para desarrollar una vida digna. Para ellos, para sus familias, para el futuro de todos. Fue el tiempo de las Ligas Agrarias, que lograron organizar y unificar a cientos de pequeñas y medianas cooperativas de Chaco, Formosa, Santiago del Estero, Corrientes, Misiones, Santa Fe y Entre Ríos detrás de un sueño que fue expandiéndose y que encontró en el terror de la última dictadura cívico eclesiástica militar el límite y el abismo.

Muchos de sus referentes fueron perseguidos, detenidos y torturados durante aquellos años; algunos fueron asesinados y otros continúan desaparecidos. De a poco, y tras décadas de impunidad, algunas de esas historias fueron decantando en diferentes causas y juzgados, que más lento de lo deseable, fueron aportando Justicia a la Verdad y a la Memoria.

Hace pocas semanas, el Tribunal Oral Federal 4 (TOF4) de San Martín definió como “crímenes de lesa humanidad” cometidos en el marco de un “genocidio” a los delitos cometidos contra militantes que participaron de la Contraofensiva montonera, entre ellos algunos dirigentes de las Ligas Agrarias. Fueron golpes que sucedieron entre 1979 y 1981, aunque la cacería había comenzado bastante antes.

Fue todo un gran movimiento que luchó por el territorio y por la dignidad humana. Y así nos pegaron”, reflexiona Remo Vénica, uno de los pocos referentes de aquella experiencia que sobrevivieron al terrorismo de Estado, y que aportó su relato en el juicio por los crímenes contra la Contraofensiva de Montoneros. “¿Por qué no?”, se pregunta el hombre de 78 años cuando Tierra Viva lo consulta sobre las razones que llevaron a integrantes de la dirigencia liguista a encauzarse en aquella agrupación político militar peronista durante los años siguientes a su fundación. Con la misma repregunta responderá al interrogante sobre las razones que tuvieron los milicos para pegarle “tan duro”. “Tan solo hay que mirar el contexto y se entiende perfectamente”, invita. Y allá vamos.

Un movimiento campesino que le ganaba a las corporaciones

Osvaldo “Quique” Lovey también insiste en contextualizar la persecución, la violencia, la muerte. “Hay que decir en qué contexto político se desarrolló la represión. Las Ligas Agrarias era la organización más importante que tenían los agricultores familiares en el Nordeste argentino, enfrentamos la estrategia acumulativa de los monopolios en las distintas provincias, luchamos por la distribución de la tierra, por la reivindicaciones más sentidas de las familias campesinas. La dictadura tenía un objetivo económico y para poder implementarlo había que eliminar todo vestigio de oposición y resistencia, nos necesitaba terminados”, amplía en diálogo con esta Agencia.

Como Vénica, Lovey fue testigo en el juicio que culminó el 10 de junio pasado. También lo fueron Carlos Cremona y Oscar Mathot, integrantes del movimiento, además de varios familiares de Arturo Dean, Hugo Voucouber, María Bregant, Luis Fleitas y Carlos Piccoli, sus compañeros secuestrados y desaparecidos, “casos” en el debate. Palabras más, palabras menos, los militantes describieron ante los jueces del TOF 4 de San Martín los trabajos, lineamientos y objetivos de las Ligas Agrarias y concluyeron en que aquellas características fueron las razones de la persecución que sufrieron.

La organización campesina se expandió rápidamente por todo el Nordeste y llegaron incluso a Buenos Aires, Córdoba y Santiago del Estero. Pero el origen de las Ligas es chaqueño. Allí se dieron una serie de condiciones que, en medio de la “turbulencia que sacudía al país entero”, concluyeron en la primera versión de este “colectivo social que se reconoció como un ‘nosotros’explotado y marginado, y se construyó desde la crisis y la amenaza efectiva a la supervivencia” de campesinos vinculados al cultivo del algodón, define la socióloga Mercedes Moyano Walker en su investigación “El mundo rural en emergencia”.

El nacimiento de las Ligas Agrarias

La fecha: 14 de noviembre de 1970. Aquel día, en Saenz Peña, Chaco, se llevó a cabo el “Primer Cabildo Abierto de Campesinos”, principalmente pequeñas familias rurales. Estaban los “colonos”, una identidad que viene de la distribución de más de un millón de hectáreas del centro chaqueño en colonias agrícola-ganaderas de entre 10 y 50 hectáreas cada una que el gobierno nacional impulsó en la primera mitad del Siglo XX y en donde se fomentó, sobre todo, el cultivo de algodón. También figuraban los cooperativistas, ya que la producción se había organizado institucionalmente en cooperativas que se habían conformado desde hacía décadas. Aquella reunión dio nacimiento a Ligas Agrarias chaqueñas.

Las demandas apuntaban contra los monopolios de acopio y comercialización usufructuados por dos o tres terratenientes locales y capitales extranjeros y exigían protección al gobierno provincial y nacional: regulación estatal de la comercialización y la producción, pero también distribución de la tierra, indican en una de sus tantas investigaciones sobre el tema Claudia Calvo y Analía Percíncula para la Universidad Nacional del Nordeste.

Aquella primera irrupción pública reunió, recuerda Venica, unos 4000 campesinos y campesinas que ya venían “agitados”. El Cordobazo, en 1969, había dejado la mecha encendida. El Movimiento Rural de Acción Católica Argentina venía aportando para entonces, dice Moyano Walker, una elemento fundamental para la conformación de las Ligas: jóvenes formados en el territorio, en los campos, en los montes de esa zona litoraleña, educados en contacto con la tierra y con un objetivo claro: “Impulsar en el campesinado el camino hacia la vida digna”, define el militante que fue uno de ellos.

¿Sobre qué capacitaban? Sobre cómo trabajar la tierra, cómo conectarse con el entorno y cómo vivir en él y de lo que él otorga; cómo defenderlo desde la política, la educación, la construcción asamblearia. “El movimiento liguista surge de una gran necesidad de organización, una gran necesidad de transformación y una gran necesidad de lucha para evitar que se apoderen de las tierras de los campesinos del país”, resume la investigadora Mercedes Moyano Walker.

En el trabajo de formación del Movimiento Rural Católico fue que Vénica conoció a su compañera Irmina Kleiner, con quien sobrevivió a la última dictadura escondido en el monte, la selva y los cañaverales de la zona y hoy mantiene un proyecto de agroecología en Guadalupe Norte (Santa Fe) —Naturaleza Viva—, donde nació y adonde regresó tras el exilio.

Juicio contraofensiva montonera
Remo Vénica. Dirigente de las Ligas Agrarias, perseguido por la dictadura, testigo en el juicio contra represores.
Foto: Gustavo Molfino

La asociación como herramienta: nadie se salva solo

El formato ya existía, y sobre él se montaron las Ligas Agrarias: las cooperativas. Subraya Vénica: “Hemos logrado recuperar decenas y decenas de cooperativas, incluso de las grandes” de algodón en Chaco y Formosa, de tabaco y yerba en Misiones y Corrientes, agropecuarias en el norte de Santa Fe. “Fueron nuestras herramientas económicas sobre las que concentrábamos la producción y defendíamos los precios. Y sobre ellas golpeó la dictadura para que no haya resistencia al plan económico de las corporaciones”, completa Lovey. En todo el Nordeste llegaron a involucrar cerca de 30.000 familias, más de 100.000 personas.

El contexto: “La política económica de la dictadura venía a reimponer a los grupos multinacionales que concentraban en sus manos desde el acopio en la producción hasta todo el desarrollo de la cadena industrial”, apunta el militante rural que hoy sigue vinculado a la temática, en el gobierno de Jorge Capitanich, en Chaco.

La entrega de un millón de hectáreas de Chaco y Formosa a la empresa Agrex —estadounidense con el apoyo local de la familia del dictador Alejandro Lanusse— fue la principal resistencia en el origen de las Ligas chaqueñas. Y lo lograron, no solo porque lo impidieron, sino porque el movimiento de campesinos logró desarrollarse en toda la cadena industrial del algodón: “Una parte la comercializábamos y otra se industrializaba. Teníamos fábricas de aceite, molinos harineros, hilandería, tejeduría, fábrica de confección de ropa, líneas de exportación por los ríos Paraná y Uruguay. Un complejo muy importante que fue formado, organizado, financiado por la economía de los agricultores. Eso es lo que vinieron a destruir”, describe Lovey.

Las razones económicas de la última dictadura “necesitaron de la muerte y la persecución” para poder concretarse, añade Remo Vénica, pero el objetivo era “a largo plazo” y apuntaba “a quedarse con la tierra». «Ellos tenían presente que el futuro, la riqueza de la humanidad, era la producción de alimentos. Y para producir alimentos se requería concentrar la tierra”, explica.

—¿Considera que querían la tierra para producir?

—No, por supuesto. No veían vida en el territorio. Solo riqueza, dinero, ganancias, poder, para ellos. Ellos querían acumular ganancias, no multiplicar campesinos, que es la manera más sana de producir sanamente, de distribuir mejor a la población en el territorio y a la riqueza entre la población.

Juicio contraofensiva montonera
Osvaldo «Quique» Lovey, de las Ligas Agrarias de Chaco. Testigo en el juicio que condenó a represores de la dictadura militar.
Foto: Gustavo Molfino

La dictadura y su plan sistemático

Para el 24 de marzo de 1976, la multiplicación de campesinos de las Ligas Agrarias era más que fructífera. El movimiento cooperativo llegó a comercializar el 80 por ciento de las producciones agropecuarias en casi todas las provincias en las que tenían presencia, según los cálculos que maneja Vénica, quien, por otro lado, destaca que durante el “auge” de las organizaciones rurales, eran “500.000 pequeños y medianos productores en todo el país. Ahora no somos más de 100.000”.

La organización campesina llegó a convertirse en “un movimiento súper fuerte de las comunidades rurales que decidían cada cosa en asamblea, las medidas que tomarían, quiénes iban a conducir el movimiento”, remarca Vénica.

Sin embargo, aquel marzo fue la estocada final de un plan de persecución y exterminio que venía consolidándose desde por lo menos un año antes. Para entonces, hacía años que gran parte de la dirigencia del movimiento —en casi todos los territorios— integraba alguna organización de la lucha armada. Varios de ellos pasaron la previa del golpe de Estado de 1976 en la cárcel. Lovey fue detenido en abril de 1975 y puesto a disposición del Poder Ejecutivo Nacional, como algunos otros. Desde fines de 1975, “la represión se agudizó, se sucedieron las muertes, los asesinatos callejeros y las desapariciones, los secuestros, las torturas. Fue una cacería literalmente. Porque a la semana de habernos largado, nos volvieron a buscar y esa vez el plan era no dejarnos con vida”, describe.

Él, Venica y otra decena de referentes de las Ligas Agrarias debieron refugiarse en el monte chaqueño cuando la Junta Militar dio el golpe “pues no había lugar seguro” para ellos.

En la zona del Nordeste, la confluencia de “todas las fuerzas, Ejército, Prefectura, Gendarmería, y las Policías” desplegaron una serie de operativos a los que bautizaron “Toba” y tuvieron como única meta encontrarlos: “Iban casa por casa en las colonias, allanaban a cada familia. Secuestraban a delegados campesinos que nos ayudaban con alimento y agua, los torturaban y luego los exponían en las comunidades, maniatados con alambre, hinchados de los golpes, ensangrentados, los paseaban hasta por las canchas de fútbol de los barrios para demostrar qué pasaba si seguían insistiendo con otro modo de vida”, describe Vénica.

En el marco de esos operativos “cayeron” algunos dirigentes liguistas en 1976, como Carlos Orianski y Juan Sokol. Orianski venía escapando de la patota genocida que lo sorprendió en el monte en octubre. Permanece desaparecido. Las familias campesinas con las que había tenido contacto antes fueron detenidas y torturadas. Como la familia de Sokol, a quien hallaron en la ruta y lo trasladaron a la comisaría de Saenz Peña, donde murió producto de los golpes.

Pero además de violencia física, también hubo de la otra: robo de tierra y de herramientas, una política para desarmar el monte. “La estrategia era despojar a los campesinos de la tierra. Primeros destruían los lazos sociales con el miedo, luego les privaban del trabajo”. En Chaco, suma Lovey, “solo en 1978 se embargaron 3000 tractores de los agricultores. Entonces les quitaban las herramientas de trabajo y después las chacras. Además de campesinos secuestrados, acá desaparecieron del escenario agrario más de 20.000 familias agricultoras, el motor económico de esta provincia”.

Fueron entre tres y cuatro años de vivir escondidos. Irmina Kleiner parió dos de los seis hijos que tiene con Vénica en ese tiempo: la niña nació en una cueva que cavaron a tres metros de profundidad; el niño, en el campo de cañas de azúcar de tres metros de alto. Ambos pudieron exiliarse, al igual que Lovey y otros compañeros. Más tarde o más temprano, regresaron en el marco de la Contraofensiva. Fueron muchos los referentes de las Ligas Agrarias que no sobrevivieron al terrorismo de Estado.

Las víctimas campesinas de las Ligas Agrarias y los juicios a represores

El pasado 10 de junio, el Tribunal Oral Federal 4 condenó a cinco jerarcas de la Inteligencia del Ejército por un centenar de delitos de lesa humanidad contra los militantes que “volvieron” a resistir el terrorismo de Estado. Entre ellos, se cuentan los que sufrieron Arturo Dean, Hugo Voucouber, María Bregant, Luis Fleitas y Carlos Piccoli. Todos estuvieron escondidos en el monte, lograron exiliarse en Europa y regresaron. A Dean y Bregant, una pareja de liguistas de Santa Fe, los secuestraron en el Puente Internacional Paso de los Libres. A Fleitas y Vocouber, se cree, los interceptaron en el aeropuerto de Mendoza. Piccoli llegó hasta Saenz Peña, en el Chaco. Su objetivo era reorganizar a les campesinos, pero no lo dejaron: lo asesinaron en una emboscada mientras andaba en bicicleta la noche del 22 de abril de 1979.

Por su muerte y la de Raúl Gómez Estigarribia, otro referente de las Ligas de Chaco, también fueron juzgados y condenados en 2019 por la justicia federal de Resistencia el ex teniente coronel del Ejército Tadeo Bettolli; los ex agentes policiales Alcides Sanferraiter y Miguel González y los ex comisarios José Rodríguez Valiente y Eduardo Wischnivetzky. El Tribunal Oral Federal de Corrientes, en tanto, revisó el secuestro y las torturas que sufrieron una decena de integrantes del movimiento en esa provincia. Por esos hechos, condenó a tres represores y absolvió a otros cuatro.

Pero son muchas más las víctimas campesinas que dejó el terror. Lovey no sabe cuántos exactamente, “nunca” quiso contarlos “por una cuestión de dolor en el alma”. Los hay muertos, los hay desaparecidos, los hay sobrevivientes, como él. Y también hay nombres que no integran la lista de ninguna “categoría”, pero igualmente sufrieron. Todas “son pérdidas que se sienten y se van a sentir para toda la vida”. “Todos están en el corazón y el alma del pueblo campesino, porque han dado todo por su lucha y organización. No hay día que el pueblo no los recuerde”, completa Vénica.

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