lluvias intensas

Cómo proteger la chacra ante un año con mayor riesgo de tormentas y lluvias intensas

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Las proyecciones climáticas para los próximos meses indican una mayor probabilidad de lluvias intensas, tormentas con fuertes vientos y períodos de altas temperaturas en la región. Si bien estos fenómenos no pueden evitarse, es posible prepararse para disminuir sus efectos sobre los cultivos y la infraestructura productiva. Cuando el suelo queda descubierto, las lluvias intensas provocan erosión, arrastran nutrientes, generan cárcavas y reducen la capacidad del terreno para absorber agua. A su vez, los vientos fuertes pueden afectar invernaderos, medias sombras y plantaciones jóvenes. Por eso, adoptar medidas preventivas antes de que lleguen las tormentas es una de las mejores inversiones que puede hacer un productor.

Desde el Ministerio del Agro y la Producción del gobierno provincial remarcan que muchas de estas prácticas no requieren grandes inversiones, sino incorporar hábitos de manejo que fortalecen la resiliencia de la chacra y permiten conservar uno de los recursos más valiosos para producir: el suelo.

Cubiertas verdes: una defensa natural para la chacra

Mantener el suelo cubierto con vegetación es una de las prácticas más efectivas para proteger la producción frente a lluvias intensas y temperaturas extremas. Las llamadas cubiertas verdes consisten en sembrar especies destinadas a cubrir el suelo o permitir el desarrollo controlado de vegetación espontánea entre las líneas de cultivo, evitando que la tierra permanezca desnuda.

Su función principal es proteger el suelo. Las hojas amortiguan el impacto de las gotas de lluvia y evitan que la tierra se desprenda, mientras que las raíces ayudan a mantener la estructura del suelo y favorecen la infiltración del agua. De esta manera, disminuye el escurrimiento superficial, se reduce la erosión y se conserva una mayor cantidad de nutrientes. 

Pero sus beneficios van mucho más allá. Las cubiertas verdes ayudan a conservar la humedad durante los períodos secos, incorporan materia orgánica, mejoran la estructura física del suelo, favorecen la actividad biológica y contribuyen a regular la temperatura superficial. En otras palabras, hacen que el suelo sea más sano, más estable y más resistente frente a los cambios del clima.

En yerbales, citrus, té, montes frutales y otros cultivos perennes, mantener vegetación entre las hileras también permite que el agua de lluvia ingrese lentamente al perfil del suelo, reduciendo la pérdida de fertilidad y mejorando el aprovechamiento del recurso hídrico. El director del Instituto Misionero del Suelo, Guillermo Reutemann, explicó que “cuando un suelo queda desnudo, la lluvia golpea directamente sobre su superficie, rompe su estructura y el agua termina escurriendo en lugar de infiltrarse. Las cubiertas verdes funcionan como una protección natural que reduce ese impacto y permite que el agua entre al suelo, donde realmente la necesita el cultivo”.

Además, destacó que “cuidar el suelo es una decisión productiva. Un suelo protegido conserva mejor sus nutrientes, retiene más humedad y responde mejor tanto a los excesos de lluvia como a los períodos de sequía. Es una práctica sencilla que genera beneficios durante muchos años”.

Otra práctica recomendada es conservar e incorporar árboles dentro de los sistemas productivos. Las cortinas forestales y la arborización reducen la velocidad del viento, disminuyen los daños sobre los cultivos y ayudan a crear un microclima más estable. Además, sus raíces contribuyen a estabilizar el suelo y favorecen la infiltración del agua, mientras que la copa reduce el impacto directo de las lluvias intensas y brinda sombra durante los períodos de calor extremo. Estas funciones cobran cada vez mayor importancia en un contexto donde los eventos climáticos son más frecuentes e intensos.

Antes de la próxima tormenta, revisá estos puntos

Además de mantener el suelo protegido con cubiertas verdes, el Ministerio del Agro recomienda:

  1. Revisar y reforzar invernaderos, medias sombras y otras estructuras.
  2. Limpiar canales, cunetas y desagües para facilitar el escurrimiento del agua.
  3. Evitar labores que dejen el suelo desnudo cuando se pronostiquen lluvias intensas.
  4. Conservar árboles y cortinas forestales que disminuyan la fuerza del viento.
  5. Revisar drenajes y sistemas de riego para evitar anegamientos.
  6. Mantener despejados caminos internos y accesos para facilitar el ingreso en caso de emergencias
  7. Consultar periódicamente los pronósticos meteorológicos para planificar siembras, cosechas y otras labores.

Desde el Ministerio del Agro destacan que cada chacra tiene características particulares y que las recomendaciones deben adaptarse a cada sistema productivo. En este sentido, su titular, Facundo López Sartori, afirmó que “existe un principio común a todos ellos: un suelo protegido es un suelo más preparado para enfrentar los desafíos del clima. Por eso, promover prácticas de conservación hoy significa fortalecer la producción misionera del mañana”.

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CRA advierte por un “súper Niño” y pide anticipación ante un escenario climático de alto impacto

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El pronóstico de un evento climático de gran magnitud volvió a encender alarmas en el sector agropecuario. La entidad Confederaciones Rurales Argentinas (CRA) advirtió sobre la posible configuración de un “súper El Niño” para el período 2026-2027, un escenario que, de confirmarse, podría ubicarse entre los más intensos registrados y afectar de manera directa a las economías regionales.

La advertencia se apoya en proyecciones climáticas que muestran un progresivo calentamiento del Pacífico ecuatorial. Según esos modelos, el fenómeno podría incluso superar la intensidad registrada en 2015, con efectos asociados a lluvias más intensas, mayor frecuencia de eventos extremos y riesgo elevado de inundaciones.

Un marco climático que tensiona al sistema productivo

Los últimos reportes del Servicio Meteorológico Nacional (SMN) ya reflejan señales compatibles con ese escenario. Para el trimestre otoño-invierno 2026 se proyectan precipitaciones superiores a lo normal en amplias regiones del país, junto con temperaturas por encima de los valores históricos.

Traducido a términos productivos, el fenómeno implica una doble presión. Por un lado, la actual campaña de cosecha gruesa podría enfrentar complicaciones operativas por excesos hídricos, afectando la transitabilidad y la calidad de los cultivos. Por otro, la planificación de la siembra fina se vería condicionada por suelos saturados, riesgos de anegamiento y ventanas de trabajo más acotadas.

A esto se suma un componente adicional: el incremento en la variabilidad climática. Tormentas intensas, ráfagas, granizo y olas de calor aparecen como factores que elevan la incertidumbre en todas las etapas del ciclo productivo.

De la previsión a la gestión del riesgo

Frente a este escenario, CRA plantea un cambio de enfoque. El clima deja de ser una variable externa para convertirse en un eje central de planificación. Entre las medidas recomendadas aparecen: revisión de sistemas de drenaje, planificación logística anticipada, monitoreo constante de pronósticos y evaluación de coberturas de riesgo

El planteo también incorpora una dimensión institucional. La entidad señala la necesidad de articular acciones con gobiernos provinciales y organismos técnicos para mitigar impactos sobre infraestructura rural, especialmente caminos y sistemas de transporte.

Presión sobre la agenda pública

El planteo de CRA introduce un elemento clave en la agenda agroeconómica: la necesidad de políticas públicas adaptativas frente a eventos climáticos extremos. Sin hacer referencias explícitas a medidas concretas, la entidad deja planteado que la respuesta no puede recaer únicamente en los productores.

En este contexto, el clima se convierte en un factor de presión sobre la gestión pública. La previsibilidad, el acceso a información confiable y la disponibilidad de herramientas de contingencia pasan a ser variables críticas para sostener la producción.

Riesgo sobre producción e infraestructura

Un evento de alta intensidad no solo implica mayores lluvias. También supone costos adicionales en logística, posibles pérdidas de rendimiento, deterioro de calidad y afectación de infraestructura clave.

Las economías regionales, altamente dependientes de condiciones climáticas estables, aparecen como uno de los eslabones más sensibles. El aumento de eventos extremos podría traducirse en mayor volatilidad productiva y financiera.

Implicancias para Misiones y el NEA

Si bien el informe no detalla impactos específicos por provincia, el comportamiento típico del fenómeno en Sudamérica sugiere un aumento de lluvias y humedad en amplias zonas. En regiones como Misiones y el NEA, esto podría implicar riesgos de saturación de suelos, afectación de caminos rurales y mayor presión sobre sistemas productivos intensivos.

La integración de sistemas agroforestales y la dependencia de la logística terrestre en la región refuerzan la necesidad de anticipación.

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