Posadas, la ciudad que no figura en los planos
La versión escolar dirá que todo comienza en Trincheras de San José, en 1870, cuando la provincia de Corrientes organiza el territorio tras la Guerra de la Triple Alianza. Es cierto, pero insuficiente. Porque una ciudad no nace cuando alguien la nombra: nace cuando alguien la ordena. Y ese orden —en Posadas— tiene una fecha incómoda: el 30 de mayo de 1879, cuando se funda la Logia Roque Pérez.
No es un detalle. Es una clave.
Y hay un matiz más, que leído con la sensibilidad de la época, no puede pasarse por alto.
La Logia Roque Pérez se funda a fines de mayo. Bajo el signo de Géminis.
Para la mirada estrictamente administrativa, es una fecha más. Para la cultura simbólica del siglo XIX —donde la masonería dialogaba con tradiciones filosóficas, herméticas y, muchas veces, astrológicas—, las fechas no eran neutras.
Géminis representa la dualidad, el intercambio, el vínculo entre partes, la circulación de ideas, la construcción de redes.
Y si hay algo que define a la masonería —y particularmente a la Logia Roque Pérez en Posadas— es justamente eso: la capacidad de tejer vínculos, de articular actores, de conectar poder.
No hace falta afirmar que la fecha fue elegida por razones astrológicas para comprender algo más profundo: la fundación ocurre bajo una simbólica que coincide con la naturaleza misma de la institución.
Una logia en Géminis.
Una red en el signo de las redes.
Y si uno quisiera ir aún más lejos —sin abandonar el rigor—, hay otra imagen que se impone: Géminis, en muchas tradiciones, está asociado a lo doble, a lo gemelar, al umbral, a las columnas que marcan el ingreso a un espacio de conocimiento.
Dos pilares.
Dos accesos.
Dos dimensiones.
Una imagen que, curiosamente, dialoga con la simbología masónica.
Y entonces, la fecha deja de ser un número.
Se vuelve un gesto.

Para entender Posadas hay que volver a la frontera. A ese borde entre Argentina, Paraguay y Brasil, donde el Estado llegaba tarde y el poder necesitaba organizarse igual.
Y ahí aparece una evidencia histórica más amplia, que excede Misiones.
Tras la devastación de la Guerra de la Triple Alianza, el Paraguay quedó prácticamente desmantelado. En ese escenario, las primeras logias paraguayas surgen durante y después del conflicto, muchas bajo influencia brasileña y uruguaya. A partir de allí emergen nombres que no son menores en la reconstrucción institucional del país: José Segundo Decoud, Cecilio Báez, Bernardino Caballero, Juan G. González, Rosendo Carísimo.
La conclusión es incómoda y contundente: la reconstrucción del Paraguay no se hizo solamente desde el Estado formal, sino también desde redes de poder donde la masonería tuvo un papel organizador.
Y ese fenómeno no se detiene en Asunción.
Cruza el río.
En Brasil, particularmente en Río Grande do Sul, figuras como Bento Gonçalves da Silva, David Canabarro y Gaspar Silveira Martins forman parte de una tradición donde la logia no era un ámbito marginal, sino un espacio de articulación política.
Montevideo, Asunción, Porto Alegre.
Y en el medio, como una bisagra:
Posadas.

La Logia Roque Pérez nace exactamente en ese cruce. No como una curiosidad local, sino como una pieza dentro de un sistema regional de poder.
Y ahí vuelve la escena inicial.
Los nombres que aparecen en la logia son los mismos que aparecen en la ciudad: Juan Fernández Olmo, que traza Posadas y preside la logia; Rudecindo Roca, que organiza el territorio; Juan Ramón Madariaga, que construye la salud pública; Francisco Goicochea, Felipe Tamareu, Lázaro Gibaja, Juan José Lanusse, Benjamín Moritán, Arturo Fragueiro.
No son dos historias.
Es la misma.
Y entonces aparece la pregunta que incomoda:
¿la ciudad se diseñó desde el plano… o desde la red?
El trazado urbano de Posadas responde a la cuadrícula clásica: manzanas regulares, ejes rectos, distribución funcional. Pero lo interesante no es la forma, sino quién la ejecuta. El centro histórico —en torno a la plaza 9 de Julio— concentra desde el inicio poder político, comercio, justicia, religión y sociabilidad.
Es decir, el corazón de la ciudad coincide con el corazón del poder.
Y ese poder tenía vínculos.
Si uno recorre hoy esas calles con atención, empiezan a aparecer detalles: fachadas con simetría rigurosa, puertas centrales jerarquizadas, repetición de módulos, proporciones que privilegian equilibrio sobre ornamentación.
No es una estética casual.
Es una forma de pensar la ciudad.

El edificio de la Logia Roque Pérez, en calle Córdoba, no es un dato arquitectónico menor. Es un documento. Su sobriedad, su proporción, su silencio, responden a una lógica donde lo importante no se exhibe: se reconoce.
Las primeras instituciones de Posadas —hospitales, sociedades de beneficencia, escuelas, juzgados— no nacen en el vacío. Nacen impulsadas por hombres que se reconocen entre sí. El Hospital de Caridad, base de la organización sanitaria; la Sociedad de Beneficencia; las primeras bibliotecas; el propio orden municipal: todo responde a una lógica de época que combina filantropía, progreso, disciplina social y sentido de misión.
En ese entramado aparecen también nombres que la historia suele relegar pero que sostuvieron la vida social: Leonor Paunero de Lanusse, Clotilde González de Fernández, Elisa Labat de Barthe. Desde la beneficencia y la educación, esas mujeres consolidaron la otra mitad del orden urbano.

El Cementerio La Piedad completa la escena.
Allí la historia deja de hablar en voz alta y empieza a susurrar. Apellidos que ya vimos en la vida pública reaparecen en mármol. Familias, linajes, jerarquías.
La ciudad también se escribe en sus muertos.
Pero hay un punto donde esa historia se vuelve todavía más visible, y más incómoda.
El edificio actual de la Legislatura de la Provincia de Misiones, en Posadas.
No nació como sede parlamentaria. Su origen está vinculado a la representación de la economía yerbatera y a la necesidad de proyectar una imagen moderna de la provincia. Fue concebido como un espacio simbólico, no solo funcional.
Y en esa concepción aparecen las columnas.
Columnas monumentales.
Clásicas.
Ordenadoras.
En la tradición arquitectónica occidental —y también en la simbología que la masonería adopta— las columnas representan sostén, conocimiento, equilibrio, acceso a un espacio de poder.
No es necesario afirmar que el edificio de la Legislatura sea “masónico”.
Pero sí que habla ese idioma.
Y hay un dato que, lejos de debilitar la lectura, la vuelve más reveladora: no existe una atribución pública, clara y consensuada sobre el arquitecto autor del proyecto original en su etapa fundacional.
Pero sí puede afirmarse algo más importante.
El edificio responde a una tradición arquitectónica estatal de mediados del siglo XX, donde se combinaban monumentalidad, lenguaje clásico reinterpretado, función representativa del poder y una fuerte carga simbólica vinculada a la economía regional.
No es la firma individual lo que explica el edificio.
Es la época.
Es el Estado.
Es la idea de poder que necesitaba ser representada.

Y hay algo más.
La memoria posadeña insiste en que esas columnas del edificio de la Legislatura estuvieron originalmente acompañadas por esculturas monumentales, entre ellas representaciones vinculadas al mundo guaraní, retiradas posteriormente durante la última dictadura militar bajo argumentos de decoro.
Leído en contexto, ese gesto adquiere otra dimensión.
La yerba mate —la economía que ese edificio buscaba representar— fue también el motor de una élite económica que llegó a la región con capital, proyecto y, en muchos casos, con pertenencia a redes de sociabilidad como la masonería.
Nombres como Goicochea o Gibaja no remiten solo a empresarios. Remiten a un entramado donde economía, poder y red de vínculos coincidían.
Entonces, aquellas figuras guaraníticas no eran únicamente una representación cultural.
Eran una puesta en escena.
El territorio.
El origen.
La materia prima.
Frente a las columnas del poder.
Se retiraron las figuras del edificio de la Legislatura.
Quedaron las columnas.
Y eso también dice algo.
Porque las columnas, sin relato, quedan como sostén puro.
Como poder sin explicación.
Si uno mira hoy el edificio de la Legislatura de Misiones con esta clave, empieza a ver otra cosa: la escala institucional, el ritmo repetitivo, la teatralidad del acceso, la distancia que impone.
El edificio no invita.
Ordena.
Y en ese gesto, hay continuidad.
Porque la ciudad que nació de redes de poder termina representando el poder en su arquitectura.
En la avenida Mitre, un reloj marca el tiempo.
Asociado a la acción del Rotary Club, fundado en 1929, expresa una cultura cívica que comparte valores con la tradición masónica: servicio, organización, disciplina social, construcción de ciudad.
No es masonería directa.
Pero pertenece al mismo clima cultural.
Hay, además, un relato que corre por debajo de la ciudad.
Literalmente.
Durante décadas, en Posadas se ha repetido una historia: la existencia de túneles subterráneos que conectarían la Logia Roque Pérez con edificios centrales como la Casa de Gobierno, el Banco Nación y la Catedral.
Aquí el rigor obliga a una precisión incómoda.
No existe, hasta donde puede verificarse públicamente, una prueba documental firme que confirme esa red de túneles.
No hay planos difundidos, ni informes técnicos, ni registros oficiales que lo respalden.
Pero tampoco es un relato que deba descartarse con ligereza.
Porque en Posadas sí hay antecedentes de estructuras subterráneas: túneles antiguos en la zona de la costanera, galerías tapadas, obras de infraestructura que el tiempo fue ocultando.
Y porque, sobre todo, el mito elige bien sus edificios.
La logia.
El gobierno.
El banco.
La iglesia.
La red.
El poder político.
El dinero.
La fe.
Aunque el túnel no exista, la imagen funciona.
Y cuando una imagen persiste en la memoria colectiva, no revela necesariamente un hecho.
Revela una intuición.
Y hay, finalmente, una dimensión económica y social que completa el cuadro.
Posadas no solo fue un nodo político y administrativo.
Fue también un centro de acumulación económica.
El antiguo Hotel Savoy, durante décadas el más lujoso de la región, no era solo un edificio. Era un punto de encuentro. Un espacio donde convergían comerciantes, funcionarios, empresarios, viajeros.
Un escenario donde la ciudad se pensaba a sí misma como capital.
Del mismo modo, gran parte de los edificios más importantes del centro histórico estuvieron en manos de familias como los Barthe, protagonistas de la vida económica y urbana de Posadas.
Aquí el rigor vuelve a imponerse.
No existe documentación concluyente que permita afirmar una pertenencia masónica directa de la familia Barthe.
Pero sí hay una coincidencia que no puede ignorarse.
Las familias que concentraban propiedad, actividad económica y presencia urbana eran, muchas veces, las mismas que orbitaban los espacios de sociabilidad donde se organizaba el poder.
No siempre dentro de la logia.
Pero nunca lejos de ella.
Y hay, finalmente, un hallazgo puntual que refuerza esa idea de capas superpuestas.
En el actual edificio del Concejo Deliberante de Posadas, en 2004, apareció bajo el piso la lápida de una niña: Hilda V. Fernícola, fallecida en 1907 a los seis años.
No estaba enterrada allí. La piedra había sido reutilizada como material constructivo, una práctica habitual en ciudades en formación.
Su familia, los Fernícola, formaba parte de la vida económica de la Posadas de comienzos del siglo XX y había sido propietaria del inmueble.
No hay evidencia que los vincule directamente con la masonería.
Pero sí con algo más importante.
Con la ciudad.
La lápida no prueba nada oculto.
Pero dice algo evidente.
Posadas se construyó sobre capas.
Sobre familias.
Sobre decisiones.
Sobre memorias desplazadas.
La masonería, además, nunca fue local. Desde su organización en Londres en 1717, se expandió como una red global. En América Latina participó en procesos independentistas y en la construcción de los Estados modernos.
Posadas, por su ubicación, se integró naturalmente a esa red.
Y esa red nunca desapareció del todo.
En marzo de 2026, el Gran Maestre de la masonería argentina visitó la ciudad.
No fue un gesto menor.
Fue un reconocimiento.
Entonces, la última pregunta:
¿Esto terminó?
Las ciudades no olvidan cómo fueron hechas.
Y Posadas, si se la mira sin ingenuidad, no es solo una ciudad fundada.
Es una ciudad pensada.
Y toda ciudad pensada
sigue pensando su presente.
Porque en el fondo, Posadas nunca dejó de ser eso:
una ciudad que no figura en los planos
pero que está perfectamente trazada.
*Foto de Portada: Posadas en 1927 | Fotografía de la colección privada de Santiago Manuel Ortega (abuelo del Iván Ortega)
