madera misionera

Martín López y el desafío forestal de producir más sin perder rentabilidad

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La forestoindustria misionera atraviesa una etapa en la que producir ya no alcanza: también hay que encontrar mercados, reducir costos y mejorar la capacidad de transformar la madera dentro de la provincia. Martín López, flamante subsecretario de Desarrollo Forestal del Ministerio del Agro y la Producción, reconoce en una entrevista con Economis que el sector trabaja con márgenes cada vez más estrechos y plantea una agenda que combina recuperación del mercado interno, exportaciones, infraestructura logística y mayor valor agregado.

El diagnóstico parte de un escenario que excede a Misiones. Durante el encuentro por el 80° aniversario de la Asociación Forestal Argentina (AFOA), representantes del sector plantearon las dificultades que atraviesa la actividad en toda la región. López coincide en que las empresas de la provincia están operando cerca de sus máximos niveles de productividad, han optimizado la eficiencia y se han enfocado en la exportación porque necesitan colocar afuera una parte importante de lo que producen para sostenerse.

El problema aparece cuando todos buscan la misma salida. Con el mercado interno deprimido, la exportación funciona como una válvula de escape, pero también tiene un límite. “Llega un momento que se satura”, advierte el funcionario.

La tensión es particularmente relevante para Misiones porque su entramado forestal tiene una fuerte presencia de pequeñas y medianas empresas. López estima que alrededor del 90% de los aserraderos son micro, pequeñas o medianas empresas. Para esas unidades, que tienen menos espalda financiera y tecnológica, la caída de la demanda interna se combina con una estructura de costos difícil de absorber.

La situación no es nueva. Un diagnóstico oficial sobre la estructura productiva misionera ya identificaba entre los principales desafíos del sector la necesidad de reducir costos logísticos, mejorar el valor agregado, incorporar tecnología y facilitar el acceso al financiamiento para las PyMEs.

La energía aparece como otro de los puntos de presión. Las empresas más grandes, explica López, pudieron avanzar en reconversiones y fuentes alternativas para reducir parte de ese impacto. Las más pequeñas tienen menos margen de maniobra. Allí aparece una de las discusiones más sensibles de la cadena: quién absorbe los aumentos de costos.

Según el subsecretario, el productor forestal termina muchas veces funcionando como el eslabón que absorbe el ajuste porque tiene menor capacidad de negociación frente a otros componentes de la estructura productiva. El desafío de su gestión, plantea, es evitar que esa presión termine desincentivando la plantación.

La preocupación tiene una razón estructural. La forestación no es un inventario que pueda reponerse de un año para otro. Si la caída de rentabilidad lleva a reducir plantaciones, el problema actual de mercado puede convertirse posteriormente en un problema de disponibilidad de materia prima. Para López, conservar la tasa de forestación significa proteger el capital productivo futuro de la provincia.

Como contexto, López explicó que se está llevando adelante el Censo nacional Foresto Industrial, el cual podrá brindar datos de la situación actual del sector. Recordó que el censo anterior se realizó en el año 2015. En Misiones ya se realizó la etapa de consultas virtuales y ahora se están haciendo las visitas en campo, donde se releva las condiciones de cada empresa.

El cuello de botella que está fuera del aserradero

La discusión cambia de escala cuando aparece la logística. Misiones no solo necesita producir madera competitiva: necesita moverla de manera competitiva.

El funcionario considera que el costo logístico puede representar entre 10% y 15% del valor de la madera. En una industria que trabaja con márgenes reducidos, esa diferencia puede determinar si una operación es viable o no.

El Puerto de Posadas abrió una alternativa que hasta hace pocos años no existía para la producción provincial. De hecho, el puerto ya despachó convoyes de productos forestales de Misiones y Corrientes, incluyendo madera aserrada y pellets, consolidando su papel dentro de la salida exportadora regional.

Pero para López, un solo puerto no alcanza. La discusión pasa por construir una red logística capaz de combinar producción forestal, transporte terrestre y navegación fluvial.

En su planteo aparece una propuesta concreta: modificar el esquema regulatorio de la Marina Mercante y del cabotaje para permitir una mayor participación de embarcaciones de países de la región. La lógica es aprovechar barcos que puedan ingresar con capacidad disponible, completar carga en distintos puntos del corredor fluvial y trasladarla hacia los mercados de destino.

El cálculo que menciona es significativo. Según sus estimaciones, transportar actualmente un contenedor por camión puede representar unos 3.100 dólares, alrededor del 10% del valor de la mercadería transportada. Una alternativa fluvial podría reducir ese costo hacia los 2.000 dólares, con un ahorro aproximado de 1.100 dólares por contenedor.

La cifra no es menor para una actividad exportadora. Pero convertir esa posibilidad en una reducción efectiva de costos exige infraestructura, reglas de operación, frecuencia y coordinación entre empresas y organismos públicos. La propia provincia ya implementó herramientas para reducir costos de las PyMEs exportadoras, incluyendo reintegros de fletes y beneficios para las empresas que utilizan el Puerto de Posadas.

La agenda logística, por lo tanto, deja de ser un asunto exclusivamente de transporte. Para una provincia alejada de los principales centros portuarios argentinos, el costo de sacar la producción forma parte directamente de la competitividad industrial.

Corrientes también puede convertirse en mercado para Misiones

El otro cambio que observa López está relacionado con las inversiones que comienzan a modificar la demanda regional de madera. Corrientes aparece en su análisis como un nuevo polo de industrialización, con proyectos vinculados a biomasa, madera estructural y celulosa.

La consecuencia es que Misiones podría dejar de pensar únicamente en su mercado provincial. El complejo forestal de la región funciona cada vez más como una cadena integrada entre Misiones, Corrientes y Entre Ríos.

Para López, nuevas plantas instaladas en Corrientes pueden convertirse en demandantes de madera producida en Misiones, especialmente desde el sur provincial. Eso abre una oportunidad, pero también vuelve más urgente resolver la logística.

La pregunta ya no es solamente cuánto puede producir la provincia. También importa cuánto puede transportar, a qué costo y con qué nivel de procesamiento.

La discusión que viene: vender madera o construir con madera

En ese punto aparece el desafío del valor agregado. Misiones cuenta con una base industrial que permite producir madera aserrada y distintos derivados, pero López considera que todavía existe margen para avanzar hacia productos de mayor elaboración.

Su apuesta está puesta especialmente en la construcción con madera. La idea es pasar de considerar la madera como un insumo más dentro de una obra a incorporarla como parte estructural de la vivienda.

“Tenemos que pensar en madera”, plantea.

El concepto tiene una dimensión económica y otra cultural. No se trata únicamente de aumentar el precio de venta de cada metro cúbico, sino de desarrollar una demanda interna capaz de absorber producción, generar empleo industrial y construir una cadena de proveedores alrededor de viviendas, muebles, componentes y sistemas constructivos.

El propio Estado provincial viene incorporando el agregado de valor y la competitividad como ejes de su política productiva. En la presentación del Presupuesto 2027, el Ministerio del Agro planteó una asignación proyectada superior a $161.000 millones, con prioridades que incluyen diversificación, agregado de valor e innovación.

La discusión forestal encaja dentro de ese mismo problema: cuánto valor económico queda en Misiones después de que un árbol es cosechado.

La respuesta no depende exclusivamente de una subsecretaría. Requiere crédito, infraestructura, energía competitiva, rutas, puertos, regulación nacional, mercados externos y capacidad empresarial. También necesita que el productor forestal tenga incentivos para seguir plantando mientras la industria busca nuevos destinos para esa materia prima.

Por eso López insiste en la necesidad de una relación permanente entre el sector público y el privado. No como una mesa ocasional para atender una emergencia, sino como un mecanismo de coordinación cotidiana.

En una provincia donde muchas empresas forestales son de origen familiar y atraviesan varias generaciones, la discusión tiene una dimensión territorial. Mantener activa la cadena significa preservar plantaciones, aserraderos, empleos, transporte y actividad industrial en localidades donde la forestoindustria forma parte de la estructura económica.

El desafío para la nueva gestión forestal es, entonces, doble. En el corto plazo, sostener empresas que enfrentan una combinación de baja demanda y altos costos. En el largo plazo, evitar que la respuesta a la crisis consista únicamente en producir más barato y exportar materia prima.

La salida que plantea López apunta a otra dirección: bajar el costo de sacar la madera, ampliar los mercados, integrar la producción regional y convertir una mayor proporción de los árboles plantados en productos terminados.

La diferencia parece semántica, pero es económica. Una provincia forestal no se define solamente por la cantidad de hectáreas plantadas. Su verdadera capacidad industrial se mide también por cuánto empleo, tecnología, diseño y valor captura antes de que esa madera salga de su territorio.

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De las canchas al oficio: Gastón Molina y una apuesta por abrir oportunidades desde los clubes de barrio

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Gastón Molina llegó a Misiones por el fútbol, pero terminó construyendo allí una historia que excede ampliamente al deporte. Exfutbolista profesional, emprendedor y vinculado al trabajo cotidiano de los clubes de barrio, hoy combina carpintería, inversiones inmobiliarias y nuevos proyectos empresariales con una idea que atraviesa su recorrido: generar oportunidades para otros a partir de las herramientas que alguna vez recibió.

Su experiencia empresarial comenzó, paradójicamente, durante una de las etapas más difíciles para buena parte de la economía. En plena pandemia había comprado canchas de fútbol sintético y tenía en marcha otros proyectos vinculados al deporte y al bienestar. Pero las actividades sociales y deportivas fueron de las últimas en recuperarse. Frente a ese escenario, Molina recurrió a un conocimiento que había aprendido mucho antes de dedicarse profesionalmente al fútbol: la carpintería.

“Siempre tuve mis herramientas. Los muebles de mi casa los hice yo”, cuenta. El oficio lo había aprendido desde adolescente junto a su padre. Esa formación, que durante años había convivido con su carrera deportiva, terminó convirtiéndose en una herramienta empresarial.

Así nació Pintó Taller. El proyecto comenzó de manera casi artesanal, utilizando herramientas propias y recuperando restos de madera que encontraba en la calle. Lo que inicialmente fueron estanterías, sillas y maceteros comenzó a transformarse en muebles de diseño. Internet, las redes sociales y plataformas como Pinterest funcionaron como vidriera y también como fuente de inspiración.

El primer cliente llegó desde Rosario. Después aparecieron pedidos de Córdoba y Buenos Aires. El crecimiento llevó a la apertura de un local en Buenos Aires y otro en Pinamar, mientras el taller de producción permanece en Misiones. La cuenta de Instagram del emprendimiento ya ronda los 50.000 seguidores, según relata Molina.

La historia tiene además un componente económico que el propio empresario destaca: la disponibilidad de madera en Misiones y el aprovechamiento de materiales que, bajo otras circunstancias, podrían terminar descartados. La combinación entre oficio, materia prima y comercialización digital permitió construir una actividad que hoy trasciende el mercado local.

Molina observa allí una transformación más amplia. Durante años, los oficios fueron vistos como una alternativa secundaria frente a las profesiones universitarias. Para él, esa mirada está cambiando. Carpintería, electricidad y mecánica, sostiene, conservan un valor concreto en una economía donde la tecnología puede modificar procesos, pero no elimina la necesidad de personas capacitadas para resolver problemas materiales.

Su propia trayectoria funciona como ejemplo. Antes de convertirse en empresario fue futbolista profesional y atravesó también los costos de una carrera marcada por la incertidumbre. Llegó a Misiones en 2016 y recuerda una etapa particularmente compleja, con lesiones, dificultades económicas y el desgaste que implicaba sostener simultáneamente la actividad deportiva y la vida familiar.

El retiro del fútbol no significó abandonar el deporte. Por el contrario, Molina comenzó a involucrarse en proyectos vinculados con la formación y el entrenamiento, entre ellos La Cantera, Club San Francisco y espacios de preparación física. Allí apareció otra dimensión de su recorrido: el aprendizaje empresarial y la relación entre deporte, formación y comunidad.

Pero el concepto que más repite cuando habla de su presente es “oportunidad”. Para Molina, los clubes de barrio no son solamente lugares donde se practica una disciplina. Son espacios sociales capaces de conectar a un chico con una persona, una institución, una profesión o incluso con una trayectoria de vida que todavía no puede imaginar.

Su propia historia comenzó de esa manera. Su padre lo llevó a un club cuando era chico y, casi por casualidad, terminó ocupando el arco de una categoría superior porque faltaba un arquero. Lo que parecía una circunstancia menor terminó abriendo el camino hacia Racing, Defensa y Justicia y el fútbol profesional.

“Todo empieza ahí”, resume al referirse a los clubes de barrio.

La mirada adquiere otra dimensión cuando la traslada al trabajo. Molina cuenta que actualmente tiene cerca de siete carpinteros vinculados a su actividad y que algunos también pasaron por clubes de barrio. La apuesta, explica, no consiste únicamente en generar empleo, sino en transmitir un oficio que pueda convertirse en una herramienta de autonomía.

El razonamiento es sencillo: un joven que aprende carpintería, mecánica o electricidad incorpora una capacidad concreta que puede utilizar para conseguir un empleo, iniciar un emprendimiento o desarrollar una actividad por cuenta propia. El club, en esa lógica, puede funcionar como la primera puerta de entrada a una red de vínculos que después se expande hacia la educación, el deporte y el trabajo.

Esa concepción también explica su interés por la política. Molina plantea que, si finalmente participa de ese ámbito, le gustaría hacerlo desde una perspectiva vinculada con la generación de oportunidades. No presenta la política como una ruptura con su trayectoria anterior, sino como una posible extensión de aquello que aprendió en el deporte y en los emprendimientos.

“Brindar oportunidades, tratar de ayudar al otro y no hay nada más lindo que dar”, sostiene.

La frase adquiere mayor peso cuando la vincula con su propia historia. Molina no habla desde una trayectoria lineal ni exclusivamente exitosa. Reconoce errores, decisiones empresariales que no funcionaron y momentos difíciles. Parte de su identidad actual parece construirse precisamente sobre esa aceptación del recorrido.

“Nadie puede usar mi pasado en mi contra”, plantea en uno de los pasajes más personales de la entrevista. La definición resume una concepción del éxito distinta de la que suele acompañar al deporte profesional. Ya no se trata de títulos, contratos o reconocimiento público. Molina dice que le importa, sobre todo, el legado que pueda dejar en sus hijos y en las personas con las que trabajó.

En esa mirada, la carpintería y el club de barrio terminan encontrándose. Una enseña un oficio; el otro puede ofrecer pertenencia, disciplina, vínculos y una primera oportunidad. Ninguno garantiza por sí solo movilidad social, pero ambos pueden funcionar como plataformas cuando existen acompañamiento, formación y continuidad.

La historia de Molina también muestra una dimensión menos visible del emprendedurismo: muchas veces los proyectos no nacen de una estrategia empresarial diseñada desde cero, sino de la necesidad de resolver una crisis con recursos disponibles. Una pandemia cerró sus canchas; un oficio aprendido en la adolescencia le permitió abrir otra puerta. La recuperación posterior convirtió aquella salida de emergencia en una empresa.

En Misiones, donde la cadena forestal convive con una amplia red de pequeños talleres y emprendimientos, esa experiencia vuelve a poner sobre la mesa el valor económico de los saberes prácticos. El desafío no pasa solamente por formar profesionales, sino también por evitar que los oficios pierdan continuidad generacional y por conectar esas capacidades con mercados capaces de sostenerlas.

Molina llegó a la provincia buscando continuidad para su carrera deportiva. Con el tiempo, construyó otra trayectoria. Hoy su historia combina fútbol, clubes, madera, emprendimientos y una posible incursión política. Pero el hilo conductor que encuentra entre todos esos mundos es uno solo: las oportunidades rara vez aparecen de manera aislada. Muchas veces empiezan en un lugar pequeño, con alguien que abre una puerta.

Y para Molina, esa puerta puede ser un club de barrio, una herramienta de carpintero o simplemente alguien dispuesto a darle una primera oportunidad a otro.

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