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Morosidad: la caída del ingreso empuja a los hogares a una deuda cada vez más difícil de pagar

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La morosidad de los hogares dejó de ser solamente un problema financiero para convertirse en una señal sobre el estado de los ingresos y la capacidad de consumo de las familias. Una encuesta de D’Alessio IROL/Berensztein presentada en la Convención Anual de IAEF muestra que el 66% de quienes no pudieron cumplir con sus obligaciones atribuye el origen del atraso a la pérdida o reducción de sus ingresos.

El dato permite observar la deuda desde otra perspectiva. El problema no aparece necesariamente porque las familias hayan incorporado un nivel extraordinario de consumo, sino porque una parte de sus ingresos dejó de alcanzar para sostener compromisos asumidos previamente. Cuando el ingreso se reduce y no consigue recuperarse, las cuotas comienzan a competir con los gastos cotidianos y la mora se transforma en una consecuencia de esa tensión.

Los datos de morosidad del sector privado no financiero muestran que el fenómeno continúa extendiéndose. Según información de la Consultora 1816, la irregularidad total pasó de 7,63% en junio a 7,73% en julio. Entre los hogares, la morosidad alcanzó el 12,94% en entidades financieras y llegó al 33,69% en entidades no financieras. En las empresas, en cambio, la tasa se ubicó en 3,61%.

La deuda se instala en el presupuesto cotidiano

La encuesta muestra que el deterioro no alcanza a todos los hogares de la misma manera. Aunque el 64% de los consultados afirmó encontrarse al día con sus obligaciones, el 15% registraba atrasos de hasta 30 días y otro 20% acumulaba demoras superiores.

La brecha también aparece cuando se observa la situación según nivel socioeconómico. En el segmento medio-bajo, el 42% de los encuestados presenta algún nivel de incumplimiento, mientras que en el nivel medio-alto el porcentaje alcanza al 33%.

La estructura de las obligaciones revela hasta dónde se desplazó el problema. Las tarjetas de crédito constituyen el principal frente de incumplimiento y fueron mencionadas por el 59% de los deudores. Pero detrás aparecen compromisos que hacen al funcionamiento básico de un hogar: el 37% registra atrasos en servicios como luz, gas, agua o telefonía y el 33% mantiene préstamos o descubiertos bancarios pendientes.

La deuda también empieza a recorrer canales por fuera del sistema financiero tradicional. El 26% reconoce atrasos con familiares, amigos o prestamistas particulares, mientras que el 18% mantiene obligaciones con billeteras digitales o plataformas de préstamos. A su vez, el 16% acumula pagos pendientes de alquiler o expensas.

La composición de la mora funciona como un mapa de prioridades. Cuando una familia deja de pagar una tarjeta, una factura de servicios, un alquiler o una deuda personal, el problema ya no queda circunscripto al sistema financiero: comienza a comprometer decisiones básicas del presupuesto mensual.

Las cuotas absorben una parte creciente del ingreso

El peso de las obligaciones financieras permite dimensionar la presión que enfrentan los hogares antes de llegar al incumplimiento. El 37% de los encuestados destina entre el 41% y el 50% de sus ingresos al pago de deudas. Otro 25% compromete entre el 31% y el 40%.

En otras palabras, para una proporción significativa de las familias, una parte sustancial del ingreso mensual ya tiene destino asignado antes de afrontar alimentos, vivienda, transporte, educación y servicios.

El fenómeno se vuelve todavía más marcado entre quienes atraviesan determinadas etapas de la vida. Un estudio del Centro de Estudios para la Ciudad (CEC) señala que el 38,4% de las personas endeudadas de entre 30 y 49 años destina más de la mitad de sus ingresos al pago de deudas.

La situación también alcanza a los adultos mayores. El 44,6% de las personas de más de 65 años tiene deudas activas y, de acuerdo con un informe publicado en julio por Provincia Microcréditos, la morosidad en ese grupo etario pasó del 4,1% al 11,4% en un año.

El problema no es solamente entrar en mora, sino poder salir

La persistencia de los atrasos encuentra un límite que aparece con claridad en la encuesta: el ingreso. El 60% de quienes tienen deudas vencidas sostiene que no puede regularizar su situación porque sus recursos no alcanzan.

Otro 16% señala que debe priorizar gastos básicos, como alimentos o vivienda, mientras que el 9% atribuye la dificultad de ponerse al día al crecimiento de la deuda generado por intereses y recargos.

Ese mecanismo puede generar un círculo difícil de romper. Una familia que no consigue cubrir una cuota posterga el pago; los intereses incrementan el monto pendiente; el nuevo saldo demanda una mayor proporción del ingreso y reduce todavía más el margen disponible para afrontar los gastos corrientes.

Por eso, el dato más relevante no está solamente en cuántos hogares presentan atrasos, sino en la razón por la cual no consiguen revertirlos. Si seis de cada diez deudores que permanecen en mora identifican la insuficiencia de ingresos como principal obstáculo, la recuperación de la regularidad financiera queda estrechamente vinculada con la capacidad de recomponer el presupuesto familiar.

La morosidad como indicador de la economía real

El avance de la mora permite leer una dimensión de la economía que no siempre aparece en los indicadores financieros tradicionales. Las familias ajustan el consumo, refinancian obligaciones, utilizan crédito para cubrir gastos corrientes y, cuando ese margen se agota, comienzan a acumular atrasos.

El resultado es una economía doméstica con menos capacidad de absorber shocks. La deuda no solo compromete ingresos futuros: también condiciona el consumo presente. Cada peso destinado a cancelar obligaciones es un peso que deja de estar disponible para otros bienes y servicios.

La evolución de la morosidad, por lo tanto, funciona como una señal de alerta sobre la capacidad de los hogares para sostener el nivel de gasto con sus ingresos actuales. Y cuando el atraso alcanza servicios esenciales, alquileres y obligaciones contraídas fuera del sistema financiero, la discusión deja de ser exclusivamente crediticia.

El desafío para las políticas de financiamiento y recuperación del consumo consiste en evitar que la deuda se convierta en una trampa. Facilitar mecanismos de regularización, contener el crecimiento de los saldos vencidos y, sobre todo, recomponer la capacidad de pago son condiciones diferentes pero vinculadas.

La fotografía actual muestra un problema que excede a quien no paga una cuota. Cuando los ingresos pierden capacidad de respuesta frente a las obligaciones y las familias comienzan a elegir qué deuda pagar y cuál postergar, la morosidad se convierte en un indicador de la fragilidad económica del hogar y, por extensión, de la capacidad de consumo de toda la economía.

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La morosidad de las familias alcanzó su nivel más alto en más de dos décadas

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La recuperación del crédito al consumo, uno de los pilares de la estrategia económica del Gobierno para sostener la actividad, comienza a mostrar su principal contracara. La mora bancaria de las familias volvió a incrementarse durante abril y alcanzó el 12,1%, el nivel más elevado en más de dos décadas, según los últimos datos publicados por el Banco Central (BCRA).

El indicador acumula 18 meses consecutivos de deterioro y evidencia el creciente estrés financiero que enfrentan los hogares argentinos tras la fuerte expansión del crédito registrada durante el último año. Aunque desde la autoridad monetaria sostienen que el fenómeno estaría ingresando en una etapa de desaceleración, los niveles actuales siguen siendo históricamente elevados.

Durante abril, el ratio de irregularidad de los créditos otorgados a las familias aumentó 0,5 puntos porcentuales respecto de marzo y registró un salto de 8,4 puntos frente al mismo mes de 2025, configurando uno de los incrementos interanuales más pronunciados de los últimos años.

El Banco Central ve una desaceleración, pero no una reversión

Pese al deterioro de los indicadores, el Banco Central considera que el proceso comenzó a estabilizarse.

En su último Informe sobre Bancos, la entidad señaló que “en los últimos meses viene registrándose una desaceleración en el ritmo de aumento del ratio de irregularidad del crédito a los hogares”, atribuyendo esa moderación a que el crecimiento de la cartera en situación irregular comenzó a perder intensidad en términos reales.

La lectura oficial es que la morosidad habría encontrado un techo, aunque todavía no existen señales concretas de una reducción del stock de deudores en incumplimiento.

El fenómeno tampoco afecta únicamente a las familias. La mora empresarial alcanzó el 3,3% durante abril, con un incremento de 0,2 puntos porcentuales respecto del mes anterior y de 2,4 puntos frente a un año atrás.

Como consecuencia, el índice de irregularidad del crédito al sector privado en su conjunto llegó al 7,3%, con una suba interanual de 5,1 puntos porcentuales.

Más de cinco millones de argentinos presentan atrasos en sus pagos

La magnitud del problema también quedó reflejada en un relevamiento realizado por la consultora Analytica sobre la base de datos del BCRA y del INDEC.

El estudio estima que actualmente existen 5,3 millones de personas en situación de mora tardía dentro del sistema financiero argentino, lo que representa el 26,9% del total de individuos que poseen algún tipo de financiamiento.

En otras palabras, uno de cada cuatro argentinos con crédito presenta atrasos significativos en el cumplimiento de sus obligaciones.

La cifra se inscribe dentro de un universo de 19,8 millones de personas que mantienen algún tipo de financiamiento activo en el denominado sistema financiero ampliado.

Ese universo ya no se limita a los bancos tradicionales. También incluye entidades fintech, cooperativas, mutuales, tarjetas de crédito de consumo, cadenas de electrodomésticos y fideicomisos financieros, un ecosistema que creció aceleradamente en los últimos años gracias a la digitalización del crédito.

Aunque el mercado financiero se diversificó, el grueso del endeudamiento continúa concentrado en el sistema bancario.

Según Analytica, el 82,4% del total de la deuda corresponde a entidades financieras tradicionales. Las fintech ya representan el 10,1% del financiamiento de las familias, mientras que el restante 7,5% se distribuye entre otros operadores del mercado.

En conjunto, el volumen de deuda de los hogares asciende a $74,2 billones, una cifra equivalente al 6,5% del Producto Interno Bruto (PIB).

Un fenómeno asociado al nuevo ciclo del crédito

El aumento de la morosidad no sorprende a los analistas. Durante 2025 y comienzos de 2026 el crédito al consumo registró una expansión inédita tras varios años de fuerte contracción.

La estabilización macroeconómica, la baja de la inflación y la competencia entre bancos impulsaron el crecimiento de préstamos personales, tarjetas de crédito y financiamiento para consumo durable. Sin embargo, ese proceso también elevó el nivel de exposición financiera de los hogares en un contexto donde los ingresos reales todavía evolucionan con dificultad.

El resultado es una mayor utilización del crédito para sostener el consumo cotidiano y un aumento paralelo de los incumplimientos, especialmente entre los sectores de ingresos medios y bajos.

Si bien el Banco Central considera que la morosidad comenzó a estabilizarse, el desafío será evitar que el deterioro continúe trasladándose al sistema financiero.

Por el momento, los niveles de capitalización de las entidades siguen siendo elevados y no existen señales de riesgo sistémico. Sin embargo, el incremento sostenido de la cartera irregular obliga a bancos y entidades financieras a reforzar previsiones y revisar las condiciones de otorgamiento de nuevos préstamos.

La evolución de los próximos meses dependerá, en gran medida, de que la recuperación del salario real y la actividad económica logren consolidarse. De lo contrario, el crecimiento del crédito podría seguir conviviendo con una mora históricamente alta, un escenario que limita tanto el consumo como la expansión sostenible del financiamiento.

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