NARCOTRÁFICO

Transportaba más de dos toneladas y media de marihuana encofrado con madera de eucalipto y pino

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Es el tercer secuestro de grandes cantidades de cannabis sativa, los cuales fueron detectados (en las provincias de Misiones y Corrientes) bajo el mismo modus operandis.

Los funcionaron al inspeccionar el semirremolque de un camión, mediante el uso del escáner de la Fuerza y con la marcación positiva del can “León”, descubrieron la existencia de cajones de madera aserrada donde se acondicionaban 2.836 paquetes rectangulares y amorfos con la droga.

Dos hombres, quienes viajaban hacia Buenos Aires, quedaron detenidos.

En horas de la madrugada de ayer, efectivos de la Sección Reforzada “San José” dependiente del Escuadrón 8 “Alto Uruguay” se encontraban emplazados sobre el kilómetro 785 de la Ruta Nacional Nº 14, en el paraje Centinela, cuando registraron un camión de cargas generales, cuyos ocupantes (dos hombres de nacionalidad argentina) circulaban desde la localidad misionera de 9 de Julio hacia San Fernando, provincia de Buenos Aires.

Al someter el rodado al escáner móvil, que trasladaba madera de eucalipto y pino, los funcionarios obtuvieron imágenes que permitieron detectar anomalías compatibles con paquetes ocultos en el semirremolque. Mientras que, el can detector de narcóticos “León” reaccionó de forma positiva, como lo hace habitualmente en presencia de estupefacientes.

Ante esta situación, con intervención del Juzgado Federal y la Fiscalía Federal de Posadas, se realizó el traslado del camión para un control más exhaustivo de la carga. En las instalaciones de la Unidad, los gendarmes constataron la existencia de seis cajones de madera aserrada de grandes dimensiones, los cuales fueron fabricados a presión para poder encastrar entre los fardos de machimbres.

Al momento de abrirlos, los uniformados constataron la existencia de 2.836 paquetes rectangulares y amorfos. Las pruebas de campo Narcotest efectuadas sobre la sustancia, arrojaron resultado positivo para “cannabis sativa”, con peso total de 2.687 kilos 46 gramos.

Como resultado del procedimiento, en infracción a la Ley 23.737, el personal de la Fuerza procedió de decomisar el estupefaciente, el vehículo junto con el acoplado y tres celulares, con intervención el Centro Internacional de Análisis del Delito Complejo en la Frontera. Asimismo, los involucrados fueron detenidos y quedaron a disposición de la justicia.

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Salta: la aduana secuestró 56 Kg de cocaína en el paso fronterizo con Bolivia

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La Agencia de Recaudación y Control Aduanero (ARCA), a través de la Dirección General de Aduanas (DGA), secuestró 56,83 kg de cocaína en un control de ingreso en el paso fronterizo Aguas Blancas – Bermejo, en la localidad de Orán, Salta. La droga fue detectada en el techo de un automóvil proveniente de Bermejo, Bolivia.

El procedimiento se inició con la llegada de una camioneta de un ciudadano argentino al control de ingreso al país. La escasez del equipaje transportado en el interior del vehículo, el nerviosismo del conductor y las contradicciones en las respuestas a las preguntas del personal aduanero despertaron las sospechas de los agentes de la DGA. Ante esa serie de inconsistencias, se sometió al utilitario al escáner móvil, que arrojaron imágenes irregulares en el techo.

En ese momento, se dio intervención al can aduanero “Helen”, que exhibió una conducta compatible con la presencia de estupefacientes,

Posteriormente, se realizó una incisión en el techo. De allí se extrajo con un objeto punzante una muestra de un polvo blanco, que tras realizar la prueba de narcotest, resultó ser cocaína. La Aduana dio aviso a la Fiscalía Federal Descentralizada de Orán, a cargo de los fiscales Dr. José Luis Bruno y Dr. Marcos César Romero, quienes ordenaron extraer la sustancia del techo del rodado. En total, se encontraron 54 paquetes rectangulares de color amarillo que en su conjunto contenían 56,8 kilos de esa droga.

En el operativo participaron miembros de Gendarmería Nacional, dependiente del Ministerio de Seguridad de la Nación.

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En Colombia está surgiendo una nueva guerra

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Por Elizabeth Dickinson, experta en grupos armados y crimen organizado en Colombia y Latinoamérica. (New York Times) Hace unos años, uno de los mayores riesgos de conducir por la región del Guaviare, al sur de Colombia, era quedarse con una llanta atascada en el barro de sus tortuosas carreteras sin pavimentar. El Guaviare, antiguo bastión de la insurgencia izquierdista, se liberó de décadas de control rebelde en 2016, cuando Bogotá firmó un acuerdo de paz para desmovilizar a las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC). Los habitantes de las zonas rurales miraban con esperanza e incredulidad cómo la policía, en lugar de los guerrilleros, patrullaba sus pueblos. Parecía que la paz finalmente había llegado.

Menos de una década después, esa paz ha desaparecido. Artefactos explosivos bordean muchos de los caminos lodosos. Los residentes se aferran a carnets de identidad no oficiales exigidas por los grupos armados para distinguir a sus amigos de sus enemigos. “La guerrilla le da tres opciones ahora”, me dijo hace poco un joven líder comunitario. “O se cumple, o se va, o se muere”.

La efímera tranquilidad del Guaviare forma parte de un alarmante deterioro de la seguridad en Colombia. El acuerdo de paz de 2016 puso fin a medio siglo de guerra y redujo drásticamente la violencia. A medida que los guerrilleros entregaron las armas, las tasas de homicidio en todo el país —que antes estaban entre las más altas del mundo— cayeron por debajo de las de muchas ciudades estadounidenses. Miembros de las antiguas FARC, que durante décadas utilizaron el narcotráfico para financiar su rebelión, abandonaron el tráfico de cocaína.

En la actualidad, Colombia aún está lejos del brutal caos de la década de 1990 y principios de la de 2000. Pero una nueva generación de grupos armados se ha expandido y multiplicado a lo largo del país, y alimenta una explosión de delitos violentos que abarcan desde la extorsión hasta el secuestro y el reclutamiento de menores. El asesinato del aspirante a la presidencia Miguel Uribe Turbay este verano y una reciente oleada de atentados terroristas con bombas y drones auguran mayor violencia antes de las elecciones de 2026.

El regreso de Colombia al conflicto no demuestra el fracaso del acuerdo de 2016, sino una lección sobre la dificultad de sostener la paz. El gobierno ha intentado controlar las regiones que las FARC abandonaron, y desde entonces nuevos grupos criminales han retomado las lucrativas rutas de tráfico de drogas y de personas. Para recuperar el terreno perdido, Colombia necesita volver a los principios que redujeron con tanto éxito la violencia en primer lugar: diálogo, medidas para remediar la desigualdad y la exclusión política que propician la actividad criminal, además de una sólida estrategia de seguridad para presionar a los grupos armados.

El repunte de la violencia tiene orígenes múltiples. Aunque las FARC se disolvieron formalmente en cuestión de meses, las batallas políticas sobre los aspectos polémicos del acuerdo, como la justicia transicional y los derechos de las víctimas, se han prolongado durante años. La burocracia del Estado no estaba preparada para los retos que planteaba el cumplimiento de algunos de sus compromisos más complejos, como abordar la desigualdad rural, desincentivar el cultivo de coca entre los agricultores y garantizar los derechos políticos de todos los colombianos.

Grupos armados y nuevas y ambiciosas organizaciones criminales llenaron rápidamente el vacío de poder en muchos antiguos territorios rebeldes, al detectar oportunidades en zonas donde las FARC habían cedido el control, y donde el gobierno había estado ausente durante mucho tiempo. Allí donde el Estado no podía prestar servicios con la suficiente rapidez, nuevos grupos armados llegaban con misiones médicas y fondos para la construcción de carreteras. Donde no se encontraban jueces para brindar acceso a la justicia, los delincuentes imponían sus penas por delitos como la violencia doméstica, el chisme y el quebrantamiento del toque de queda.

Al gobierno de Bogotá le ha costado responder. Para cuando el presidente Gustavo Petro, antiguo guerrillero, asumió el cargo en 2022, esta nueva generación de armados ya competía por el poder. Petro argumentó acertadamente que la desmovilización de las FARC había abierto el camino a los saboteadores criminales, y su política insignia, denominada “paz total”, proponía negociaciones simultáneas con todos los grupos armados restantes, junto con una pausa en la mayoría de las operaciones ofensivas contra ellos. La implementación del acuerdo de 2016 se ralentizó mientras la atención se centraba en nuevas conversaciones.

Ahora, la estrategia de Petro también se ha estancado, en parte porque el conflicto ha cambiado. A diferencia de las FARC, que pretendían tomar el poder en Bogotá, las organizaciones armadas actuales se centran en controlar una economía ilícita que va mucho más allá del tráfico de drogas. Han aprendido que luchar contra el Estado es costoso, pero intimidar y cooptar a la población civil es barato, y eficaz. La mayor parte de la violencia en Colombia ahora se concentra en luchas entre grupos armados por territorio e ingresos, o contra civiles que se atreven a oponerse a su régimen criminal.

Las comunidades de las regiones con presencia armada dicen que el papel de los grupos en su vida cotidiana es opresivo y meticuloso. En Guaviare, por ejemplo, el simple hecho de caminar sin el carnet puede acarrear una pena de trabajo comunitario forzoso. Los miembros de los grupos no suelen llevar uniforme. Viven entre la población local y la reclutan, gobernándola al servicio de sus intereses comerciales. Ninguna estrategia militar puede desarticular este profundo nivel de infiltración social por sí sola.

El gobierno de Petro ha hablado de paz con muchos de estos grupos y ha aprendido lecciones vitales sobre cómo adaptarse a este nuevo tipo de conflicto. En las conversaciones con un grupo del Guaviare, por ejemplo, inicialmente el gobierno ofreció inversiones en proyectos de desarrollo comunitario a cambio de que los criminales pusieran fin a la deforestación y desescalaron la violencia. Sin embargo, a corto plazo, esta experimentación ha tenido un costo: en tan solo tres años, el número de combatientes armados y auxiliares ha aumentado aproximadamente un 45 por ciento.

Con un año restante en el cargo, Petro aún puede dar la vuelta a la situación de seguridad. Pero su labor será aún más difícil si Estados Unidos —el principal aliado militar, donante y socio comercial de Colombia— retira su apoyo prolongado.

Se espera que a mediados de septiembre la Casa Blanca decida si “descertifica” a Colombia como socio en la guerra estadounidense contra las drogas, por sus presuntas fallas en la lucha contra el narcotráfico internacional, lo que permitiría a Estados Unidos recortar drásticamente la ayuda militar y de otro tipo. Esta medida asestaría un golpe devastador a la capacidad de Colombia para combatir la creciente inseguridad y podría socavar los propios esfuerzos del ejército estadounidense para combatir el crimen organizado, una prioridad declarada del gobierno de Trump.

Durante años, el apoyo colombiano a la política antinarcótica estadounidense ha ayudado a Estados Unidos a incautar drogas, capturar e interrogar a capos y trabajar para desentrañar las redes mundiales de tráfico, sin necesidad de las muertes innecesarias del ataque del martes pasado contra lo que, según funcionarios estadounidenses, era un barco cargado de droga en el Caribe. La pérdida de financiación de la USAID ya ha eliminado cientos de millones de dólares del presupuesto humanitario de Colombia. Más recortes perjudicarían décadas de progreso hacia un frágil equilibrio, y envalentonarían a las redes criminales cuyos mercados ilícitos se extienden hasta Estados Unidos.

Como han demostrado décadas de experiencia, no existe una solución exclusivamente militar a la violencia de Colombia. Para desmantelar el control de los grupos armados son esenciales un diálogo significativo e inversiones en las zonas del país propensas al conflicto. Si vincula la continuación de las conversaciones a programas sociales sólidos y a una estrategia de seguridad calibrada, Petro aún puede dar impulso al acuerdo de 2016 y trabajar hacia la “paz total” que ha prometido. Para los habitantes del Guaviare, la paz puede ser algo más que una ilusión pasajera.

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Golpe al crimen organizado en Paraguay: 57 toneladas de marihuana, armas y narcos presos

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Las autoridades de Paraguay dieron un duro golpe al crimen organizado en el país: incautaron 57 toneladas de marihuana, decomisaron armas y detuvieron a cuatro narcotraficantes.

El Operativo Marangatu, calificado por el gobierno como “una acción sin precedentes”, estuvo liderado por la Secretaría Nacional Antidrogas (SENAD) y el Comando de Operaciones de Defensa Interna (CODI). El resultado fue la incautación de 57 toneladas de marihuana prensada, valuadas en más de 22 millones de dólares, además del decomiso de armas, vehículos y la detención de cuatro integrantes de una red de narcotráfico.

Este operativo representa uno de los golpes más significativos al narcotráfico en la historia reciente del país y forma parte de una estrategia sostenida para desmantelar la estructura criminal de “Macho”, indicó el Ejecutivo en un comunicado.

Gracias al trabajo conjunto de la SENAD y el CODI, logramos un importante golpe contra el crimen organizado a través de la Operación Marangatu. Esta acción permitió la incautación de 57 toneladas de marihuana prensada, que estaban listas para ser enviadas al mercado brasileño, causando un perjuicio económico de más de 22 millones de dólares a esta organización criminal”, manifestó en su cuenta en la red social X el presidente paraguayo, Santiago Peña.

Y acotó: “Reafirmamos nuestro compromiso: enfrentaremos a estos grupos con toda nuestra determinación y fuerza”.

Durante el operativo, llevado a cabo por la SENAD y el CODI, se detuvo a cuatro personas:

Ariel Ramón Ibáñez Eydans (CI N° 7539745), quien resultó herido en el enfrentamiento. Ibáñez fue trasladado por vía aérea al Hospital Regional de San Pedro de Ycuamandiyú, donde se reportó que su estado es estable y no reviste gravedad.

Carlos Daniel Cocco Rodríguez (CI N° 7918534).

Rubén Carlos Morel Ortiz (CI N° 7793859).

Carlos Alejandro Candia Alcaraz (CI N° 6121372).

Las fuerzas de seguridad también decomisaron importantes recursos logísticos y armamento de alto poder:

  • Vehículos: ocho camionetas de alta gama (entre ellas, cuatro Toyota Hilux, dos Chevrolet S10 y una Renault con chapa brasileña), además de una motocicleta Kenton roja.
  • Armas: una escopeta calibre 12, una pistola Glock 9 mm equipada con un kit RONI y un cargador completo, un fusil calibre 5.56 mm y un cartucho calibre 50 sin detonar.
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El Gobierno redefinió la Defensa Nacional y habilita a actuar a las fuerzas armadas en “zonas de interior”

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El Gobierno Nacional redefinió el funcionamiento del Sistema de Defensa Nacional a través del decreto 1112/2024 que busca “modernizar” y ampliar las “capacidades” de las Fuerzas Armadas para responder a amenazas contemporáneas y proteger los intereses vitales del país.

El decreto actual deroga el Decreto 727/2006, que limitaba la intervención de las Fuerzas Armadas a agresiones externas perpetradas exclusivamente por fuerzas armadas de otros Estados. Esta regulación había sido criticada por restringir la capacidad de respuesta frente a amenazas no tradicionales como el terrorismo transnacional o los ciberataques.

Con el nuevo decreto, el Gobierno amplía el alcance de las competencias militares, incorporando escenarios modernos como el ciberespacio, el espectro electromagnético y el espacio exterior, y reconoce nuevas formas de agresión provenientes de organizaciones no estatales, como grupos terroristas y paramilitares.

El Decreto 1112/2024 introduce un concepto más amplio de amenaza, que incluye cualquier acción o intención que pueda dañar los intereses vitales de la Nación, incluso si no se materializa en un ataque directo. Además, redefine las agresiones externas para incluir no solo a otros Estados, sino también a actores no estatales con capacidad transnacional.

El uso de tecnologías avanzadas, como la inteligencia artificial, la robótica y los sistemas no tripulados, para reforzar la vigilancia y defensa en distintos ámbitos serán nuevas opciones en el trabajo militar.

En el artículo 17 del decreto se destaca que, según pudo saber la Agencia Noticias Argentinas, que “la Defensa Nacional coadyuva al sistema de vigilancia y control de fronteras. Para ello, en tiempos de paz, las Fuerzas Armadas podrán complementar el accionar de las Fuerzas de Seguridad en las zonas de seguridad de fronteras, definidas en el Decreto N° 253/18. En esos despliegues podrán llevar a cabo actividades de adiestramiento operacional, brindar apoyo logístico al sistema de seguridad interior, realizar acciones de apoyo a la comunidad y prestar asistencia ante catástrofes naturales o emergencias”.

A diferencia del decreto anterior, que separaba estrictamente las funciones de Defensa Nacional y Seguridad Interior, la nueva normativa promueve una coordinación estratégica entre las Fuerzas Armadas y las fuerzas de seguridad en áreas clave como las fronteras. Esta integración permitirá una respuesta más eficaz ante actividades ilícitas como el narcotráfico o el uso del espacio aéreo con fines terroristas.

Zonas de seguridad y vigilancia ampliada
El decreto también refuerza la importancia de las zonas de seguridad de fronteras, creadas en 1944, y las adapta a las necesidades actuales. Las Fuerzas Armadas podrán complementar las tareas de vigilancia y control, especialmente en áreas críticas o de difícil acceso, contribuyendo al resguardo de la soberanía nacional.

El plan contempla un nuevo Ciclo de Planeamiento de la Defensa Nacional, que prioriza la modernización de los recursos y establece directivas claras para la actuación conjunta de las Fuerzas Armadas. Además, se busca mejorar la interoperabilidad con países de la región y del ámbito internacional, fortaleciendo las capacidades operativas en escenarios multilaterales.

Las zonas interiores se determinarán a través del planeamiento estratégico militar cuando identifiquen los objetivos de valor estratégico a proteger y los criterios incluyen riesgos potenciales asociados a estas áreas.

Aunque no hay una lista pública detallada por razones de seguridad, históricamente estas zonas incluyen instalaciones militares como bases del Ejército, la Armada y la Fuerza Aérea e infraestructura crítica, como represas hidroeléctricas, centrales nucleares o hubs de telecomunicaciones.

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