OBISPO

Vivir la Semana Santa

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Durante la Semana Santa que iniciamos actualizaremos en nuestras celebraciones litúrgicas lo que aconteció hace casi dos mil años en Jerusalén. Muchas veces creemos que nuestro momento es el peor, pero en la historia cada situación vivida ha tenido sus graves problemas.
No era fácil el contexto en donde se vivió la Pascua del Señor. Tanto por la dominación del Imperio Romano, como por la complejidad de la religiosidad de los judíos y los paganos. En Jerusalén transcurrieron los días y hechos cruciales de nuestra fe. Jerusalén nos evoca el pasado histórico y el futuro escatológico. Aunque lamentablemente siempre abundan los conflictos, Jerusalén nunca dejó de ser una tierra cargada de historia, misterio y sobre todo fe.
Es ahí en Jerusalén donde Jesucristo va a vivir la Pascua. Esta va a ser su Pascua, nuestra Pascua y la Pascua de la humanidad.
En este domingo celebramos la entrada mesiánica a Jerusalén (Mc 11,1-10). Jesús montado sobre un pobre burro, es el rey humilde que contradice el poder romano y religioso de los judíos que no entendían la presencia de Dios. Leeremos también la pasión del Señor. Con la lectura de estos textos nos prepararemos para las diversas celebraciones de la Semana Santa. El jueves nos reuniremos en la Catedral de Posadas, con todos los sacerdotes de la Diócesis y el pueblo de Dios que viajará hasta allí para acompañarnos, y celebrar la Misa Crismal.
Esta Misa lleva este nombre porque realizaremos la bendición de los distintos óleos y el Santo Crisma, aceites sagrados que usamos en la distribución de los Sacramentos durante el año. También en esta Eucaristía los sacerdotes renovaremos nuestras promesas sacerdotales. Renovamos el agradecimiento por el llamado que Dios nos ha hecho a ser Apóstoles y amigos. Anticipamos esta renovación de las promesas sacerdotales por una razón pastoral, para estar juntos, ya que la institución del sacerdocio ministerial es celebrada en la Cena del Señor durante la Misa del jueves por la noche.
Allí los cristianos nos reunimos a celebrar la institución de la Eucaristía, del sacerdocio y del servicio con el gesto del lavatorio de los pies. Después siguiendo los textos  de la Palabra de Dios nos encaminamos a participar en el «Vía Crucis», en el juicio y la muerte del que fue crucificado el Viernes Santo. El sábado por la noche la Misa empezará en la oscuridad y el cirio encendido será la luz de Cristo, la esperanza y la vida que ilumina las tinieblas. Los aleluyas expresarán el triunfo de la vida, sobre la muerte, porque Cristo, el que murió, ¡Resucitó! La liturgia Pascual nos invita a que nosotros también subamos a Jerusalén para vivir nuestra Pascua.
Muchos al escuchar: Semana Santa o Pascua, lo asocian solamente a vacaciones o a diversión. Como muchos contemporáneos de Jesús, no captan ni entienden el sentido profundo y la posibilidad que Dios quiere regalarnos de vivir la conversión y la Pascua. Hoy corremos el riesgo que el secularismo nos lleve a vaciar de contenido aquello que celebramos. El secularismo es una forma de ateísmo práctico. No discute la existencia de Dios, la omite y vacía de valores que son fundamentales a la dignidad humana. No está mal que algunos quieran tomarse un descanso de la rutina diaria, pero esto debe convivir con nuestro compromiso cristiano de participar y vivir la Pascua y las celebraciones, para renovar la fe.
Este tiempo fuerte de Semana Santa y Pascua, es una oportunidad para que todos, pero especialmente los cristianos y en particular aquellos que tenemos distintas responsabilidades dirigenciales y sociales, realicemos un profundo examen de conciencia, sobre cómo vivimos el llamado a la santidad, en el ejercicio de nuestra condición de ciudadanos. Acompañar a Jesucristo, el Señor, en estos días implica internalizar el camino, la verdad y la vida que el Señor quiere darnos.
Quiero subrayar la necesidad de participar en todas las celebraciones de Semana Santa. Esto llenará de sentido nuestras vidas y nos animará a renovarnos como hombres y mujeres «pascuales», para que renovados en la fe podamos ser fermento de transformación social y globalizar la solidaridad.
Les envío un saludo cercano y hasta el próximo domingo. Juan Rubén Martínez, obispo de Posadas

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Los leprosos de hoy

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Carta de monseñor Juan Rubén Martínez, obispo de Posadas, para el 6° domingo durante el año [11 de febrero de 2018]
En nuestra época, no dudamos en afirmar que somos protagonistas de profundas transformaciones de todo tipo. A veces quedamos perplejos ante el rapidísimo avance tecnológico, biogenético, informático… todo esto tiene una estrecha relación con ámbitos fundamentales para la existencia humana, como la ética, la economía o la misma cuestión social.
Ante esta realidad tan dinámica los cristianos necesitamos profundizar y formarnos en la fe por la que creemos. En nuestro primer Sínodo Diocesano hemos tomado como una de las temáticas, iluminada por el documento de Aparecida, la formación: «Discípulos de Jesucristo: Formación como camino de discipulado».
Podremos evangelizar y ser misioneros si buscamos tener un verdadero encuentro con Jesucristo, el Señor. Sin identidad cristiana será difícil tener una actitud de diálogo y apertura en los diversos desafíos que nos presenta nuestro tiempo. El documento de Aparecida nos señala, entre otros aspectos una referencia clara al proceso de formación de los discípulos misioneros: «La vocación y el compromiso de ser hoy discípulos y misioneros de Jesucristo en América Latina y El Caribe, requiere una clara y decidida opción por la formación de los miembros de nuestras comunidades, en bien de todos los bautizados, cualquiera sea la función que desarrollen en la Iglesia.
Miramos a Jesús, el Maestro que formó personalmente a sus apóstoles y discípulos. Cristo nos da el método: «Vengan y vean». (Jn 1,39), «Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida» (Jn 14,6). Con Él podemos desarrollar las potencialidades que están en las personas y formar discípulos misioneros. Con perseverante paciencia y sabiduría, Jesús invitó a todos a su seguimiento. A quienes aceptaron seguirlo, los introdujo en el misterio del Reino de Dios, y, después de su muerte y resurrección los envió a predicar la Buena Nueva en la fuerza de su Espíritu. Su estilo se vuelve emblemático para los formadores y cobra especial relevancia cuando pensamos en la paciente tarea formativa que la Iglesia debe emprender en el nuevo contexto sociocultural de América Latina» (DA 276).
En el centro de nuestra identidad como cristianos está la persona de Jesucristo, Dios hecho hombre. Es Él, quien con sus gestos y palabras nos enseña a ser discípulos. El Evangelio de este domingo nos pone en el centro de la vida cristiana, al proponernos el encuentro del Señor con los leprosos. Durante miles de años los leprosos no tenían cura y eran totalmente marginados de la sociedad. Este hombre, que presenta el Evangelio, logra conmover al Señor: «Si quieres puedes purificarme… Jesús conmovido extendió su mano y lo tocó diciendo: lo quiero, queda purificado» (Mc 1,40-45).
Nuestra identidad como cristianos se desdibuja si no abrimos nuestro corazón a sus enseñanzas. Son muchos los leprosos de nuestro tiempo. Aunque es frecuente que como cristianos podamos ir perdiendo la capacidad de encuentro con Jesucristo, que se hace presente en los marginados y excluidos de hoy, está en la esencia de nuestro seguimiento del Señor, el amor a todos y sobre todo a los hermanos más débiles. Los leprosos de hoy en nuestra realidad misionera tienen distintos nombres: son la problemática indígena que cada vez más lleva a estos hermanos nuestros a deambular en contextos culturales adversos y racistas. Son los desnutridos que han crecido con limitaciones y diferencias que los llevan a la exclusión social e incluso a la condena por vagancia. Los leprosos son muchos jóvenes que no encuentran trabajo, y desde el vamos se encuentran sin futuro. Son los desamparados que siguen contenidos por el asistencialismo, todavía necesario en algunos casos, pero que daña la «cultura del trabajo».
Son los leprosos de nuestro tiempo los que padecen SIDA, y los enfermos que no tienen monedas para acercarse a un hospital o centro de salud. En la cercanía, compromiso e integración de estos «nuevos leprosos», se pesará nuestro compromiso cristiano, y también la calidad de aquellos que por su lugar y situación son dirigentes políticos, económicos y sociales…
Lamentablemente estos hermanos están tan en la marginalidad, que padecen nuestro olvido, exclusión y racismo. De ellos no se ocupa casi nadie, ni cuentan con micrófonos, ni cámaras de televisión…
En nuestra realidad parece que están los ganadores y los perdedores. Nosotros si queremos asumir nuestra identidad de discípulos de Jesucristo, el Señor, tendremos que asumir el compromiso, siempre actual, de la opción preferencial por los pobres, por los leprosos de nuestro tiempo. Esto nos exige que como el Señor nos sintamos conmovidos y que animados en la esperanza busquemos caminos que nos lleven a construir una sociedad más solidaria, que respete la dignidad de las personas, la familia y sobre todo la vida.
¡Un saludo cercano y hasta el próximo domingo!

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Todos tenemos una vocación

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Carta de monseñor Juan Rubén Martínez, obispo de Posadas, para el 5° domingo durante el año [4 de febrero de 2018]
Estamos transitando el tiempo ordinario o común. El texto de este domingo (Mc 1, 29-39) nos muestra al Señor ejerciendo su misión habitual con su Palabra y con sus gestos: «Por la mañana, antes que amaneciera, Jesús se levantó, salió y fue a un lugar desierto; allí estuvo orando. Simón salió a buscarlo…, le dijeron: “todos te andan buscando”. Él les respondió: “vayamos a otra parte, a predicar en las poblaciones vecinas”» (37-39).
Al iniciar el año es importante que todos los bautizados entendamos la necesidad de vivir nuestra vocación y misión. «Vocación» significa llamado de Dios. Nuestro tiempo, que se caracteriza por acentuar el secularismo, o sea una sociedad sin Dios, tiene dificultad para comprender la vida desde la vocación, desde la misión que Dios nos encomienda a cada uno.
Es cierto que cuando hablamos de vocación, en general entendemos casi exclusivamente que se trata del llamado al sacerdocio o a la vida consagrada, pero en realidad todos tenemos una vocación. Lamentablemente la vida contemporánea, entre tantas dificultades y circunstancias, lleva muchas veces a trabajar o estudiar solo pensando en una salida laboral o bien, dados los contextos, simplemente «en lo que se pueda», sin tener suficientemente en cuenta las capacidades personales. Es triste encontrarse con profesionales o dirigentes sociales, docentes, abogados, políticos, sindicalistas…, que ejercen una tarea o función sin tener ninguna vocación que los mueva. Cuando pasa esto, ellos mismos terminan no siendo felices con lo que hacen o muchas veces lo hacen mal o solo buscan rédito económico, o bien obtener alguna forma de poder o, peor aún, no sirven a los demás, sino que se sirven de lo que hacen solo para su propio beneficio. La vocación específica de cada uno, cuando se orienta al servicio, nos plenifica. Los cristianos entendemos que la vocación es un llamado de Dios, e implica siempre una misión. Toda tarea hecha con vocación debe servir al bien común. Hoy más que nunca necesitamos gente con vocación y con la comprensión de que cada vida está cargada de sentido y tiene razón de ser.
Entre las diversas vocaciones, desde ya que debemos interesarnos por las vocaciones sacerdotales, especialmente considerando la necesidad que hay de más sacerdotes en nuestras comunidades. El mismo Señor nos invitó a orar por esto, ya que los obreros son pocos y la mies o el trabajo es mucho. En este sentido debemos agradecer a Dios el camino que vamos realizando con nuestro Seminario «Santo Cura de Ars». En estos días nuestros seminaristas iniciarán una Misión en la parroquia «Santa Rosa de Lima» de Bonpland, y dos de ellos durante febrero están realizando el mes de ejercicios ignacianos en el Monasterio en San Isidro, en el tiempo inicial de la etapa teológica en su formación. El próximo sábado 24 de febrero celebraremos la Misa de inicio del año a las 20 horas, en nuestro Seminario. Allí ingresarán varios jóvenes que se incorporan al camino de formación sacerdotal provenientes de las distintas diócesis de la provincia. Además de la diócesis de Posadas y Oberá, a partir de este año se sumarán también jóvenes de la hermana diócesis de Iguazú. Este año tres seminaristas estarán cursando el cuarto año de teología, completando de esta manera todas las etapas de formación, y con la esperanza de contar próximamente con nuevos sacerdotes. Conocemos el cariño y cercanía de nuestra gente por las vocaciones y los seminaristas. Este es uno de los temas claves en orden al futuro de la evangelización. La oración y las diversas maneras de colaboración serán indispensables para implementar estos propósitos pastorales.
Al finalizar, quiero agradecer todo lo vivido desde distintas pastorales durante el mes de enero. El compromiso de distintos grupos misioneros de jóvenes y adultos. Muchos de ellos han venido de otras diócesis, otros, desde nuestras parroquias. Son un ejemplo y nos hacen bien, alentándonos en la esperanza. Se llevaron a cabo también varios campamentos para jóvenes, sobre todo el de la Renovación Carismática en san José, en el colegio Pascual Gentilini, y el campamento de la pastoral de juventud de la diócesis realizado en santa Inés. Fueron cientos de jóvenes que participaron y a quienes tuve la gracia de visitar agradeciéndoles el trabajo que realizan durante el año en las parroquias y movimientos eclesiales.
Desde ya que pedimos a Dios que nos animemos en este año a profundizar en nuestra vocación y misión.
¡Un saludo cercano y hasta el próximo domingo!
Mons. Juan Rubén Martínez, obispo de Posadas

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“Que el Señor Jesús traiga paz con su nacimiento”, pide el Obispo de Posadas

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Que linda fecha, es cuando llegamos a la navidad. Realmente nos alegra el corazón, a todos, es una fecha muy significativa para toda la gente. Por supuesto especialmente significativa para nosotros los cristianos, porque celebramos nada más y nada menos que el  amor de Dios, celebramos la cercanía de Dios, este amor que quiso estar en medio nuestro, que quiso encarnarse, esa es la palabra, tomar la carne de María.

Este tiempo que contó con el Sí de María, para que Jesús, el Dios con nosotros, el Emmanuel, pudiese nacer. Esto es lo que celebramos en esta navidad, para esto nos preparamos, para eso en este tiempo vamos rezando un poquito más, reflexionando y también evaluándonos para ver también si queremos abrir nuestro corazón para el amor de Dios, Jesús, pueda nacer en nuestros corazones y en nuestros hogares.

Así que yo quiero mandar un saludo en esta fecha tan importante a toda nuestra gente. Realmente que puedan vivir con paz, con la paz del corazón, a veces hay situaciones más dolorosas.

En esta navidad también queremos tener presentes, a mucha gente que nos escucha y que esta privada de su libertad, está en un momento difícil, en un hospital, están en situaciones que no son gratas, están en dolores de familias que sufren, bueno a todos ellos queremos llegar y decirles que Dios nos ama, que esta es nuestra esperanza, nuestra fortaleza, que estemos de pie, porque nuestra certeza es esa “Dios está con nosotros”.

Que esta navidad nos permita, que podamos tener esperanza y que así con la fortaleza de la navidad, podamos terminar el año, pero que también empezar el nuevo año con la certeza la esperanza, Dios nos ama y bueno queremos tener esperanzas para también el año que está muy próximo a iniciarse.

Que dios los bendiga mucho a todos con la paz del nacimiento de Jesús.

Monseñor Juan Rubén Martínez.

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El compromiso social de los laicos

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Carta de monseñor Juan Rubén Martínez, obispo de Posadas, para el primer Domingo de Adviento [3 de diciembre de 2017]

El Evangelio de este domingo (Mc 13,33-37), nos dice que estemos atentos y prevenidos en la esperanza: «Tengan cuidado y estén prevenidos, porque no saben cuándo llegará el momento…

No sea que llegue de improviso y los encuentre dormidos. Y esto que les digo a ustedes, lo digo a todos: ¡Estén prevenidos!». Este texto y la liturgia del adviento, también nos recuerdan la esperanza de los cristianos en la segunda venida del Señor. Es el reclamo esperanzador del Apocalipsis, hecho en medio de dificultades y signos de muerte y que la liturgia retoma en el adviento: «Ven Señor Jesús».

El tiempo del adviento nos prepara para celebrar bien la Navidad. Esto debe llevarnos a revisar cómo vivimos nuestra condición de cristianos tanto en una dimensión personal, como social. A veces los cristianos hemos planteado casi excesivamente nuestro examen de conciencia como algo individual y no lo hemos relacionado suficientemente con nuestra vocación y misión. Sobre todo, los laicos que representan la gran mayoría del pueblo de Dios, necesariamente deben revisar su rol de transformar las realidades temporales y su condición de ciudadanos. En lo más propio de su misión se juega el camino de la santidad.

El adviento que nos propone revisar cómo vivimos nuestra condición de cristianos, discípulos y misioneros, debe llevarnos especialmente a plantearnos las consecuencias comunitarias y sociales que tienen nuestras opciones cotidianas. Esto es importante sobre todo considerando el ambiente fuertemente materialista e individualista en el que estamos inmersos, y con el cual corremos el riesgo de mimetizarnos dañando nuestra condición de cristianos, y la comprensión de la santidad en relación al bien común.

En Aparecida algunos textos son iluminadores de los problemas culturales que debemos comprender para evaluar y revisar nuestro compromiso cristiano. Aparecida señala que «vivimos un cambio de época, cuyo nivel más profundo es el cultural. Se desvanece la concepción integral del ser humano, su relación con el mundo y con Dios… quien excluye a Dios de su horizonte, falsifica el concepto de la realidad y sólo puede terminar en caminos equivocados y con recetas destructivas. Surge hoy, con gran fuerza, una sobrevaloración de la subjetividad individual.

Independientemente de su forma, la libertad y la dignidad de la persona son reconocidas. El individualismo debilita los vínculos comunitarios y propone una radical transformación del tiempo y del espacio, dando un papel primordial a la imaginación. Los fenómenos sociales, económicos y tecnológicos están en la base de la profunda vivencia del tiempo, al que se concibe fijado en el propio presente, trayendo concepciones de inconsistencia e inestabilidad. Se deja de lado la preocupación por el bien común para dar paso a la realización inmediata de los deseos de los individuos, a la creación de nuevos y, muchas veces, arbitrarios derechos individuales, a los problemas de la sexualidad, la familia, las enfermedades y la muerte». (44)

En estos contextos culturales fuertemente animados por grandes poderes económicos y su influencia en los medios de comunicación social, y fuertes presiones en ámbitos políticos, legislativos y de la educación, todos, pero especialmente el laicado cristiano deberá revisar en su examen de conciencia de adviento cómo vive su vocación y misión. Desde la liturgia y la espiritualidad del adviento nos fortalecemos en la Esperanza, porque aún comprometidos activamente en las coyunturas cotidianas, en los fracasos y alegrías dicha
esperanza trasciende la cotidianeidad por tener su certeza en Dios.

Por eso en Aparecida se vuelve a señalar que «son los laicos de nuestro continente, conscientes de su vocación bautismal, los que tienen que actuar a manera de fermento en la masa para construir una ciudad temporal que esté de acuerdo con el proyecto de Dios. La coherencia entre fe y vida en el ámbito político, económico y social exige la formación de la conciencia, que se traduce en el conocimiento de la Doctrina Social de la Iglesia…, porque la vida cristiana no se expresa solamente en las virtudes personales, sino también en las virtudes sociales y políticas”». (505)

La fe nos anima en la esperanza. Este tiempo de adviento, que iniciamos preparando la Navidad, puede significar revisar nuestras vidas, estructuras y opciones. Cambiar es salir de nuestras flaquezas y sombras personales y sociales, para abrir nuestro corazón a Jesús, que quiere nacer…

¡Un saludo cercano y hasta el próximo domingo! Mons. Juan Rubén Martínez, obispo de Posadas

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