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Trump endurece la guerra con Irán y presiona a la OTAN por el estrecho de Ormuz

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Donald Trump sumó este viernes una nueva presión sobre el tablero internacional: mientras descartó la búsqueda de un alto al fuego con Irán y aseguró que Estados Unidos ya “ha ganado” la guerra, también cargó contra aliados de la OTAN por no aportar de inmediato los recursos necesarios para asegurar el estrecho de Ormuz, una vía estratégica que sigue prácticamente cerrada y que ya impacta sobre los precios globales del petróleo, la gasolina en Estados Unidos y los mercados financieros. El dato no es menor. En medio de una ofensiva militar que la Casa Blanca presenta como decisiva, Trump abrió otro frente de disputa: el del reparto de costos, riesgos y responsabilidades con sus socios. La pregunta ya no pasa sólo por la evolución del conflicto con Irán, sino por si esta escalada consolida el liderazgo de Washington o expone una coalición bajo presión.

El movimiento combina guerra, energía y poder. Por un lado, Trump rechazó la lógica de una tregua. “No buscamos eso”, dijo al minimizar la posibilidad de un alto al fuego. Por otro, reconoció que Estados Unidos necesitará ayuda para una operación que hasta ahora había sugerido poder resolver sin asistencia externa. La reapertura del estrecho de Ormuz dejó así de ser un asunto meramente militar para convertirse en una prueba política sobre la capacidad de Estados Unidos de alinear aliados en una crisis que amenaza con desbordar el plano regional.

Ormuz se vuelve el centro de gravedad del conflicto

El estrecho de Ormuz concentra una parte decisiva de la tensión actual porque articula seguridad, comercio energético y credibilidad estratégica. Trump lo definió como una “maniobra militar simple”, aunque admitió que requiere “mucha ayuda”, con barcos y volumen operativo. Esa frase marcó un giro. Después de semanas de insistir en que Estados Unidos no necesitaba respaldo externo para asegurar la navegación, la Casa Blanca empezó a admitir que la apertura efectiva del paso exige una arquitectura multilateral.

Según fuentes citadas en el texto base, los aliados de Estados Unidos participan en discusiones activas para reunir los recursos necesarios en un esfuerzo “multicapa”. En esa planificación entran inteligencia, vigilancia y reconocimiento aéreo, barrido de minas, escoltas, capacidad antidrón y buques de guerra con misiles interceptores. No aparece todavía un pedido específico a países concretos, pero sí una constatación central: ningún país tiene por sí solo todos los recursos necesarios para garantizar una reapertura segura y sostenida.

Ese punto tiene una lectura política nítida. Trump cuestiona a los aliados por no actuar con rapidez, pero al mismo tiempo la propia operación confirma que Washington no puede ordenar unilateralmente un corredor seguro sin una coordinación amplia. La tensión entre discurso de autosuficiencia y necesidad de cooperación quedó expuesta en tiempo real.

El Reino Unido se mueve, pero la coalición sigue en construcción

Hasta ahora, el primer paso concreto informado llegó desde el Reino Unido, que anunció que permitirá a Estados Unidos utilizar sus bases militares para atacar sitios de misiles iraníes que amenazan a los barcos en el estrecho. Es una señal relevante, aunque todavía insuficiente para resolver el problema central: asegurar un paso libre y estable para la navegación comercial.

El texto deja claro que no existe un disparador automático para la entrada colectiva de los aliados. Las fuentes esperan que esa participación se active en un momento de “alguna cesación” de los combates que permita abrir la vía y proteger la navegación. Ese detalle importa porque introduce una limitación operativa y política. Aunque Trump acelera el tono y exige respuestas, los socios no parecen dispuestos a comprometer recursos plenos en medio del máximo nivel de hostilidad.

Ahí aparece una diferencia de tempos. La Casa Blanca busca exhibir control y capacidad de imponer condiciones. Los aliados, en cambio, miden riesgos, tiempos y costos. Esa brecha no supone una ruptura inmediata, pero sí muestra que la coalición que acompaña a Estados Unidos en Medio Oriente no actúa bajo automatismo político.

Sin alto al fuego y con retórica de victoria

Trump reforzó además la línea más dura de la administración al descartar públicamente un alto al fuego. Dijo que no busca una pausa en una guerra en la que, según su propia descripción, Estados Unidos está “aniquilando” al otro lado. En ese marco, afirmó que Irán ya no tiene marina, fuerza aérea, observadores, antiaéreos ni radar, y remató con otra definición de alto impacto: “Creo que hemos ganado”.

Esa narrativa busca instalar una idea de superioridad irreversible. También intenta justificar que la guerra entre en una fase más amplia sin necesidad de abrir una discusión sobre salida negociada. Sin embargo, el mismo texto muestra una tensión de fondo: si la victoria fuera políticamente consolidada y militarmente cerrada, la obstrucción del estrecho de Ormuz no seguiría condicionando precios, logística y despliegue internacional.

De hecho, miles de marines y marineros estadounidenses se dirigen hacia Medio Oriente, una señal de que la administración Trump no se prepara para un desenlace inmediato, sino para un conflicto prolongado. La distancia entre la retórica de victoria y la preparación para una guerra extendida es uno de los datos más sensibles del escenario.

Petróleo, inflación y mercados: el costo económico de la escalada

La guerra ya produce efectos concretos sobre la economía global. Los ataques dañaron infraestructura energética en Medio Oriente, el estrecho permanece prácticamente cerrado y el precio del crudo Brent subió 3,26% el viernes hasta cerrar en US$ 112,19 por barril, el nivel más alto desde julio de 2022. En Estados Unidos, los precios de la gasolina también profundizaron la suba.

La reacción de los mercados fue inmediata. El Russell 2000 cayó 2,7% y se encamina a cerrar en corrección, con una baja superior al 10% desde su máximo de enero. El Dow Jones perdió 447 puntos, equivalente a 0,97%. El S&P 500 retrocedió 1,51% y el Nasdaq cayó 2,01%. A la vez, los rendimientos de los bonos del Tesoro subieron, con la tasa a 10 años en 4,39%, su nivel más alto desde julio.

No se trata sólo de volatilidad financiera. La suba de la energía vuelve a encender preocupaciones sobre inflación y complica las perspectivas de los bancos centrales. En ese punto, la guerra deja de ser una cuestión geopolítica acotada y pasa a intervenir de lleno en la agenda económica. Para Trump, eso implica una doble presión: sostener la ofensiva sin permitir que el costo energético erosione el frente interno.

Alianzas bajo estrés y gobernabilidad externa

La ofensiva verbal contra aliados de la OTAN agrega otra capa de complejidad. Trump no sólo reclama ayuda. También expone una visión transaccional de las alianzas: Estados Unidos protege, pero espera retribución, compromiso y respaldo operativo cuando lo necesita. Esa lógica, que ya formaba parte de su discurso político, ahora aparece aplicada en un contexto bélico de alta sensibilidad.

El efecto es ambiguo. Puede empujar a algunos socios a involucrarse más para evitar una ruptura con Washington. Pero también puede endurecer cautelas en gobiernos que no quieren quedar arrastrados por una guerra cuyo horizonte sigue abierto. La referencia a los aliados como “cobardes” no fortalece por sí sola una coalición; en todo caso, subraya que la relación entre liderazgo militar y obediencia política está lejos de ser lineal.

En ese marco, los sectores que aparecen más condicionados son los aliados que dependen del paraguas estratégico de Estados Unidos pero todavía no definieron hasta dónde acompañarán la operación en Ormuz. Al mismo tiempo, Trump intenta mostrar que Estados Unidos e Israel quieren “más o menos cosas similares”, un mensaje orientado a exhibir alineamiento en el núcleo duro de la guerra aunque la periferia aliada muestre reservas.

Una operación militar y un test político

La reapertura del estrecho de Ormuz ya opera como algo más que una misión táctica. Es un test sobre la capacidad de Estados Unidos para convertir supremacía militar en coordinación efectiva. También es una prueba para medir hasta dónde llega la obediencia de los aliados cuando la guerra exige recursos concretos y no sólo respaldo diplomático.

En las próximas semanas habrá que observar tres variables. Primero, si aparece una “alguna cesación” de los combates que permita activar el esquema multilateral de seguridad. Segundo, si los aliados pasan de las discusiones a compromisos materiales verificables. Tercero, si el alza del petróleo y la presión sobre los mercados obliga a recalibrar el discurso de victoria rápida.

Por ahora, Trump intenta administrar dos frentes a la vez: sostener una guerra que presenta como resuelta y construir una coalición que todavía no termina de ordenarse detrás de su estrategia. La fuerza militar parece fuera de discusión en su relato. Lo que sigue en disputa es otra cosa: la capacidad de transformar esa fuerza en control estable sobre una crisis que, por ahora, sigue expandiendo sus costos.

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Sánchez responde a Trump y le exige respetar la legalidad si quiere revisar el comercio con España

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El Gobierno de Pedro Sánchez salió este martes al cruce de las amenazas del presidente de Estados Unidos, Donald Trump, quien anunció que podría “cortar todo el comercio con España” tras la negativa de Madrid a autorizar el uso de las bases de Morón y Rota en la ofensiva contra Irán. La respuesta oficial fue directa: si Washington quiere revisar la relación bilateral, deberá hacerlo respetando la legalidad internacional y los acuerdos entre la Unión Europea y Estados Unidos.

El cruce abre un frente diplomático en plena escalada militar en Oriente Medio y coloca a España en el centro de una disputa que combina defensa, comercio y soberanía. La decisión de no habilitar instalaciones estratégicas tensiona el vínculo con la Casa Blanca y plantea una pregunta política clave: ¿es un gesto de autonomía estratégica o el inicio de un conflicto comercial de mayor alcance?

Sánchez comparecerá este miércoles a las 9:00 en el Palacio de la Moncloa para fijar posición ante la situación regional y responder a las declaraciones del mandatario estadounidense.

Bases militares, OTAN y marco institucional

El detonante del conflicto fue la negativa del Ejecutivo español a autorizar el uso de las bases de Morón y Rota en operaciones militares contra Teherán. Trump calificó a España como “un socio terrible” de la OTAN y advirtió que “nadie” le dirá que no puede utilizar sus instalaciones.

Desde Madrid, fuentes oficiales recalcaron que España es un miembro clave de la OTAN y que cumple sus compromisos con la defensa europea. La discusión, en ese marco, no gira sobre pertenencia a la alianza sino sobre el alcance y la legalidad de una operación concreta.

El Gobierno español sostuvo que la ofensiva se encuentra al margen del derecho internacional, aunque también criticó al régimen iraní. Esa posición intenta mantener equilibrio: no avalar la intervención militar pero tampoco alinearse con Teherán.

La advertencia sobre el comercio añade otra dimensión. España es una potencia exportadora dentro de la Unión Europea y mantiene una relación histórica con Estados Unidos. Cualquier modificación en ese vínculo no depende solo de Madrid y Washington, sino del marco comunitario.

Bruselas entra en escena y blinda el frente comercial

La reacción no quedó en el plano bilateral. La Comisión Europea expresó que espera que Estados Unidos respete los compromisos comerciales asumidos y aseguró que protegerá plenamente los intereses de la Unión Europea.

El portavoz comunitario de Comercio recordó la declaración conjunta emitida el 22 de febrero, en la que ambas partes se comprometieron a evitar una escalada comercial y fijaron un arancel general tope del 15 % para la UE.

La intervención de Bruselas cambia la correlación de fuerzas. Si Trump avanza con medidas contra España, el conflicto dejaría de ser estrictamente bilateral y pasaría a involucrar a toda la Unión Europea. En ese escenario, el margen de presión estadounidense se complejiza y el debate se traslada al plano multilateral.

Impacto político y económico

La amenaza de cortar el comercio introduce incertidumbre en sectores exportadores españoles y en cadenas de suministro vinculadas al mercado estadounidense. Sin embargo, el Ejecutivo aseguró que cuenta con recursos para contener posibles impactos, asistir a sectores afectados y diversificar cadenas productivas.

En el plano político interno, la decisión de no autorizar el uso de bases refuerza una línea de autonomía estratégica que Sánchez viene sosteniendo en foros europeos. Al mismo tiempo, eleva el costo diplomático en la relación con Washington.

La clave está en si la tensión se mantendrá en el plano discursivo o derivará en medidas concretas. El Gobierno español remarcó que su voluntad es trabajar por el libre comercio y la cooperación económica, pero desde el respeto mutuo y el cumplimiento del derecho internacional.

Un pulso que trasciende a España

La comparecencia de Sánchez en Moncloa será el próximo movimiento político. El presidente deberá equilibrar firmeza institucional y cautela diplomática en un contexto internacional volátil.

Si Estados Unidos formaliza alguna restricción comercial, el caso podría escalar a instancias europeas y reabrir debates sobre soberanía, defensa y autonomía estratégica dentro de la OTAN. Si, en cambio, la tensión se diluye en negociaciones, el episodio quedará como un capítulo más de una relación transatlántica sometida a nuevas presiones.

Por ahora, España fija posición y traslada la discusión al terreno jurídico y comunitario. El conflicto no está cerrado. Y la respuesta de Washington definirá si se trata de un cruce retórico o de una reconfiguración más profunda en la relación entre aliados.

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Trump anuncia que cortará todo el comercio con España por la negativa de Sánchez a usar sus bases: “Es un socio terrible”

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WASHINGTON.– El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, recibió este martes en la Casa Blanca al canciller alemán, Friedrich Merz, en una reunión atravesada por la escalada bélica en Medio Oriente, las tensiones comerciales y el reacomodamiento de la relación transatlántica.

El encuentro, que en principio estaba orientado a discutir comercio e inversiones, quedó dominado por los recientes ataques conjuntos de Estados Unidos e Israel contra Irán y sus derivaciones geopolíticas. En ese contexto, Trump aprovechó su comparecencia ante la prensa para lanzar duras críticas contra España y el Reino Unido, profundizando la fractura con dos aliados tradicionales.

Una reunión marcada por Irán y los aranceles

Merz llegó a Washington tras una visita a Pekín, donde se reunió con el presidente chino Xi Jinping, y luego de que Alemania y Francia anunciaran un refuerzo de su cooperación en materia de disuasión nuclear. El viaje se produjo en medio de una creciente inquietud europea por la ofensiva contra el régimen iraní, que incluyó la muerte del líder supremo, el ayatollah Ali Khamenei, y por las amenazas de nuevos aranceles globales impulsadas por la Casa Blanca.

El canciller alemán fue el primer líder europeo en visitar Washington tras los ataques. Si bien evitó condenar la operación militar, tampoco la respaldó explícitamente. “Reconocemos el dilema”, afirmó, al señalar que los intentos diplomáticos de las últimas décadas no lograron frenar el programa nuclear iraní. “No vamos a dar lecciones a nuestros socios sobre sus ataques militares contra Irán”, agregó, en una postura de equilibrio que refleja las tensiones internas en Europa.

En paralelo, sobrevuela el malestar europeo por la política comercial de Trump, especialmente después de que la Corte Suprema estadounidense declarara ilegales los aranceles de emergencia impuestos el 20 de febrero.

Golpe diplomático contra España

El momento más áspero del día llegó cuando Trump apuntó directamente contra el gobierno del presidente español Pedro Sánchez, por negarse a permitir el uso de bases militares españolas en operaciones vinculadas a los ataques contra Irán.

“España se ha portado de manera terrible”, sostuvo el mandatario, a quien calificó como “un socio terrible de la OTAN”. Incluso aseguró haber ordenado al secretario del Tesoro, Scott Bessent, “romper todas las relaciones” comerciales con el país europeo.

La reacción de Madrid no se hizo esperar. El ministro de Asuntos Exteriores, José Manuel Albares, defendió la decisión al recordar que las bases de Rota y Morón son “de soberanía española” y que cualquier operación debe encuadrarse en la Carta de Naciones Unidas. El gobierno de Sánchez sostiene que la ofensiva contra Irán carece de respaldo en el derecho internacional y, por tanto, no puede habilitar el uso de instalaciones conjuntas para acciones unilaterales.

Desde la oposición, el Partido Popular acusó al Ejecutivo de “aislar” a España y reclamó mayor lealtad con los aliados atlánticos.

Fricción creciente con el Reino Unido

Trump también elevó el tono contra el primer ministro británico, Keir Starmer, a quien reprochó no haber sido “cooperativo”. “Es muy triste ver que la relación ya no es lo que era”, afirmó en declaraciones al diario The Sun, en referencia al vínculo histórico entre Washington y Londres.

El Reino Unido se negó inicialmente a permitir el uso de sus bases para los ataques ofensivos contra Irán, aunque posteriormente autorizó operaciones defensivas y el empleo de instalaciones en Inglaterra y en Diego García para neutralizar misiles iraníes. Incluso tras el impacto de un dron en la base de Akrotiri, Starmer reiteró que Londres “no se unirá a una acción ofensiva” y subrayó que cualquier participación británica debe contar con base legal clara.

El distanciamiento entre ambos líderes se suma a otras tensiones recientes, como las diferencias en torno a Groenlandia y la devolución de las islas Chagos a Mauricio.

Europa, dividida

La guerra con Irán expuso una vez más la fragmentación europea. Mientras el secretario general de la OTAN, Mark Rutte, respaldó sin reservas la decisión estadounidense, Alemania, Francia y el Reino Unido reiteraron que no participaron en los ataques, aunque se mostraron dispuestos a facilitar acciones defensivas “necesarias y proporcionadas”.

El encuentro entre Trump y Merz, lejos de disipar incertidumbres, dejó al descubierto el nuevo mapa de tensiones entre Estados Unidos y sus aliados europeos. En un escenario global marcado por la guerra, el comercio y la competencia estratégica con China, la relación transatlántica atraviesa una fase de redefinición profunda.

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Trump descarta el uso de la fuerza para adquirir Groenlandia

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El presidente Donald Trump afirmó que no usaría la fuerza para adquirir Groenlandia, en su declaración más clara hasta el momento descartando recurrir al poderío militar para anexionar la isla ártica.

“Probablemente no conseguiremos nada a menos que decida usar una fuerza excesiva, en cuyo caso seríamos, francamente, imparables”, dijo Trump. “Pero no haré eso. Okey. Ahora todos dicen: ‘¡Bien!’”.

“Esa es probablemente la declaración más importante que he hecho, porque la gente pensaba que usaría la fuerza. No necesito usar la fuerza. No quiero usar la fuerza. No usaré la fuerza”, afirmó Trump.

“Todo lo que Estados Unidos pide es un lugar llamado Groenlandia”, añadió.

Más tarde, Trump reiteró que contempla la plena propiedad de Groenlandia por parte de Estados Unidos, en lugar de un acuerdo mejorado.

“Todo lo que pedimos es obtener Groenlandia, incluyendo el título de propiedad, porque se necesita la propiedad para defenderla”, dijo. “No se puede defender con un contrato de arrendamiento”.

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Starmer acusa a Trump de “presionarle” para cambiar su postura sobre Groenlandia

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El primer ministro británico, Keir Starmer, acusó este miércoles al presidente estadounidense, Donald Trump, de criticar el acuerdo sobre las islas Chagos para así «presionarle» para que cambie su posición sobre el futuro de Groenlandia.

En la sesión semanal de control en la Cámara de los Comunes, Starmer puntualizó que «no cederá» frente a Trump y que defenderá los principios del Reino Unido de que la isla del Ártico pertenece a sus habitantes y al reino de Dinamarca.

El líder laborista, que siempre ha mantenido una posición conciliadora ante Trump y ha evitado criticarle, informó también de que mañana recibirá en Londres a la primera ministra danesa, Mette Frederiksen, mientras el presidente de EE.UU. no cede un ápice en sus intenciones de controlar «por las buenas o por las malas» la isla de Groenlandia.

El conflicto con Mauricio

Trump calificó ayer en su portal de Truth Social de «GRAN ESTUPIDEZ» el pacto para ceder la soberanía del archipiélago de Chagos a Mauricio, acordado en 2025, y de arrendar a ese estado Diego García -donde hay una base militar conjunta británica-estadounidense- por 99 años.

La palabras de Trump sobre Chagos tenían el «propósito expreso de presionarme a mí y al Reino Unido en relación con mis valores y principios sobre el futuro de Groenlandia», dijo Starmer.

«No cederé. El Reino Unido no cederá en nuestros principios y valores sobre el futuro de Groenlandia bajo amenazas de aranceles, y esa es mi postura inequívoca», puntualizó, en un tono nunca empleado para referirse a Trump.

«He dejado clara mi postura sobre nuestros principios y valores. El primero es que el futuro de Groenlandia es solo del pueblo groenlandés y el Reino de Dinamarca. El segundo es que las amenazas de aranceles para presionar a los aliados son completamente erróneas», insistió.

Amenazas de Trump

El presidente estadounidense ha amenazado con imponer aranceles del 10 % al Reino Unido y otros aliados europeos a partir del 1 de febrero a menos que acepten la compra de Groenlandia, y se ha negado a descartar el uso de la fuerza militar para apoderarse de la isla.

El Gobierno británico defiende que el pacto sobre Chagos es necesario porque los fallos de tribunales internacionales a favor de las reclamaciones de soberanía de Mauricio ya suponían una amenaza para el futuro de la base militar en Diego García.

El Reino Unido acordó pagar a Mauricio al menos 120 millones de libras anuales (138 millones de euros) durante los 99 años de vigencia del acuerdo.

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