Política Internacional

Lula pide investigar de dónde salió la plata del viaje de Milei a Brasil y puede agravarse la crisis diplomática

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La tensión diplomática entre Argentina y Brasil continúa profundizándose. Mientras el gobierno de Javier Milei intenta separar el conflicto político de la relación comercial bilateral, el Palacio de Itamaraty endureció su postura y mantiene por tiempo indefinido en consulta al embajador brasileño en Buenos Aires, Julio Bitelli, a la espera de una señal de distensión por parte de la Casa Rosada.

Según fuentes diplomáticas brasileñas, el regreso del embajador dependerá exclusivamente de la evolución del conflicto. Mientras tanto, la representación brasileña en Argentina quedó a cargo del encargado de negocios, Eduardo Uziel.

La decisión constituye uno de los gestos diplomáticos más severos adoptados por Brasil desde el retorno de la democracia y llega después de que Milei calificara públicamente al presidente Luiz Inácio Lula da Silva como “ladrón”, “presidiario” y “basura socialista” durante un acto partidario en respaldo de la candidatura presidencial de Flavio Bolsonaro.

La estrategia de la Casa Rosada

Desde el Gobierno argentino buscan minimizar el impacto institucional del conflicto. La posición oficial sostiene que las diferencias personales entre ambos mandatarios no alterarán la relación económica entre los dos principales socios del Mercosur.

En ese sentido, funcionarios nacionales remarcan que el comercio bilateral continuará funcionando normalmente y que las inversiones y los vínculos empresariales permanecerán al margen de la disputa política.

Sin embargo, la interpretación en Brasil es diferente. En Itamaraty consideran que los agravios fueron pronunciados por un jefe de Estado utilizando recursos oficiales y, por lo tanto, entienden que el conflicto ya dejó de ser una cuestión personal para convertirse en un incidente institucional entre ambos países.

Una denuncia que puede abrir otro frente

La crisis sumó un nuevo capítulo con la presentación de una denuncia impulsada por diputados del Partido de los Trabajadores (PT), junto con legisladores aliados, para que la Fiscalía General de Brasil investigue si la participación de Milei en el lanzamiento de la candidatura de Flavio Bolsonaro constituyó una injerencia indebida en el proceso electoral brasileño.

El planteo solicita determinar quién financió el viaje presidencial, bajo qué carácter se realizó la visita —particular, oficial o de Estado— y si se utilizaron recursos públicos argentinos para participar de una actividad proselitista en otro país.

La investigación también busca establecer si existió utilización de estructuras estatales para favorecer una campaña electoral, una cuestión especialmente sensible para la legislación brasileña, que prohíbe el financiamiento extranjero de actividades políticas.

Posibles consecuencias en Argentina

El episodio también llegó a la Justicia argentina. Los abogados José Magioncalda y Juan Martín Fazio presentaron una denuncia para que se investigue un eventual uso indebido de recursos públicos durante el viaje presidencial a San Pablo.

La presentación apunta al empleo del avión presidencial, la utilización de fondos estatales y la participación de una comitiva oficial en una actividad de naturaleza partidaria, lo que podría derivar —si prospera la investigación— en causas por presunta malversación de fondos públicos e incumplimiento de los deberes de funcionario público.

Una relación en su momento más delicado

En Brasil sostienen que el retiro del embajador marca un cambio de estrategia de Lula da Silva, que habría abandonado la tradicional prudencia diplomática frente a la Argentina para responder con mayor firmeza a los ataques del presidente argentino.

Por su parte, la Cancillería argentina asegura que no existen negociaciones para desactivar el conflicto y descarta cualquier gesto que pueda interpretarse como un pedido de disculpas. La apuesta oficial es preservar el vínculo comercial mientras la relación política atraviesa uno de sus momentos de mayor tensión de las últimas décadas.

Al trasfondo bilateral se suma además un componente geopolítico: en Brasil interpretan que Milei profundizó su alineamiento con Donald Trump, mientras Lula consolida su acercamiento estratégico con China, una dinámica que agrega una dimensión internacional a una disputa que ya excede el intercambio de declaraciones y comienza a impactar sobre la relación entre los dos principales socios del Mercosur.

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Milei endureció su discurso en Brasil: llamó a “parar la basura socialista” y apuntó contra Lula

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El presidente Javier Milei volvió a elevar el tono de su confrontación política en el plano regional. Durante su participación en la convención nacional del Partido Liberal (PL) de Brasil, el mandatario argentino llamó a “parar la basura socialista”, calificó a Luiz Inácio Lula da Silva como un “ladrón” y un “presidiario” y expresó un abierto respaldo al espacio conservador que buscará disputar el poder en las elecciones de octubre.

La visita a San Pablo estuvo diseñada para reforzar la alianza política entre Milei y los principales referentes de la derecha brasileña, sin mantener ningún tipo de contacto con el gobierno de Lula.

Antes del acto partidario, el Presidente se reunió en el Palacio dos Bandeirantes con el gobernador del estado de San Pablo, Tarcísio de Freitas, y con el senador Flávio Bolsonaro, quien será el candidato presidencial del PL.

Durante el encuentro, Milei lamentó no haber podido visitar al expresidente Jair Bolsonaro, quien permanece bajo arresto domiciliario por decisión judicial mientras enfrenta un proceso por presunto intento de quebrar el orden constitucional.

En un video difundido por Flávio Bolsonaro en redes sociales, el senador le preguntó al mandatario argentino: “¿Preparado para que la ola azul llegue a Brasil?”. Milei respondió: “Absolutamente, es la hora de que terminemos de pintar el mapa como corresponde, de una vez”, y aseguró que tiene “gran esperanza” de cara a los comicios brasileños.

El dirigente opositor también convocó a Milei a “combatir el terrorismo juntos”, en otro de los mensajes difundidos durante la jornada.

Una señal política desde San Pablo

Tras la reunión, Tarcísio de Freitas destacó la importancia del vínculo bilateral y definió a la Argentina como “un socio estratégico para Brasil”.

“Esta reunión destaca nuestro deseo de fortalecer la sociedad, acercar más nuestros mercados y expandir oportunidades de inversiones y desarrollo”, expresó el gobernador paulista.

La recepción también tuvo un fuerte contenido simbólico. En lugar de la tradicional alfombra roja utilizada para las ceremonias oficiales, la gobernación desplegó una alfombra azul, un gesto interpretado como un guiño a la denominada “marea azul” que identifica a los sectores conservadores de la región.

Según trascendió, desde el equipo de ceremonial explicaron con ironía que el cambio obedecía “a los colores de la bandera argentina”.

Máxima distinción paulista

Durante la visita, Milei recibió la Orden del Ipiranga en el grado de Gran Cruz, la máxima condecoración que otorga el estado de San Pablo.

Del encuentro participaron además el intendente de la ciudad de San Pablo, Ricardo Nunes, el secretario de Finanzas argentino Pablo Quirno, la secretaria general de la Presidencia Karina Milei y el cónsul argentino en San Pablo, Luis Kreckler.

Posteriormente, el Presidente argentino se trasladó al estadio Mercado Livre Arena Pacaembú para convertirse en la principal figura de la convención nacional del Partido Liberal, donde fue oficializada la candidatura presidencial de Flávio Bolsonaro.

La gira consolidó la estrategia internacional de Milei de estrechar vínculos con los principales referentes de la derecha latinoamericana y profundizó la distancia política e institucional con el gobierno de Lula, en un contexto de creciente polarización de cara a las elecciones brasileñas.

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Milei llega a la cumbre de Asunción con frentes abiertos con Brasil y una agenda que redefine el rumbo del bloque

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La cumbre presidencial del Mercosur que se desarrollará este lunes y martes en Asunción llega atravesada por un escenario de creciente tensión política y comercial entre sus principales socios. El presidente Javier Milei participará del encuentro regional en un contexto marcado por diferencias cada vez más profundas con el gobierno de Luiz Inácio Lula da Silva, mientras Argentina impulsa una estrategia de inserción internacional que comienza a desafiar algunos de los pilares históricos del bloque.

Aunque la agenda oficial contempla avances en las negociaciones comerciales con la Unión Europea y el inicio de conversaciones formales con Japón, la discusión política estará dominada por tres temas que reflejan el cambio de orientación de la política exterior argentina: el acuerdo comercial alcanzado con Estados Unidos, la intención de incorporarse al Tratado Integral y Progresista de Asociación Transpacífico (CPTPP) y el rechazo del Gobierno nacional a cualquier intento de rehabilitar a Venezuela dentro del Mercosur.

El viaje se produce apenas días después del paso de Milei por España y en un momento en que la relación bilateral con Brasil atraviesa uno de sus momentos de mayor frialdad desde el inicio de la gestión libertaria. La principal preocupación de Itamaraty gira en torno al entendimiento arancelario alcanzado entre Buenos Aires y Washington, mediante el cual Argentina eliminó aranceles para más de 1.600 productos estadounidenses.

Desde Brasil sostienen que cualquier esquema de apertura comercial con terceros países debe respetar el Arancel Externo Común y los mecanismos de negociación conjunta previstos por el Mercosur. En otras palabras, consideran que los acuerdos bilaterales por fuera del bloque pueden generar distorsiones competitivas y debilitar la unión aduanera.

La posición argentina responde a una lógica distinta. El Gobierno considera que la flexibilización comercial constituye una condición necesaria para acelerar la inserción internacional del país y ampliar mercados, aun cuando ello implique revisar algunos de los compromisos tradicionales del bloque regional.

A esa diferencia se suma un nuevo capítulo de la estrategia internacional de la administración Milei: el pedido formal de adhesión al Tratado Integral y Progresista de Asociación Transpacífico. La iniciativa, impulsada por la Cancillería, abre una dimensión geopolítica inédita para Argentina al proyectar su ingreso a uno de los principales acuerdos comerciales del mundo, integrado por economías de Asia-Pacífico y que incluye, entre otros miembros, al Reino Unido.

La decisión también alteró el tablero regional. Especialistas en comercio internacional interpretan que el reciente anuncio de Brasil de acelerar una negociación entre el Mercosur y Japón responde, en parte, a un intento por ofrecer nuevas alternativas comerciales dentro del propio bloque y reducir los incentivos para que Argentina y Uruguay profundicen estrategias de apertura individual mediante el CPTPP.

Más allá de la discusión económica, la cumbre también tendrá un fuerte componente político. La situación institucional de Venezuela volverá a aparecer sobre la mesa, aunque sin figurar formalmente entre los principales temas del encuentro.

Mientras Brasil, Colombia e incluso algunos sectores del gobierno paraguayo manifestaron durante los últimos meses disposición para revisar la situación de Caracas dentro del Mercosur, la administración Milei mantiene una posición inflexible y anticipa que utilizará su derecho de veto frente a cualquier intento de reincorporación.

La posición argentina se fundamenta en el incumplimiento de la cláusula democrática de Ushuaia y en las observaciones sobre el funcionamiento institucional del gobierno venezolano, criterios que, según sostienen desde la Casa Rosada, permanecen inalterados pese al reciente diálogo humanitario mantenido tras los sismos registrados en ese país.

La distancia política entre Buenos Aires y Brasilia también tendrá una expresión simbólica fuera de la mesa de negociaciones.

Antes de partir hacia Asunción, Milei recibirá en la Casa Rosada al senador brasileño Flavio Bolsonaro, hijo del expresidente Jair Bolsonaro y principal referente opositor al gobierno de Lula da Silva de cara a las elecciones presidenciales previstas para octubre. El encuentro será interpretado como una nueva señal del alineamiento político del mandatario argentino con el espacio conservador brasileño y agrega un componente adicional de tensión a una relación bilateral ya condicionada por diferencias ideológicas y comerciales.

En este contexto, la cumbre del Mercosur trasciende la habitual revisión de la agenda económica del bloque. El encuentro pondrá a prueba la capacidad de convivencia entre modelos de integración cada vez más divergentes: por un lado, la visión brasileña de fortalecer las negociaciones colectivas y preservar la institucionalidad del Mercosur; por otro, la estrategia argentina orientada a flexibilizar las reglas del bloque para acelerar acuerdos bilaterales y ampliar su inserción en nuevos mercados globales.

El resultado de las deliberaciones difícilmente produzca definiciones inmediatas, pero sí ofrecerá una señal sobre el rumbo que adoptará el Mercosur en una etapa en la que las tensiones geopolíticas, la competencia por nuevos mercados y las diferencias ideológicas entre sus principales socios comienzan a redefinir el equilibrio interno del principal bloque económico de América del Sur.

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Geoeconomía, redescubierta

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Por Josh Lipsky / F&D FMI – “¿Qué es la geoeonómica?” Un alto funcionario financiero brasileño se inclinó y me hizo esa pregunta durante una sesión que presidía en Río de Janeiro en 2024, durante la presidencia del G20 de Brasil. Una delegación del Atlantic Council había venido a debatir sobre stablecoins, cadenas de suministro y las reservas de divisas de Rusia.

Respondí rápidamente: “Es esto—lo que estamos haciendo aquí, la combinación de finanzas y seguridad nacional.” “Oh,” dijo y luego se detuvo. “Aquí en Brasil, a eso simplemente lo llamamos política.”

La verdad es que, aunque muchos en Occidente, especialmente en Estados Unidos y Europa, están redescubriendo el concepto de geoeconomía, para la mayor parte del mundo es simplemente la forma en que se hacen los negocios. La idea de separar la seguridad nacional y la economía tiene poco sentido para los responsables políticos de países como India y Turquía, y por supuesto Brasil, que cada día se despiertan preocupados por un choque geopolítico que podría limitar su suministro energético o un conflicto político regional que asuste a los inversores extranjeros y desencadene un éxodo repentino de capitales.

Durante gran parte de la era posterior a la Guerra Fría —hasta la pandemia y la invasión rusa de Ucrania— Estados Unidos y Europa tuvieron el lujo de separar a menudo la política económica de la seguridad nacional. Incluso después del 11-S y el aumento de las sanciones financieras, los funcionarios del Tesoro en Washington aún tuvieron que luchar por un asiento en la mesa durante los debates sobre las guerras de Irak y Afganistán.

Wall Street y Washington podían, y a menudo lo hacían, operar con una desconexión. En los últimos 15 años, mientras presidentes de ambos partidos y miembros del Congreso alertaban continuamente sobre el trato de China a la propiedad intelectual y la sobrecapacidad industrial, las firmas financieras estadounidenses profundizaron la inversión y aumentaron los flujos financieros hacia Pekín.

Hoy en día, la capacidad de aislar la formulación de políticas económicas y de seguridad nacional ha desaparecido. Estados Unidos está redescubriendo la geoeconomía y lo hace dentro de un sistema que también sirve como el corazón palpitante de las finanzas globales. Como hemos visto en los últimos cinco años con el auge de las políticas industriales, la propiedad gubernamental en empresas privadas y las sanciones generalizadas que reorientan sectores enteros y bancos, esta evolución es—y seguirá siendo—un proceso doloroso y a veces costoso.

Algunos lamentarán este cambio y otros lo celebrarán, pero la realidad es que durante la mayor parte de la historia de Estados Unidos, la geoeconomía fue la norma. Las últimas tres décadas fueron la excepción.

La geoeconomía tiene un largo y rico historial académico, pero esas versiones clásicas de la geoeconomía no capturan del todo lo que está ocurriendo ahora.

La geoeconomía actual se sitúa en la intersección de finanzas, seguridad nacional y macroeconomía. Se trata de cómo el comercio y los flujos de capital se reconfiguran en tiempo real mediante la rivalidad estratégica. En el Atlantic Council dividimos la geoeconomía en tres pilares. La primera es el futuro del capitalismo y el comercio: piensa en el sistema de Bretton Woods y el desafío del crecimiento inclusivo. La segunda es el futuro del dinero, que comprende stablecoins, criptomonedas, monedas digitales de bancos centrales y sistemas de pago. La tercera es la diplomacia económica: las herramientas de la geoeconomía, incluyendo sanciones, controles de exportación y aranceles.

Guerra Fría

Un ejemplo destacado de geoeconomía en la historia de Estados Unidos es el Comité Coordinador para los Controles Multilaterales de Exportaciones (COCOM), creado en 1949. Al inicio de la Guerra Fría, el secretario de comercio del presidente Harry Truman, Averell Harriman, fundador de la famosa firma de Wall Street Brown Brothers Harriman, argumentó que Estados Unidos no podía por sí solo seguir una política de control de exportaciones para limitar la capacidad militar soviética. Creía que las naciones alineadas con Occidente debían coordinarse con sus aliados.

Así que Estados Unidos, trabajando con Alemania Occidental, Francia, Reino Unido y finalmente 17 países, desarrolló listas, incluyendo una lista de tecnología de doble uso que incluía productos como ordenadores y los procesadores que los alimentaban. En 1952, el mismo grupo lanzó un proyecto hermano, CHINCOM, diseñado con controles aún más estrictos sobre las exportaciones de computación avanzada a China. Todo le resulta inquietantemente familiar.

Estos esfuerzos no fueron indolores ni sin coste. Las empresas intentaron evitar los controles. La designación de ciertos productos causó tensiones entre Estados Unidos y otros países, incluyendo el infame escándalo Toshiba-Kongsberg de finales de los años 80, cuando los soviéticos se hicieron con piezas que permitieron que sus submarinos funcionaran con mayor tranquilidad.

Pero el sistema en general fue efectivo y cumplió su propósito hasta principios de los años 90, cuando caducó.

Por supuesto, como ocurre hoy en día, la geoeconomía no se limitaba a los bienes: está y siempre ha estado relacionada con cómo se mueve el dinero para pagar esos bienes por el mundo.

Consideremos la creación de la Sociedad para la Telecomunicación Financiera Interbancaria Mundial (SWIFT) a principios de los años 70. Tras la suspensión de la convertibilidad de dólares en oro por parte del presidente Richard Nixon, las transacciones transfronterizas en diversas monedas se aceleraron. First National City Bank (predecesor de Citibank) desarrolló un nuevo estándar global de mensajería, pero el riesgo de que una gran institución estadounidense dominara los pagos preocupaba a muchos, especialmente en Europa.

Así que un consorcio de bancos se unió en Estados Unidos y Europa, y desarrolló el sistema SWIFT como un compromiso. Dependería en gran medida de instituciones financieras estadounidenses, pero su sede estaría en Bélgica.

Hoy en día, se está desarrollando una lucha paralela entre aliados. Un estudio de 2025 para el Parlamento Europeo advirtió que “la continua dependencia de las redes de pagos fuera de la UE, especialmente Visa y Mastercard, representa una vulnerabilidad estructural tanto para los bancos europeos como para la soberanía financiera de la Unión.” ¿Qué tienen en común Visa y Mastercard? Son empresas estadounidenses. Si cambiabas Visa y Mastercard por First National City Bank y las mismas palabras podrían haberse escrito en 1971.

La geoeconomía hoy en día

Lo que es diferente hoy, sin embargo, es que la economía global ha cambiado. La mayor economía del mundo —donde las finanzas representan aproximadamente una cuarta parte de los beneficios corporativos, cuyo mercado del Tesoro de aproximadamente 30 billones de dólares ancla el sistema financiero global, y cuyo banco central ha intervenido repetidamente para estabilizar los mercados no solo para los estadounidenses sino para el mundo— está reconsiderando su modelo. Todos los demás se han dado cuenta.

En 2020, el director del consejo económico nacional del presidente Joe Biden pidió pronunciar un discurso sobre una “nueva política industrial” en el Atlantic Council. Fue una petición sorprendente: durante años en Washington, la política industrial había sido una palabra sucia. Pero ese discurso fue una señal temprana del cambio ya en marcha.

En los años siguientes, funcionarios de varios mercados emergentes han sentido cierta satisfacción de que Estados Unidos se esté acercando más a algo más parecido a su modelo. En Delhi, en 2024, un alto responsable político comentó que todos esos años de conferencias estadounidenses sobre mercados libres y abiertos podrían haber sido “un pequeño error”. Muchos de esos mismos países han pasado la última década acumulando reservas de divisas, diversificando proveedores y firmando acuerdos regionales de swaps de divisas para superar los choques que durante mucho tiempo asumían que llegarían. Ahora esa resiliencia está siendo puesta a prueba, y Estados Unidos presta mucha atención a un tipo de política económica que hace que se ignore durante demasiado tiempo.

Sin embargo, sería un error a cambio que el resto del mundo pensara que la nueva versión estadounidense de la geoeconomía igualará la versión de la Guerra Fría. En aquel entonces, Estados Unidos, una potencia manufacturera, podía competir con sus adversarios en todo, desde coches hasta televisores. Durante las décadas de 1960 y 1970, el crecimiento del PIB de EE. UU. y su participación global en la manufactura fueron consistentemente el doble que el de la Unión Soviética. E incluso cuando esa ventaja disminuyó en los años 80, fue porque Japón, un aliado, alcanzó a Estados Unidos. Eso facilitó la gestión de negociaciones sobre todo, desde el comercio hasta la moneda.

Más peligro

La era geoeconómica actual es más complicada y peligrosa. Las dos mayores economías del mundo, Estados Unidos y China, están llevando a cabo sus propias versiones de la geoeconomía en acción. La situación ha cambiado de varias maneras. China produce ahora aproximadamente el 30 por ciento de la producción manufacturera mundial, frente a aproximadamente el 16 por ciento de Estados Unidos. No es un cambio a corto plazo, pero nuestros modelos aún no han aceptado la nueva realidad de la rivalidad entre grandes potencias entre las mayores economías del mundo. Para los responsables de la política financiera, eso significa que las preocupaciones por primas de riesgo más altas y flujos de capital más volátiles deben estar en primer plano.

El peligro de esta nueva era de la geoeconomía es que, una vez que los gobiernos la invocan, puede convertirse en el papel que justifica casi cualquier política. El secretario de Comercio de EE. UU., Howard Lutnick, y su predecesora, Gina Raimondo, suelen decir: “La seguridad económica es seguridad nacional.”

Pero otra forma de enmarcar ese concepto es: “La seguridad nacional es lo que decimos que es.”

En un mundo así, las empresas pierden la previsibilidad necesaria para invertir. Las corporaciones cambian la forma en que interactúan con el gobierno, y prevalece el capitalismo de amiguetes. El dinero se desperdicia. Se pierden empleos. La fragmentación, el proteccionismo y un mundo en conflicto tienen un alto precio.

Así que redescubrir la geoeconomía de la manera correcta—de una manera que reconozca el progreso de las últimas décadas y altere, en lugar de abandone, las reglas que hicieron posible el progreso—no podría ser más crítico. El sistema basado en reglas, que muchos ahora parecen tan dispuestos a dejar de lado, logró la mayor reducción de pobreza en la historia humana y un aumento dramático del nivel de vida tanto en Estados Unidos como en el extranjero, en gran parte gracias a más comercio, inversión y difusión tecnológica.

Pero el mundo que produjo esos avances no estuvo exento de fallos. Incluso cuando la prosperidad general avanzó tanto en el país como en el extranjero, la globalización vació oportunidades y resiliencia en demasiados lugares. La pandemia —y los choques de suministro que la acompañaron— dejaron esa realidad al descubierto. Por eso, quienes esperan volver a una era de mercados libres descontrolados seguirán sintiéndose decepcionados.

No hay vuelta atrás

Estados Unidos no va a retroceder. Está buscando un nuevo sistema —o quizás redescubriendo uno antiguo— dispuesto a romper con las convenciones del pasado reciente en comercio y finanzas.

En 2022, los responsables políticos occidentales lo encontraron.

Hace cuatro años, una mañana de sábado de febrero, los países del G7 decidieron bloquear el acceso a los activos soberanos de un país del G20: Rusia, que acababa de lanzar una invasión a gran escala de Ucrania. Más de 300.000 millones de dólares en activos del banco central ruso fueron inmovilizados, y la mayor parte sigue congelada hoy en día. Fue la decisión geoeconómica más importante de la década hasta ahora.

No había ningún manual que consultar. Ocurrió por culpa de personas que pensaron de forma creativa e intentaron hacer algo que, incluso unos años antes, habría sido descartado como demasiado arriesgado. El terreno se había sentado durante décadas. Desde el aumento de las sanciones financieras tras el 11-S hasta la forma en que el dólar y el euro trabajaron juntos para presionar a Irán hacia un acuerdo nuclear en 2015.

Lo que ocurrió aquella mañana de sábado de 2022 abrió una caja de Pandora con la que el mundo vivirá durante una generación. Demostró al mundo que la estrategia rusa de diversificar hacia el euro tras la invasión de Crimea en 2014—un enfoque racional en un mundo pre-geoeconómico—ya no funcionaba. Los aliados podían ahora armar conjuntamente los sistemas de pago en cualquier momento para asegurar que las finanzas avanzaran en los objetivos de seguridad nacional. De hecho, como muestran investigaciones del Atlantic Council, desde la respuesta a las sanciones del G7 ha habido un aumento del 100 % en el número de proyectos piloto de sistemas de pago transfronterizo (casi todos diseñados fuera de los sistemas de dólar y euro).

Aunque las sanciones tan severas sorprendieron al gobierno ruso y a gran parte del mundo, no deberían haberlo hecho.

La geoeconomía siempre ha formado parte de la política económica y exterior de Estados Unidos. El sistema de Bretton Woods es la creación geoeconómica por excelencia: fundada no después de la guerra, sino durante la guerra, seis semanas después del Día D.

Que líderes de 44 países se reúnan en New Hampshire para discutir una nueva arquitectura financiera internacional mientras sus conciudadanos enfrentaban disparos a miles de kilómetros parece, a simple vista, ilógico. Pero, como dijo el presidente Franklin Roosevelt al inicio de la conferencia, “Es apropiado que, incluso cuando la guerra por la liberación está en su punto álgido, [nosotros] nos reunamos para hablar mutuamente sobre la forma del futuro que vamos a conquistar.”

Nadie tuvo que explicar qué significaba geoeconomía en 1944.

El reto hoy es diferente: navegar esta nueva era, con toda la complejidad e interdependencia del sistema financiero global, no construir un sistema nuevo, sino adaptar uno que ya no sirve para su propósito. Para ver si la mayor economía del mundo puede cambiar su formulación de políticas económicas sin una interrupción masiva tanto en el país como en el extranjero. La distancia entre las capitales financiera y política mundial se está reduciendo rápidamente.

El cambio exige que los economistas comprendan conceptos como la rivalidad entre grandes potencias y que los profesionales de la política exterior se formen en macroeconomía y microeconomía como requisito previo para sus puestos.

Y significa que todos nosotros en Occidente debemos reaprender lo que la mayoría del mundo nunca olvidó: la geoeconomía es simplemente cómo el mundo hace negocios.

Mientras las potencias globales enfrentan crecientes tensiones geopolíticas, las sanciones, los controles de exportación y los aranceles vuelven a ser herramientas de apalancamiento, marcando el resurgimiento de la geoeconomía, donde convergen la política económica y la seguridad nacional. En este pódcast, Josh Lipsky, de Atlantic Council, y Matteo Maggiori, de Stanford, hablan sobre la nueva cara de la geoeconomía y su aparentemente vengativo regreso.

JOSH LIPSKY es presidente del departamento de economía internacional y director fundador del Centro de Geoeconomía en el Atlantic Council.

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Quirno adelantó la adhesión de Argentina al Tratado Transpacífico

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El ministro de Relaciones Exteriores, Comercio Internacional y Culto, Pablo Quirno, adelantó que la Argentina se adherirá al Tratado Transpacífico, el cual engloba a 12 economías mundiales y promueve el libre comercio.

“El miércoles vamos a entregar en París, al ministro de Comercio de Nueva Zelanda (Cameron Brewer) nuestra adhesión al acuerdo de Transpacífico, que incluye doce países muy importantes que representan el 13% del PBI mundial“, sostuvo el canciller durante su exposición en el 43° Congreso del Instituto Argentino de Ejecutivos de Finanzas (IAEF).

Los países que lo conforman son AustraliaBrunéiCanadáChileJapónMalasiaMéxicoNueva ZelandaPerúReino UnidoSingapur y Vietnam.

Este tratado propone una política de libre comercio entre las regiones que lo constituyen. Su nombre oficial es Tratado Integral y Progresista de Asociación Transpacífico (CPTPP), por sus siglas en inglés, y abarca a casi 600 millones de personas.

Entre los principales objetivos destacan la promoción de la integración económica, marcos legales predecibles para el comercio y el impulso del comercio regional, al igual que la promoción del crecimiento sostenible.

“La base de esta credibilidad es la estabilidad macroeconómica y la proyección al exterior a través de alianzas estratégicas con países afines, que llevan a aumentar considerablemente la cantidad de comercio y la atracción de inversiones”, señaló Quirno.

Durante su exposición, el exsecretario de Finanzas explicó que la Argentina se mantuvo como uno de los países con las economías más cerradas, lo que la obligó a “mirarse el ombligo”. “Los productores estaban protegidos, con pocos productos y caros”, criticó.

En ese sentido, defendió la política implementada desde la gestión de La Libertad Avanza (LLA) y destacó la política de estabilidad macroeconómica.

“Revertir décadas de estancamiento, de alta inflación, de déficit fiscal, nos ha llevado a no poder generar esas condiciones para aprovechar los recursos naturales y el capital humano. Queremos generar condiciones para que el sector privado se pueda desarrollar. El mercado de la Argentina es el mundo, no solamente Argentina, y hacia allá vamos”, dijo.

Quirno indicó que su trabajo es “salir con la valijita a vender a la Argentina” y ratificó que seguirán desempeñándose para “generar que los productores y empresarios del país puedan salir al mundo en las mejores condiciones posibles”.

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