Política Internacional

Geoeconomía, redescubierta

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Por Josh Lipsky / F&D FMI – “¿Qué es la geoeonómica?” Un alto funcionario financiero brasileño se inclinó y me hizo esa pregunta durante una sesión que presidía en Río de Janeiro en 2024, durante la presidencia del G20 de Brasil. Una delegación del Atlantic Council había venido a debatir sobre stablecoins, cadenas de suministro y las reservas de divisas de Rusia.

Respondí rápidamente: “Es esto—lo que estamos haciendo aquí, la combinación de finanzas y seguridad nacional.” “Oh,” dijo y luego se detuvo. “Aquí en Brasil, a eso simplemente lo llamamos política.”

La verdad es que, aunque muchos en Occidente, especialmente en Estados Unidos y Europa, están redescubriendo el concepto de geoeconomía, para la mayor parte del mundo es simplemente la forma en que se hacen los negocios. La idea de separar la seguridad nacional y la economía tiene poco sentido para los responsables políticos de países como India y Turquía, y por supuesto Brasil, que cada día se despiertan preocupados por un choque geopolítico que podría limitar su suministro energético o un conflicto político regional que asuste a los inversores extranjeros y desencadene un éxodo repentino de capitales.

Durante gran parte de la era posterior a la Guerra Fría —hasta la pandemia y la invasión rusa de Ucrania— Estados Unidos y Europa tuvieron el lujo de separar a menudo la política económica de la seguridad nacional. Incluso después del 11-S y el aumento de las sanciones financieras, los funcionarios del Tesoro en Washington aún tuvieron que luchar por un asiento en la mesa durante los debates sobre las guerras de Irak y Afganistán.

Wall Street y Washington podían, y a menudo lo hacían, operar con una desconexión. En los últimos 15 años, mientras presidentes de ambos partidos y miembros del Congreso alertaban continuamente sobre el trato de China a la propiedad intelectual y la sobrecapacidad industrial, las firmas financieras estadounidenses profundizaron la inversión y aumentaron los flujos financieros hacia Pekín.

Hoy en día, la capacidad de aislar la formulación de políticas económicas y de seguridad nacional ha desaparecido. Estados Unidos está redescubriendo la geoeconomía y lo hace dentro de un sistema que también sirve como el corazón palpitante de las finanzas globales. Como hemos visto en los últimos cinco años con el auge de las políticas industriales, la propiedad gubernamental en empresas privadas y las sanciones generalizadas que reorientan sectores enteros y bancos, esta evolución es—y seguirá siendo—un proceso doloroso y a veces costoso.

Algunos lamentarán este cambio y otros lo celebrarán, pero la realidad es que durante la mayor parte de la historia de Estados Unidos, la geoeconomía fue la norma. Las últimas tres décadas fueron la excepción.

La geoeconomía tiene un largo y rico historial académico, pero esas versiones clásicas de la geoeconomía no capturan del todo lo que está ocurriendo ahora.

La geoeconomía actual se sitúa en la intersección de finanzas, seguridad nacional y macroeconomía. Se trata de cómo el comercio y los flujos de capital se reconfiguran en tiempo real mediante la rivalidad estratégica. En el Atlantic Council dividimos la geoeconomía en tres pilares. La primera es el futuro del capitalismo y el comercio: piensa en el sistema de Bretton Woods y el desafío del crecimiento inclusivo. La segunda es el futuro del dinero, que comprende stablecoins, criptomonedas, monedas digitales de bancos centrales y sistemas de pago. La tercera es la diplomacia económica: las herramientas de la geoeconomía, incluyendo sanciones, controles de exportación y aranceles.

Guerra Fría

Un ejemplo destacado de geoeconomía en la historia de Estados Unidos es el Comité Coordinador para los Controles Multilaterales de Exportaciones (COCOM), creado en 1949. Al inicio de la Guerra Fría, el secretario de comercio del presidente Harry Truman, Averell Harriman, fundador de la famosa firma de Wall Street Brown Brothers Harriman, argumentó que Estados Unidos no podía por sí solo seguir una política de control de exportaciones para limitar la capacidad militar soviética. Creía que las naciones alineadas con Occidente debían coordinarse con sus aliados.

Así que Estados Unidos, trabajando con Alemania Occidental, Francia, Reino Unido y finalmente 17 países, desarrolló listas, incluyendo una lista de tecnología de doble uso que incluía productos como ordenadores y los procesadores que los alimentaban. En 1952, el mismo grupo lanzó un proyecto hermano, CHINCOM, diseñado con controles aún más estrictos sobre las exportaciones de computación avanzada a China. Todo le resulta inquietantemente familiar.

Estos esfuerzos no fueron indolores ni sin coste. Las empresas intentaron evitar los controles. La designación de ciertos productos causó tensiones entre Estados Unidos y otros países, incluyendo el infame escándalo Toshiba-Kongsberg de finales de los años 80, cuando los soviéticos se hicieron con piezas que permitieron que sus submarinos funcionaran con mayor tranquilidad.

Pero el sistema en general fue efectivo y cumplió su propósito hasta principios de los años 90, cuando caducó.

Por supuesto, como ocurre hoy en día, la geoeconomía no se limitaba a los bienes: está y siempre ha estado relacionada con cómo se mueve el dinero para pagar esos bienes por el mundo.

Consideremos la creación de la Sociedad para la Telecomunicación Financiera Interbancaria Mundial (SWIFT) a principios de los años 70. Tras la suspensión de la convertibilidad de dólares en oro por parte del presidente Richard Nixon, las transacciones transfronterizas en diversas monedas se aceleraron. First National City Bank (predecesor de Citibank) desarrolló un nuevo estándar global de mensajería, pero el riesgo de que una gran institución estadounidense dominara los pagos preocupaba a muchos, especialmente en Europa.

Así que un consorcio de bancos se unió en Estados Unidos y Europa, y desarrolló el sistema SWIFT como un compromiso. Dependería en gran medida de instituciones financieras estadounidenses, pero su sede estaría en Bélgica.

Hoy en día, se está desarrollando una lucha paralela entre aliados. Un estudio de 2025 para el Parlamento Europeo advirtió que “la continua dependencia de las redes de pagos fuera de la UE, especialmente Visa y Mastercard, representa una vulnerabilidad estructural tanto para los bancos europeos como para la soberanía financiera de la Unión.” ¿Qué tienen en común Visa y Mastercard? Son empresas estadounidenses. Si cambiabas Visa y Mastercard por First National City Bank y las mismas palabras podrían haberse escrito en 1971.

La geoeconomía hoy en día

Lo que es diferente hoy, sin embargo, es que la economía global ha cambiado. La mayor economía del mundo —donde las finanzas representan aproximadamente una cuarta parte de los beneficios corporativos, cuyo mercado del Tesoro de aproximadamente 30 billones de dólares ancla el sistema financiero global, y cuyo banco central ha intervenido repetidamente para estabilizar los mercados no solo para los estadounidenses sino para el mundo— está reconsiderando su modelo. Todos los demás se han dado cuenta.

En 2020, el director del consejo económico nacional del presidente Joe Biden pidió pronunciar un discurso sobre una “nueva política industrial” en el Atlantic Council. Fue una petición sorprendente: durante años en Washington, la política industrial había sido una palabra sucia. Pero ese discurso fue una señal temprana del cambio ya en marcha.

En los años siguientes, funcionarios de varios mercados emergentes han sentido cierta satisfacción de que Estados Unidos se esté acercando más a algo más parecido a su modelo. En Delhi, en 2024, un alto responsable político comentó que todos esos años de conferencias estadounidenses sobre mercados libres y abiertos podrían haber sido “un pequeño error”. Muchos de esos mismos países han pasado la última década acumulando reservas de divisas, diversificando proveedores y firmando acuerdos regionales de swaps de divisas para superar los choques que durante mucho tiempo asumían que llegarían. Ahora esa resiliencia está siendo puesta a prueba, y Estados Unidos presta mucha atención a un tipo de política económica que hace que se ignore durante demasiado tiempo.

Sin embargo, sería un error a cambio que el resto del mundo pensara que la nueva versión estadounidense de la geoeconomía igualará la versión de la Guerra Fría. En aquel entonces, Estados Unidos, una potencia manufacturera, podía competir con sus adversarios en todo, desde coches hasta televisores. Durante las décadas de 1960 y 1970, el crecimiento del PIB de EE. UU. y su participación global en la manufactura fueron consistentemente el doble que el de la Unión Soviética. E incluso cuando esa ventaja disminuyó en los años 80, fue porque Japón, un aliado, alcanzó a Estados Unidos. Eso facilitó la gestión de negociaciones sobre todo, desde el comercio hasta la moneda.

Más peligro

La era geoeconómica actual es más complicada y peligrosa. Las dos mayores economías del mundo, Estados Unidos y China, están llevando a cabo sus propias versiones de la geoeconomía en acción. La situación ha cambiado de varias maneras. China produce ahora aproximadamente el 30 por ciento de la producción manufacturera mundial, frente a aproximadamente el 16 por ciento de Estados Unidos. No es un cambio a corto plazo, pero nuestros modelos aún no han aceptado la nueva realidad de la rivalidad entre grandes potencias entre las mayores economías del mundo. Para los responsables de la política financiera, eso significa que las preocupaciones por primas de riesgo más altas y flujos de capital más volátiles deben estar en primer plano.

El peligro de esta nueva era de la geoeconomía es que, una vez que los gobiernos la invocan, puede convertirse en el papel que justifica casi cualquier política. El secretario de Comercio de EE. UU., Howard Lutnick, y su predecesora, Gina Raimondo, suelen decir: “La seguridad económica es seguridad nacional.”

Pero otra forma de enmarcar ese concepto es: “La seguridad nacional es lo que decimos que es.”

En un mundo así, las empresas pierden la previsibilidad necesaria para invertir. Las corporaciones cambian la forma en que interactúan con el gobierno, y prevalece el capitalismo de amiguetes. El dinero se desperdicia. Se pierden empleos. La fragmentación, el proteccionismo y un mundo en conflicto tienen un alto precio.

Así que redescubrir la geoeconomía de la manera correcta—de una manera que reconozca el progreso de las últimas décadas y altere, en lugar de abandone, las reglas que hicieron posible el progreso—no podría ser más crítico. El sistema basado en reglas, que muchos ahora parecen tan dispuestos a dejar de lado, logró la mayor reducción de pobreza en la historia humana y un aumento dramático del nivel de vida tanto en Estados Unidos como en el extranjero, en gran parte gracias a más comercio, inversión y difusión tecnológica.

Pero el mundo que produjo esos avances no estuvo exento de fallos. Incluso cuando la prosperidad general avanzó tanto en el país como en el extranjero, la globalización vació oportunidades y resiliencia en demasiados lugares. La pandemia —y los choques de suministro que la acompañaron— dejaron esa realidad al descubierto. Por eso, quienes esperan volver a una era de mercados libres descontrolados seguirán sintiéndose decepcionados.

No hay vuelta atrás

Estados Unidos no va a retroceder. Está buscando un nuevo sistema —o quizás redescubriendo uno antiguo— dispuesto a romper con las convenciones del pasado reciente en comercio y finanzas.

En 2022, los responsables políticos occidentales lo encontraron.

Hace cuatro años, una mañana de sábado de febrero, los países del G7 decidieron bloquear el acceso a los activos soberanos de un país del G20: Rusia, que acababa de lanzar una invasión a gran escala de Ucrania. Más de 300.000 millones de dólares en activos del banco central ruso fueron inmovilizados, y la mayor parte sigue congelada hoy en día. Fue la decisión geoeconómica más importante de la década hasta ahora.

No había ningún manual que consultar. Ocurrió por culpa de personas que pensaron de forma creativa e intentaron hacer algo que, incluso unos años antes, habría sido descartado como demasiado arriesgado. El terreno se había sentado durante décadas. Desde el aumento de las sanciones financieras tras el 11-S hasta la forma en que el dólar y el euro trabajaron juntos para presionar a Irán hacia un acuerdo nuclear en 2015.

Lo que ocurrió aquella mañana de sábado de 2022 abrió una caja de Pandora con la que el mundo vivirá durante una generación. Demostró al mundo que la estrategia rusa de diversificar hacia el euro tras la invasión de Crimea en 2014—un enfoque racional en un mundo pre-geoeconómico—ya no funcionaba. Los aliados podían ahora armar conjuntamente los sistemas de pago en cualquier momento para asegurar que las finanzas avanzaran en los objetivos de seguridad nacional. De hecho, como muestran investigaciones del Atlantic Council, desde la respuesta a las sanciones del G7 ha habido un aumento del 100 % en el número de proyectos piloto de sistemas de pago transfronterizo (casi todos diseñados fuera de los sistemas de dólar y euro).

Aunque las sanciones tan severas sorprendieron al gobierno ruso y a gran parte del mundo, no deberían haberlo hecho.

La geoeconomía siempre ha formado parte de la política económica y exterior de Estados Unidos. El sistema de Bretton Woods es la creación geoeconómica por excelencia: fundada no después de la guerra, sino durante la guerra, seis semanas después del Día D.

Que líderes de 44 países se reúnan en New Hampshire para discutir una nueva arquitectura financiera internacional mientras sus conciudadanos enfrentaban disparos a miles de kilómetros parece, a simple vista, ilógico. Pero, como dijo el presidente Franklin Roosevelt al inicio de la conferencia, “Es apropiado que, incluso cuando la guerra por la liberación está en su punto álgido, [nosotros] nos reunamos para hablar mutuamente sobre la forma del futuro que vamos a conquistar.”

Nadie tuvo que explicar qué significaba geoeconomía en 1944.

El reto hoy es diferente: navegar esta nueva era, con toda la complejidad e interdependencia del sistema financiero global, no construir un sistema nuevo, sino adaptar uno que ya no sirve para su propósito. Para ver si la mayor economía del mundo puede cambiar su formulación de políticas económicas sin una interrupción masiva tanto en el país como en el extranjero. La distancia entre las capitales financiera y política mundial se está reduciendo rápidamente.

El cambio exige que los economistas comprendan conceptos como la rivalidad entre grandes potencias y que los profesionales de la política exterior se formen en macroeconomía y microeconomía como requisito previo para sus puestos.

Y significa que todos nosotros en Occidente debemos reaprender lo que la mayoría del mundo nunca olvidó: la geoeconomía es simplemente cómo el mundo hace negocios.

Mientras las potencias globales enfrentan crecientes tensiones geopolíticas, las sanciones, los controles de exportación y los aranceles vuelven a ser herramientas de apalancamiento, marcando el resurgimiento de la geoeconomía, donde convergen la política económica y la seguridad nacional. En este pódcast, Josh Lipsky, de Atlantic Council, y Matteo Maggiori, de Stanford, hablan sobre la nueva cara de la geoeconomía y su aparentemente vengativo regreso.

JOSH LIPSKY es presidente del departamento de economía internacional y director fundador del Centro de Geoeconomía en el Atlantic Council.

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Quirno adelantó la adhesión de Argentina al Tratado Transpacífico

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El ministro de Relaciones Exteriores, Comercio Internacional y Culto, Pablo Quirno, adelantó que la Argentina se adherirá al Tratado Transpacífico, el cual engloba a 12 economías mundiales y promueve el libre comercio.

“El miércoles vamos a entregar en París, al ministro de Comercio de Nueva Zelanda (Cameron Brewer) nuestra adhesión al acuerdo de Transpacífico, que incluye doce países muy importantes que representan el 13% del PBI mundial“, sostuvo el canciller durante su exposición en el 43° Congreso del Instituto Argentino de Ejecutivos de Finanzas (IAEF).

Los países que lo conforman son AustraliaBrunéiCanadáChileJapónMalasiaMéxicoNueva ZelandaPerúReino UnidoSingapur y Vietnam.

Este tratado propone una política de libre comercio entre las regiones que lo constituyen. Su nombre oficial es Tratado Integral y Progresista de Asociación Transpacífico (CPTPP), por sus siglas en inglés, y abarca a casi 600 millones de personas.

Entre los principales objetivos destacan la promoción de la integración económica, marcos legales predecibles para el comercio y el impulso del comercio regional, al igual que la promoción del crecimiento sostenible.

“La base de esta credibilidad es la estabilidad macroeconómica y la proyección al exterior a través de alianzas estratégicas con países afines, que llevan a aumentar considerablemente la cantidad de comercio y la atracción de inversiones”, señaló Quirno.

Durante su exposición, el exsecretario de Finanzas explicó que la Argentina se mantuvo como uno de los países con las economías más cerradas, lo que la obligó a “mirarse el ombligo”. “Los productores estaban protegidos, con pocos productos y caros”, criticó.

En ese sentido, defendió la política implementada desde la gestión de La Libertad Avanza (LLA) y destacó la política de estabilidad macroeconómica.

“Revertir décadas de estancamiento, de alta inflación, de déficit fiscal, nos ha llevado a no poder generar esas condiciones para aprovechar los recursos naturales y el capital humano. Queremos generar condiciones para que el sector privado se pueda desarrollar. El mercado de la Argentina es el mundo, no solamente Argentina, y hacia allá vamos”, dijo.

Quirno indicó que su trabajo es “salir con la valijita a vender a la Argentina” y ratificó que seguirán desempeñándose para “generar que los productores y empresarios del país puedan salir al mundo en las mejores condiciones posibles”.

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Irán se baja de negociaciones y pone en riesgo la tregua con Estados Unidos

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A horas del vencimiento del alto el fuego anunciado el 7 de abril, Irán decidió no enviar ninguna delegación a Pakistán para negociar con Estados Unidos, mientras Donald Trump anticipó que es “muy improbable” extender la tregua más allá de esta semana. La combinación de señales endurece el escenario y deja abierta una pregunta central: ¿se trata de presión negociadora o del preludio de una escalada?

Sin delegación y con ultimátum: la negociación entra en zona crítica

La ausencia de representantes iraníes en Islamabad, confirmada por la emisora estatal IRIB, marca un punto de inflexión en el proceso diplomático. Según la información oficial, ninguna misión —ni principal ni técnica— viajó a Pakistán, desactivando de hecho el canal previsto para sostener las conversaciones.

En paralelo, Trump endureció su postura. El presidente estadounidense sostuvo que no prevé extender el cese al fuego de dos semanas, que vence este miércoles por la noche (hora del Este), si no hay avances concretos. La tregua, ya ajustada en su cronograma —inicialmente prevista para expirar el martes—, entra así en su tramo final sin señales de entendimiento.

La tensión se amplifica con las acusaciones directas desde Washington: Trump afirmó que Irán violó el alto el fuego en “numerosas ocasiones”, lo que refuerza la narrativa de incumplimiento y legitima, en términos políticos, una eventual ruptura.

Presión militar, diplomacia interrumpida y agenda nuclear

El proceso se inscribe en una lógica de presión simultánea. Por un lado, la Casa Blanca sostiene la amenaza de no renovar la tregua; por otro, instala condiciones explícitas: Irán no debe acceder a armas nucleares “ni la más mínima posibilidad”.

La decisión iraní de no enviar delegación tensiona ese esquema. En términos institucionales, implica frenar una instancia de negociación clave sin ofrecer una alternativa visible, lo que deja el proceso en una zona de ambigüedad: no hay ruptura formal, pero tampoco canal activo.

A esto se suma otro elemento: el propio Trump había sugerido que podría viajar a Islamabad para cerrar un acuerdo, e incluso mencionó el envío de una delegación estadounidense. Nada de eso ocurrió. La distancia entre expectativa y ejecución revela una negociación volátil, donde los anuncios funcionan también como herramienta de presión.

Endurecimiento discursivo y margen reducido

El movimiento de ambas partes reconfigura el equilibrio. Estados Unidos consolida una posición de exigencia —con plazo definido y advertencias explícitas—, mientras Irán evita convalidar el marco negociador en los términos planteados.

En ese cruce, la tregua pierde densidad política. Ya no opera como espacio de distensión, sino como un plazo límite condicionado. La acusación de incumplimientos por parte de Washington también impacta en la legitimidad del acuerdo, debilitando su continuidad.

El trasfondo económico y geopolítico es evidente, aunque no explicitado en la información: cualquier ruptura del alto el fuego puede tener efectos inmediatos en mercados internacionales y en la estabilidad regional. Sin embargo, en este punto, el dato central es político: la negociación quedó sin interlocutores visibles en el terreno previsto.

Entre la negociación forzada y la escalada

Con el vencimiento inminente del cese al fuego, el margen de maniobra se achica. Si no hay señales de reactivación del diálogo, el escenario se desplaza hacia una fase más incierta.

La clave estará en observar dos movimientos: si Irán redefine el canal de negociación o mantiene la distancia, y si Estados Unidos efectivamente deja caer la tregua o introduce una extensión táctica.

Por ahora, lo concreto es que el proceso entró en un terreno de máxima presión, donde cada gesto —o ausencia— redefine el equilibrio. El desenlace no está cerrado, pero el tiempo ya dejó de ser un aliado para la negociación.

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Milei en la CPAC de Hungría refuerza su alianza ideológica con Orbán en plena batalla cultural

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Javier Milei llegó a Budapest para participar en la cumbre de CPAC y convirtió esa escala en algo más que una actividad de foro: la usó para consolidar su inserción en la red de la derecha global, exhibir sintonía con Viktor Orbán y profundizar una narrativa que ya forma parte de su identidad política. En la antesala de su discurso, el Presidente se reunió con su par húngaro, Tamás Sulyok, y con el primer ministro de Hungría, con quien anticipó uno de los ejes de su exposición: el respaldo a la política migratoria del gobierno húngaro. La escena no fue menor. Ocurre en un momento en que Milei busca amplificar su liderazgo fuera de la Argentina y convertir su discurso de “batalla cultural” en una plataforma de acumulación política internacional. La pregunta que sobrevuela no es solo cuánto rédito externo puede obtener, sino cómo esa construcción impacta sobre su centralidad interna y su estrategia de poder.

Budapest como vidriera política de una identidad en construcción

La visita de Milei a Hungría tuvo un formato breve, pero políticamente cargado. Antes de hablar en el cierre de la Conferencia de Acción Política Conservadora, el mandatario mantuvo un encuentro bilateral con Tamás Sulyok en el Palacio Sándor y luego se reunió con Viktor Orbán en el Monasterio Carmelita de Buda, sede del gobierno.

No se trató de reuniones protocolares sin contenido. En su conversación con Orbán, Milei adelantó que en su discurso en la CPAC iba a mencionar la “correcta visión” del gobierno húngaro en materia migratoria. Y fue más allá: planteó que cuando la inmigración “no se adapta culturalmente al lugar donde va, deja de ser inmigración para convertirse en invasión”. Esa definición no solo ordena el contenido de su exposición, sino que lo ubica dentro de una conversación ideológica más amplia, donde migración, identidad y cultura aparecen como ejes de confrontación política.

Orbán, a su vez, le dio a la visita una dimensión simbólica. Remarcó que era “la primera vez en la historia” que un presidente argentino visita Hungría y subrayó el carácter excepcional del encuentro. El gesto diplomático tuvo además una lectura política explícita: el primer ministro húngaro presentó a Milei como una figura central dentro del universo conservador internacional y lo definió como una “estrella mundial de los valores occidentales”.

La CPAC como plataforma: del discurso local a la red internacional de afinidades

La participación de Milei en la CPAC no aparece aislada, sino en continuidad con una estrategia más amplia. Su presencia en Budapest se inscribe en una agenda de viajes y apariciones que lo conectan con espacios políticos, académicos y económicos afines a su narrativa. El dato relevante es que esa acumulación no gira únicamente alrededor de la gestión o de la política exterior tradicional. También busca construir un lugar propio dentro de una corriente ideológica transnacional.

En ese marco, la CPAC funciona como una vidriera. Reúne a referentes y dirigentes de partidos de derecha a nivel internacional, y le ofrece a Milei un escenario donde su discurso no se traduce ni se atenúa: se amplifica. La “batalla cultural”, que en Argentina le sirve para ordenar aliados y adversarios, en Europa le permite ingresar a un ecosistema que comparte ese mismo léxico político.

La apertura de la conferencia, a cargo de Orbán, fue en esa dirección. El líder húngaro habló de una “lucha por el alma del mundo occidental”, celebró que “la censura progresista terminó” y cuestionó lo que definió como “propaganda de género”. En esa puesta en escena, Milei no quedó como un invitado periférico. Orbán lo presentó como parte de ese núcleo emergente, un dirigente que ya no solo dialoga con esa agenda, sino que pretende encarnarla desde América Latina.

De la bilateral institucional al alineamiento ideológico

La reunión con Sulyok aportó la dimensión institucional de la visita. El encuentro en el Palacio Sándor funcionó como el tramo formal de una agenda que luego se desplazó a un terreno más político con Orbán. Esa secuencia no parece casual. Primero, la foto entre jefes de Estado. Después, la validación ideológica con el dirigente que hoy concentra el poder político real en Hungría.

Ahí se concentra una de las claves del viaje. Milei no fue a Budapest solamente a cumplir una escala diplomática. Fue a insertarse en una estructura de relaciones donde la afinidad doctrinaria pesa tanto como la representación institucional. En términos de lectura de poder, el valor de la visita no está sólo en la bilateral, sino en el mensaje que deja la combinación de ambas escenas: el Presidente argentino busca interlocución estatal, pero también legitimación dentro de una comunidad política internacional que le ofrece reconocimiento, visibilidad y un lenguaje común.

Repercusiones: Milei fortalece su perfil externo sin desatender la disputa interna

La actividad en Hungría ocurre además mientras Milei sostiene una agenda de alto voltaje político. El texto base lo muestra transitando una secuencia intensa: desde la Argentina Week en Estados Unidos, pasando por Chile y por la ciudad de Córdoba, hasta desembarcar en Budapest. El patrón es claro: no se trata solo de viajes, sino de intervenciones en escenarios que refuerzan distintos planos de su posicionamiento.

En paralelo, el Presidente mantiene en el frente interno un discurso de confrontación con la oposición. En San Miguel de Tucumán, durante el Foro Económico del NOA, afirmó que trabaja “intensamente” para que el gobierno del Frente de Todos (2019-2023) haya sido “el último de la historia”. También volvió a ligar a sus adversarios con el déficit fiscal y la emisión monetaria. Ese contraste ayuda a leer la lógica general: hacia afuera, Milei busca consolidarse como referencia ideológica; hacia adentro, mantiene la polarización como herramienta de orden político.

Ese doble movimiento tiene efectos. En el plano internacional, fortalece su vínculo con actores que comparten su visión cultural y económica. En el plano doméstico, le permite alimentar una narrativa de liderazgo singular, con proyección global y sin mediaciones tradicionales. Pero también plantea un desafío: cuanto más se apoya en ese perfil de figura internacional de una derecha en red, más expuesto queda a que cada viaje sea leído en clave de construcción política personal y no sólo de agenda de Estado.

Europa, migración y valores occidentales: un mensaje pensado para más de una audiencia

El eje migratorio que Milei anticipó ante Orbán no es un detalle lateral. Es una señal política precisa. Al tomar como referencia la política húngara y al plantear que la inmigración deja de ser tal cuando no se adapta culturalmente, el Presidente se ubica de lleno en uno de los temas más sensibles de la agenda conservadora europea.

Ese posicionamiento le habla a varias audiencias al mismo tiempo. A la CPAC, porque lo muestra alineado con uno de los debates centrales del foro. A Orbán, porque valida una de las banderas más características de su gobierno. Y a su propio electorado, porque refuerza la idea de que su batalla no se limita a la economía ni a la administración del Estado, sino que alcanza un plano civilizatorio y de valores.

En esa clave, la referencia a Europa también importa. Milei no llegó a Budapest como un visitante neutral. Llegó a intervenir en una discusión continental sobre migración, cultura política y reconfiguración ideológica. Y lo hizo desde una posición que lo acerca más al lenguaje de los liderazgos conservadores que al repertorio clásico de la diplomacia presidencial.

Un movimiento táctico con proyección, pero todavía en desarrollo

La visita a Hungría puede leerse como un movimiento táctico dentro de una estrategia mayor. Milei fortalece su relación con líderes y foros afines, gana centralidad en una red política internacional y exporta una narrativa que ya probó electoralmente en Argentina. Al mismo tiempo, el viaje le permite mostrar consistencia: no adapta su discurso al escenario europeo, sino que lo profundiza.

Sin embargo, el alcance real de ese movimiento todavía está en construcción. Habrá que observar si esta secuencia de actividades termina consolidando una alianza política más estable con espacios de la derecha global o si funciona, por ahora, como un esquema de validación simbólica. También habrá que mirar cómo convive esa proyección con las exigencias del frente interno, donde la disputa por gobernabilidad, oposición y resultados de gestión sigue marcando el pulso.

Por lo pronto, Budapest dejó una foto elocuente: Milei no fue solo a hablar en una conferencia. Fue a ocupar un lugar. Y en ese gesto, entre la bilateral institucional y el aplauso ideológico, empezó a dibujar una escena que excede la coyuntura del viaje y se conecta con una ambición política más amplia, aunque todavía abierta.

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Netanyahu reconfigura el relato de guerra sin caída del gobierno de Irán y abre un frente político interno

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El gobierno de Israel activó en los últimos días un giro discursivo clave sobre la guerra con Irán. Sin confirmar un cambio de régimen en Teherán —objetivo que sobrevoló durante meses—, el primer ministro Benjamin Netanyahu sostuvo el 12 de marzo de 2026 que la ofensiva ya “cambió el equilibrio de poder en Medio Oriente”. El dato no es menor: la declaración, realizada en su primera rueda de prensa desde el inicio del conflicto, marca un desplazamiento político en pleno desarrollo de la guerra. La pregunta queda abierta: ¿se trata de una consolidación estratégica o del inicio de un repliegue narrativo frente a límites militares y presiones externas?

Un objetivo que se redefine sobre la marcha

La ofensiva contra Irán se presentó desde el inicio como una instancia decisiva. La construcción política fue clara: una “guerra existencial”, enmarcada dentro de lo que el propio Netanyahu denomina la “Guerra de la Redención”, iniciada tras los ataques del 7 de octubre de 2023. En ese esquema, el cambio de régimen en Irán funcionaba como horizonte máximo.

Sin embargo, la evolución del conflicto introdujo matices. Tras el ataque que eliminó al líder supremo iraní y los llamados públicos a una insurrección interna, el escenario no derivó en una caída del régimen. En paralelo, Estados Unidos —actor central en la operación militar— comenzó a dar señales de cierre del frente, en un contexto de presión económica global por el alza del petróleo.

En ese marco, el Gobierno israelí ajusta el encuadre: ya no se trata necesariamente de reemplazar al régimen iraní, sino de debilitarlo estructuralmente. Las propias fuentes militares sostienen que los daños infligidos a las capacidades armamentísticas —instalaciones, mandos, arsenales— tendrían efectos “permanentes y semipermanentes”. La traducción política es directa: transformar una victoria total en una ventaja estratégica prolongada.

Entre la narrativa de victoria y los límites operativos

El nuevo enfoque no elimina tensiones. Durante meses, la legitimidad interna de la guerra se apoyó en la promesa de neutralizar definitivamente la amenaza iraní y su red de aliados regionales. Ese objetivo incluía, implícitamente, a actores como Hezbolá en Líbano y Hamás en Gaza.

Hoy, ese esquema aparece más complejo. Persisten frentes activos: Hezbolá intensificó su accionar tras la muerte del líder iraní, mientras que en Gaza el control territorial sigue fragmentado. A su vez, Israel volvió a enfrentarse a Irán apenas ocho meses después de haber declarado una “victoria histórica” en 2025, lo que introduce un interrogante sobre la durabilidad de los logros militares.

En términos institucionales, esto reconfigura la lógica de seguridad: de guerras concluyentes a conflictos recurrentes. La idea de “guerras preventivas” comienza a instalarse como doctrina operativa, lo que implica una redefinición de la política de defensa con impacto directo en la estabilidad regional.

Presión externa y cálculo político interno

El tablero internacional también condiciona las decisiones. La posibilidad de un cierre anticipado del conflicto impulsado por Washington —en un contexto de tensión económica global— limita el margen de acción israelí. La coordinación militar con Estados Unidos fue central en la ofensiva, pero también establece un techo político.

En el plano interno, Netanyahu enfrenta un equilibrio delicado. Por un lado, la guerra mantiene un respaldo significativo en la opinión pública, incluso tras más de dos años de conflicto continuo. Por otro, el capital político del primer ministro está atado a los resultados.

El riesgo es evidente: si la guerra concluye sin una transformación estructural del régimen iraní, las promesas de “victoria total” pueden convertirse en un punto de vulnerabilidad. Más aún cuando persisten amenazas activas en múltiples frentes y cuando los conflictos previos —con Hamás y Hezbolá— siguen sin resolución definitiva.

En ese contexto, la posibilidad de adelantar elecciones aparece como una variable política latente. Capitalizar el momento antes de que se diluya el impacto de la ofensiva podría formar parte de la estrategia.

Un conflicto que no termina de cerrarse

El escenario que se abre es menos lineal que el planteado al inicio de la guerra. Israel podría optar por consolidar su ventaja militar y dejar que las tensiones internas en Irán evolucionen por sí solas. Sin embargo, esa decisión implica aceptar que el régimen continúe, al menos en el corto plazo.

Al mismo tiempo, la continuidad de operaciones en Líbano y Gaza introduce una dimensión adicional: la dificultad histórica de cerrar conflictos sin acuerdos políticos de fondo. La superioridad militar, por sí sola, no garantiza estabilidad.

Las próximas semanas serán clave para observar si el Gobierno israelí avanza hacia un cierre ordenado del frente iraní o si el conflicto deriva en una nueva fase de presión sostenida. También será determinante el rol de Estados Unidos y su disposición a sostener o limitar la escalada.

En ese cruce entre estrategia militar, narrativa política y condicionamientos externos, Netanyahu redefine su margen de acción. El resultado final todavía no está escrito.

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