Prohibir el turismo para ordenar la frontera: la polémica decisión que sacude a la Triple Frontera
La decisión de prohibir la circulación de ómnibus turísticos por el Puente Internacional de la Amistad a partir del 19 de enero de 2026 encendió una fuerte alarma en el corazón económico y turístico de la Triple Frontera.
La medida, adoptada en el marco de un acuerdo bilateral entre Brasil y Paraguay, obliga a que todo el transporte turístico sea desviado al Puente de la Integración, en una franja horaria restringida -de 19 a 7-, alterando de manera estructural el funcionamiento del principal corredor turístico de Foz do Iguaçu, Ciudad del Este y Puerto Iguazú.
Lo que el acuerdo presenta como una reorganización técnica del tránsito es, en los hechos, una intervención directa sobre una de las actividades económicas más sensibles de la región: el turismo de frontera. La paradoja es evidente.
La segunda conexión vial entre Brasil y Paraguay fue concebida precisamente para aliviar el tráfico pesado y preservar el carácter turístico del histórico Puente de la Amistad. Sin embargo, el nuevo esquema hace exactamente lo contrario: expulsa al turismo de la infraestructura que nació para servirlo.
El impacto es inmediato y profundo. El entorno del Puente de la Amistad concentra shoppings, comercios, restaurantes, casas de cambio, hoteles y agencias de excursiones que dependen del flujo constante de visitantes.
Desviar los ómnibus hacia un corredor alejado del circuito comercial no solo encarece la operación turística, sino que rompe la lógica económica de la zona, afectando a miles de trabajadores y empresas que viven de ese movimiento.
Desde Foz do Iguaçu, el Consejo Municipal de Turismo (COMTUR) denunció que la decisión fue tomada sin diálogo con los actores locales. El reclamo no es menor: se trata de un organismo que reúne al sector público y privado y que existe precisamente para evitar este tipo de descoordinaciones.
Al marginarlo del proceso, los gobiernos nacionales sustituyeron la planificación territorial por una lógica burocrática que ignora cómo funciona realmente la frontera.
El trasfondo revela una tensión conocida en la región: cuando las decisiones de seguridad, aduanas o logística avanzan sin una mirada económica integral, el turismo termina siendo la variable de ajuste.
Camiones, controles y flujos comerciales imponen sus reglas, mientras el visitante -el principal generador de empleo local- queda relegado.La Triple Frontera no es un paso secundario: es uno de los polos turísticos más importantes de América del Sur.
Cataratas del Iguazú, Itaipú, Ciudad del Este y Puerto Iguazú forman un ecosistema que funciona como una unidad económica. Alterar uno de sus nodos logísticos sin consenso ni evaluación de impacto es introducir una cuña de incertidumbre en un sistema que depende de previsibilidad y fluidez.
Más que una medida técnica, la prohibición de ómnibus turísticos en el Puente de la Amistad expone una forma de gobernar la frontera desde escritorios lejanos, sin escuchar a quienes sostienen su economía todos los días. En una región donde el turismo no es un complemento sino un pilar, decidir sin diálogo no es solo un error político: es una apuesta directa contra el desarrollo regional.


