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De científicas a empresarias: la camada del CONICET que levantó más de US$ 40 millones para fundar startups biotech

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La ciencia argentina empieza a mostrar otra cara. Ya no se trata solamente de investigar, publicar un paper, formar nuevos científicos y conseguir financiamiento para sostener un laboratorio. Una nueva generación decidió agregar un eslabón más complejo a esa cadena: transformar conocimiento científico en empresas.

El fenómeno tiene nombres propios, capital privado y negocios que empiezan a cruzar fronteras.

Ocho investigadoras formadas en el CONICET dieron el salto hacia el mundo empresario y crearon compañías vinculadas con fertilidad, diagnóstico temprano de cáncer, agricultura, química verde, terapias oncológicas y biotecnología marina. En conjunto, las startups vinculadas a sus historias consiguieron más de US$ 40 millones de inversión.

El dato adquiere otra dimensión cuando se observa qué está ocurriendo con el capital emprendedor argentino. Según el informe Panorama del Capital Emprendedor Argentino 2026, elaborado por ARCAP y EY, la biotecnología fue por segundo año consecutivo el sector con mayor cantidad de operaciones del país: explicó 43,1% de las transacciones realizadas durante 2025.

En 2026, además, el sector ya acumuló US$ 32,7 millones distribuidos en 31 rondas de inversión. Hay otro dato singular: apenas 12,5% de las startups argentinas que recibieron inversiones en 2025 tienen una mujer como CEO y todas ellas pertenecen al universo biotech.

De investigadores a empresarios

La transformación, sin embargo, supone bastante más que encontrar inversores.

El principal desafío es convertir una tecnología científicamente prometedora en un producto que alguien esté dispuesto a comprar. Es el puente entre el laboratorio y el mercado.

Matías Peire, fundador de GRIDX, conoce ese cuello de botella. El fondo administra alrededor de US$ 41 millones, posee más de 90 startups en su portfolio y reúne cerca de 190 científicos entre sus fundadores. El 75% de sus compañías cuenta con alguna mujer entre sus fundadoras.

Su modelo consiste precisamente en buscar investigadores dentro del sistema científico, ayudarlos a estructurar una compañía y aportar capital inicial. El problema aparece cuando esas empresas necesitan escalar: América Latina todavía no dispone de suficiente capital para financiar el crecimiento de muchas biotech, obligándolas a competir por inversiones internacionales.

Y ahí comienza otro examen: convencer a un inversor internacional de apostar por ciencia desarrollada en Argentina frente a proyectos nacidos alrededor de universidades como Harvard, MIT o Stanford.

Microgénesis: US$ 4 millones para entender la fertilidad

Microgénesis, fundada por Gabriela Gutiérrez, nació buscando respuestas para aquellos casos en los que los estudios convencionales no consiguen explicar los problemas de fertilidad.

La compañía desarrolló una metodología que combina antecedentes, síntomas y biomarcadores metabólicos, inflamatorios y de microbiota para identificar perfiles y orientar tratamientos.

Después de años de investigación y validación, avanzó hacia la atención directa de pacientes mediante herramientas digitales y una red internacional de profesionales.

La empresa consiguió más de US$ 4 millones provenientes de inversores privados de Argentina, Estados Unidos y Asia, particularmente China y Singapur.

Oncoliq: detectar cáncer con una muestra de sangre

El desafío de Oncoliq es todavía más ambicioso: detectar tempranamente distintos tipos de cáncer mediante una muestra de sangre.

La tecnología mide microARN, moléculas cuyos patrones se modifican cuando comienza a desarrollarse una enfermedad. La intención es extender el diagnóstico hacia cánceres que actualmente no cuentan con sistemas adecuados de tamizaje y hacerlo de manera descentralizada y accesible.

El test cuesta alrededor de US$ 70 y el primer producto, Oncoliq Mama, tiene previsto llegar al mercado hacia fines de 2026.

La compañía, cofundada por Marina Simian y Adriana De Siervi, consiguió algo más de US$ 4,2 millones y prepara una Serie A, mientras México aparece como su próximo mercado internacional.

OncoPrecision: US$ 11 millones para atacar el cáncer

Entre los proyectos que más capital consiguieron aparece OncoPrecision.

La empresa desarrolla microavatares de tumores reales: modelos vivos del cáncer de cada paciente que permiten estudiar, con ayuda de inteligencia artificial, por qué determinadas células no responden a los tratamientos.

A partir de esa información desarrolla anticuerpos destinados a superar esas resistencias.

La compañía surgió de un laboratorio de la Universidad Nacional de Córdoba integrado por exinvestigadores del CONICET y posteriormente pasó por los programas de GRIDX e IndieBio.

Ya reunió alrededor de US$ 11 millones de fondos como GRIDX, SOSV, AIR Capital y New York Ventures, y actualmente divide sus operaciones entre Córdoba y Nueva York. Su terapia más avanzada, ONC001, se acerca a la instancia de estudios clínicos.

Del mar patagónico a Estados Unidos

También hay biotecnología nacida lejos de los grandes centros urbanos.

Tamara Rubilar convirtió más de veinte años de investigación sobre huevas de erizos de mar en Erisea, compañía detrás de la marca ProMarine, orientada al desarrollo de suplementos vinculados con el envejecimiento saludable.

La empresa obtuvo una licencia exclusiva del CONICET y se convirtió en la primera compañía de base tecnológica de la Patagonia en conseguir una licencia de esas características.

Ya realizó su primera exportación hacia Estados Unidos y recibió cerca de US$ 5 millones de inversión desde su creación.

Su caso rompe además con una lógica histórica de la economía del conocimiento argentina: demuestra que una empresa tecnológica exportadora puede construirse desde Puerto Madryn y no necesariamente desde Buenos Aires o los principales polos tecnológicos del país.

Puna Bio: microorganismos extremos para recuperar suelos

Otro de los casos de mayor escala es Puna Bio.

La compañía utiliza extremófilos, microorganismos capaces de sobrevivir en los salares de la Puna a más de 4.000 metros de altura y bajo condiciones extremas de radiación y salinidad.

Aplicados a la agricultura, esos microorganismos consiguieron mejoras de rendimiento de entre 10% y 15% y permiten producir sobre terrenos degradados.

La tecnología resume más de 25 años de investigación científica desarrollada en el CONICET y Tucumán.

La empresa ya lanzó tres productos, tiene operaciones en Brasil, Estados Unidos y Paraguay y consiguió más de US$ 10 millones de capital. En 2025 cerró una ronda liderada por Corteva con participación de la Fundación Gates.

La definición de sus fundadoras sintetiza la oportunidad que se abre detrás de este proceso: Argentina tendría potencial para generar al menos cien compañías similares a Puna Bio.

Bioeutectics: química verde desde Mendoza

Bioeutectics apunta a otro mercado gigantesco: reemplazar solventes petroquímicos utilizados en cosmética, alimentos, agro y materiales por alternativas naturales.

María Fernanda Silva llegó a investigadora superior del CONICET y dirigió un instituto en Mendoza antes de convertirse en empresaria.

La startup fue seleccionada por GRIDX e IndieBio y acumuló más de US$ 4,8 millones entre inversiones privadas y programas de aceleración.

Conserva su laboratorio en Mendoza, abrió una sede en Tulsa, Estados Unidos, y se encuentra desarrollando una ronda Serie A. Incluso recibe pasantes provenientes de universidades estadounidenses como New York University y Cornell.

Semion: hacer que la planta se defienda

Semion, por su parte, desarrolla soluciones destinadas a activar las defensas naturales de los cultivos.

En vez de atacar directamente una plaga, la tecnología busca fortalecer la capacidad de la propia planta para resistirla sin perder productividad.

Su desarrollo cobró especial relevancia durante la crisis de la chicharrita del maíz de la campaña 2023/24. En los primeros ensayos consiguió incrementar 30% el rendimiento de lotes afectados y ya acumula 23 ensayos a campo desde Paraguay hasta Córdoba.

La compañía levantó alrededor de US$ 1 millón de capital privado, además de fondos no reembolsables.

Mucha ciencia, pero todavía poco capital

La paradoja argentina aparece precisamente allí.

El país posee recursos humanos altamente calificados, universidades, décadas de inversión pública en investigación y científicos capaces de producir tecnologías competitivas internacionalmente. Pero convertir esa capacidad científica en compañías globales todavía exige superar barreras financieras, regulatorias y culturales.

El 87,7% de las rondas de inversión realizadas en Argentina durante 2025 fueron inferiores a US$ 5 millones, una escala reducida para compañías biotecnológicas que pueden necesitar años de investigación, ensayos, validaciones y aprobaciones regulatorias antes de alcanzar ventas significativas.

También existen tensiones dentro del propio sistema científico.

Patentar una tecnología puede exigir postergar una publicación académica; emprender obliga a comprender balances, clientes, valuaciones y capital de riesgo; y levantar fondos demasiado temprano puede diluir rápidamente la participación de los científicos fundadores.

Pero detrás de esas dificultades comienza a consolidarse un activo económico de enorme valor: la posibilidad de transformar décadas de conocimiento acumulado en propiedad intelectual, empresas, exportaciones y empleo calificado.

No es una discusión menor para una Argentina necesitada de dólares.

La biotecnología ofrece algo que el país busca desde hace décadas: exportar mucho valor utilizando relativamente pocos recursos físicos. En lugar de vender solamente materias primas, permite comercializar microorganismos, diagnósticos, moléculas, patentes, tratamientos y conocimiento.

Y esta generación de científicas empieza a demostrar que entre un laboratorio argentino y el mercado mundial puede existir algo más que un paper. Puede existir una empresa.

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Puna Bio: la empresa de biotecnología creada por científicas del Conicet que atrajo a Corteva y a la Fundación Gates

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La biotecnología aplicada al agro argentino empieza a ganar protagonismo en el escenario global. Puna Bio, la empresa creada por científicas tucumanas del CONICET, cerró su ronda Serie A liderada por Corteva Agriscience y sumó posteriormente a la Fundación Gates como inversor, en lo que representa una de su primera inversión en una empresa de LATAM.

Fundada en 2020, la compañía desarrolla  productos biológicos a partir de microorganismos extremófilos, con el objetivo de mejorar la eficiencia productiva de los cultivos en un contexto atravesado por la variabilidad climática y la necesidad de producir más con menor impacto ambiental.

La empresa surge  después de más de 25 años de investigación científica en microorganismos de ambientes extremos (llamados extremófilos) de la Puna argentina. Ese conocimiento dio origen a Puna Bio a través de un proyecto impulsado en GRIDX, el fondo de Venture Capital líder de biotecnología en América Latina, donde se integró la investigación de base con una estrategia de desarrollo empresarial.

Creada por un equipo de científicas María Eugenia Farías (PhD) —Elisa Violeta Bertini (PhD), Carolina Belfiore (PhD) y) — junto al economista Franco Martínez Levis, cofundador y CEO. La articulación entre ciencia de frontera y visión de negocio es uno de los pilares del desarrollo de la empresa.

Su diferencial radica en el uso de extremófilos: microorganismos que evolucionaron durante millones de años en condiciones límite como alta radiación, salinidad, sequía o escasez de nutrientes. La investigación no solo se centró en estas bacterias, sino también en comprender cómo interactúan con plantas autóctonas capaces de desarrollarse naturalmente en ambientes hostiles. A partir del estudio de esos mecanismos biológicos de adaptación y resiliencia, la compañía desarrolla bioinsumos que los trasladan a cultivos extensivos, contribuyendo a mejorar su nutrición y su capacidad de respuesta frente al estrés, con el objetivo de aportar mayor estabilidad productiva en distintos entornos. 

“Desarrollamos productos biológicos para el agro, pero no trabajamos con microorganismos tradicionales, sino con extremófilos aislados de la Puna argentina, que tienen características diferenciales para enfrentar condiciones adversas”, explica Franco Martínez Levis.

Para demostrar que la innovación científica puede traducirse en resultados concretos a campo, Puna Bio desarrolló desde la primavera de 2020 una red nacional de ensayos integrada por expertos independientes e instituciones de referencia como el INTA. Con más de 600 evaluaciones realizadas en distintas zonas productivas del país, la compañía logró construir una base de información sólida y de alta calidad técnica, capaz de validar el desempeño de sus bioinsumos en diversos ambientes y condiciones productivas. Este trabajo permitió respaldar con evidencia los resultados obtenidos y ofrecer a productores y distribuidores herramientas confiables para la toma de decisiones. 

Uno de los ejes de su tecnología extremófila es el concepto de nutrición inteligente, orientada a optimizar la disponibilidad de nutrientes en momentos clave del desarrollo del cultivo. En el caso de Kanzama®, su tratamiento de semillas para trigo y cebada, permite mejorar la fijación biológica de nitrógeno, con un aporte equivalente a 36 kg de nitrógeno por hectárea promedio. — y favorecer la implantación incluso en escenarios de estrés hídrico.

“Trabajamos con microorganismos que llevan millones de años adaptándose a condiciones extremas. Esa capacidad biológica es la que buscamos transferir a los cultivos para mejorar su desempeño en ambientes productivos cada vez más desafiantes. La ciencia aplicada nos permite desarrollar soluciones concretas que acompañan al productor en la toma de decisiones y en la eficiencia de sus sistemas productivos”, señala Elisa Violeta Bertini, cofundadora y directora de Ciencia de Puna Bio.

En paralelo, Kunza®,  un bioestimulante desarrollado para soja, algodón y poroto, apunta a mejorar la tolerancia al estrés abiótico y optimizar la absorción de nutrientes. Este desarrollo ya fue validado por productores en más de 300.000 hectáreas y se prevé duplicar el área durante 2026. 

El impacto no es solo agronómico, sino también económico. Según datos de la compañía, estas tecnologías pueden generar retornos de entre 6 y 10 veces su costo, al mejorar la eficiencia en el uso de nutrientes y el consistente incremento de rinde.

Hoy, la empresa cuenta con un equipo de más de 50 personas y una plataforma integral de investigación y desarrollo que incluye desde la prospección en ambientes extremos hasta la producción de cientos de miles de litros de productos año a año. Además, posee una colección propia de más de  2500 cepas propietarias.  

El crecimiento de la compañía también estuvo acompañado por el reconocimiento de organizaciones internacionales. Puna Bio fue distinguida por la Falling Walls Foundation con el premio Science Breakthrough of the Year en la categoría Science and Innovation Management, un reconocimiento a avances científicos con impacto transformador. Asimismo, recibió el apoyo y la validación de entidades como la Bayer Foundation, que destacaron el potencial de su desarrollo biotecnológico aplicado a una agricultura más sostenible. 

Con base en Tucumán y proyección global, Puna Bio avanza en la adaptación de sus tecnologías para nuevos mercados, incluyendo su implementación en África en colaboración con la Fundación Gates, con foco en pequeños productores y seguridad alimentaria.

“Frente a un escenario de alta volatilidad y requerimientos de eficiencia, en Puna Bio desarrollamos tecnologías innovadoras y diferenciales, con ciencia líder a nivel mundial, para brindar soluciones a los productores que mejoren su rentabilidad de forma sustentable”, afirma Martínez Levis. 

Desde el norte argentino y con base científica, Puna Bio es ciencia que siembra futuro, uno de los desarrollos con mayor proyección internacional en la nueva generación de insumos biológicos para el agro.

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