réplicas sísmicas

Treinta y nueve segundos que partieron en dos la historia de Venezuela

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El miércoles, dos terremotos de magnitud superior a 7 sacudieron el centro-norte de Venezuela con apenas 39 segundos de diferencia. No es una réplica grande. Es un fenómeno mucho más raro y revelador, que un geólogo misionero ayuda a entender desde la otra punta del continente.

Fotos El Nacional de Venezuela.

A las 18:04:32 del miércoles, la tierra se movió cerca de Montalbán, en el centro-norte de Venezuela. Treinta y nueve segundos después, antes de que la mayoría de la gente terminara de reaccionar al primer sacudón, se movió otra vez, más fuerte, cerca de Morón. El Servicio Geológico de Estados Unidos terminó registrando dos eventos: uno de magnitud 7,2 y otro de 7,5.

Los sistemas automáticos, en un primer momento, leyeron todo como un solo terremoto de magnitud 7,8. Se equivocaron, pero no por error humano, sino por algo más interesante sobre cómo funciona la sismología en tiempo real.

“Cuando dos rupturas ocurren con pocos segundos de diferencia, las ondas sísmicas pueden superponerse. Al principio, el sistema puede leer una señal compleja como si fuera un solo terremoto más grande. Luego, con más estaciones, más datos y revisión de las ondas, se pueden separar dos orígenes distintos: dos hipocentros, dos tiempos de inicio y dos magnitudes”, explica el licenciado Francisco Kovalski, geólogo misionero formado en la Universidad Nacional de la Plata

Lo que ocurrió en Venezuela tiene nombre técnico: terremoto doble. Y vale la pena detenerse en la diferencia, porque la mayoría de la gente asume que se trató de un sismo seguido de una réplica grande. No es lo mismo.

Una réplica típica sigue una lógica clara: primero el sismo principal, después movimientos menores de reajuste. En un terremoto doble, dos eventos de magnitud parecida ocurren casi en simultáneo, y en este caso, el segundo fue incluso más grande que el primero. Eso significa que, técnicamente, el de magnitud 7,2 podría reclasificarse como sismo precursor y el de 7,5 como el evento principal. Para el público, la diferencia se sintió como dos sacudidas mayores encadenadas, no como una sacudida y un eco.

¿Cómo puede pasar algo así? Kovalski lo explica con una imagen que cualquiera puede visualizar.

“La corteza terrestre ya estaba cargada de tensión. El primer sismo rompió una parte del sistema y modificó el equilibrio de esfuerzos. Si otro tramo de la falla estaba maduro para romperse, esa transferencia rápida pudo activar el segundo evento. Es como empujar una ficha de dominó que estaba a punto de caer: el primer movimiento no crea de la nada el segundo terremoto, pero puede terminar de dispararlo.”

Hay un detalle que ayuda a entender por qué una diferencia de apenas 0,3 en la escala de magnitud no es menor. La escala sísmica no es lineal: cada punto entero representa unas 32 veces más energía liberada. La distancia entre 7,2 y 7,5, aunque parezca chica en el papel, implica una diferencia energética considerable entre ambos eventos.

El resultado físico ya se conoce: derrumbes en barrios de Caracas como Los Palos Grandes y Altamira, alerta de tsunami emitida para Puerto Rico, Islas Vírgenes, Aruba, Curazao y Bonaire, y un país que, según informó la presidenta interina Delcy Rodríguez, entró en estado de emergencia.

Hay un dato que pone esto en perspectiva histórica: estos terremotos figuran entre los más fuertes registrados en Venezuela en más de un siglo, solo por debajo del terremoto de 1812 en Jueves Santo, que destruyó gran parte de Caracas y se estima en magnitud 7,7; y por encima del de Sucre en 2018, de magnitud 7,3.

Ahora bien: ¿terminó el peligro cuando dejó de temblar? El geólogo Kovalski lo explica con claridad:

“La actividad de réplicas puede durar días, semanas, meses e incluso años, aunque la frecuencia suele disminuir con el tiempo. No existe un umbral único a partir del cual una réplica se vuelve peligrosa, porque el riesgo no depende solo de la magnitud. En una ciudad con edificios ya debilitados, una réplica de magnitud 5 puede causar derrumbes adicionales. Un edificio que resistió el primer impacto puede no resistir una réplica moderada si ya sufrió grietas, desplazamientos o pérdida de capacidad portante”. 

Eso explica por qué el ministro del Interior, Diosdado Cabello, instó a la población a permanecer al aire libre: no es precaución genérica. Es la consecuencia directa de que el daño estructural se acumula de manera invisible, y una segunda sacudida, aunque sea más débil que la primera, puede ser la que finalmente derribe lo que ya estaba comprometido.

Hay todavía una pregunta que conecta este terremoto con un error de percepción muy extendido. Venezuela no está en el Cinturón de Fuego del Pacífico. Esa franja que sí incluye a Chile, Perú, México o Centroamérica. Entonces, ¿por qué tiembla con esta intensidad?

El error común es asociar todos los grandes terremotos de América Latina con el Cinturón de Fuego del Pacífico, que afecta a países como Chile, Perú o México por la interacción de placas alrededor del océano Pacífico. Venezuela pertenece a otro contexto tectónico completamente distinto: la frontera entre la placa del Caribe y la placa Sudamericana, donde domina un movimiento lateral, de deslizamiento horizontal, a través de sistemas de fallas como Boconó, San Sebastián y El Pilar.

“Venezuela no necesita estar en el Cinturón de Fuego para ser sísmicamente activa. Está sobre otra frontera tectónica importante, donde dos grandes bloques de la corteza se empujan, se traban y finalmente liberan energía en forma de terremotos.” – Francisco Kovalski – Geólogo UNLP

Esa distinción no es un tecnicismo menor. El Cinturón de Fuego concentra, según el USGS, alrededor del 90% de los terremotos del planeta, pero ese 10% restante incluye fronteras de placas como la que atraviesa el norte de Venezuela, capaces de producir eventos tan destructivos como los del Pacífico, aunque con mucha menor frecuencia. En los últimos cien años, solo se registraron siete sismos de magnitud 6 o superior en un radio de 250 kilómetros de esta zona. Eso no la vuelve menos peligrosa: la vuelve menos predecible, porque la tensión se acumula durante décadas antes de liberarse de golpe.

De hecho, en septiembre de 2025 ya había ocurrido otro doblete sísmico cerca de esta misma región, de magnitud 6,2 y 6,3, que causó al menos una víctima y más de 110 heridos en los estados de Zulia y Lara. No hay certeza científica de que ese evento esté directamente conectado con el de esta semana, pero la coincidencia geográfica reabre una pregunta que los sismólogos venezolanos van a estudiar en los próximos meses: si el sistema de fallas del norte del país entró en una fase de mayor actividad.

¿Y por qué debería importarle todo esto a alguien que lee esta columna desde Misiones, a miles de kilómetros de cualquier falla activa?

“A alguien en Misiones no debería importarle porque pueda pasar lo mismo mañana en su provincia. Pero sí debería importarle por tres razones: primero, porque estos desastres muestran que el daño no lo produce solo la naturaleza, sino la combinación entre un fenómeno extremo y una sociedad vulnerable. Segundo, porque América Latina está conectada — una emergencia en Venezuela puede impactar en redes migratorias, ayuda humanitaria, precios y cooperación regional. Y tercero, porque obliga a pensar en prevención: en Misiones, la prioridad no es el riesgo sísmico, sino la gestión de lluvias intensas, arroyos desbordados, rutas, puentes y comunicación de emergencia. La enseñanza de Venezuela es que la preparación previa vale más que la reacción tardía.”

Francisco Kovalski · Geólogo (UNLP) · Misiones

Esa es, probablemente, la idea más importante de toda esta historia: más que la magnitud, más que los 39 segundos, más que la corrección técnica de 7,8 a dos eventos separados. Y hay un contraste que la vuelve todavía más nítida.

Infografía Economis | Actualizado al 27 de junio de 2026

Venezuela bajo escombros: el costo humano del doble terremoto

Dos sismos de magnitud 7,2 y 7,5 sacudieron el norte venezolano con apenas segundos de diferencia. La emergencia golpea especialmente a Caracas y La Guaira.

1430 muertos confirmados
3.238 heridos reportados
+65.000 personas no localizadas

Zonas más afectadas

  • La Guaira, epicentro de los daños más severos.
  • Caracas, con derrumbes y edificios comprometidos.
  • Miranda, Aragua, Carabobo y Falcón, bajo evaluación de daños.

Daños críticos

  • Colapso de viviendas y edificios antiguos.
  • Infraestructura sanitaria y de transporte afectada.
  • Restricciones de acceso en zonas de rescate.

Una emergencia todavía abierta

El balance puede agravarse a medida que avancen las tareas de búsqueda entre los escombros. Equipos de rescate y ayuda internacional trabajan en las zonas de mayor destrucción.

17 países y la ONU enviaron asistencia

Menos de una hora después del segundo sismo venezolano, a 13.000 kilómetros de distancia, otro terremoto remeció la costa norte de Japón. Magnitud 6,9. Frente a la prefectura de Iwate, con epicentro a 50 kilómetros de profundidad. Suspendió el servicio del tren bala. Activó inspecciones preventivas en instalaciones nucleares cercanas. Y no provocó víctimas ni daños de consideración. El único damnificado que la prensa pudo registrar fue una mujer en la localidad de Hashikami: se le cayó una foto enmarcada de la pared.

Dos terremotos de magnitud comparable (7,2/7,5 en Venezuela, 6,9 en Japón) con menos de una hora de diferencia entre sí, y resultados completamente distintos. En Caracas, edificios colapsados, barrios sin electricidad, estado de emergencia nacional. En Hachinohe, semáforos funcionando con normalidad y tráfico circulando como un día cualquiera, según mostraron las cámaras de la televisión pública NHK. La diferencia no estuvo en la energía liberada por la tierra. Estuvo en lo que cada país construyó encima de ella.

Japón está, literalmente, sobre el Cinturón de Fuego del Pacífico. Su normativa de construcción antisísmica se desarrolló durante décadas, endurecida después de cada gran catástrofe, incluido el terremoto y tsunami de Tōhoku de 2011, que dejó cerca de 20.000 muertos y obligó a repensar estándares de ingeniería en todo el país. Cuando tiembla, los edificios japoneses están diseñados para oscilar, absorber la energía y seguir en pie. Por eso un sismo de magnitud 6,9 termina en una foto caída y no en un derrumbe.

Venezuela, en cambio, no está sobre el Cinturón de Fuego, eso ya lo explicó Kovalski, pero tampoco tuvo, durante las últimas décadas, la misma inversión sostenida en normativa sísmica, mantenimiento de infraestructura y control de construcción. La frecuencia de grandes terremotos es mucho menor que en Japón. Y esa menor frecuencia, paradójicamente, es parte del problema: cuando un país tiembla cada pocos meses, construye con la sismicidad en mente todos los días. Cuando tiembla una vez por generación, la memoria institucional y constructiva se diluye entre un evento y el siguiente.

No es una cuestión de magnitud. Es una cuestión de preparación acumulada.

Y en el caso venezolano, esa falta de preparación no nació esta semana.

El balance de víctimas creció de manera dramática en menos de 48 horas. Lo que el jueves eran 188 muertos y 971 heridos se convirtió, hacia el sábado, en al menos 1.430 muertos confirmados, más de 3.360 heridos y 51.681 personas reportadas como desaparecidas sin contacto con sus familias, según la plataforma ciudadana Desaparecidos Terremoto Venezuela y el balance oficial del ministro de Salud, Carlos Alvarado. El jefe de ayuda humanitaria de la ONU, Tom Fletcher, advirtió que la cifra de fallecidos “aumentará considerablemente” a medida que avancen los rescates entre los escombros. La Guaira concentra la mayor devastación: más de 100 edificios colapsados y comparaciones que ya circulan con los grandes terremotos urbanos de las últimas décadas. 

A eso se suma un dato que confirma exactamente lo que Kovalski explicó sobre la duración de las réplicas: la Fundación Venezolana de Investigaciones Sismológicas (Funvisis) registró más de 214 réplicas desde la tarde del miércoles, incluyendo una de magnitud 4,5 detectada en la madrugada del viernes, a pocos kilómetros de San Felipe. El propio Diosdado Cabello lo describió como evidencia de que la actividad sísmica en la zona sigue siendo intensa. Es el proceso de reajuste de la falla que la entrevista anticipaba y que explica por qué cientos de personas siguen sin animarse a volver a edificios que técnicamente quedaron en pie, pero que nadie puede garantizar que sigan así después de la próxima sacudida.

Ese derrumbe no ocurrió sobre una infraestructura cualquiera. Ocurrió sobre un país que llevaba más de una década en colapso económico e institucional antes de que la tierra se moviera. Venezuela atraviesa una inflación proyectada en 682% para 2026, según el FMI. El Banco Central dejó de publicar estadísticas oficiales hace más de un año. Los servicios públicos -agua, electricidad, salud- funcionan con fallas crónicas en buena parte del territorio, independientemente de cualquier sismo. Y todo esto ocurre apenas meses después de la caída de Nicolás Maduro, capturado por fuerzas estadounidenses en enero, en medio de una transición política todavía sin rumbo claro, con estructuras de poder fracturadas y un Estado que ya estaba operando al límite de su capacidad antes de que llegara la emergencia.

Un edificio construido durante años de desinversión, en un país con escasez de cemento de calidad, mantenimiento postergado y controles de obra debilitados, no responde igual a un sismo que uno construido bajo normativa actualizada y fiscalizada. La vulnerabilidad sísmica de Venezuela esta semana no se explica solo con geología. Se explica también con presupuestos públicos vaciados, hospitales que ya estaban en crisis antes del terremoto, y un Estado que llega a esta tragedia después de gestionar, durante más de una década, una emergencia distinta pero igualmente profunda.

Un terremoto no se puede evitar.

Pero la tragedia que produce sí puede reducirse con construcción de calidad, planificación urbana, educación pública y un Estado capaz de responder antes de que la tierra vuelva a moverse.

Venezuela está aprendiendo esa lección ahora, en tiempo real, con más de 1.400 muertos, decenas de miles de desaparecidos sin confirmar y un país que ya no tenía margen para absorber otro golpe.

Japón la aprendió hace generaciones, a fuerza de terremotos, y hoy se nota en algo tan simple como una foto que se cae de la pared en lugar de una pared que se cae entera.

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