De Thatcher a Malvinas, con escala en las encuestas
Hay algo conmovedor en la política argentina: cuando una bandera queda vacante, tarde o temprano aparece un político dispuesto a levantarla.
A veces porque cree en ella.
Y a veces porque justo pasaba por ahí.
Javier Milei acaba de descubrir que las Malvinas son argentinas.
No es que no lo supiera. Obviamente lo sabía. El asunto es que durante bastante tiempo pareció tener otros intereses patrióticos.
Por ejemplo, Margaret Thatcher.
La misma Margaret Thatcher que gobernaba Gran Bretaña cuando los argentinos fueron a la guerra de Malvinas. La misma Thatcher a la que Milei admiró públicamente, con una devoción que llegó a incluirla entre sus grandes referencias históricas. Y a la que todavía defendía en 2024, explicando que una cosa era la guerra y otra reconocer que quienes estaban enfrente “hacían bien su trabajo”.
Digamos que es una manera bastante original de homenajear a los nuestros.
Es como decir:
—¿Viste al tipo que le ganó a tu equipo con un gol nulo?
—Sí.
—Bueno, lo admiro profundamente porque ganó muy bien.
Pero Milei fue todavía más lejos.
Cuando David Cameron viajó a las Malvinas en 2024, el Presidente dijo que no lo consideraba una provocación porque las islas estaban en manos británicas y Cameron tenía derecho a visitarlas. Una posición bastante particular para un Presidente argentino.
Pero no hay problema. Porque después llegó 2025. Y ahí Milei encontró una solución extraordinaria para el conflicto: convertir a la Argentina en una potencia tan irresistible que los malvinenses algún día decidieran “votarnos con los pies”.
Es decir: primero los ingleses ocupan las islas.
Después nosotros hacemos crecer la economía.
Y finalmente los kelpers dicen:
—Che, muchachos, nos convencieron. ¿Dónde hay que firmar?
Una estrategia diplomática novedosa. Se llama “capitalismo mágico”.
Hasta que ocurrió algo inesperado. La sociedad argentina. Porque mientras el Gobierno explicaba que las Malvinas no eran precisamente una prioridad, la gente parecía tener otra opinión.
Una encuesta de CEOP Latam encontró que el 66,2% de los argentinos consideraba que a Milei le importaba poco o nada la cuestión Malvinas. Dos de cada tres. Una cifra interesante.
Sobre todo porque las Malvinas tienen una característica curiosa: son uno de los pocos temas en los que los argentinos no necesitan que ningún consultor les explique qué tienen que sentir. Las sienten.
Después vino el Mundial. Argentina jugó contra Inglaterra. Los jugadores desplegaron una bandera que decía “Las Malvinas son argentinas”.
Y ahí apareció el pequeño inconveniente para el Gobierno. El país se acordó de que era el país. La bandera se convirtió en un fenómeno.
La encuesta de CEOP encontró que casi el 84% respaldaba el gesto de los jugadores. Y otro relevamiento mostró que más del 65% consideraba que el Gobierno debería haber defendido el derecho de la Selección a exhibir esa bandera.
Entonces ocurrió el milagro político. Donald Trump dijo que estaba revisando la posición estadounidense sobre Malvinas. Y Milei, que venía llegando tarde a la fiesta patriótica, apareció corriendo con una servilleta en la mano:
—¡Esperen! ¡Yo también estaba invitado!
Y ayer llegó la cadena nacional. Para el Javo, las Malvinas son argentinas!!! La ocupación británica es colonial.
La autodeterminación de los isleños ya no corre. Habrá sanciones. Habrá defensa. Habrá una base naval (capaz que en conjunto con los Yankees). Habrá Consejo de Seguridad Nacional. Habrá soberanía. Habrá patria. Habrá de todo. Sólo faltó Thatcher. Aunque técnicamente estaba ocupada.
Y acá aparece el detalle divertido.
El Presidente descubrió la bandera justamente cuando las encuestas le estaban diciendo que buena parte de la sociedad no lo veía como un presidente particularmente patriota. CEOP midió que el 66% de los argentinos no lo considera patriota.
Zuban-Córdoba encontró que el 65,7% cree que las políticas del Gobierno no representan los valores de soberanía nacional ni la defensa de la patria.
Entonces uno empieza a sospechar que quizás el problema no era que Milei no conociera las Malvinas. Quizás el problema era que las Malvinas todavía no conocían a Milei.
Ahora se conocieron. Y parece que tuvieron una discusión.
Porque hay algo que resulta difícil de explicar.
No se puede pasar de admirar a Thatcher a reivindicar Malvinas como si entre una cosa y la otra no hubiera ocurrido nada.
No se puede decir que Cameron tiene derecho a visitar las islas porque “están en manos del Reino Unido” y después presentarse como el gran custodio de la soberanía argentina.
No se puede decir que los isleños algún día podrían elegir ser argentinos con los pies y, un año después, explicar que no tienen derecho a la autodeterminación.
Bueno… En Argentina sí se puede. De hecho, es una especialidad nacional. Se llama política algorítmica.
Y tiene una ventaja maravillosa: Uno puede cambiar de posición sin cambiar de discurso. Sólo tiene que cambiar el contexto.
Porque antes las Malvinas eran una cuestión diplomática. Después fueron una cuestión económica. Después una cuestión de autodeterminación. Después una cuestión de fútbol. Después apareció Trump. Y finalmente volvieron a ser argentinas.
Siempre fueron argentinas.
El problema es que algunas veces parecen más argentinas que otras.
Y ahora, casualmente, parecen argentinas a tiempo completo.
Justo cuando el Gobierno necesita una bandera. Justo cuando las encuestas hablan de patriotismo. Justo cuando la economía dejó de ser suficiente para ordenar el relato. Justo cuando la Selección volvió a poner Malvinas en el centro de la escena. Justo cuando Trump abrió una puerta que nadie sabe todavía si realmente conduce a algún lado.
Entonces uno podría pensar que estamos frente a un nuevo capítulo de la política argentina. La patria vuelve. La soberanía vuelve. Las Malvinas vuelven.
Y Margaret Thatcher… Bueno. Margaret Thatcher queda esperando en la puerta. Porque parece que esta vez no consiguió entrada. Aunque no se preocupen. Si la encuesta cambia, capaz la hacen pasar. En Argentina nunca se sabe.
La patria es eterna.
Las posiciones políticas, aparentemente, no tanto.
