Nepal y la catástrofe que nadie vio venir
El miércoles 26 de agosto, a las 8:37 de la mañana hora local, los sismógrafos del mundo registraron una señal inusual cerca de la frontera entre Nepal y el Tíbet.
El Servicio Geológico de Estados Unidos la catalogó inicialmente como terremoto de magnitud 4,4. Luego la revisó: 5,2. Horas después, la reclasificó por completo. No había sido un sismo. Había sido el impacto de millones de toneladas de hielo y roca desprendiéndose del glaciar Lhende Khola y cayendo sobre el cauce del río Bhotekoshi. El estruendo fue tan violento que los instrumentos lo confundieron con un movimiento de la corteza terrestre.
Lo que siguió fue una catástrofe en cámara rápida. El hielo y los escombros bloquearon el río. El agua se acumuló detrás de ese dique natural durante minutos. Cuando cedió, una muralla de lodo, roca y corriente arrasó todo lo que encontró aguas abajo: aldeas, carreteras, puentes, centrales hidroeléctricas, el puerto fluvial de Gyirong en el lado chino. Los turistas indios que hacían la peregrinación sagrada al monte Kailash quedaron atrapados o desaparecieron en el barro.
Balance al 29 de agosto de 2026: al menos 676 muertos confirmados entre Nepal y el Tíbet, con más de 3000 desaparecidos. El número sigue creciendo a medida que los equipos de rescate acceden a las zonas más remotas. Más de 400 peregrinos indios sin contacto. Cuatro ciudadanos españoles sin localizar. Distritos de Rasuwa y Nuwakot declarados zonas de crisis. India movilizó equipos de rescate en horas. China coordinó operaciones desde el Tíbet.

Antes y después. El centro fronterizo y Puente de la Amistad entre Nepal y China, arrasado por completo y erradicado del mapa.
Pero hay un dato que cambia todo: esto ya había pasado antes. En el mismo río. En el mismo lugar.
En agosto de 2025, exactamente un año antes, el desborde de un lago glaciar en el Tíbet provocó otra inundación repentina en el sistema del Bhotekoshi. Dejó nueve muertos y 24 desaparecidos. Destruyó el llamado Puente de la Amistad, la conexión estratégica entre Nepal y China. Los científicos advirtieron que el riesgo de nuevas inundaciones del mismo tipo era alto. El glaciar seguía retrocediendo. Los lagos glaciares del área seguían acumulando agua. Un año después, en el mismo sistema fluvial, a una escala que multiplicó por cuarenta el número de víctimas.
¿Por qué, después del evento de 2025 y de las advertencias científicas, las aldeas aguas abajo del Bhotekoshi no tenían sistemas de alerta temprana que funcionaran?
La respuesta tiene varias capas. La primera es técnica: los sistemas de alerta temprana para inundaciones glaciares existen y funcionan. Algunos países los implementaron con éxito. Consisten en sensores en los lagos glaciares que detectan cambios de presión y envían señales automáticas a las comunidades aguas abajo, dándoles entre 15 y 30 minutos para evacuar. Quince minutos pueden ser la diferencia entre la vida y la muerte cuando viene una pared de agua a 60 kilómetros por hora.
La segunda capa es económica. Nepal es uno de los países más pobres de Asia. Su presupuesto de gestión de riesgos climáticos es una fracción de lo que necesitaría para cubrir todos los puntos de vulnerabilidad en el Himalaya. Y los puntos de vulnerabilidad son muchos: el país tiene más de 3.600 lagos glaciares, de los cuales al menos 47 fueron identificados como potencialmente peligrosos en estudios del Centro Internacional para el Desarrollo Integrado de las Montañas.

La tercera capa es climática. Y es la más importante para entender por qué esto no es un accidente extraordinario sino un patrón que va a repetirse.
Los glaciares del Himalaya están retrocediendo al doble de la velocidad global. La temperatura en la región aumentó 1,5 grados por encima del promedio del siglo XX — el doble que el calentamiento global promedio. Ese aumento produce dos efectos simultáneos: los glaciares pierden masa, formando lagos en sus bordes, y el permafrost que estabiliza las laderas se derrite, aumentando la probabilidad de deslizamientos. Nepal tiene más de 3.600 lagos glaciares. Al menos 47 fueron identificados como de alto riesgo de ruptura. El lago glaciar que colapsó esta semana no estaba en esa lista de los más vigilados.
Ese detalle es crucial: el lago que reventó esta semana no estaba entre los 47 de mayor riesgo conocido. Lo que significa que el mapa de peligro real es mucho más grande que el mapa de peligro monitoreado. Y el mapa de peligro monitoreado ya superaba la capacidad de Nepal para gestionarlo.
¿Quién debería pagar los sistemas de alerta que Nepal no puede costear?
La pregunta no es retórica. Tiene una respuesta que la comunidad climática internacional discute desde hace décadas sin resolverla: los países que más emitieron el CO₂ que calentó el planeta son, en su mayor parte, los que hoy tienen los recursos para responder. Los países que sufren las consecuencias más graves son, en su mayor parte, los que menos contribuyeron al problema.
Nepal emite menos del 0,1% del CO₂ mundial. Sin embargo, concentra el 10% de los glaciares del mundo fuera de los polos ártico y antártico. Eso lo convierte en uno de los países más vulnerables al cambio climático del planeta un cambio que otros produjeron y que él está pagando en vidas.

Hay un concepto que los negociadores climáticos llaman “pérdidas y daños”. La idea de que los países más vulnerables merecen compensación económica de los grandes emisores por los daños que el cambio climático ya está causando, daños que no se pueden prevenir ni adaptar sino solo pagar. En la COP27 de 2022, por primera vez en treinta años de negociaciones climáticas, se creó un fondo específico para pérdidas y daños. En la COP28, se capitalizó con compromisos iniciales. Los montos disponibles a la fecha representan una fracción ínfima de lo que países como Nepal necesitarían.
El sistema de alerta temprana para el río Bhotekoshi costaría varios millones de dólares. El fondo de pérdidas y daños tiene compromisos por menos de mil millones en total para todo el mundo en desarrollo. La proporción habla por sí sola.
Mientras tanto, el segundo escenario que los científicos advierten ya está en movimiento. Qianggong Zhang, jefe de riesgos climáticos en el Centro Internacional para el Desarrollo Integrado de las Montañas con sede en Katmandú, lo dijo directamente a Reuters horas después del colapso: “La avalancha de hielo y roca en el Lhende Khola todavía bloquea parcialmente el cauce del río. Puede ocurrir una segunda inundación.”

Las comunidades aguas abajo están en alerta. Los equipos de rescate trabajan sabiendo que el terreno puede moverse otra vez. Y los científicos que llevan años publicando estudios sobre los lagos glaciares del Himalaya esperan que esta vez alguien los escuche.
No se trata de rechazar la respuesta de emergencia que llegó esta semana India, China y los organismos internacionales reaccionaron con relativa rapidez y eso salva vidas. Se trata de preguntarse por qué la respuesta llega siempre después.
