Más allá de cualquier cosa, algo queda claro: la característica distintiva de la propuesta del CNI es que su objetivo último es desmontar el sistema capitalista y construir, como dicta una famosa frase zapatista, “un mundo en el que quepan muchos mundos”. A diferencia de los partidos políticos mexicanos —incluso de aquellos que se autodenominan de izquierda o progresistas—, el CNI insiste en que su lucha es anticapitalista.
Por paradójico que parezca, el CNI ha planteado que, si bien incursionará en las elecciones, no busca alcanzar el poder. El sistema democrático no resulta efectivo para emprender las transformaciones a las que aspira. Creen, como dijo recientemente el subcomandante Galeano —antes conocido como subcomandante Marcos—, que “las cuestiones fundamentales de la maltrecha nación mexicana no se deciden ni en el poder ejecutivo ni en las cámaras legislativas ni en el poder judicial”.
Pero entonces, si no se quiere alcanzar el poder ni se cree que las elecciones sean el mecanismo idóneo para obtener los objetivos deseados, ¿por qué el CNI tiene la intención de impulsar una candidatura independiente?
Como afirmó hace poco Carlos González, miembro del CNI, lo que quieren es dislocar el sistema político existente: “Las elecciones son por excelencia la fiesta de los de arriba, el espacio y la forma como los finqueros de este mundo construyen y reconstruyen el consenso político que ocupan para seguir acumulando ganancias y poder hasta el infinito. Queremos colarnos en esa fiesta y queremos echárselas a perder hasta donde podamos”.
Al ejercer esta desestabilización, se pretende generar una alianza entre los sectores explotados de la sociedad o, dicho con otras palabras, una organización desde abajo entre aquellos que buscan desplegar formas de vida no capitalistas.
El CNI piensa que realizar una campaña presidencial a nivel nacional visibilizará las luchas que se están dando a lo largo y ancho del país y, en algún momento, generará un “proceso de reorganización combativa”. En este sentido, la candidatura independiente se percibe como un catalizador para el surgimiento de un movimiento político nacional genuinamente anticapitalista.
Las elecciones de 2018 serán las primeras elecciones presidenciales mexicanas en las cuales podrán participar candidatos sin pertenencia a un partido político. No obstante, la Ley General de Instituciones y Procedimientos Electorales (Legipe) establece una complicada serie de procedimientos que dificultan la posible participación de un candidato independiente: se tienen que recabar, en un lapso de 120 días, las firmas correspondientes al uno por ciento del padrón electoral nacional —casi un millón de firmas— distribuidas en, por lo menos, 17 entidades federativas.
Resulta imposible pronosticar si el CNI logrará recaudar las firmas necesarias para registrar formalmente a Marichuy como candidata independiente. Suceda lo que suceda, está claro que la simple propuesta significó una sacudida para el sistema político. La insumisión e irreverencia de los pueblos indígenas de México abre, una vez más, un resquicio que deja entrever la posibilidad de hacer política de otra manera y, quizás, del surgimiento de un país radicalmente distinto.