La bióloga que se enamoró del yaguareté y ganó el “Oscar Verde” por su trabajo en el Parque Nacional do Iguaçu
Por Maria Vitória de Moura. La relación entre la bióloga brasileña Yara Barros, de 59 años, y los yaguaretés comenzó por casualidad. Especialista en aves, fue invitada en 2018 a hacerse cargo de un proyecto de investigación sobre grandes felinos en el Parque Nacional do Iguaçu, en el estado de Paraná. Y bastó conocer al ejemplar llamado “Croissant” para que fuera amor a primera vista.
El portal Terra destaca que, ocho años después de aquel primer encuentro con Croissant y de todo el trabajo desplegado para proteger al mayor felino de América, Yara Barros fue distinguida este miércoles 30 con el Premio Whitley para la Naturaleza. Conocido popularmente como el “Oscar Verde”, este galardón con sede en Londres reconoce acciones de preservación de la naturaleza llevadas adelante por conservacionistas de todo el mundo. Además del reconocimiento, la científica recibió 50 mil libras esterlinas (unos 370 mil reales al cambio actual) para el desarrollo de sus proyectos durante el año.
Actualmente, Yara se desempeña como coordinadora ejecutiva del proyecto Yaguaretés del Iguaçu, que busca preservar al yaguareté como especie clave para la biodiversidad del parque nacional.
“Solemos decir que donde hay yaguaretés, hay vida. Si el bosque está lo suficientemente sano como para sostener una población de yaguaretés a largo plazo, también lo está para muchas otras especies”, explicó en una entrevista con Terra.
Con los yaguaretés como protagonistas de la biodiversidad, la bióloga destaca el trabajo de concientización colectiva sobre la importancia de esta especie para el ecosistema.
“La misión del proyecto es conservar al yaguareté como especie clave para la biodiversidad. Pero la visión es que personas, yaguaretés y parque prosperen juntos. Por eso trabajamos fuertemente con la comunidad, porque gran parte del miedo hacia estos animales proviene del desconocimiento”, señaló.
De la ararinha-azul al yaguareté
Yara trabaja desde hace 30 años en conservación, aunque su trayectoria comenzó con una especie muy distinta: la ararinha-azul, considerada en peligro crítico de extinción y declarada extinta en la naturaleza por el gobierno brasileño.
“Mi primer trabajo de conservación fue con las ararinhas, en un tiempo en que solo quedaba un macho en la naturaleza. Viví en Curaçá, en el sertón de Bahía, durante cuatro años solo estudiando esa especie”, contó.
Con experiencia en el Instituto Brasileño del Medio Ambiente (Ibama) y el Instituto Chico Mendes de Conservación de la Biodiversidad (ICMBio), también fue directora técnica del Parque das Aves, en Foz do Iguaçu.
Dejó ese parque temático en 2017 y fue entonces cuando recibió la propuesta de coordinar las acciones de conservación de yaguaretés en el Parque Nacional. Aunque no tenía experiencia de campo con mamíferos, aceptó el reto:
“¿A quién no le gustan los yaguaretés, verdad?”.
A comienzos de 2018, en su primera campaña de captura, conoció a Croissant, un macho ya conocido en el parque. En ese momento se enamoró de la especie.
“Él se ganó mi corazón para toda la vida. Llevo 30 años trabajando en conservación, pero con yaguaretés, específicamente, hace ocho. No empecé como especialista, sino como una entusiasta con mucha experiencia en conservación. Y eso fue creciendo”, relató.
“Queremos reemplazar el miedo por el encanto”
Tras reunir a un equipo de especialistas y trazar un plan estratégico, Yara decidió cambiar el nombre del proyecto, que hasta entonces se llamaba “Carnívoros del Iguaçu”.
“Carnívoro es una palabra que no genera empatía, porque quien no está en el área la asocia con lo opuesto a vegetariano. Yo quería algo que conectara con la gente, porque los científicos se hablan entre ellos y el mensaje no llega a donde debe llegar”, explicó.
Así nació el proyecto Yaguaretés del Iguaçu, para enfatizar, según Yara, la coexistencia entre seres humanos y yaguaretés. En el plano científico, incluye la captura de animales, el uso de collares con GPS, el estudio de sus movimientos y el de sus presas, y la recolección de muestras.
Pero la clave está en el compromiso de la población local:
“El parque tiene 10 municipios alrededor, y trabajamos en todos, porque el conflicto ocurre cuando el yaguareté sale del monte y mata un animal doméstico”.
“Cuidamos de los yaguaretés, pero también de las personas que comparten el territorio con ellos. Tenemos un programa de generación de ingresos alternativos, como las artesanas que hacen amigurumis al crochet. Al comprar una artesanía, empoderás a una mujer que nos ayuda a cuidar a nuestros yaguaretés”.
El proyecto también actúa en escuelas, ferias y espacios públicos del entorno del parque:
“Queremos sustituir el miedo por el encanto y llevar al yaguareté al corazón de la mayor cantidad de gente posible, porque el miedo muchas veces viene del desconocimiento”.
Yara también resaltó el valor de su equipo:
“Somos seis personas absolutamente apasionadas, un equipo súper comprometido. Tengo mi trayectoria personal, claro, pero sin este trabajo colectivo, este premio no hubiera sido posible”.
Desafíos para conservar al yaguareté
Entre los principales desafíos que enfrenta, Yara menciona la dificultad para obtener financiamiento para el proyecto, así como el miedo de la población hacia los yaguaretés.
“El miedo es una gran amenaza. Aunque el riesgo real de que ocurra un accidente con humanos es muy bajo, la percepción del riesgo es muy alta, y eso lleva a que quieran matar a estos animales”.
Por eso, el equipo interviene en casos de ataques en propiedades privadas:
“Si un yaguareté entra en una casa y mata un perro o una vaca, estamos allí todo el tiempo para evitar que se repita. Reducimos la vulnerabilidad de la propiedad con cercas, luces, campanas, lo que sea necesario”.
Después de ocho años trabajando en el Parque Nacional, Yara percibe un cambio en la relación entre los yaguaretés y la comunidad local.
“Esa imagen del yaguareté como un depredador al acecho, listo para saltarte al cuello, está muy arraigada en el inconsciente colectivo. Por eso creamos herramientas de participación. Vamos a las escuelas, hablamos con niños, padres, docentes, los traemos al parque”.
“No necesito convencer a la comunidad científica de que hay que salvar a los yaguaretés. Necesito convencer al vecino que vive al lado del parque y que puede tener una pérdida por el animal”.
El proyecto realiza cerca de 400 visitas anuales a propiedades privadas y permanece disponible las 24 horas ante cualquier avistamiento fuera del monte.
“Hemos notado mayor tolerancia a nuestra acción inmediata. Por ejemplo, si un yaguareté mata una vaca en tu propiedad, te enseñamos cómo cambiar el manejo con una medida simple. Tenemos manuales y, en cada finca donde ocurre una depredación, trabajamos durante un año con cámaras y equipos para garantizar que no vuelva”.













