Todos contra Cartes (Cartes contra todos)

Y finalmente, sucedió.

Contra todo pronóstico, la oposición de izquierdistas y liberales suscribió una alianza para las elecciones de abril del año que viene, que en cierto modo reedita la Alianza Patriótica para el Cambio, que llevó a Fernando Lugo a la Presidencia en 2008.

Nadie se lo esperaba. Todo sucedió entre el lunes y martes de la semana pasada, dos maratónicas jornadas en que el Partido Liberal recibió dos nombres para acompañar a quien resulte electo candidato a Presidente en las internas partidarias del 17 de diciembre próximo.

Avanza País, la concertación que lidera el intendente de Asunción, el periodista Mario Ferreiro, ofreció al primo del jefe comunal, Guillermo Ferreiro, pero fue el luguista Frente Guasú, el que colocó a quien irá como candidato a Vicepresidente de la chapa opositora, otro comunicador, Leo Rubín, proveniente de la familia que controla el poderoso holding de medios Ñanduti, nacido durante la dictadura de Alfredo Stroessner.

Rubín, de inmediato se convirtió en la figura de la semana, despertando una mezcla heterogénea de aceptación y rechazo. Lo cierto es que más allá de las contradicciones, incluso en el seno de su familia, con luces, sombras y territorios inescrutables, como todo poderoso clan mediático, Leo Rubín, irrumpe en la escena política como una especie de balón de oxígeno para una oposición extenuada y sin confianza alguna en la victoria.

Ecologista, hinduista, con un discurso que rescata enseñanzas filosóficas y prácticas espirituales, y que además propone despenalizar la marihuana y democratizar el acceso a las nuevas tecnologías; atípico como ninguno, de 50 años y barba de profeta, el candidato del luguismo, le imprimió, por lo menos en estos primeros días, impulso a la posibilidad de constituir una gran alianza opositora, que sea capaz de replicar la hazaña y vuelva a tumbar al coloso adversario colorado de toda la vida.

Justamente, el 22 de abril de 2018, en que se celebran las próximas elecciones presidenciales, estarán cumpliéndose diez años de la victoria de Lugo, destituido en 2012 mediante un controvertido juicio político, que para la mayor parte de la opinión pública, incluso internacional, constituyó un golpe de Estado parlamentario.

Sapos & culebras

A diferencia de 2008, que marcó la consagración de un proyecto político trabajado durante más de tres años, la alianza nacida esta semana emerge en una coyuntura signada por la hegemónica presencia del Partido Colorado, en sus históricos papeles de oficialismo y oposición. Y con un avanzado proceso electoral que mira mucho más allá de sus internas.

La oposición, fragmentada luego del golpe de 2012, con posiciones que hasta hace pocos días parecían irreconciliables, aparecía lejos de sellar un acuerdo que se dice programático, amplio, plural, y que de hecho fue sumando al resto de las fuerzas políticas independientes y progresistas durante la semana.

Pero, más allá del entusiasmo de las primeras horas, el acuerdo político opositor tuvo también sus cuestionamientos de parte de sectores de la izquierda que vieron como truculento el menú electoral acompañando a los verdugos liberales de Lugo en 2012. El mismo Efraín Alegre, de quien se descuenta resulte candidato a Presidente, fue uno de los 39 senadores que votaron por la condena de Lugo en aquel juicio express de junio.

El novel candidato del luguismo, Rubín, fue quien mejor explicó cómo se preparó la carta: “hay que pasar la hoja”, dijo. No faltó quien sugiriera “pasar a la hoja de bebidas, para digerir mejor el plato de sapos y culebras”. La artillería colorada disparó sus memes.

Es que la sola posibilidad de otro 2008 inquieta a todos. Inquieta a la oligarquía rural, ganadera, industrial, históricamente representada por el Partido Colorado. Inquieta a empresarios rivales del presidente Horacio Cartes, cuyo grupo amenaza con adueñarse de sectores clave de la economía, en connivencia con corporaciones multinacionales. Inquieta a los liberales, siempre entre el centro y la derecha. Inquieta a la izquierda, nunca tan protagonista en toda la historia política del país. Y también inquieta a las organizaciones sociales, sindicales, campesinas, indígenas, que vieron sus reivindicaciones reprimidas a sangre y fuego, o postergadas en el mejor de los casos, como nunca en toda la transición que siguió a la dictadura.

El #Todos contra Cartes no se hizo esperar y se convirtió en un #hashtag. “Hay que frenar al cartismo y al stronismo”, resumió Leo Rubín. Nunca tan clara la consigna en un país que no para de reinventar su historia, aunque tenga que renacer de las cenizas, como en 1870.

 

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