Día: 12 abril, 2026

Remediar en jaque: alerta sanitaria por el ajuste que pone en riesgo a millones de pacientes

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El anuncio del Gobierno nacional sobre el cierre o reconversión del Plan Remediar encendió una fuerte alarma en todo el sistema sanitario argentino. Provincias, gremios y especialistas advierten que la medida podría dejar sin acceso a medicamentos esenciales a millones de personas que dependen exclusivamente del sistema público de salud, en un contexto ya marcado por la creciente demanda y la restricción de recursos.

Según lo expuesto en el Consejo Federal de Salud (COFESA), el programa habría dejado de operar desde el 1° de abril, con una compra de emergencia destinada a cubrir apenas los meses de mayo y junio. A partir de allí, sería reemplazado por una estrategia mucho más acotada, enfocada en enfermedades cardiovasculares y con provisión de apenas tres fármacos, lo que implica un cambio estructural en una de las políticas sanitarias más relevantes de las últimas dos décadas.

Las críticas no tardaron en llegar. El ministro de Salud bonaerense, Nicolás Kreplak, calificó la decisión como “una de las más graves y difíciles de recuperar”, al advertir que impacta de manera directa en alrededor de 20 millones de personas. Pero más allá del tono político, los cuestionamientos se apoyan en datos concretos: distintos informes ya evidencian una reducción sostenida en la distribución de medicamentos, lo que anticipa un escenario de mayor fragilidad en la atención primaria.

Creado en 2002, el Plan Remediar se consolidó como la columna vertebral del primer nivel de atención en Argentina. Actualmente, distribuye hasta 79 medicamentos esenciales en cerca de 7.800 centros de salud y cubre alrededor del 80% de las consultas. Su alcance incluye tratamientos para enfermedades crónicas y agudas -como diabetes, hipertensión e infecciones-, además de antibióticos, analgésicos y vitaminas, garantizando una respuesta inmediata en los centros de atención barriales.

La eventual reconversión implicaría una reducción drástica de esa cobertura. La red de distribución se achicaría a unos 800 centros y la provisión de medicamentos se limitaría a un número muy reducido de fármacos, lo que en términos operativos supone pasar de una política universal a una intervención focalizada y de alcance limitado.

El impacto de este ajuste no es hipotético. Un informe de la Fundación Soberanía Sanitaria señala que entre 2023 y 2026 la entrega de botiquines cayó un 59% a nivel nacional. En la provincia de Buenos Aires, por ejemplo, la distribución de medicamentos se redujo más de un 55%, evidenciando un proceso de retracción que ya venía en marcha. El documento advierte sobre un “riesgo crítico de discontinuidad terapéutica”, especialmente en pacientes con enfermedades crónicas, lo que podría derivar en complicaciones evitables y un aumento de la demanda hospitalaria.

En paralelo, las provincias comienzan a dimensionar el impacto fiscal de la medida. La eventual retirada de Nación en la provisión de medicamentos obligaría a los sistemas sanitarios provinciales a cubrir esos costos con recursos propios, en un contexto de caída de transferencias y tensión presupuestaria. El efecto es doble: más gasto en salud y mayor presión sobre estructuras que ya operan al límite.

A esto se suma un dato estructural clave: la demanda del sistema público viene en aumento, impulsada por la pérdida de cobertura de obras sociales y prepagas. En ese escenario, la reducción en la provisión de medicamentos no solo afecta a los pacientes, sino que reconfigura el funcionamiento de todo el sistema, desplazando la demanda hacia hospitales de mayor complejidad y tensionando aún más las guardias.

Desde la Federación Sindical Nacional de Trabajadores de la Salud (FESINTRAS) advirtieron que el desfinanciamiento del programa ya genera consecuencias concretas. Su secretario general, Pablo Maciel, sostuvo que miles de pacientes con enfermedades crónicas han dejado de tomar su medicación por no poder costearla, lo que multiplica las internaciones por cuadros que podrían haberse evitado. En ese sentido, fue categórico: “El Remediar no es un gasto, es una inversión en la vida de millones de familias”.

El planteo es compartido por distintos actores del sistema, que coinciden en que el impacto no será inmediato, pero sí progresivo y acumulativo. La interrupción de tratamientos básicos puede derivar en complicaciones de mayor costo sanitario y económico, configurando un escenario en el que el ahorro fiscal de corto plazo se traduce en un mayor gasto a mediano plazo.

En la última reunión del COFESA, las provincias expresaron un rechazo generalizado a la medida y advirtieron sobre sus consecuencias en la sostenibilidad del sistema sanitario. El debate, lejos de cerrarse, abre un nuevo frente de tensión entre Nación y las jurisdicciones, en un momento en que el ajuste fiscal redefine el alcance de las políticas públicas y pone bajo presión a sectores sensibles como la salud.

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Alarma en Casa Rosada: seis de cada diez rechazan la reelección de Milei

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El último relevamiento nacional de Zuban & Córdoba dejó una señal política incómoda para la Casa Rosada: hoy, la reelección de Javier Milei no aparece como un horizonte consolidado, sino como una hipótesis resistida por una clara mayoría. Apenas el 29,4% afirma que votaría por un nuevo mandato del Presidente, mientras que el 60,7% dice que no lo haría y un 9,9% todavía no lo sabe. La foto es más severa aún cuando se la traduce en clima de época: el 60,6% está en desacuerdo con la idea de que Milei deba gobernar un segundo período.

El oficialismo conserva un núcleo duro nítido, pero perdió capacidad de expansión y, sobre todo, enfrenta un desgaste que ya no se explica únicamente por la economía. En la base de apoyo todavía pesan la confianza en el liderazgo presidencial y el rechazo al peronismo, pero en el rechazo empiezan a mezclarse con más fuerza la mala gestión económica, las promesas incumplidas y los cuestionamientos por corrupción. Ese combo vuelve más frágil la arquitectura política con la que Milei llegó al poder.

La encuesta, realizada entre el 1 y el 3 de abril de 2026 sobre 2.200 casos de población general mayor de 16 años, con un margen de error de +/- 2,09% y 95% de confianza, ofrece una radiografía precisa del momento político nacional. Y la conclusión central es clara: el Gobierno mantiene volumen, pero perdió centralidad emocional positiva. Hoy domina más el límite que la expectativa.

Entre quienes sí volverían a votar a Milei, la razón principal no es una mejora material tangible, sino la confianza personal en su conducción. El 47% de ese universo responde que lo apoyaría porque confía en su liderazgo. Bastante más atrás aparecen el miedo o rechazo a la alternativa peronista, con 21,6%, y la valoración de que tiene las mejores políticas, con 20,2%. Apenas el 7,9% lo haría porque lo considera honesto y sólo el 2,6% por beneficios personales o familiares. El dato es relevante porque muestra que el sostén del oficialismo sigue siendo eminentemente subjetivo y político, mucho más vinculado a la figura presidencial que a resultados concretos o a una percepción extendida de integridad.

Entre quienes no lo votarían, la estructura del rechazo es bastante más dura y homogénea. El 47% atribuye su negativa a la mala gestión económica, el 24,7% a las promesas incumplidas y el 21,5% a los casos de corrupción. Apenas el 3,5% menciona su escaso liderazgo. En otras palabras, el problema del Gobierno no aparece en la encuesta como una crisis de autoridad, sino como una crisis de resultados y credibilidad. Esa diferencia no es menor: un presidente puede compensar déficit de carisma con eficacia, pero cuando se erosionan al mismo tiempo el bolsillo y la confianza, la capacidad de recomposición suele ser mucho más compleja.

Ese deterioro también se observa al revisar qué pasó con el apoyo original desde el ballotage de 2023. El 42,9% afirma que su apoyo sigue igual y el 19,9% dice que aumentó, pero el 24,7% sostiene que disminuyó y el 9,2% directamente dejó de apoyar por completo. Sumados, quienes redujeron o retiraron su respaldo llegan al 33,9%. Es un tercio del electorado que alguna vez lo acompañó y que hoy muestra signos de fatiga o decepción.

Cuando se profundiza sobre ese segmento que se alejó, la economía vuelve a ser el gran factor de desgaste. El 47,7% de quienes disminuyeron o quitaron su apoyo señala a la situación económica como causa principal. Luego aparecen las promesas incumplidas, con 18,9%; el aumento de la corrupción, con 12,7%; y el mal manejo de la crisis, con 9,1%. Es decir: aun entre antiguos votantes de Milei, el desencanto ya no se limita a la paciencia frente al ajuste. Empieza a incorporar componentes éticos y de gestión que perforan la narrativa original del cambio.

En cambio, entre quienes mantienen o ampliaron su apoyo, la razón dominante es la percepción de buena gestión en crisis, con 39,6%, seguida por la confianza en el liderazgo, con 29,2%, y la mejora en políticas públicas, con 14,8%. Otra vez, los datos muestran que el oficialismo retiene adhesión sobre todo en quienes todavía interpretan el presente como una etapa de transición difícil pero necesaria. Sin embargo, ese argumento parece no estar alcanzando para ampliar la base.

Hay otro dato que merece una lectura fina: el sistema político todavía no logra construir una alternativa convincente, pero la sociedad muestra ganas de buscarla. El 48,2% apoyaría una alianza entre varios partidos para derrotar a Milei. A su vez, el 46,4% votaría a un espacio de centro más moderado. 

Y todavía más expresivo: el 62,4% cree que Argentina necesita un candidato nuevo, no vinculado con ninguno de los partidos actuales. Esa cifra probablemente sea una de las más importantes del estudio porque revela que la insatisfacción no deriva automáticamente en una recuperación lineal de las fuerzas tradicionales. Hay malestar con Milei, pero también persistente desconfianza hacia el resto del sistema.

Ese punto ayuda a entender por qué el oficialismo aún no enfrenta una amenaza electoral plenamente ordenada. La encuesta marca que el 60,3% considera que la oposición a Milei está desorganizada. Incluso cuando casi la mitad apoyaría una coalición amplia para derrotarlo, la percepción dominante sigue siendo que del otro lado falta coordinación, estrategia y liderazgo. 

La debilidad del Gobierno convive, así, con la debilidad de sus rivales. Esa coexistencia es, acaso, el principal activo táctico de Milei de cara al mediano plazo.

También resulta sugestivo el dato sobre una eventual ampliación oficialista: ante la frase “Milei debería sumar al PRO, la UCR y varios partidos provinciales si quiere ser reelegido”, el 30,4% está de acuerdo, el 39,3% en desacuerdo y el 30,3% no sabe. No hay allí un mandato social claro a favor de una coalición tradicional encabezada por el Presidente. Más bien aparece una sociedad fragmentada, con muchas dudas sobre la mejor fórmula para la gobernabilidad futura.

Por eso, la novedad más importante del estudio no es sólo que Milei pierda volumen reeleccionista. Es que empieza a consolidarse una demanda de recambio que no encuentra todavía vehículo. El Gobierno conserva un piso, pero no logra construir techo. La oposición percibida como desorganizada impide que ese malestar se convierta rápidamente en alternativa. Y la demanda de un candidato nuevo, por fuera de los partidos actuales, confirma que la crisis de representación sigue abierta.

En términos políticos, la encuesta deja tres alertas rojas para la Casa Rosada. La primera: la reelección hoy es una posición minoritaria. La segunda: la economía sigue siendo el principal factor de erosión. La tercera: la corrupción ya dejó de ser ruido periférico y empezó a entrar en la estructura del rechazo. Cuando eso ocurre, el problema no es sólo de gestión; pasa a ser de legitimidad.

El mileísmo entró en una fase más exigente. Ya no le alcanza con resistir. Necesita volver a convencer. Milei sigue en el centro de la escena, pero 2027 dejó de parecer una autopista y empezó a verse como una curva peligrosa.

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