El título que me falta

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Ayer me crucé con mis excompañeros de trabajo en una despensa del pueblo. Mientras charlábamos para ponernos al día, me preguntaron cómo iban mis proyectos y yo como iba su trabajo. Pero hubo un comentario en particular que me quedó dando vueltas y me impulsó a escribir este artículo:

“Tendrías que terminar tus estudios, así podés seguir trabajando con nosotros. Tenemos demasiado trabajo en la semana y los salarios no alcanzan para mucho.”

A principios del año 2024 fui invitado a trabajar como profesor, algo que me sorprendió porque no cuento con título secundario y ese, según creía yo, era un requisito excluyente. A inicios del año 2025 hubo cambios estructurales en el lugar donde trabajaba, lo cual convirtió al título en un requisito obligatorio. Al principio intenté rendir mi materia pendiente para alcanzar mi título y poder abrir legajo, pero un cambio administrativo en mi colegio secundario hizo que no solo me faltara una materia, sino un año entero de cursado. Esto hizo que me cuestionara seriamente si valía la pena hacer sexto año de secundaria con mis casi 20 años, y poco a poco fui perdiendo el interés. Comencé proyectos propios, tuve tiempo tanto para el ocio como para trabajar duro, y con los meses, haber tomado distancia del trabajo formal me hizo replantear cuestiones estructurales sobre cómo nos relacionamos como sociedad con el trabajo, los títulos y la administración de nuestro tiempo de vida.

Pepe Mujica una vez dijo: “Inventamos una montaña de consumos superfluos, que hay que tirar y hay que vivir comprando y tirando. Y lo que estamos gastando es tiempo de VIDA. Porque cuando comprás algo, no lo comprás con plata sino con el tiempo de vida que tuviste que gastar para tener esa plata. Pero con esta diferencia… la única cosa que no se puede comprar es la VIDA. La VIDA se gasta. Y es miserable gastar la VIDA para perder la LIBERTAD.”

Esta mañana llegó a mi cabeza esa frase del, según Google, “agricultor y expresidente de Uruguay”, mientras arreglaba mi camioneta. Pensé: “Si siguiera en mi trabajo, estaría cuatro horas al día en un lugar que no es mi casa, trabajando para hacer dinero y poder pagarle a alguien que arregle mi camioneta porque yo no tendría tiempo.” Actualmente aún tengo un trabajo, que es escribir el artículo que estás leyendo, el cual se publica una vez a la semana. Lo que gano lo uso para levantar mi futura casa y para replicar y difundir el proyecto “Auto a basura” del Ing. Edmundo Ramos. No estoy en contra del trabajo ni mucho menos de la educación, sino del sistema que transformó al trabajo y a la educación en medios que, disfrazados de libertad, terminan explotando a las personas.

Si hoy perdiera también este trabajo, elegiría mil veces seguir mi camino sin resignar mi ignorancia—perdón, mi falta de títulos. Y antes que volver a insertarme en el sistema educativo tradicional, tomaría una montaña de libros y después de leerlos los usaría para crear un nuevo sistema educativo. Y si no funciona, al menos lo habré intentado.

La estupidización acelerada que estamos viviendo me recuerda esta frase de Charles Darwin: “La progresiva degeneración de la especie humana se percibe claramente en que cada vez nos engañan personas con menos talento.”

En una modernidad llena de problemas, es difícil comunicar algo que emerja de entre ellos como algo distinto. Mi generación tiene cientos de problemas económicos, mentales, físicos y espirituales, y quizás a la siguiente le toquen cosas peores. Pero también tenemos el increíble superpoder de las redes sociales y su “libertad de expresión”, que censura las bombas cayendo pero enaltece a quienes las lanzan. Sin embargo, estas mismas redes son una excelente y eficiente herramienta del sistema que nos permiten combatirlo sin violencia, porque si buscamos crear algo distinto, no puede ser con sus mismas balas, pero sí con sus algoritmos.

Necesitamos ser inteligentes, leer mucho, porque es necesario entender historia, geopolítica, economía, ciencias exactas y psicología para ser capaces al menos de ver lo que está pasando y desde ahí hacer lo que dijo Einstein: “Quien tiene el privilegio de saber, tiene la obligación de actuar.” Personalmente me declaro ignorante, considero que debo leer mas, al menos veinte minutos al día que es mucho menos de lo que paso scrolleando.

Cierro con la frase del movimiento Orgullo Loco: “Necesitamos cambiar el mundo, no que nos mediquen para soportarlo”, que aboga por una transformación del sistema de salud mental y denuncia la medicalización excesiva como respuesta al malestar psíquico.

En calles y pantallas saturadas de ruido y luces, no podemos abandonar al ser humano, con sus alegrías, creatividad, esperanza y valentía. Es nuestra responsabilidad resistir frente a todo aquello que intente arrebatarnos estas virtudes. Quizás podamos grabarnos leyendo un libro durante esos 15 minutos que permite Instagram. Puede que mis ideas no merezcan un Nobel ni que mi talento alcance un Grammy, pero sí tengo un sueño: que estas líneas signifiquen algo para alguien con ese talento y que ese alguien logre transformar el mundo para mejor, y no lo empeore aún más.

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