Relojes, sirenas y petróleo: quién decide tu tiempo

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Vivimos midiendo nuestras horas. ¿Cuántas trabajás? ¿Cuánto cobrás? ¿Qué hacés con el poco tiempo libre que te queda? El reloj organiza la vida moderna más que cualquier otra herramienta. No nació con el celular: primero fue la campana del monasterio, luego la sirena de la fábrica. Con el siglo del petróleo, esa prisa se convirtió en norma: todo ya, todo transportado a miles de kilómetros, todo mantenido con cadena de frío, todo embalado. Lo llamamos “eficiencia” y lo celebramos como si fuera libertad, pero en realidad es obediencia a un ritmo que no elegimos.

La promesa fue clara: la velocidad como sinónimo de progreso. A veces lo es; casi siempre es lo contrario, y nos lo venden como si fuera progreso. La aceleración abarata ciertos procesos, pero encarece la vida diaria: más transporte, más cadena de frío (refrigeración continua desde la cosecha hasta la góndola), más deuda de tiempo. Desarma vínculos, uniforma hábitos y desplaza costos hacia los territorios. La cuestión no es si la técnica sirve, sino a qué precio la ponemos a trabajar y quién lo paga.

La psicología también explica por qué este mandato de la prisa se siente inevitable. El llamado time reproduction effect muestra que cuando intentamos estimar y reproducir intervalos de tiempo, solemos equivocarnos de manera sistemática: sobreestimamos los lapsos cortos y subestimamos los largos. Nuestra percepción se acomoda hacia un promedio. Además, si estamos distraídos, los intervalos se sienten más largos. En otras palabras, no solo obedecemos al reloj externo, también nuestro “reloj interno” es moldeado por el contexto. Este sesgo subjetivo hace que la urgencia se perciba como natural: creemos que el tiempo nunca alcanza, cuando en verdad es el entorno el que manipula nuestra percepción.

Un ejemplo simple: una pieza de tornería en Misiones puede demorar meses. Para la lógica industrial, eso es ineficiencia. En realidad, muestra una economía de oficios con límites formativos y máquinas caras, pero también con la capacidad de reparar y sostener autonomía local. El tiempo del taller no compite con la línea de montaje: la complementa y nos protege de depender siempre de afuera.

En la verdulería pasa lo mismo. Encontrar fruta perfecta en cualquier estación exige transporte fósil, frío permanente y toneladas de plástico. Ese “milagro” borra emisiones, residuos y desperdicios de todo el trayecto, y estandariza sabores y calendarios. Cuando la prisa manda, el precio nunca incluye lo que cuesta recomponer un río o un suelo.

Esta cultura de la aceleración tiene historia. El reloj mecánico convirtió el tiempo en unidades abstractas y sincronizó la vida común. Taylor cronometró movimientos y controló segundos; Ford encadenó cuerpos a un flujo continuo con salarios altos y consumo masivo; Toyota afinó la sincronización con el just-in-time —un sistema que produce bajo pedido y con inventarios mínimos—. La promesa era producir más y mejor; el resultado fue fragilidad ante crisis, precariedad laboral y residuos crecientes.

La psicología también explica por qué este mandato de la prisa se siente inevitable. El llamado time reproduction effect muestra que cuando intentamos estimar y reproducir intervalos de tiempo, solemos equivocarnos de manera sistemática: sobreestimamos los lapsos cortos y subestimamos los largos. Nuestra percepción se acomoda hacia un promedio. Además, si estamos distraídos, los intervalos se sienten más largos. En otras palabras, no solo obedecemos al reloj externo, también nuestro “reloj interno” es moldeado por el contexto. Este sesgo subjetivo hace que la urgencia se perciba como natural: creemos que el tiempo nunca alcanza, cuando en verdad es el entorno el que manipula nuestra percepción.

Podemos anticipar las objeciones. Sí, la velocidad salva vidas en emergencias: nadie discute ambulancias ni medicamentos. Pero convertir todo en urgente vuelve ineficiente al propio sistema: sin prioridades, la energía se desperdicia y el estrés se convierte en norma. También se dice que la eficiencia baja costos y pobreza. Puede hacerlo; pero sin control de la demanda aparece el efecto rebote (cuando el ahorro por unidad dispara el consumo total): lo que se ahorra por unidad se pierde en volumen total y en presión ambiental. La única eficiencia seria es la que reconoce los costos ocultos y reparte beneficios de manera justa.

Este debate no es un sermón contra el movimiento, sino una discusión política sobre el ritmo. ¿Quién lo define, con qué criterios y para qué fines? El tiempo no es solo una variable técnica; es un bien común que determina cómo podemos vivir.

Desacelerar no es nostalgia ni romanticismo anti-tecnológico. Es recuperar control sobre el reloj para alinear producción, bienestar y límites ecológicos. La pregunta incómoda sigue siendo: ¿para qué y para quién corremos? Si la respuesta es “para sostener una logística que reparte daños y concentra beneficios”, entonces la prisa es un lujo caro que pagamos con selvas, ríos y cuerpos.

No se trata de ir lento por convicción ideológica: se trata de avanzar a la velocidad que cuida el territorio y el tiempo de la gente.

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