La guerra silenciada: Sudán acumula más muertos que Ucrania y Gaza juntos
|
Getting your Trinity Audio player ready...
|
Hay una prueba sencilla para entender cuánto le importa Sudán al mundo.
Buscá en tus aplicaciones de noticias la palabra “Ucrania”. Ahora buscá “Gaza”. Ahora buscá “Sudán”. La diferencia en el volumen de resultados no refleja la diferencia en la cantidad de muertes. Refleja otra cosa: qué conflictos el mundo decidió ver y cuáles decidió ignorar.
Sudán tiene más muertes que Ucrania y Gaza combinadas. Tiene la mayor población de desplazados internos de la historia. Tiene la mayor crisis de hambre activa del planeta. Y tiene, según los investigadores del Comité Internacional de la Cruz Roja, algo más perturbador que una crisis olvidada: es una crisis ignorada. Una crisis olvidada se recuerda si alguien la nombra. Una crisis ignorada ya fue evaluada y descartada.
El conflicto empezó el 15 de abril de 2023 de una manera que ninguna película de guerra hubiera guionado: con una pelea entre dos generales que habían sido aliados. Abdelfatah Al-Burhan, jefe del ejército sudanés, y Mohamed Hamdan Dagalo, conocido como “Hemetti”, comandante de las Fuerzas de Apoyo Rápido, las FAR, habían cooperado para dar un golpe de estado conjunto en 2021 que interrumpió la transición democrática del país. Dos años después, se pelearon por el poder. Y esa pelea personal entre dos hombres con armas se convirtió en la mayor catástrofe humanitaria del siglo.
Tres años de guerra en números: entre 150.000 y 400.000 muertos ( la diferencia entre ambas cifras refleja la imposibilidad de verificar datos en zonas de conflicto sin acceso humanitario.) Casi 15 millones de personas desplazadas incluyendo la mayor población de desplazados internos jamás registrada en la historia. 21 millones con inseguridad alimentaria aguda. 33,7 millones, dos tercios de la población total, necesitando asistencia humanitaria en 2026. Más de la mitad de los niños menores de cinco años en las zonas más afectadas tienen desnutrición aguda, según UNICEF. Y solo el 36% del financiamiento humanitario solicitado fue cubierto por los donantes internacionales en 2025.

Para entender Darfur, la región occidental de Sudán donde se concentra la peor violencia, hay que entender que esto no es la primera vez. En los años 2000, las milicias Janjaweed (predecesoras directas de las actuales FAR) perpetraron un genocidio en esa misma región que dejó entre 200.000 y 400.000 muertos y que la Corte Penal Internacional calificó como el primer genocidio del siglo XXI. Hemetti, el líder de las FAR actuales, fue comandante de los Janjaweed. El mundo lo sabe. Y aun así lo incorporó como socio en la transición democrática sudanesa de 2019.
En octubre de 2025, las FAR tomaron El-Fasher, la última gran ciudad de Darfur que quedaba bajo control del ejército. La masacre que siguió fue documentada por Amnistía Internacional. El director del laboratorio humanitario de Yale describió la situación como un “kill box“. La ONU convocó reuniones de emergencia del Consejo de Seguridad. Y el mundo siguió mirando hacia otra parte.
¿Por qué?
La respuesta tiene varias capas. La primera es geográfica y mediática: Sudán no tiene corresponsales extranjeros permanentes. Los apagones de comunicaciones son sistemáticos, cortar internet es una táctica de guerra usada por ambos bandos. Las imágenes no llegan porque no hay nadie que las saque y porque quienes intentan hacerlo arriesgan la vida. Sin imágenes, sin corresponsales, sin narrativa, el conflicto no existe para los algoritmos de los medios occidentales.
La segunda razón es más incómoda: los intereses de los países que podrían presionar para detenerlo están del otro lado.
EL VIL METAL
Sudán tiene oro, petróleo, tierras fértiles, agua y una posición geográfica estratégica entre África y Oriente Medio. Y tiene dos bandos en guerra que reciben apoyo de potencias extranjeras con intereses concretos en que el conflicto continúe o en que termine bajo sus condiciones.
El oro es el hilo que conecta todo. Cuando Sudán del Sur se independizó en 2011, se llevó el 75% del petróleo sudanés. Privado de ese ingreso, el régimen de Al-Bashir convirtió la minería de oro en el sostén económico del país. Hoy, las zonas auríferas están en disputa entre el ejército y las FAR. El control de esas minas es, más que cualquier argumento ideológico, lo que ambos bandos están peleando.
Sudán es el tercer mayor productor de oro de África. Las FAR controlan la mayor parte de las minas en Darfur y en el Jebel Amer, una zona que produce toneladas de oro por año. Ese oro se exporta de manera informal — en gran parte a través de Emiratos — evadiendo los mecanismos de control internacional. No es un dato periférico: es el motor económico del conflicto. Quien controla las minas financia la guerra. Quien financia la guerra controla las minas.

Hay una pregunta que el análisis geopolítico clásico raramente hace: ¿qué pasa con las personas?
La respuesta en Sudán es esta. Hay campos de refugiados en Chad que albergan a más gente de la que tienen capacidad para sostener. Hay hospitales que cerraron porque los médicos huyeron o fueron atacados. Hay niños en El-Fasher con desnutrición aguda porque los corredores humanitarios fueron bloqueados deliberadamente por ambos bandos como táctica de guerra. Hay mujeres que sobrevivieron a violencia sexual sistemática y que no tienen acceso a ningún tipo de atención.
El campo de refugiados de Zamzam, el más grande de Sudán, fue descrito por el director del laboratorio humanitario de Yale como una “kill box” en diciembre de 2024. Para enero de 2026, seguía activo el conflicto a su alrededor.
Hay algo que el CICR dijo en su informe de abril de 2025 que vale reproducir: “Más que una crisis olvidada, Sudán se está convirtiendo en una crisis ignorada.” La diferencia entre olvidado e ignorado es la diferencia entre no saber y saber y elegir no actuar.
El mundo sabe lo que pasa en Sudán. Lo sabe la ONU, que emite comunicados de emergencia desde hace tres años. Lo saben los gobiernos europeos, que financian ayuda humanitaria. Lo saben los periodistas que intentaron cubrir el conflicto y fueron expulsados o atacados. Lo saben los activistas sudaneses que, en medio de los apagones de internet, siguen publicando desde zonas de combate.
Lo que el mundo eligió es no hacer nada que incomode a los actores que tienen interés en que la guerra continúe.
Emiratos, que financia las FAR, es un socio estratégico de Occidente en el Golfo Pérsico.
Rusia, que apoya al ejército, ya tiene suficientes frentes abiertos con Occidente.
China, que tiene inversiones en el sector energético, prefiere la estabilidad de sus contratos a la estabilidad del país.
Y Sudán, que tiene oro, petróleo, agua y una geografía estratégica pero no tiene petróleo frente a costas europeas ni está en Europa del Este ni sus refugiados llegan en masa a las playas mediterráneas, puede esperar.
Cuatrocientas mil personas no pudieron.
