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A2/AD en el Atlántico Sur: la estrategia militar que Argentina necesita (y no está usando)

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Hay una pregunta que la dirigencia argentina evita hace más de cuarenta años, desde que perdimos la guerra de 1982: ¿Con qué defendemos el mar que decimos que es nuestro?. La respuesta incómoda es que hoy, en términos de barcos, no tenemos con qué. Cuatro destructores diseñados en los años 80; media docena de corbetas que esperan modernización hace una década, y ni un solo submarino en condiciones de navegar: el último, el ARA Santa Cruz, se encuentra desde hace más de una década esperando su reparación en el astillero Tandanor.

Esa foto, lejos de mejorar, acaba de sumar una novedad: A fines de agosto de 2026 la ARA (Armada argentina) anunció el retiro definitivo de los cinco Super Étendard, los aviones más modernos con los que contaba la aviación naval, sin que exista todavía un reemplazo a la vista.

Frente a ese diagnóstico existen dos salidas: resignarse, o soñar con una flota que nunca vamos a poder pagar. Este artículo propone una tercera vía, que ya está probada en otras partes del mundo por países que tampoco pueden competir barco por barco con las grandes potencias.: No hace falta tener la marina más grande para defender el mar propio. Hace falta volverlo caro de invadir.

El error de pensar la defensa como espejo del enemigo

Desde Malvinas, buena parte de la conversación sobre defensa argentina quedó atada a una idea: recuperar soberanía plena sobre el Atlántico Sur significa reconstruir una flota que pueda pelear de igual a igual contra la Royal Navy británica. Es una idea noble, y también una trampa. Ningún presupuesto argentino previsible –y menos todavía en tiempos de ajuste, cuando hasta la compra de helicópteros navales quedó cancelada por falta de fondos– alcanza para igualar a una potencia que gasta en defensa lo que Argentina gasta en varios rubros del Estado juntos.

En el Golfo Pérsico, Irán –una potencia media, con un presupuesto de defensa muy inferior al de Estados Unidos– logró durante décadas que la marina más poderosa del planeta piense dos veces antes de operar libremente en sus aguas. No lo consiguió con acorazados ni con portaaviones. Lo consiguió con una combinación barata y descentralizada: cientos de lanchas rápidas armadas, dispersas y fáciles de reemplazar; minas navales; misiles antibuque lanzados desde tierra; y drones. Nada de eso, por separado, vence a una potencia naval. Pero Jjuntos, la obligan a operar con miedo, gastando fortunas en defenderse de un enemigo que no arriesga casi nada material cuando ataca.

Este mismo año ese sistema fue puesto a prueba en un enfrentamiento directo contra Estados Unidos e Israel, y –más allá de la valoración política que cada uno tenga sobre el régimen iraní– la lección estratégica quedó demostrada: se puede sostener una postura disuasoria seria sin tener una flota comparable a la del adversario.

Lanchas patrulleras rápidas de la IRGC

La palabra técnica para esto es doctrina de “anti acceso y denegación de área” (A2/AD, por su sigla en inglés). Suena complicado, pero la idea es simple, casi de sentido común: En vez de intentar ganar una guerra naval convencional, que ya sabemos que no podemos ganar, se trata de hacer que el enemigo ni siquiera quiera empezarla.

Lo que Argentina sí tiene, y no estamos usando

Lo interesante es que el principio iraní no es exclusivo de Irán ni del Golfo Pérsico. Funciona en cualquier lugar donde la geografía impone un cuello de botella. Un paso angosto por donde cualquier fuerza extranjera tiene que pasar sí o sí para llegar a destino. Y acá está lo que muchas veces se pasa por alto: Argentina tiene los suyos.

El Estrecho de Magallanes es el paso obligado entre el océano Atlántico y el Pacífico en el extremo sur del continente. El Mar de Hoces, mejor pero mal conocido como Pasaje de Drake, entre Tierra del Fuego y la Antártida, es la vía natural de aproximación hacia el continente blanco donde Argentina mantiene un reclamo de soberanía vigente y una presencia ininterrumpida desde hace más de un siglo. Ninguno de los dos tiene la importancia comercial global del Golfo Pérsico –por ahí no pasa el petróleo del mundo– pero ambos concentran el paso hacia y desde una región donde tenemos intereses soberanos concretos: Malvinas, Georgias, Sandwich del Sur y el sector antártico argentino.

Esa geografía, hoy está prácticamente desguarnecida. Y es, paradójicamente, uno de nuestros mayores activos estratégicos sin explotar.

La actualidad se encarga de recordarlo todas las semanas. El 24 de agosto de este 2026, hace apenas unos días, el petrolero VS Promise de bandera británica, amarró en el puerto de Ushuaia después de cargar crudo en una monoboya de la terminal de Río Cullen, en el norte de Tierra del Fuego. El episodio disparó un cruce político entre el gobierno provincial y la administración nacional, que interviene el puerto de Ushuaia desde enero. Pero lo más revelador no fue esa pelea, sino la contradicción de fondo: la misma provincia que después salió a denunciar el amarre como una afrenta a la soberanía había autorizado, a través de su propia Secretaría de Hidrocarburos y Energía, que ese buque británico cargara petróleo en la monoboya de Río Cullen, bajo jurisdicción provincial. Primero se habilita el negocio; después, cuando el barco toca puerto y hay cámaras, aparece el discurso soberano. Ese doble estándar es tan parte del problema como la falta de barcos. Mientras no haya una política sostenida y coherente, ni siquiera dentro de una misma provincia, cualquier reclamo de soberanía corre el riesgo de quedar en pose. Aclaro, este doble estándar no es nuevo ni exclusivo de la gobernación de Tierra del Fuego AIAS. La dirigencia política argentina hace décadas que tolera al Reino Unido cuando le conviene y se indigna sólo cuando es presionada a hacerlo.

Construir de a poco, sin repetir el error de siempre

El error más frecuente en la Argentina cuando se habla de rearme es discutir qué comprar —(el submarino, el misil, el avión de moda)— antes de discutir en qué orden y con qué continuidad se construye una capacidad real. La historia ya nos dio esa lección y la pagamos cara: en los años 70 y 80, Argentina desarrolló el programa de submarinos más ambicioso de Sudamérica, el TR-1700. Desarrollado a fines de la década de 1970 mediante un acuerdo con la empresa alemana Thyssen Nordseewerke, el plan original contemplaba la construcción de seis submarinos de ataque convencionales —dos en Alemania y cuatro bajo licencia en el astillero Domecq García, en Argentina—, con el objetivo no solo de dotar a la Armada de una capacidad submarina de última generación, sino de sentar las bases de una industria naval nacional capaz de diseñar y fabricar tecnología militar compleja de manera autónoma. Cuarenta años después, no queda ni una sola unidad operativa. Y no fue un fracaso de ingeniería, sino por el contrario, una desidia de la clase política que no pudo sostener la decisión en el tiempo, gobierno tras gobierno.

Con esa lección en mente, la reconstrucción debería pensarse en tres etapas, de la más urgente y barata a la más cara y lenta.

Primero ver. Sin capacidad de detección (radares en la costa, aviones de patrulla, satélites propios o compartidos con aliados) no hay nada que defender, porque no se sabe qué está pasando en el mar. Es la inversión más accesible y la que más avanzada se encuentra. En agosto de 2026 la Armada lanzó el “Plan Dédalo”, un programa de reestructuración de la Aviación Naval a cinco años que contempla, entre otras cosas, la llegada de los dos aviones P-3 Orión que todavía faltan –previstos entre octubre de 2026 y junio de 2027– para completar una flota de cuatro, dedicados justamente a patrullar el mar. Es un paso, todavía insuficiente, en la dirección correcta.

P3 ORION LLEGANDO A ARG

Segundo, estar presentes sin gastar de más. Acá es donde el ejemplo iraní enseña más: en vez de apostar todo a pocos buques carísimos –que si se pierden son un golpe militar y político devastador– conviene pensar en unidades más numerosas, más baratas y más fáciles de reponer. Los cuatro patrulleros oceánicos que ya se incorporaron a la Armada son un antecedente en esa línea, aunque hoy estén pensados más para vigilar la pesca ilegal que para disuadir a una fuerza militar. Astilleros Río Santiago y Tandanor, con presupuesto y preparación adecuada, estarían en condiciones, por antecedentes e infraestructura, de construir este tipo de patrulleros. 

Tercero, tener con qué decir que no. Misiles antibuque, que podrían ser de fabricación nacional ya que en algún momento la Argentina supo tener una industria de defensa capaz de lograrlo, y en el horizonte más lejano, una fuerza submarina propia. Esta es la etapa más cara y la más difícil de sostener en el tiempo, pero también la que puede cambiar la ecuación de poder en la región.

Acá conviene ser honesto con lo que pasó esta misma semana. El mismo Plan Dédalo que trae los P-3 Orión también confirma la baja definitiva de los cinco Super Étendard Modernisé que Argentina le compró a Francia en 2018: aviones que nunca llegaron a volar en la Argentina, porque el Reino Unido bloqueó por años la venta de los cartuchos para sus asientos eyectables. Siete años después de esa compra, y sin haber resuelto nunca el problema, la Armada los da de baja sin que exista un reemplazo equivalente.

Una doctrina de disuasión barata no depende de aviones de combate carísimos, sino de misiles, drones y minas navales, mucho más baratos y más difíciles de eliminar de un solo golpe. El problema no es que se retiren los Super Étendard. El problema es, otra vez, la falta de continuidad: se gastaron años y millones en un avión que terminó varado por un veto ajeno, sin que nadie asumiera el costo político de reconocer el fracaso a tiempo ni de definir con qué se lo reemplaza en esa función disuasoria. Sin eso, lo que hoy se presenta como una modernización puede terminar siendo, simplemente, otra capacidad perdida.

El verdadero enemigo no está en el mar

Hay que decirlo sin vueltas: lo que más amenaza esta estrategia no es la falta de plata ni la falta de tecnología disponible en el mundo para comprar. Es la falta de consensos políticos que perduren en el tiempo. Ningún plan de defensa, por bueno que sea en el papel, sobrevive a un país donde cada gobierno nuevo cancela lo que empezó el anterior, como acaba de pasar con la compra de helicópteros navales, frenada por un recorte presupuestario.

El propio Plan Dédalo es un buen ejemplo de las dos caras de esta moneda. Por un lado, plantea una reorganización territorial: a partir de 2027, la histórica Base Aeronaval Punta Indio —cuna de la Aviación Naval argentina desde 1916— pasará a llamarse simplemente “Estación Aeronaval”, con el taller central concentrado en la Base Espora, en Bahía Blanca. Cerca de trescientos puestos de trabajo, entre civiles y militares, quedaron en la incertidumbre sin mencionar el enorme perjuicio evidente para el pueblo de Punta Indio. Por otro lado, es también una muestra de que hay planificación a mediano plazo, algo poco frecuente en la defensa argentina de las últimas décadas.

La etapa de “ver” –radares, aviones, satélites– es la que más avanza justamente porque es la que menos depende de sostener una misma decisión durante quince o veinte años seguidos, que es lo que necesita un programa de submarinos o de misiles para llegar a buen puerto.

Ahí está, quizás, el primer paso realista: no esperar el gran anuncio de rearme naval, sino consolidar ya, con lo que hay, la capacidad de saber qué pasa en nuestro propio mar. Y sobre esa base, si en algún momento como país nos ponemos de acuerdo en sostener una política de Estado más allá de un mandato presidencial, recién ahí avanzar hacia una capacidad de decir que no, con hechos, a cualquiera que quiera pasar por el Atlántico Sur como si fuera tierra de nadie.

Ni ingenuidad ni resignación

Ningún ejemplo extranjero se traslada perfecto. El Golfo Pérsico no es el Atlántico Sur. Por ahí pasa una porción enorme del petróleo del mundo, lo que obliga a cualquier potencia a pensarlo dos veces antes de escalar un conflicto; nuestra región austral no tiene, hoy, ese mismo peso en la mirada del mundo, pero va camino a tenerlo. Y esta estrategia tampoco alcanza sola: no sirve de nada disuadir una invasión hipotética si al mismo tiempo no sostenemos presencia real, todos los días, en los espacios que reclamamos como propios, como recuerda, otra vez, la discusión por un petrolero británico amarrado a metros del memorial a los caídos de Malvinas en Ushuaia.

Pero ninguna de esas objeciones cambia lo esencial. La ARA no necesita ser la Royal Navy. Argentina necesita ser el país al que nadie quiere atacar porque sabe que va a sangrar. Esa estrategia no cuesta lo que cuesta un portaaviones. Cuesta lo que cuesta decidir. Y en eso, todavía estamos a tiempo.

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De Thatcher a Malvinas, con escala en las encuestas

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Hay algo conmovedor en la política argentina: cuando una bandera queda vacante, tarde o temprano aparece un político dispuesto a levantarla.
A veces porque cree en ella.
Y a veces porque justo pasaba por ahí.
Javier Milei acaba de descubrir que las Malvinas son argentinas.
No es que no lo supiera. Obviamente lo sabía. El asunto es que durante bastante tiempo pareció tener otros intereses patrióticos.
Por ejemplo, Margaret Thatcher.
La misma Margaret Thatcher que gobernaba Gran Bretaña cuando los argentinos fueron a la guerra de Malvinas. La misma Thatcher a la que Milei admiró públicamente, con una devoción que llegó a incluirla entre sus grandes referencias históricas. Y a la que todavía defendía en 2024, explicando que una cosa era la guerra y otra reconocer que quienes estaban enfrente “hacían bien su trabajo”.
Digamos que es una manera bastante original de homenajear a los nuestros.
Es como decir:
—¿Viste al tipo que le ganó a tu equipo con un gol nulo?
—Sí.
—Bueno, lo admiro profundamente porque ganó muy bien.
Pero Milei fue todavía más lejos.
Cuando David Cameron viajó a las Malvinas en 2024, el Presidente dijo que no lo consideraba una provocación porque las islas estaban en manos británicas y Cameron tenía derecho a visitarlas. Una posición bastante particular para un Presidente argentino.
Pero no hay problema. Porque después llegó 2025. Y ahí Milei encontró una solución extraordinaria para el conflicto: convertir a la Argentina en una potencia tan irresistible que los malvinenses algún día decidieran “votarnos con los pies”.
Es decir: primero los ingleses ocupan las islas.
Después nosotros hacemos crecer la economía.
Y finalmente los kelpers dicen:
—Che, muchachos, nos convencieron. ¿Dónde hay que firmar?
Una estrategia diplomática novedosa. Se llama “capitalismo mágico”.
Hasta que ocurrió algo inesperado. La sociedad argentina. Porque mientras el Gobierno explicaba que las Malvinas no eran precisamente una prioridad, la gente parecía tener otra opinión.
Una encuesta de CEOP Latam encontró que el 66,2% de los argentinos consideraba que a Milei le importaba poco o nada la cuestión Malvinas. Dos de cada tres. Una cifra interesante.
Sobre todo porque las Malvinas tienen una característica curiosa: son uno de los pocos temas en los que los argentinos no necesitan que ningún consultor les explique qué tienen que sentir. Las sienten.
Después vino el Mundial. Argentina jugó contra Inglaterra. Los jugadores desplegaron una bandera que decía “Las Malvinas son argentinas”.
Y ahí apareció el pequeño inconveniente para el Gobierno. El país se acordó de que era el país. La bandera se convirtió en un fenómeno.
La encuesta de CEOP encontró que casi el 84% respaldaba el gesto de los jugadores. Y otro relevamiento mostró que más del 65% consideraba que el Gobierno debería haber defendido el derecho de la Selección a exhibir esa bandera.
Entonces ocurrió el milagro político. Donald Trump dijo que estaba revisando la posición estadounidense sobre Malvinas. Y Milei, que venía llegando tarde a la fiesta patriótica, apareció corriendo con una servilleta en la mano:
—¡Esperen! ¡Yo también estaba invitado!
Y ayer llegó la cadena nacional. Para el Javo, las Malvinas son argentinas!!! La ocupación británica es colonial.
La autodeterminación de los isleños ya no corre. Habrá sanciones. Habrá defensa. Habrá una base naval (capaz que en conjunto con los Yankees). Habrá Consejo de Seguridad Nacional. Habrá soberanía. Habrá patria. Habrá de todo. Sólo faltó Thatcher. Aunque técnicamente estaba ocupada.
Y acá aparece el detalle divertido.
El Presidente descubrió la bandera justamente cuando las encuestas le estaban diciendo que buena parte de la sociedad no lo veía como un presidente particularmente patriota. CEOP midió que el 66% de los argentinos no lo considera patriota.
Zuban-Córdoba encontró que el 65,7% cree que las políticas del Gobierno no representan los valores de soberanía nacional ni la defensa de la patria.
Entonces uno empieza a sospechar que quizás el problema no era que Milei no conociera las Malvinas. Quizás el problema era que las Malvinas todavía no conocían a Milei.
Ahora se conocieron. Y parece que tuvieron una discusión.
Porque hay algo que resulta difícil de explicar.
No se puede pasar de admirar a Thatcher a reivindicar Malvinas como si entre una cosa y la otra no hubiera ocurrido nada.
No se puede decir que Cameron tiene derecho a visitar las islas porque “están en manos del Reino Unido” y después presentarse como el gran custodio de la soberanía argentina.
No se puede decir que los isleños algún día podrían elegir ser argentinos con los pies y, un año después, explicar que no tienen derecho a la autodeterminación.
Bueno… En Argentina sí se puede. De hecho, es una especialidad nacional. Se llama política algorítmica.
Y tiene una ventaja maravillosa: Uno puede cambiar de posición sin cambiar de discurso. Sólo tiene que cambiar el contexto.
Porque antes las Malvinas eran una cuestión diplomática. Después fueron una cuestión económica. Después una cuestión de autodeterminación. Después una cuestión de fútbol. Después apareció Trump. Y finalmente volvieron a ser argentinas.
Siempre fueron argentinas.
El problema es que algunas veces parecen más argentinas que otras.
Y ahora, casualmente, parecen argentinas a tiempo completo.
Justo cuando el Gobierno necesita una bandera. Justo cuando las encuestas hablan de patriotismo. Justo cuando la economía dejó de ser suficiente para ordenar el relato. Justo cuando la Selección volvió a poner Malvinas en el centro de la escena. Justo cuando Trump abrió una puerta que nadie sabe todavía si realmente conduce a algún lado.
Entonces uno podría pensar que estamos frente a un nuevo capítulo de la política argentina. La patria vuelve. La soberanía vuelve. Las Malvinas vuelven.
Y Margaret Thatcher… Bueno. Margaret Thatcher queda esperando en la puerta. Porque parece que esta vez no consiguió entrada. Aunque no se preocupen. Si la encuesta cambia, capaz la hacen pasar. En Argentina nunca se sabe.
La patria es eterna.
Las posiciones políticas, aparentemente, no tanto.

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La guerra silenciada: Sudán acumula más muertos que Ucrania y Gaza juntos

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Hay una prueba sencilla para entender cuánto le importa Sudán al mundo.

Buscá en tus aplicaciones de noticias la palabra “Ucrania”. Ahora buscá “Gaza”. Ahora buscá “Sudán”. La diferencia en el volumen de resultados no refleja la diferencia en la cantidad de muertes. Refleja otra cosa: qué conflictos el mundo decidió ver y cuáles decidió ignorar.

Sudán tiene más muertes que Ucrania y Gaza combinadas. Tiene la mayor población de desplazados internos de la historia. Tiene la mayor crisis de hambre activa del planeta. Y tiene, según los investigadores del Comité Internacional de la Cruz Roja, algo más perturbador que una crisis olvidada: es una crisis ignorada. Una crisis olvidada se recuerda si alguien la nombra. Una crisis ignorada ya fue evaluada y descartada.

El conflicto empezó el 15 de abril de 2023 de una manera que ninguna película de guerra hubiera guionado: con una pelea entre dos generales que habían sido aliados. Abdelfatah Al-Burhan, jefe del ejército sudanés, y Mohamed Hamdan Dagalo,  conocido como “Hemetti”, comandante de las Fuerzas de Apoyo Rápido, las FAR, habían cooperado para dar un golpe de estado conjunto en 2021 que interrumpió la transición democrática del país. Dos años después, se pelearon por el poder. Y esa pelea personal entre dos hombres con armas se convirtió en la mayor catástrofe humanitaria del siglo.

Tres años de guerra en números: entre 150.000 y 400.000 muertos ( la diferencia entre ambas cifras refleja la imposibilidad de verificar datos en zonas de conflicto sin acceso humanitario.) Casi 15 millones de personas desplazadas incluyendo la mayor población de desplazados internos jamás registrada en la historia. 21 millones con inseguridad alimentaria aguda. 33,7 millones, dos tercios de la población total, necesitando asistencia humanitaria en 2026. Más de la mitad de los niños menores de cinco años en las zonas más afectadas tienen desnutrición aguda, según UNICEF. Y solo el 36% del financiamiento humanitario solicitado fue cubierto por los donantes internacionales en 2025. 

Para entender Darfur, la región occidental de Sudán donde se concentra la peor violencia, hay que entender que esto no es la primera vez. En los años 2000, las milicias Janjaweed (predecesoras directas de las actuales FAR) perpetraron un genocidio en esa misma región que dejó entre 200.000 y 400.000 muertos y que la Corte Penal Internacional calificó como el primer genocidio del siglo XXI. Hemetti, el líder de las FAR actuales, fue comandante de los Janjaweed. El mundo lo sabe. Y aun así lo incorporó como socio en la transición democrática sudanesa de 2019.

En octubre de 2025, las FAR tomaron El-Fasher, la última gran ciudad de Darfur que quedaba bajo control del ejército. La masacre que siguió fue documentada por Amnistía Internacional. El director del laboratorio humanitario de Yale describió la situación como un “kill box“. La ONU convocó reuniones de emergencia del Consejo de Seguridad. Y el mundo siguió mirando hacia otra parte.

¿Por qué?

La respuesta tiene varias capas. La primera es geográfica y mediática: Sudán no tiene corresponsales extranjeros permanentes. Los apagones de comunicaciones son sistemáticos, cortar internet es una táctica de guerra usada por ambos bandos. Las imágenes no llegan porque no hay nadie que las saque y porque quienes intentan hacerlo arriesgan la vida. Sin imágenes, sin corresponsales, sin narrativa, el conflicto no existe para los algoritmos de los medios occidentales.

La segunda razón es más incómoda: los intereses de los países que podrían presionar para detenerlo están del otro lado.

EL VIL METAL 

Sudán tiene oro, petróleo, tierras fértiles, agua y una posición geográfica estratégica entre África y Oriente Medio. Y tiene dos bandos en guerra que reciben apoyo de potencias extranjeras con intereses concretos en que el conflicto continúe o en que termine bajo sus condiciones.

El oro es el hilo que conecta todo. Cuando Sudán del Sur se independizó en 2011, se llevó el 75% del petróleo sudanés. Privado de ese ingreso, el régimen de Al-Bashir convirtió la minería de oro en el sostén económico del país. Hoy, las zonas auríferas están en disputa entre el ejército y las FAR.  El control de esas minas es, más que cualquier argumento ideológico, lo que ambos bandos están peleando.

Sudán es el tercer mayor productor de oro de África. Las FAR controlan la mayor parte de las minas en Darfur y en el Jebel Amer, una zona que produce toneladas de oro por año. Ese oro se exporta de manera informal — en gran parte a través de Emiratos — evadiendo los mecanismos de control internacional. No es un dato periférico: es el motor económico del conflicto. Quien controla las minas financia la guerra. Quien financia la guerra controla las minas. 

Hay una pregunta que el análisis geopolítico clásico raramente hace: ¿qué pasa con las personas?

La respuesta en Sudán es esta. Hay campos de refugiados en Chad que albergan a más gente de la que tienen capacidad para sostener. Hay hospitales que cerraron porque los médicos huyeron o fueron atacados. Hay niños en El-Fasher con desnutrición aguda porque los corredores humanitarios fueron bloqueados deliberadamente por ambos bandos como táctica de guerra. Hay mujeres que sobrevivieron a violencia sexual sistemática y que no tienen acceso a ningún tipo de atención.

El campo de refugiados de Zamzam, el más grande de Sudán, fue descrito por el director del laboratorio humanitario de Yale como una “kill box” en diciembre de 2024. Para enero de 2026, seguía activo el conflicto a su alrededor.

Hay algo que el CICR dijo en su informe de abril de 2025 que vale reproducir: “Más que una crisis olvidada, Sudán se está convirtiendo en una crisis ignorada.” La diferencia entre olvidado e ignorado es la diferencia entre no saber y saber y elegir no actuar.

El mundo sabe lo que pasa en Sudán. Lo sabe la ONU, que emite comunicados de emergencia desde hace tres años. Lo saben los gobiernos europeos, que financian ayuda humanitaria. Lo saben los periodistas que intentaron cubrir el conflicto y fueron expulsados o atacados. Lo saben los activistas sudaneses que, en medio de los apagones de internet, siguen publicando desde zonas de combate.

Lo que el mundo eligió es no hacer nada que incomode a los actores que tienen interés en que la guerra continúe.

Emiratos, que financia las FAR, es un socio estratégico de Occidente en el Golfo Pérsico.

Rusia, que apoya al ejército, ya tiene suficientes frentes abiertos con Occidente.

China, que tiene inversiones en el sector energético, prefiere la estabilidad de sus contratos a la estabilidad del país.

Y Sudán, que tiene oro, petróleo, agua y una geografía estratégica pero no tiene petróleo frente a costas europeas ni está en Europa del Este ni sus refugiados llegan en masa a las playas mediterráneas, puede esperar.

Cuatrocientas mil personas no pudieron.

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Fuerza Aérea de Irán intimida a Estados Unidos: “Dispuestos a sacrificar nuestras vidas”

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En una coyuntura hostil en Medio Oriente, en la que Irán y Estados Unidos miden sus fuerzas en el estrecho de Ormuz, se baten a duelo por el control del flujo internacional de hidrocarburos y Donald Trump amenaza con asestar un duro golpe si fracasan las negociaciones, los miembros de la Fuerza Aérea iraní advirtieron este jueves que están dispuestos a sacrificar sus vidas en defensa de la nación.

El piloto general de brigada Bahman Behmard declaró estas palabras en el marco de un mensaje difundido con motivo del aniversario de la muerte de los mayores generales Abbas Babaei y Hossein Lashkari, considerados mártires por su participación en la guerra con Irak durante la década de 1980.

“Es imposible que la historia del orgulloso Irán olvide la humildad y modestia de aquel genio militar, el piloto mayor general Abbas Babaei; y tampoco es concebible que los hijos de esta tierra dejen de considerar el nombre del ‘Maestro de los prisioneros de guerra de Irán’ —el mártir y piloto mayor general Hossein Lashkari— como sinónimo de libertad”, dijo Behmard.

“En el camino de la obediencia al Velayat [los fundamentos de la Revolución Islámica] y de la defensa de la gran nación de Irán frente a la agresión de los enemigos jurados de esta tierra, demostraremos ser sus dignos herederos y devotos seguidores, dispuestos a dar la vida”, manifestó el piloto general de la brigada.

Esta misma semana, funcionarios de la República Islámica emitieron amenazas a Estados Unidos e Israel, asegurando que están preparando el territorio persa para convertirlo en un “cementerio masivo para elementos hostiles y mercenarios”, en medio de las amenazas de Trump de llevar a cabo una invasión a gran escala si fracasan las negociaciones —aunque otros analistas advierten que el Ejército estadounidense no está en un momento óptimo para hacerlo debido a la escasez de misiles de largo alcance e interceptores—.

Todas estas amenazas, cabe destacar, ocurren justamente en un contexto de bloqueo iraní en Ormuz y de embargo hutí parcial en la desembocadura del mar Rojo, y mientras el presidente estadounidense anuncia la reanudación de las conversaciones con Teherán, aunque también advierte que, si las negociaciones fracasan, golpeará al país persa “muy duramente”.

En tanto, el país persa desmiente que esté negociando directamente con Estados Unidos y comunica que ultima los detalles de un acuerdo con Omán sobre unas coordenadas geográficas para una ruta marítima segura propuesta para buques comerciales en Ormuz.

Sobre este acuerdo propuesto por Irán y Omán, una fuente iraní de alto rango y dos funcionarios regionales revelaron en exclusiva a la agencia Reuters que este le daría a Teherán el control sobre los barcos que ingresan al Golfo a través del estrecho de Ormuz y que, en caso de que Estados Unidos lo aceptara (en un manotazo de ahogado ante la incertidumbre en los mercados y la volatilidad en los precios del petróleo), sería una de las mayores concesiones hechas hasta ahora a Irán.

De acuerdo con The Washington Post, al margen de una reunión de gabinete el viernes pasado, el presidente Donald Trump se enteró del agotamiento de las reservas del arsenal militar estadounidense debido a la guerra que mantiene desde hace cinco meses contra Irán en Medio Oriente, y le recriminó a Hegseth que creía que el problema del abastecimiento de municiones “ya estaba resuelto”.

Según las fuentes citadas por The Washington Post, el Ejército estadounidense tendría escasez de misiles guiados de largo alcance y de interceptores para sistemas de defensa aérea, y esto habría sido uno de los factores que llevaron a Trump a suspender los nuevos ataques masivos contra Irán que tenía en mente en los últimos días.

Tres fuentes familiarizadas con el asunto también le revelaron en exclusiva a la agencia de noticias Reuters que Estados Unidos ha utilizado “prácticamente todas” sus municiones PrSM y ATACM en esta guerra contra Irán, al tiempo que han informado que el Ejército estadounidense también consumió menos de la mitad de su suministro mundial de misiles Tomahawk, lo que pondría en serios problemas defensivos al territorio estadounidense ante un hipotético escenario de invasión y hasta podría limitar la capacidad de disuasión de su adversarios, debido a que los misiles de largo alcance permiten atacar objetivos muy alejados del frente sin necesidad de desplegar las tropas terrestres.

Del mismo modo, la agencia de noticias CNN informó el martes que las Fuerzas Armadas de EE. UU. habían consumido casi el 80 % de sus interceptores para el sistema clave de defensa antimisiles THAAD y que altos mandos militares estadounidenses habían advertido que las reservas de municiones del Pentágono son “peligrosamente bajas”.

En esa misma línea de información, dos fuentes familiarizadas con el asunto le comentaron a CNN que las reservas de sistemas clave de defensa aérea se han visto particularmente mermadas durante la guerra con Irán, que cumple su quinto mes. De hecho, las Fuerzas Armadas estadounidenses han consumido casi cuatro quintas partes de su inventario de misiles THAAD en comparación con los niveles previos a la guerra y aproximadamente la mitad de sus interceptores Patriot desde el inicio del conflicto.

Ante este escenario de supuesto agotamiento de las reservas de misiles de largo alcance e interceptores, “el Pentágono y los principales fabricantes de defensa estadounidenses han acelerado los planes para ampliar la producción de armamento de precisión: empresas como Lockheed Martin y RTX (antes Raytheon) trabajan para incrementar la fabricación de misiles Patriot, THAAD, Tomahawk y otros sistemas”, según divulga hoy la agencia de noticias EFE.

“No obstante, funcionarios y analistas advierten que el aumento significativo de la capacidad industrial tardará meses e incluso años en traducirse en mayores existencias“, añade el medio, al tiempo que agrega que “el Pentágono busca al menos 67.000 millones de dólares adicionales para reabastecer arsenales y acelerar la producción de armamento, al tiempo que alertó sobre el impacto que el conflicto podría tener en la preparación militar de Estados Unidos frente a otros posibles escenarios, como China y Rusia”.

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Zelenski y Trump dialogaron sobre la producción en Ucrania de misiles Patriot y la reactivación de la diplomacia

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El presidente ucraniano, Volodímir Zelenski, dijo hoy que trató con el presidente estadounidense, Donald Trump, durante su encuentro en la Casa Blanca, la producción en Ucrania de los sistemas de defensa antiaérea Patriot diseñados en Estados Unidos, así como los esfuerzos diplomáticos para poner fin al conflicto Ucrania-Rusia.

“El presidente y yo discutimos los permisos para la producción del interceptor Patriot y varias ideas más que podrían ayudar”, escribió Zelenski en un mensaje en X después de salir de la Casa Blanca. Zelenski describió la reunión como “buena” y dio las gracias a Estados Unidos por su “firme apoyo”.

“También hablamos sobre diplomacia. Es importante que el proceso diplomático sea revitalizado”, añadió.

Las conversaciones de paz logradas con la mediación de Estados Unidos y encaminadas a poner fin al conflicto Ucrania-Rusia han estado estancadas durante meses.

La reunión de Trump con Zelenski en la Casa Blanca se realizó a puerta cerrada y sin permitir el acceso a los medios.

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