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La noche posadeña pide cambios: DJ, productores y empresarios reclaman un Código de Nocturnidad “acorde a los tiempos”

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La noche de Posadas cambió. Cambiaron los lugares de encuentro, los hábitos de consumo, las formas de organizar fiestas y hasta las decisiones que toma una persona antes de salir de su casa. Lo que no cambió demasiado es el marco normativo que regula esa actividad.

Ahora, el debate llegó al Concejo Deliberante con una propuesta concreta: extender los eventos nocturnos hasta las 7 de la mañana, permitir cierres a las 8 en Navidad y Año Nuevo y reducir exigencias administrativas para los establecimientos habilitados. La iniciativa, presentada por el concejal Jair Dib junto a otros ediles, pasó a comisión y recoge varios de los reclamos que empresarios, DJ y productores vienen planteando sobre el funcionamiento de una actividad que combina entretenimiento, inversión privada y generación de empleo.

El Código de Nocturnidad de la capital misionera, sancionado en 2006 y modificado parcialmente en los años posteriores, vuelve así al centro de una discusión que excede ampliamente los horarios de cierre. Lo que está en juego es cómo regular una actividad que genera trabajo, moviliza servicios, ocupa el espacio urbano y plantea desafíos de seguridad y convivencia.

Para conocer la mirada de quienes trabajan en el sector, Economis consultó a tres referentes de la noche posadeña: el DJ y productor Chappa Enríquez, el organizador de eventos Alejandro Coronel y Valeria Cappagli, gerente de La Aventura y organizadora de eventos.

Los tres coinciden en que las reglas necesitan una actualización. Aunque sus experiencias son diferentes, identifican problemas comunes: restricciones horarias que consideran desfasadas, costos crecientes, trámites repetitivos y una competencia informal que, según advierten, termina perjudicando a quienes desarrollan actividades habilitadas.

Una noche que cambió de hábitos, pero no de reglas

Chappa Enríquez trabaja en la noche posadeña desde el año 2000. En más de dos décadas atravesó distintas etapas, “desde los boliches tradicionales hasta las fiestas temáticas y los eventos masivos”.

Su diagnóstico es que el público ya no se comporta como antes. Durante años, salir significaba llegar a una discoteca y permanecer allí durante buena parte de la madrugada. Hoy el recorrido es diferente. Las reuniones comienzan en casas particulares, continúan en bares y, en muchos casos, terminan en fiestas específicas, con públicos segmentados y propuestas que compiten por la atención de los consumidores.

A esa transformación se sumaron las redes sociales, los mayores costos de producción y un factor determinante: el poder adquisitivo.

Valeria Cappagli, con 30 años de experiencia en el rubro, observa que las diferencias generacionales también condicionan el funcionamiento de los establecimientos. Los adultos suelen salir más temprano y tienen un consumo mayor, mientras que los jóvenes continúan llegando tarde, “a pesar de todas las estrategias para que vengan temprano”.

Hoy, sostiene, “se piensa y se elige muy bien antes de salir”.

Alejandro Coronel coincide. Comenzó hace ocho años como relacionista pública y actualmente organiza sus propias fiestas. Según explica, uno de los cambios más notorios está relacionado con el consumo: muchos jóvenes eligen reunirse previamente en una casa para reducir gastos y llegan a los eventos cuando la noche ya está avanzada.

Este comportamiento introduce una dificultad para los empresarios. Mientras los costos de organizar una fiesta se mantienen o aumentan, el tiempo efectivo durante el cual los asistentes consumen dentro de los establecimientos se reduce.

El problema de las cinco de la mañana: cuando los costos no cierran

Para los organizadores, el horario de cierre es mucho más que una cuestión de entretenimiento. También determina la viabilidad económica de una actividad.

La normativa municipal establece una diferencia importante: actualmente, las actividades nocturnas comprendidas en el régimen general deben finalizar a las 6 de la mañana, pero la venta de bebidas alcohólicas se interrumpe a las 5. Esa última hora de funcionamiento, por lo tanto, no representa necesariamente una hora adicional de facturación por ese concepto.

El sector reclama revisar ambos límites. Entre los planteos difundidos durante los últimos días aparece la posibilidad de extender la venta de alcohol hasta las 6, mientras que el proyecto legislativo presentado por Dib propone llevar la finalización de los eventos hasta las 7.

Una fiesta requiere contratar personal de seguridad, DJ, técnicos, sonido, iluminación, trabajadores de barras, limpieza y otros servicios. Buena parte de esos costos debe afrontarse independientemente de cuántas horas permanezca abierto el establecimiento.

Coronel advierte que, cuando el público llega tarde y el evento dispone de apenas dos o tres horas de consumo, recuperar la inversión se vuelve especialmente difícil.

Enríquez plantea un problema similar: si los horarios permitidos no coinciden con los hábitos reales del público, disminuyen el tiempo de permanencia y las oportunidades de facturación, “aunque los costos de producción y funcionamiento sigan siendo los mismos”.

El resultado es una ecuación que, según los entrevistados, se vuelve cada vez más exigente para quienes organizan eventos dentro de las reglas. La discusión también permite observar una característica particular de la economía nocturna: se trata de una actividad donde una parte importante de la inversión se realiza antes de que ingrese el primer cliente. El empresario asume el riesgo de la convocatoria, el clima, la competencia y el comportamiento del consumidor.

Por eso, una modificación en los horarios puede tener consecuencias económicas que van más allá de permitir una hora adicional de diversión. Sin embargo, extender los horarios tampoco resuelve por sí solo todos los problemas. La sostenibilidad de los eventos depende también de los ingresos del público, los costos operativos, la seguridad y la capacidad de cada establecimiento para atraer consumidores.

El desafío para la regulación será encontrar un equilibrio entre esas variables.

¿Cerrar más tarde puede mejorar la seguridad?

Uno de los argumentos más interesantes del debate aparece en la relación entre horarios y seguridad. Cappagli sostiene que permitir cierres más tardíos podría facilitar una salida más ordenada del público, especialmente si las personas abandonan los establecimientos cuando comienza a haber luz natural y mayor disponibilidad de transporte urbano.

Para la empresaria, “la mirada del otro siempre regula”. La presencia de otras personas en el espacio público, argumenta, también puede funcionar como un factor de regulación social.

Su planteo introduce una discusión que merece atención: ¿es necesariamente más seguro que cientos de personas abandonen simultáneamente los locales durante la madrugada o sería conveniente distribuir la salida en horarios diferentes?

La respuesta requiere considerar variables como el transporte, la circulación vehicular, los controles de alcoholemia, el descanso de los vecinos y la disponibilidad de servicios de emergencia.

También aparece el problema de las fiestas clandestinas.

Según Cappagli, cuando los establecimientos habilitados deben interrumpir la venta de alcohol a las cinco y finalizar sus actividades a las seis, una parte del público busca continuar la noche en encuentros posteriores que pueden desarrollarse sin habilitación, controles de seguridad ni obligaciones tributarias.

Desde su perspectiva, las restricciones terminan generando un incentivo para actividades que funcionan fuera del sistema formal. El argumento es relevante, aunque para determinar si una ampliación horaria reduciría efectivamente esas fiestas harían falta datos sobre su frecuencia, las intervenciones municipales y los resultados de los controles.

En fechas especiales, como Navidad y Año Nuevo, Cappagli considera que el problema se profundiza. Si buena parte del público llega a los eventos entre las dos y las tres de la madrugada, el límite de venta de alcohol a las cinco reduce considerablemente el margen comercial de la actividad.

Para la empresaria, esa situación “castiga a los que invierten y dan trabajo”.

La burocracia y las reglas que el sector quiere revisar

La discusión no se agota en los horarios. Enríquez considera que no necesariamente corresponde definir al Código de Nocturnidad como una norma completamente obsoleta, pero sí reconoce aspectos que requieren una revisión profunda.

Entre ellos menciona las categorías de establecimientos, los criterios de habilitación y las diferencias entre las distintas modalidades de entretenimiento.

“No es lo mismo un boliche tradicional que un bar, una fiesta temática, un evento ocasional o una propuesta al aire libre”, afirma.

Su planteo apunta a una cuestión central: una normativa uniforme puede terminar aplicando exigencias similares a actividades que tienen características, riesgos y necesidades diferentes. El productor reclama reglas claras, previsibles y aplicables a todos.

Cappagli, por su parte, cuestiona determinadas disposiciones que considera difíciles de justificar en el funcionamiento cotidiano de los establecimientos.

Entre ellas menciona las diferencias entre los sectores VIP, donde se permiten botellas y vasos, y otras áreas del mismo local, una distinción que califica como discriminatoria.

También advierte sobre la carga administrativa que enfrentan los organizadores. Según su experiencia, llegan a presentar unas 200 carpetas por año con documentación que se repite, además de afrontar exigencias que considera principalmente recaudatorias.

Coronel introduce otro punto de conflicto: el requisito de contar con un policía por cada 40 asistentes a una fiesta, que califica como “sin sentido”, teniendo en cuenta que los eventos también contratan seguridad privada.

Estas observaciones plantean la necesidad de revisar no solamente la cantidad de controles, sino su diseño y efectividad. Una regulación moderna debería establecer requisitos proporcionales a las características y riesgos de cada actividad, sin confundir la simplificación administrativa con la eliminación de obligaciones esenciales.

También resulta necesario distinguir entre las tareas de prevención que puede desarrollar la seguridad privada y las funciones que corresponden exclusivamente a las fuerzas públicas.

El Concejo pone sobre la mesa una propuesta concreta

El concejal Jair Dib, del bloque Acuerdo Urbano, presentó junto a Judith Salom, Fernando Zarza y Mario Martínez una iniciativa que propone modificar las condiciones para organizar eventos en establecimientos habilitados.

El proyecto contempla extender el horario de finalización de las fiestas hasta las 7 de la mañana, con una excepción hasta las 8 para Navidad y Año Nuevo, sujeta a las condiciones de seguridad y fiscalización correspondientes.

También propone habilitar eventos diurnos desde las 7 y simplificar los procedimientos administrativos para evitar que los organizadores deban presentar reiteradamente documentación ya aprobada y vigente.

La iniciativa establece que contratos, certificados, planos y otros antecedentes técnicos que ya hayan sido autorizados no deban volver a presentarse mientras mantengan su validez y no cambien las condiciones originales. La simplificación no alcanzaría a los permisos particulares ni a la información específica que requiera cada evento.

Entre las modificaciones aparece además la revisión de la contratación automática de personal policial, el reconocimiento de planes de contingencia previamente autorizados y la posibilidad de utilizar vasos, copas y botellas de vidrio en los diferentes sectores de los establecimientos.

Son cambios que coinciden con varios de los planteos formulados por Enríquez, Coronel y Cappagli. Durante la presentación legislativa participaron representantes del sector, entre ellos Cappagli, que viene impulsando modificaciones al régimen vigente.

La propuesta no supone eliminar las obligaciones de seguridad, fiscalización o convivencia con los vecinos. Por el contrario, plantea revisar determinadas exigencias administrativas y operativas manteniendo los controles que correspondan según las características de cada actividad.

El proyecto pasó a comisión y deberá continuar su tratamiento legislativo. Su alcance definitivo dependerá de los consensos que se construyan dentro del Concejo y de la evaluación de los organismos responsables de aplicar los controles.

La iniciativa también debe diferenciarse de una propuesta de reforma integral presentada en mayo, orientada a modernizar el régimen de nocturnidad con mayor énfasis en la prevención, la seguridad, la protección de menores y la convivencia urbana.

Mientras aquella discusión apunta a una revisión más amplia del sistema, el proyecto presentado ahora propone modificaciones puntuales sobre horarios, documentación y funcionamiento de eventos.

La noche también es una actividad económica

En el fondo, el reclamo de los empresarios apunta a modificar la manera en que se considera a la actividad nocturna.

Enríquez propone dejar de observarla exclusivamente como un problema de orden público y reconocerla también como “una actividad económica, social y cultural que merece planificación”.

Detrás de cada fiesta hay DJ, técnicos, sonidistas, personal de seguridad, mozos, productores, trabajadores de limpieza y proveedores. También existe movimiento para la gastronomía, el transporte y otros servicios vinculados al entretenimiento y al turismo.

Esa cadena de trabajo suele quedar fuera de la discusión pública, que tradicionalmente se concentra en los horarios, los ruidos o los controles. El desafío consiste en incorporar ambas miradas.

La discusión que se desarrolla en el Concejo Deliberante tiene, por lo tanto, varias dimensiones. La primera es económica: determinar si las reglas actuales permiten que los establecimientos habilitados funcionen de manera sostenible. La segunda es urbana: compatibilizar el crecimiento de la actividad nocturna con el descanso de los vecinos, la circulación y el uso del espacio público.

La tercera es institucional: establecer controles que sean efectivos, transparentes y proporcionales, evitando trámites innecesarios sin debilitar las condiciones de seguridad. Y la cuarta es social: reconocer que los hábitos de consumo cambiaron y que las regulaciones necesitan adaptarse a nuevas formas de entretenimiento.

La propuesta que ahora analiza el Concejo representa un intento de trasladar esos reclamos a modificaciones concretas. Pero también abre una discusión más amplia sobre el lugar que ocupa la nocturnidad en la economía de Posadas.

Los entrevistados insisten en que no buscan una noche sin controles, sino una regulación que permita trabajar con previsibilidad y que concentre los esfuerzos de fiscalización donde realmente existen incumplimientos.

El desafío será construir reglas que permitan sostener la actividad formal, generar empleo y promover nuevas inversiones sin resignar seguridad, prevención ni convivencia urbana.

Cappagli resume esa posición con un pedido: menos trabas para quienes cumplen y más controles sobre las actividades que funcionan sin habilitación. “Que nos den herramientas y que no miren al costado. Negar la realidad no ayuda”, concluye.

La discusión sobre el Código de Nocturnidad de Posadas ya no gira solamente alrededor de a qué hora debe cerrar un local. La pregunta de fondo es qué modelo de ciudad, de entretenimiento y de actividad económica se pretende construir cuando cae la noche.

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